15/4/17

Barcelona vs Getafe |2007| El gol que cayó dos veces



Por: Juan Villoro.

La imaginación suele ser desafiada por goles fantasma. ¿Entró la pelota en la portería o botó en la línea para huir del arco? En casos de alta indefinición, nuestras preferencias resuelven lo que los ojos no pudieron ver.
El pasado 18 de abril Lionel Messi, delantero del Barcelona, produjo una nueva clase de gol fantasmagórico: la copia de una anotación que parecía irrepetible. Veintiún años después de que Maradona burlara a media docena de ingleses en el Mundial de México,
Messi repitió la proeza ante el Getafe. Ambas jugadas ocurrieron en la misma zona del campo, duraron 11 segundos y fueron ejecutadas por argentinos en estado de desmesura.
El gol de Messi permite pensar en el extraño arte del copista. El escritor argentino Juan Sasturain comparó al delantero con Pierre Menard, el personaje de Borges que dedicó su vida a calcar el Quijote palabra por palabra. Con desafiante ironía, Borges presenta a un tarado que sin embargo tiene un sesgo genial, pues obliga a que “su” Quijote no sea leído como una obra renacentista sino contemporánea. El contexto define el sentido del arte. Borges se burla de las exageradas interpretaciones de los críticos, pero también plantea la posibilidad de que alguien sea original como segundo autor de una obra. Tal fue el caso de Duchamp con la Mona Lisa de Leonardo. Un buen día le pintó bigotes para desacralizar la imagen clásica. Luego le quitó los bigotes y el cuadro quedó como siempre, sólo que ahora se trataba de una Mona Lisa “afeitada”.

El gol de Messi expresa de manera sencilla y contundente la capacidad creativa de un imitador. Su jugada fue un prodigio que a nadie se le ocurrió considerar original. Al respecto escribe Sasturain: “En estos tiempos de fútbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros -hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños-; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo -por definición- irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual”. Al modo de Pierre Menard, Messi fue autor una obra maestra que ya existía.
Hasta ese momento el gol de Diego tenía una forma casi abusiva de ser el mejor de todos. El capitán argentino se singularizó de manera histórica en un Mundial, ante una escuadra de enorme jerarquía. Nunca antes ni después un jugador gravitó tanto en el ánimo de los suyos. En 1986 Maradona dejó la impresión de que bastaba darle la pelota para que hiciera campeón a su equipo. El Negro Enrique, que le cedió el balón en medio campo, resumió la “diegodependencia” con picardía de barrio: “¿Viste qué pase de gol te puse?” Aquella jugada de trámite en el centro de la cancha había sido, en efecto, un pase de gol para el desaforado 10 de Argentina.

Como al futbol le gusta perfeccionar mitologías, el tanto legítimo de Maradona fue acompañado del que anotó con el puño y rebautizó como “la mano de Dios”. Diego selló la historia del futbol con la dualidad o duplicidad de su talento: durante 90 minutos de verano fue Jekyll y Hyde ante Inglaterra.
La versión de Messi de la misma jugada desconcierta como un milagro: el mejor gol son dos. Aunque el de Diego tiene mayor importancia por haber ocurrido en un Mundial, el de Messi reproduce la proeza segundo a segundo sin adelgazarla en lo más mínimo, cumpliendo con los requisitos del copista y del aparecido (en este caso lo fantasmal no consistió en perder de vista la jugada, sino en verla demasiado).
Tal vez lo más asombroso fue, como sugiere Jorge Valdano, no sólo la ávida reiteración de Messi, sino que el destino le propusiera los mismos obstáculos. Veintiún años después los defensas se esforzaron en los mismos lugares de la cancha con pulcritud de seres hipnotizados en favor de una buena causa. Nadie frenó el portento con una artera zancadilla.
Lo extraordinario despierta suspicacias en un mundo imperfecto y no faltan quienes opinen que los goles de Maradona y Messi podrían haber sido evitados con el sencillo recurso de la fuerza bruta. Pero este argumento cojea como si lo hubieran pateado. La veloz carrera con el balón junto al pie, practicando quiebres de escapista, sólo se hubiera impedido con un desfiguro mayúsculo, un lance de lucha libre digno de un rubor que hubiera cristalizado en tarjeta roja.


Cuando Víctor Hugo Morales, impar cronista uruguayo, narró ante los micrófonos el gol de Diego en el Estadio Azteca, buscó una metáfora para condensar la escena y le gritó al delantero: “¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste?” Aquello parecía el abuso de un marciano ante meros terrícolas. La jugada cristalizó en la memoria como lo inaudito -el gol extraterrestre- que no volveríamos a ver.
En cambio, el episodio protagonizado por Messi no sugirió a un ser de otra galaxia. Los locutores dijeron: “Maradona”. La imposible imitación había ocurrido.
La única diferencia significativa entre los dos goles es que Diego anotó de zurda y Lionel de derecha. El asombro superior de la jugada proviene de su condición de espejo. Durante 11 segundos, guiado por el impulso anotador, Messi no podía saber que imitaba el complicado tanto de Maradona; actuaba con la espontaneidad de un doble: el otro era el mismo. Al disparar, anotó dos veces, en la cancha del Barcelona y en el recuerdo de los hinchas deslumbrados por el gol de Maradona.


1986, 2007. Ésas son las fechas. Lo raro, lo fascinante, es que ninguno de los dos goles desmerece en la comparación. El primero se refuerza como profecía del que vendrá, el segundo como cita clásica.

En el mundo de la acción no existe el plagio ni el derecho de autor. El gol de Messi sólo puede ser virtuoso. Convirtió al futbol en la incalculable actividad donde lo único ocurre dos veces.


SanLorenzo vs Boca |1965| Los Carasusias




Por: Rafael Cabeleira

El 11 abril de 1965, Victorio Casa estacionó su vehículo en la calle Libertador, frente a la otrora tristemente célebre ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada, sin advertir el aviso que rezaba en una señal cercana: «Rigurosamente prohibido estacionarse. Guarnición militar». En la radio de su flamante Valiant II comenzaba a sonar «Inolvidable», un bolero de Tito Rodríguez que causaba furor por entonces, y Casa, acompañado por su chica, subió el volumen de la radio. No está muy claro si no escuchó las peticiones de identificación que salían de una de las garitas de la ESMA o, simplemente, confundió los gritos con un asalto y arrancó el coche; el caso es que no tardó en estremecerse al sentir el estruendo de una ráfaga de ametralladora impactando contra el metal y los cristales de su vehículo, y el calor del plomo que le abrasaba el brazo derecho. Victorino Casa, marplatense, futbolista e internacional albiceleste, era el único componente de «los Carasucias» que no contaba con un mote propio todavía: Veira era «el Bambino», Doval «el Loco», «la Oveja» Telch, y Areán «el Nano». Desde aquel trágico día de abril, Victorio Casa pasaría a ser conocido como «el Manco», amputada la extremidad herida apenas por debajo del hombro. Siguió jugando unos años más, con la ayuda de una prótesis, pero ya nunca fue lo mismo. «A los Carasucias les mató el tiro al brazo de Victorio Casa. Les amputaron la alegría y la banda se disolvió», relata José Antonio Martín «Petón» en su libro El fútbol tiene música.

Narciso Horacio Doval, Fernando José Areán, Victorino Francisco Casa, Roberto Marcelo Telch y Héctor Rodolfo Veira, la línea delantera de la tercera del «Ciclón de Boedo»: los Carasucias. Se les bautizó con este sobrenombre por la correspondencia con los niños que jugaban al fútbol en la calle, siempre acompañados de una doña Florencia que les quiere reñir, como dice la canción de Osvaldo Díaz. Eran desfachatados, revoltosos, geniales, únicos. Una delantera inolvidable y suicida apenas sostenida por otros futbolistas también sensacionales, como «el Toscano» Rendo, Victorio Cocco, «el Tucumano» Albretch o «el Sapo» Villar, un tipo canijo, casi raquítico, pero que jugaba como los ángeles. Un día, viéndolo aparecer para disputar un partido de la Copa Oro en Mar de Plata, tan flaquito y con su bolsa de deportes en la mano, el Bambino se giró al Toscano Rendo y le dijo «¿A quién traemos aquí?, ¿a Cayetano Saura?», aludiendo a un famoso jockey del momento. «Pero luego, en la cancha, se la querías dar siempre a él. ¡Cómo la sacaba el Sapito, cómo jugaba! ¡Era una hermosura!», apunta Veira en otra entrevista.

El Loco Doval se ganó a pulso su apelativo, mucho antes de cambiar el barro del potrero por el pasto de los estadios de la primera. De él se cuenta, por ejemplo, que en los saques de esquina gustaba de sacar de sus casillas a los porteros rivales, como al Tano Roma, el legendario meta de Boca, al que agarraba de las mejillas y decía: «Pero qué lindo que sos, Tano, ¡qué lindo!». Y el Tano, que era estricto como el casco de un portaaviones, se encendía de vergüenza y lo quería matar. Pero además de tipo canchero, de élite tunante, Doval, hijo de emigrantes gallegos, era ante todo un futbolista descomunal. De él llegó a escribir el periodista Manolo Epelbaum que fue a Río de Janeiro «lo que Pelé fue a Brasil y al mundo entero». Y es que Doval, como sus padres antes que él, también hizo la maleta en busca de un futuro mejor y firmó por el gigante de Río, el Flamengo de Zico. Pasador insobornable, frontón que devolvía cualquier calabaza convertida en pelota de gol al primer toque, la hinchada rubopreta se volvió loca con aquel argentino de fútbol y sonrisa fácil, y montó en cólera cuando la planta noble de Gavea decidió venderlo al rival de la ciudad, el Fluminense. «El Gringo», como lo rebautizaron en Brasil por sus ojos claros y su pelo dorado, murió a la salida de una discoteca donde el último baile se lo dedicó a la mujer de Hugo Gatti. Tenía cuarenta y siete años en aquel octubre de 1991 y la Praia da Rosa, en el estado de Santa Catarina, se quedaba huérfana de sus gambetas exageradas y su humor colosal en las tardes de sol demasiado pronto.

Areán, por su parte, era el rey del prêt-à-porter entre los Carasucias. De la extravagancia de su armario salieron algunos de los modelos más memorables que se lucieron en los locales más chic de la época, según apuntaban las crónicas en rosa. El Nano, el nueve mentiroso que se las bajaba del cielo con nata al Bambino y le proponía un escenario más adecuado para desnudar porteros sin acordar tarifa alguna, era un técnico en la cancha, una mente despierta que intuía las situaciones y los espacios mucho antes de que apareciesen. A su regreso de Colombia, donde jugó para Millonarios y también se vistió de «Diablo Rojo», en su paso por el Deportivo de Cali, comenzó una exitosa carrera como técnico, al lado del propio Veira. Solo abandonó el fútbol cuando apareció a reclamarlo una última mujer, pálida, fría e inesperada. Murió Areán, camino de Mendoza para ver jugar a nuevos talentos y reclutar alguno para el club de sus amores, para el Ciclón. «Mi papá murió como le gustaría morir a cualquier hincha de San Lorenzo: trabajando y dando la vida por el club», dijo su hijo Fernando, en uno de los muchos homenajes que siguieron a un luctuoso 3 de julio de 2011.

«Casita», era un tipo bajito, muy liviano, que descomponía defensas enteras quebrando rivales a su antojo. Había nacido en el barrio de La Florida, en la incipiente ciudad balnearia, y hasta allí se fueron los técnicos de San Lorenzo para reclutarlo. Era el extremos izquierdo de aquel equipo pues, como él mismo contaba, «había otros diez como el Loco o el Bambi, así que no me quedó otra que ir de once». Veira asegura que algunos goles sentía vergüenza de cantarlos como propios, después de que Victorio regatease hasta los alientos de los cadáveres de la defensa y se la diese en bandeja, para empujar. Tan bueno era que Minella lo convocó para defender a la albiceleste en la Copa de las Naciones de 1964, de la que se recuerda un histórico 3-0 frente al archienemigo Brasil. Solo un año después, el frío corazón de un militar truncaba una carrera con una ráfaga a la que le sobraron veinte casquillos; un solo proyectil desbarató aquel cálculo de futbolista grande, enorme, que trató de estirar unos años más su sueño en el modesto Quilmes de su Mar de Plata natal. Ya retirado, llegó a trabajar incluso en un casino. Murió en junio de 2013, a los sesenta y siete años.

La naturaleza dispersa de sus compañeros de ataque nunca discutió a Telch el honor de rezar para la historia como el más sacrificado de todos ellos; un tipo serio, la Oveja. Hijo de gentes de campo y acostumbrado a trastear, de aquí para allá, con un carro y un matalón, lleno de verduras y hortalizas que compraban y revendían a horarios intempestivos, entre la crudeza de la Argentina rural que a él le tocó sentir y padecer. Decían que corría un pueblo entero durante los noventa minutos de cada partido, y siempre se sospechó que su cara no estaba tan sucia como la de sus otros compañeros. Fue en uno de sus más de cuatrocientos partidos con la azulgrana del Ciclón, y frente al todopoderoso Boca Juniors, cuando el Bambino Veira perdió un balón en medio campo ante «el Rata», Antonio Ubaldo Rattin, y un desesperado Telch le gritaba que corriese, que no se quedase allí parado… «¡Corré vos, que te acostás a las ocho de la tarde! ¡Irrespetuoso!».
Y es que, así era el Bambi. Cuenta Gatti, otro del club de los cuerdos, que a Veira no le gustaba moverse demasiado en la cancha, y que solía acampar en una porción mínima de terreno que apenas abandonaba. Pero si la pelota pasaba lo suficientemente cerca de él para que su mente visualizara factible el esfuerzo de alcanzarla y controlar, entonces estabas muerto. «Yo tenía pasión por la pelota y por las mujeres, y todo no se puede tener… ¡O la luna o el sol!», solía decir para justificar lo que no llegó a ser por causa de su afición a la noche y la dispersión. Se dice que fue un precursor del propio Maradona, y que podía gambetear mientras volaba por la cancha, aunque solo aquellos días en que el cuerpo se lo pedía y la falta de sueño no lo impedía, claro. «Yo, la semana que venía un clásico, y veía a toda la afición, a todo el periodismo… Yo me cuidaba esa semana. Me acostaba temprano, no sé… A la una. ¡Y esa semana era un fenómeno!». Jugaba con las medias bajas porque decía pertenecer al fútbol facha, al fútbol de los guapos, y su relación con los defensas centrales siempre fue algo más que una simple historia de amor. «Andate por los costados, Bambino; en el medio, Vietnam», le dijo un día Moreno Castillo. Oubiña, por su parte, lo llegó a amenazar con tirarlo al río y Rubén Martino Navarro, mucho más explícito, y al que no apodaban «Hacha Brava» por puro capricho, le advirtió de que lo partiría si se volvía a mover. Y lo partió.

Los Carasucias contagiaban una alegría que trascendía más allá del campo, que se imponía por encima del resultado final. Llevaron hasta las últimas consecuencias la máxima de que al fútbol se juega, por pura definición, y quizás por esa razón los estadios se llenaban hasta el imposible, para comprobar que era cierto que se podían ejecutar caños de ida y vuelta, que las telas de araña desaparecían con tiros libres y que las gambetas estaban hechas de luz y de niebla, en especial sobre el césped del viejo Gasómetro, el primer y viejo hogar de San Lorenzo de Almagro. Allí se forjó gran parte de la leyenda de aquel equipo de artistas desvergonzados que no necesitaron de grandes victorias para ocupar un lugar de honor junto a los otros grandes mitos del Ciclón de Boedo, situados por el cariño de la hinchada a la misma altura que el terceto de oro, aquellos Pontoni, Farro y Martino de los años cuarenta, también conocidos como «los tres Mosqueteros». Escribieron una de las páginas más hermosas del fútbol argentino y llenaron con su encantadora particularidad las charlas de café y de oficina, las sobremesas en familia y la memoria de quienes disfrutaron, o simplemente soñaron, con un fútbol que miraba a la portería contraria como si fuese la mina más linda de todo el cabaret.


Alemania vs Hungría |1954| La vida en fuera de lugar

Ferenc Puskás


Por: Juan Villoro

"Tener talento no basta: también hay que ser húngaro", dijo Robert Capa. No aludía al éxito, sino a su forma de ver la realidad.
En ciertos países el triunfo es un animal exótico. Cuando conocí al novelista húngaro Péter Esterházy, me contó el momento más memorable de su familia: en 1986 su hermano Márton jugó en el Mundial de México contra el país que daba más gusto vencer, la Unión Soviética. "Lo bueno fue que solo perdimos 6-0", dijo Esterházy con orgullo.
Otro hermano del escritor fue árbitro y él destacó como amateur. Su relación con las canchas ha dependido de fecundas desgracias: "las derrotas acompañan al fútbol húngaro como las pulgas al perro. Entre nosotros, los logros se vuelven sospechosos".

Durante el Mundial de 2002 me reuní en Barcelona con Mihály Dés, quien entonces editaba ahí la revista Lateral, refugio de parias, locos y genios de la literatura. Dés fue de los primeros entusiastas del escritor Roberto Bolaño, se interesó en Mathias Enard mucho antes de que renovara la literatura francesa (era un traductor del árabe recién llegado a Barcelona) y nombró jefe de redacción a un novelista colombiano que iniciaba su carrera, Juan Gabriel Vásquez.

Mihály posee un excelente olfato para el talento ajeno pero, como buen húngaro, desconfía de los triunfos propios. La casualidad quiso que viéramos juntos el partido Rusia-Estados Unidos. Por razones inversamente proporcionales, él apoyaba a Estados Unidos y yo a Rusia: para el húngaro, el opresor habla ruso y para un mexicano habla inglés. Sin embargo, a medio partido Mihály temió ganar. Recordé que en el primer numero de Lateral prometió lograr un "brillante fracaso".
Su conducta vital sintoniza con la de Esterházy y la de los estadios de su patria. Con su peculiar e irónico sentido del desastre, Hungría ha aportado melancolía elegancia al fútbol y a la cultura.


Con motivo del Mundial de Alemania 2006, Esterházy escribió una original autobiografía: Deutschlandreise im Strafraum (Viaje por Alemania en el área penal). Ahí aborda la derrota más inesperada de todos los tiempos. En 1954 Hungría llegó a la final de Berna después de más de treinta victorias seguidas; enfrentaba a Alemania, a la que había vencido 8-3 en la primera fase del torneo. Esterházy tenía entonces cuatro años y aún recuerda el rostro de su padre ante el inverosímil resultado: Alemania 3- Hungría 2.
El novelista ha vivido contra ese suceso: "Dediqué toda mi energía a erradicar de la historia del mundo esos noventa minutos". En otras palabras: atesoró la tragedia.
Para consolarse, pensó que si la dorada horda magiar hubiera vencido, la dictadura comunista habría sido más feroz. Cuando conoció a Hidegkuti, titular de aquel equipo, le preguntó por la lluviosa tarde de Berna. "De eso ya no hay que hablar". Dijo un hombre con la mirada nublada por el recuerdo.
Más sincero fue el guardameta del equipo. Esterházy coincidió con él en una tertulia de televisión. Grosics le confesó: "No hay un solo día, Péter, entiéndeme bien, un solo día, en que no piense en ese partido". Tratándose de un húngaro, no sabemos si lo hace para sufrir o para sentir un agradable acabamiento.


Los fanáticos compensamos la realidad con desesperadas supersticiones. Para su libro, Esterházy revisó las biografías de los participantes en el adverso milagro de Berna: tres alemanes y tres húngaros seguían vivos. ¡El partido se había empatado!
Uno de los sobrevivientes era Puskás. El gran artillero húngaro jugó lesionado en la final. Aun así, abrió el marcador y dos minutos antes de que acabara el partido anotó el empate, que fue invalidado por fuera de lugar (algo que en su caso era existencial).
"Con Puskás termina la época del juego y comienza la del entretenimiento", dice Esterházy. La frase revela el valor que el novelista húngaro otorga a la calamidad. Puskás le parece el primer futbolista posmoderno en la medida en que deslumbró sin llegar a la meta: fue el mejor sin asumirlo. Ajeno a la recompensa, supo permanecer en offside.

Cuando la rebelión liberal de 1956 fue reprimida en Budapest, el motor de la selección húngara decidió irse al exilio. En 1958 fichó con el Real Madrid. Para entonces ya tenía 31 años, pero sus pies no se habían enterado de la noticia.
Hizo legendaria dupla con Alfredo Di Stéfano y fue cuatro veces campeón de goleo. Estos éxitos distantes, percibieron como rumores en una época anterior a la televisión satelital y comunicados por una prensa severamente vigilada, perfeccionaron la idea de que el mejor de todos estaba al margen.

En 1962 Puskás asumió la nacionalidad española. El fugitivo, el emigrado, el disidente, ahora fue llamado "traidor". Jugó cuatro veces con la camiseta de la Furia, tres de ellas en el Mundial de Chile, en 1962. No anotó ningún gol para España. El exiliado no pertenecía ahí.

Cuando colgó los botines, su errancia continuó como entrenador. Llevó al Panathinaikos de Grecia a la final de la Copa Europea, donde perdió contra el Ajax. En 1993 recibió anhelado perdón de su país y se hizo cargo de la selección nacional, pero no por mucho tiempo.
Ningún otro símbolo del fútbol ha tenido una relación tan desgarrada con su patria. Ferenc Puskás convirtió el fuera de lugar en una condición moral y acaso física, pues pasó sus últimos años sumido en la penumbra del alzheimer.
Lo que sin duda fue una desgracia, también puede ser visto como una extraña lección. Los dolores edifican.
Siguiendo a Esterházy, es posible afirmar que, para un húngaro, el triunfo es algo que está lejos. Puskás buscaba la identidad en un lugar ajeno. También los desubicados tienen sentido de pertenencia.


La literatura se escribe desde los margenes; es siempre extraterritorial.
Como tantas madres, la de Esterházy no entendía la regla del fuera de lugar. Esa omisión no podía perdonarse, no en esa casa, donde todos los varones amaban el fútbol.
"Decidí explicársela en su lecho de muerte; era ahora o nunca. No me averguenzo de ello", dice el novelista con inquebrantante humor negro.
La muerte nos deja en la zona donde la acción se vuelve ilícita.
Los genios de la tragedia y la ironía sobreviven en fuera de lugar.


Liverpool vs NottinghamForest |1989| La ratonera de Hillsborough

Fanáticos atrapados en las rejas del estadio de Hillsborough. 1989


Hay un fútbol antes y después de Hillsborough, la tragedia que se llevó por delante la vida de casi un centenar de hinchas del Liverpool y dejó 766 heridos además de una herida imposible de cerrar. Lo que debía ser una fiesta acabó en un absoluto desastre. El nombre de ese estadio quedó para siempre unido a la masacre que acabó con la vida de 96 hinchas del Liverpool y que cambió para siempre la forma de disfrutar de él. Sucedió el 15 de abril de 1989, fecha que provoca escalofrío en Anfield. Las aficiones del Liverpool y del Nottingham Forest acudieron en masa a Sheffield a presenciar la semifinal de Copa. Campo neutral como exige la reglamentación de la competición más tradicional del mundo.

Como la mayoría de estadios ingleses, Hillsborough era incomodo, viejo, inseguro, con el terreno de juego rodeado por una valla difícil de superar, con pasillos estrechos y accesos complicados: el típico recinto en el que decenas de miles de aficionados seguían cada fin de semana los partidos de pie en medio de una incomodidad difícil de entender si no has crecido en esa marea humana. Allí aprendían a disfrutar de su pasión y también a contener las vejigas por la dificultad que entrañaba llegar a los vomitorios para aliviarse.
A la afición del Liverpool le correspondió ocupar Leppings Lane, un graderío infame con capacidad para 14.000 seguidores que media hora antes de comenzar el partido ya estaba atestado de gente. Sorprendentemente alguien había elegido la grada más pequeña para la afición más numerosa, una decisión que tiene mucho que ver con la mala fama tenían los seguidores 'reds' a raíz de lo sucedido unos años antes en la tragedia de Heysel. Pero lo peor se estaba produciendo fuera del estadio. Las obras en la carretera y diversos controles provocaron un enorme atasco que colapsó ese día las calles de Sheffield y provocó que un buen numero de aficionados del Liverpool llegasen a toda velocidad al estadio sin que la policía, inexperta en manejar situaciones de aquel tipo y cuyo jefe había accedido al cargo un par de semanas antes, fuese capaz de ordenar su atolondrada entrada. El público se agolpaba en los accesos a Leppins Lane y los agentes comenzaron a tener serios problemas para manejar la situación. Nadie midió en aquel momento la gravedad de la situación.
Entonces llegó lo peor de las decisiones cuyo responsable último nunca se conoció. Alguien ordenó abrir una de las puertas que daban acceso al campo. Entraron miles, muchos son entrada. En vez de dirigir al público hacía la zona alta de la grada -donde quedaba espacio de sobra- los hinchas del Liverpool accedieron por el primer túnel que encontraron a su paso. Eso llevó a toda aquella marea al mismo lugar. Los aficionados que ya se encontraban en ese sector comenzaron a ser empujados hacia la valla que ejerció de frontera inexpugnable con el terreno de juego. La policía observaba la escena sin entender que la única solución era abrir las puertas de acceso al terreno de juego y evitar que la grada se convirtiera en un matadero. Sin embargo, nadie reaccionaba.

Con varios minutos de retraso comenzó la final mientras las cámaras de televisión no hacían otra cosa que dirigir sus objetivos a la grada que parecía a punto de reventar. El drama se había instalado en toda su magnitud. Algunos seguidores comenzaron a subir la valla mientras otros fueron izados hacia el primer anfiteatro por los seguidores que seguían la escena desde el piso superior. Un grupo de hinchas, que consiguió romper una de las puertas, alcanzó en terreno de juego haciendo gestos de desesperación.

Desesperado tras comprobar que el juego no se detenía, un seguidor se dirigió al capitán del Liverpool. Alan Hansen, y le dijo " ahí está muriendo nuestra gente" y ya no se volvió a jugar. La policía, demasiado tarde abrió todas las puertas de acceso al terreno de juego y se descubrió la tenebrosa realidad. El público comenzó a invadir el terreno de juego. Tras la multitud, en la grada, quedaban los cuerpos sin vida de noventa y seis personas que no habían sido capaces de resistir aquella embestida y murieron de asfixia. El suceso también reveló las deficiencias en los servicios de urgencias que tardaron mucho más de lo necesario en llegar. En gran medida porque la policía sostuvo durante mucho tiempo la impresión de que aquel era un episodio más del hooliganismo que invadía el país. Los aficionados den Liverpool desmontaron las vallas de publicidad y fabricaron improvisadas camillas con las que transportar a los heridos.

Al día siguiente hubo quien quiso desviar la culpa hacia la barbarie de los aficionados, pero lo cierto es que la tragedia de Hillsborough había que encontrarlas en la incapacidad de las autoridades para establecer unas medidas mínimas de seguridad. El Gobierno encargó la investigación de lo sucedido en Sheffield al juez Taylor que realizó un dictamen decisivo y que terminaría con el fútbol como se entendía hasta ese momento. Margaret Tharcher y su equipo siguieron sus conclusiones al pie de la Letea. Taylor propuso estadios más seguros, que se eliminaran las vallas, las localidades de pie para que todo el mu do estuviese cómodamente sentado, la prohibición de vender bebidas alcohólicas y que alrededor de cada encuentro existiese un protocolo de seguridad muy estricto que evitase las acciones de los hinchas violentos y redujese al máximo la inseguridad de los aficionados que acudían a los estadios. Por eso desde entonces en Liverpool no quiere jugar un 15 de abril. Ese día sólo quiere recordar a los sus muertos. 

9/4/17

Boca Juniors vs Real Madrid |2000| Yo soy el DT que más ha ganado Libertadores e Intercontinentales

Carlos Bianchi


Por: Carlos Bianchi, ex técnico de Boca Juniors, ganó cuatro Libertadores y tres intercontinentales

Vélez Sarsfield fue el equipo de toda mi vida, la única camiseta que defendí en Argentina. Tras dos etapas como futbolista (1967-1973 y 1980-1984), en las que convertí más de 200 goles, volví en 1993 como DT. Al llegar, mis palabras quizá sonaron presuntuosas: declaré que quería convertir a Vélez en un club grande de verdad, porque no tenía historia internacional.
En mi primer torneo fuimos campeones locales y, al año siguiente disputamos la Libertadores. Compartimos grupo con Boca y con los brasileños Palmeiras y Cruzeiro. Éramos candidatos a quedar afuera, pero pasamos. Después tuvimos que apelar dos veces a los penales (una increíble frente al Junior de Barranquilla del Pibe Valderrama en semifinales), y en la final nos tocó frente el super-San Pablo de Telé Santana, bicampeón de América y del mundo. Ganamos de local y, en el Morumbí, nos metieron un gol y tuvimos que aguantar. A mí me expulsaron y me quedé en el túnel, pero con una reja que me impedía ver el campo. Le pedí entonces al periodista Gustavo Cima que me prestara los auriculares para seguir los 20 minutos finales. También le pedí que me prestara papel y lápiz para anotar los nombres de quienes debían patear penales. Al terminar, se la di a mi ayudante, Ischia. Ganamos gracias a la puntería de los nuestros y al portero, Chilavert. Ahí sí, me abrieron las puertas y di la vuelta olímpica, mi primera en el Morumbí.
Para la final Intercontinental, en Tokio, no la tenía más sencilla: enfrentábamos al Milán de Capello, que le había ganado 4-0 al Barcelona de Cruyff la Copa de Europa. Jugaban Baresi y Maldini. Pero los suramericanos siempre le dimos más valor a esa Copa que los europeos. Y la jugamos con orgullo. El partido lo aguantamos al comienzo y luego tiramos pelotazos cruzados. Así llegaron el penal para el 1-0 y el 2-0 del Turco Asad. Nunca había disfrutado una alegría así. Era llevar al club de mis entrañas a lo más alto. Y, además, lo pude disfrutar con mi padre, Amor, que viajó especialmente, no lo repetiría ya que falleció en 1997.
Mi ciclo en Boca comenzó en 1998. El club apenas había ganado un título local en 17 años. Y otra vez, conseguí el objetivo en el primer intento: fuimos campeones invictos del Apertura 98. Seis meses después, repetimos. Ese doblete nos llevó a la Libertadores del año 2000. Boca solo había obtenido dos en su historia, en la década de los sesenta. En cuartos de esa copa nos tocó River, el clásico. Perdimos 1-0 el primer partido y, para la vuelta, me jugué una carta brava: poner a Martín Palermo, que ya tenía el alta por una rotura de ligamentos, pero le faltaba ritmo. En la práctica posterior a la derrota había metido dos goles, entonces le dije: "Es simple: te llevo al banco y, cuando arranque el segundo tiempo, precalentás. Si te necesito, entrás, porque estés bien o mal sos una preocupación para cualquiera".
Entonces el Tolo Gallego, técnico de River, declaró: "Si Bianchi pone a Palermo, yo meto al Enzo". El Enzo era Francescoli, ídolo de River, retirado dos años antes. Su representante también le llenó la cabeza a Martín para que no jugara. Pero él entró con el partido 1-0 y terminamos 3-0, con un gol suyo sobre la hora. Vino corriendo a abrazarme. Fue muy fuerte.

La final me llevó otra vez al Morumbí, esta vez con Palmeiras. Empatamos 2-2 de local y la gente nos daba por muertos. Aproveché unas declaraciones de Scolari, entonces técnico del Palmeiras, en las que afirmaba que se sentía campeón: hice 50 fotocopias y las mandé a pegar en el vestuario. Terminamos 0-0, fuimos a los penales y mandé otra vez a mi ayudante, Ischia, con un papelito que indicaba para qué lado pateaba cada jugador. Se fue detrás del arco y, mientras el elástico Oscar Córdoba se sacaba el barro de los botines contra en palo, le cantaba a dónde volar. Boca volvió a ser campeón de América tras 22 años.
La frutilla la pusimos en Japón nuevamente, pero sin necesidad de penales. El rival era el Real Madrid de Casillas, Raúl, Figo y Roberto Carlos, dirigidos por Del Bosque. A los cinco minutos ganábamos 2-0 con goles de Palermo. Cuando descontó Roberto Carlos, quedaba un partido casi entero por delante. Al final, festejamos otra vez, en parte porque Riquelme las hizo todas: aguantó el balón hasta con tres rivales encima.

Para la Libertadores 2001, le repetí al grupo una de mis frases de cabecera: "Llegar es fácil, confirmar es difícil". Una de las grandes suertes para un técnico es encontrar un plantel que lo escuche, inteligente, ganador. De esa Copa recuerdo que bailamos al Vasco da Gama de Romario y que en semifinales se repitió la misma situación del año 2000: empatamos 2-2 con Palmeiras. Ya en su cancha, me tiraron una lata de cerveza que me dio en la cabeza. Entonces vi el segundo tiempo desde una cabina arriba, y dirigí usando radioteléfono. Fuimos a los penales y, como Ischia ya era conocido, mandé a un utilero detrás del arco para darle la información a Córdoba.
La final fue con Cruz Azul: ganamos 1-0 en el Azteca, perdimos 1-0 en casa y otra vez nos sonrieron los penales. Fue la única de las cinco copas conquistadas con Boca que obtuvimos en casa. Regresamos a Tokio para jugar con el Bayern Munich. Era la final más sencilla de todas y la perdimos. Ya no sirve llorar, pero prefiero no acordarme del árbitro Nielsen. Poco después, finalizó mi primer ciclo en el club.

Un año más tarde, empecé mi segunda etapa con Boca y logramos la triple corona de América. Carlos Tévez fue clave. Tuvimos un arranque con altibajos y en la ida de octavos de final recibimos un golpe duro: nos ganó 1-0 el Paysandú en la Bombonera. O sea que debimos ir a Belén: 17 horas de viaje, húmedad terrible, una cancha con lechugas en vez de césped. Ese día Guillermo Barros Schelotto metió tres goles, ganamos 4-2 y pasamos derecho. Fue la primera de siete victorias consecutivas. La Copa la coronamos ganándole 3-1 al Santos de Robinho en mí querido Morumbí. Increíble, ¿no? Allí levanté tres Libertadores. Se ve que el aire brasileño me sienta bien.
Nos faltaba cerrar con la Intercontinental. Para variar, un equipo de estirpe: el Milán de Ancelotti, y de Kaká, Pirlo, Shevchenko... Seguro no se habían olvidado de aquella derrota con Vélez. Nos metieron un gol en la primera parte y por suerte pudimos empatar a los cinco minutos, si no se nos complicaba. Y otra vez los penales nos dieron la copa, aunque esta vez no pude mandar a nadie y el que atajó fue el Pato Abbondanzieri. Ahí conseguí otro récord, que lo comparto con Pep Guardiola: tres copas Intercontinentales, o mundial de clubes, como se conoce hoy.

Muchos han dicho que yo tengo el celular de Dios, una manera de asignarme suerte en las conquistas. Uno debe tener suerte, es cierto, pero eso de que Dios está con uno... A mí se me murieron mis padres y mis suegros y no tuve la suerte de estar cerca de ellos en esos momentos. Entonces, si uno tiene a Jesús al lado, no lo pide para un partido, lo pide para cosas más importantes. El que lo pide para ganar en el fútbol quiere decir que no cree mucho en Jesús.


26/3/17

Argentina vs Chile |2017| El maestro de Hiroshima

Edgardo Bauza, actual DT Selección Argentina

Pangloss enseñaba de manera brillante que no hay efecto sin causa y que el castillo del barón era el más majestuoso de todos los castillos, y la señora baronesa, la mejor de todas las baronesas posibles de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles”

Voltaire (1694-1778); de “Cándido o el optimismo” (1759), capítulo 1: Cándido es educado en un hermoso castillo, pero es expulsado de él.

Por: Hugo Asch

Perón se la robó a Aristóteles e hizo suya la frase: “La única verdad es la realidad”. Foucault, por el contrario, creía que es el poder el que impone la verdad. Para Nietzsche no existen los hechos, sólo las interpretaciones. Ya en el siglo XXI, la era de la comunicación, el reino de los trolls, miles de babeantes reemplazan las puertas de los baños públicos por las redes sociales y escriben cualquier cosa, sea cierta o no, siempre y cuando los reafirme en sus obsesiones, sus odios.
Son tiempos de la posverdad. Es decir, “cualquier cosa que aparente ser verdad, no importa si lo es o no”. La información se viraliza y ya. Nada convencerá a quienes decidieron creerla. Hoy, mostrándose seguros de lo que nunca existió ni existirá, se ganan elecciones.
A Abraham Lincoln se le adjudica una frase de enorme lucidez: “Se puede engañar a todos algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo; lo que no se puede es engañar a todos todo el tiempo”. Gran verdad. Sobre todo en países como el nuestro, acostumbrado, a los golpes, a desconfiar de cualquier versión oficial.
Edgardo Bauza es un técnico capaz, pragmático, algo conservador en sus formas, dos veces ganador de la Copa Libertadores con equipos que no la tenían en sus vitrinas: Liga de Quito y San Lorenzo. Alto, rostro diseñado a machetazos, mirada intensa, voz grave: todo un personaje de novela negra. Me alegré cuando lo eligieron para dirigir la Selección, pese a que el sistema de evaluación de la Comisión Nosecuentodora parecía guionado por un loco.

Recién asumido, en el programa La Usina Niembro, lo noté incómodo, obligado a un discurso opuesto a su propia imagen. Un tipo respetuoso, medido, de bajo perfil. Esa noche lo dijo por primera vez: “Vamos a Rusia para traernos la Copa”. La Usina, chocha.

Pero el equipo nunca apareció. Messi jugó maniatado por sistemas que lo condenaban a la heroica, y la seguidilla de malos resultados convirtió el partido con Chile en un desafío a todo o nada, potenciado por el recuerdo perturbador de las dos copas América perdidas por penales. Ver a la Selección en la zona de repechaje provocó una herida narcisista en la masa futbolera nativa. Negadores de manual, se resisten a aceptar esta crisis abismal.
El equipo de Bauza jugó espantosamente. Partido en dos, sin norte ni paz. El balance fue descorazonador. Mercado, la estrella improbable, fue el más aplaudido cuando salió por lesión. Más problemas para una defensa que bailaba tap en la cornisa junto al doble pivote. Arriba, los que ayer nomás nos envidiaba el mundo: Los Cuatro Fantásticos. Pero no hubo fiesta. Se ganó con un penal de ficción y el rancho cascoteado.
Equilibrio. Era lo primero que se destacaba cuando Bauza era analizado técnicamente. ¿Cómo se entiende, entonces, este planteo con dos bloques aislados, sin conexión? ¿No quiere, no sabe o no puede? ¿Volverá a ser él, ya clasificado? ¿Citará a Icardi? Tal vez no lo dejen. ¿Quién? ¿Quiénes? Ah, esos niños ricos con tristeza…
“¿Cómo jugamos? ¡Diez puntos! Ganamos. Hicimos un partido brillante”, dijo Bauza sin que se le moviera un músculo de su rostro pétreo. ¡¿Qué?! ¿Fue chiste? ¿Una fina ironía dedicada a los críticos que lo destrozan? ¿Otro que cayó en la educación pública? ¿La posverdad lo ha enloquecido? Ay.
Di María bajó tanto su nivel que nadie se sorprendería si es reemplazado; Agüero está perdido: tenía que jugar atrás de Higuaín pero fue de 9, cosa que no funcionaran ni uno ni otro. Higuaín, a quien no le perdonan los goles perdidos en las finales, baña lombrices en el área y extraña a Dybala, su socio de la Juve. ¿Messi? Es un caso aparte, por cierto.
Ya nadie se fija si canta o no el Himno. Ahora, para justificar su cinta de capitán, el-único-que-nos-puede-salvar es celebrado cuando insulta a un rival o a un asistente, enojado, de pésimo humor. No lo culpo: jugar en un equipo tan caótico es como tener a Hendrix y hacerlo tocar con Agapornis. ¡Peccato mortale!
Ahora toca Bolivia, sin nada que perder, en la altura de La Paz. No será un picnic. Recuerdo al Maradona técnico que, en 2009, decoró el vestuario con carteles de autoayuda: “A la altura hay que enfrentarla, gambetearla y golearla”. Se comió seis.
Hoy atiende su nuevo quiosco millonario en China, pero siempre se hace un tiempito para los enemigos: “Si el traidor de Tinelli sigue en su cargo, yo renuncio a la FIFA, ya se lo avisé a Infantino”. Oh no, ¡qué angustia, pobre Gianni…! Por ahora, Tinelli sigue como director de Selecciones y para colmo su novia, la amada-odiada-amada Rocío Oliva, aceptó la oferta del traidor para bailar en su show. Chau. Más alimento para su interminable lista negra.
Si hay superpoblación de traidores en el mundo maradoniano, lo mismo pasa en la política, el reino de las promesas vanas. Un reino tan frágil como para que una nonagenaria, entre sonrisas, cubiertos de plata y copas de cristal, lo sacuda sin piedad. Durante dos horas, Mirtha Legrand fue la Rosa Luxemburgo de Barrio Parque, atormentando a Macri & señora. ¡Wow! Más a la derecha, la pared.
Esa misma semana, el presidente utilizó las redes sociales para mostrarles a los docentes en conflicto la foto de un maestro de Hiroshima dando clase a cielo abierto, rodeado de destrucción y muerte, la obscena crueldad del enemigo.
En fin. Antes de usarla como ejemplo de algo, no estaría mal observar todo el cuadro. Todo, digo. La historia completa con sus consecuencias, y no otra dosis de maldita posverdad

Holanda vs Argentina |1974| Cruyff, el más grande

Johan Cruyff


Por: Hugo Asch

El 24 de marzo, en Barcelona moría, un mes antes de cumplir los 69, un hombre que hizo historia a fuerza de talento, rebeldía y audacia. Que irrumpió en el mundo del fútbol y rompió con todos los moldes en los tiempos del no de Alí a Vietnam, el Mayo Francés y “la imaginación al poder”, Malcolm X, el avión negro de Perón, la minifalda y el Sgt. Pepper’s de Los Beatles.
Si Nietzsche mató a Dios, Hegel a la historia, Barthes al autor y Foucault al hombre, podemos afirmar que Hendrik Johannes Cruyff llegó al mundo para sepultar al abominable catenaccio que se imponía en aquellos años 60. Un sistema eficaz pero mezquino, de vuelo bajo. Algo así como la negación de la belleza.
Johan Cruyff provocó una revolución que nació en un país sin tradición futbolera y en el Ajax, un club sin huella en el continente que, con él, ganó tres Copas Europa consecutivas: 1971, 1972 y 1973. Elegante, fibroso, sólido pese a su aparente fragilidad, su metro ochenta se deslizaba por el césped mientras su mente leía el futuro.
Maestro del engaño, encaraba y salía como un rayo hacia el lado menos pensado. Imposible de rastrear, era un 9 que aparecía cuando era demasiado tarde para lágrimas. Parecía más veloz gracias a su increíble freno. Picaba, hacía la estatua y volvía a despegar, enloqueciendo rivales. Era hábil, le pegaba con precisión de billarista, era frío en el área, ganaba de arriba y, si era necesario, volaba para intentar la pirueta imposible. Era, al mismo tiempo, solista y director de orquesta. El equipo giraba a su alrededor con un sistema de apariencia caótica sólo para el no iniciado. Un fútbol total. Así fue bautizado.
El Mariscal Perfumo lo sufrió antes y durante el Mundial de Alemania de 1974, donde la Holanda de Rinus Michel dio cátedra con Johan y sus socios: Neeskens, Rep, Resenbrink, Van Hanegem. Cruyff se quedó sin copa como el Ciudadano Kane de Wells sin Oscar, o Borges sin Nobel. Detalles menores. Su Naranja Mecánica perdió la final con la Alemania de Beckenbauer, Maier y Müller pero ganó su lugar en la historia, desmintiendo el simplismo de quienes condenan al olvido a los segundos.
Mientras Pelé se apagaba en el Cosmos neoyorkino y Maradona hacía jueguito en el entretiempo de los partidos que jugaba Argentinos en su cancha, Cruyff fue el más grande. En el Ajax, en el Barcelona –donde llegó ya maduro– y hasta en el Feyenoord, el clásico rival de su club, donde se encaprichó en jugar luego de una pelea con los dirigentes. Allí ganó Copa y Liga y entonces sí, dijo adiós, a los 37 años.
Reconciliarse con el Ajax y dirigirlo fue la continuación de la idea por otros medios. Que alcanzó su clímax con el Dream Team que armó en el Barça. Cuatro Ligas al hilo –desde 1991 a 1994– y la primera Copa de Europa. Aquel equipo jugaba con dos puntas que partían desde las bandas –Stoichkov y el zurdo Begiristain– y volantes que triangulaban para sorprender por el medio: Guardiola, Bakero, Amor, Laudrup o el líbero Koeman. El 9 sin sombra jugaba sin 9 fijo. Genio y figura. Antes muerto que sencillo.
Solo el cigarrillo pudo quebrarlo. Un infarto lo obligó a descargar su ansiedad con chupetines. Dejó de entrenar a los 49. Veinte años después, sus pulmones le pasaron factura.
La Masía, Messi, Xavi, Iniesta, Cesc, los equipos de Rijkaard, Pep, Tito Vilanova y Luis Enrique son su legado. Cada vez que nos deslumbre esa danza con balón que parece coreografiada por Pina Bausch, allí estará Johan Cruyff.
“El fútbol se juega con el cerebro: hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”, dijo quién supo brillar haciendo lo que sabía, donde debía.
No es el caso de algunos compatriotas, por desgracia.

Argentina vs Colombia |1999| Yo boté tres penaltis en el mismo partido

Martín Palermo, 1999.


Por Martín Palermo, ex jugador de Boca Juniors y de la selección Argentina

Desde que empecé a patear una pelota en las juveniles de Estudiantes de La Plata, tuve el sueño de triunfar en el fútbol. Y a medida que fui metiendo goles y superando barreras, supe que en algún momento terminaría en el Guinness. Lo que jamás imaginé es que lo haría por la puerta grande: ¡errando tres penales en un partido! Nadie lo había hecho hasta ese momento y nadie lo repetiría, al menos hasta ahora.
Fue una noche rara aquella contra Colombia, por la Copa América del 99. Era mi segundo partido oficial en la selección Argentina. Tenía 25 años, no era un pibe. Había vivido mi gran explosión con Boca en el segundo semestre de 1998: fuimos campeones invictos y terminé como goleador del campeonato, con 20 goles en 19 partidos, una cifra que aún es récord.
Para esa Copa América no pudieron estar ni Batistuta ni Crespo, así que la 9 fue para mí. Mi estreno oficial fue ante Ecuador, y ganamos 3-1 con dos goles míos. A los tres días, nos tocaba Colombia. El paraguayo Ubaldo Aquino era el juez, que sería presa de una 'penalitis' aguda: ¡pitó cinco! Apenas se convirtió uno.
A los cinco minutos, pitó el primero. Yo era el encargado, así que no hubo dudas. Le pegué un zurdazo fuerte, alto y al medio. La pelota dio en el travesaño y se fue para arriba. Cinco minutos más tarde, penal para Colombia y lo convirtió Iván Córdoba. En el segundo tiempo, hubo otro penal para ellos. Pateó Ricard y atajó 'El Mono' Burgos. Faltando 15 para terminar, Aquino otra vez marcó penal a nuestro favor. 'Esta es la mía', pensé. Agarré la pelota y me la puse bajo el brazo. 'El Ratón' Ayala me preguntó si estaba bien para patear y le contesté que sí. Para asegurar, disparé cruzado. Calero se tiró para el otro lado, pero mi remate se fue por arriba.
Después del segundo yerro pasé a ser un fantasma: no escuchaba lo que decían mis compañeros ni lo que gritaba la gente. Aunque no era la primera vez que erraba un penal, siempre lo había podido revertir en el mismo partido. Encima, poco después Colombia metió el 2-0 y el 3-0.
Me hicieron otro penal en el último minuto. Agarré la pelota, miré al banco y no vi ninguna indicación. Tampoco ningún compañero vino a pedirme patearlo, porque se lo habría dado. No pasaba por un capricho. Estaba sólo con mi alma. No quería que se me fuera por arriba, así que le di a media altura, de nuevo cruzado... Calero adivinó la dirección y me lo atajó.

Jamás había sentido algo así. En el vestuario mis compañeros me dieron una palmada de aliento. Sabía que se me venía una complicada. En la concentración, el clima era de velorio. Recibí 1000 mensajes de apoyo, pero no quería atender. Sí hablé con Bianchi y con Maradona. 'Hasta yo erré dos penales en un partido, así que tranquilo'. Me dijo Diego, un fenómeno.
Ese domingo no pude dormir. Al día siguiente, Bielsa me llamó. 'Usted fue un egoista', me dijo sin vueltas. Le contesté que yo era el encargado de patearlos y que nadie se había ofrecido. Y me mataron los diarios: 'El tronco de América', era lo más suave que me decían. Incluso se llegó a anunciar que las acciones de Boca habían caído 5% por mi culpa. Me la tuve que bancar.
Pensé que Bielsa me iba a borrar para el partido siguiente, pero me puso. Aclaró que si había un penal lo patearía Ayala. Ganamos 2-0 contra Uruguay, metí un gol y clasificamos a cuartos. Ahí nos eliminó Brasil. También tuvimos un penal a favor y lo erró Ayala. En esa Copa de penal no lo íbamos a meter.

No volví a jugar un partido oficial con la selección hasta 2009, esa noche me costó diez años de exilio. Bielsa no me llamó más y Pékerman tampoco. Basile sí tuvo intenciones, pero justo me rompí los ligamentos, y fue Maradona el que me permitió la revancha. Me puso en el segundo tiempo contra Perú, cuando la clasificación a Sudáfrica estaba complicada, y metí en gol de la victoria en el descuento. Y cuando menos lo esperaba, casi a la 37 años, pude disputar mi primer Mundial. Había unos delanteros impresionantes, por eso solo jugué diez minutos ante Grecia y me alcanzaron para meter mi gol más importante: fui el debutante más viejo en convertir en un Mundial, con 36 años y 277 días. El camerunés Milla metió uno con 42 años, pero no era debutante. Así cerré el circulo de mi carrera. La recompensa justificó la noche trágica de los tres penales y los diez años de exilio.
Como si eso no fuera suficiente el destino, me tenía reservado otro espacio en el Guinness: días antes del Mundial, tuve el honor de romper una marca histórica con Boca que databa de 1938, o sea una marca de 72 años, al convertir mi gol 219 con esa camiseta y superar al máximo anotador de Boca, Roberto Cherro. La cifra llegó al final hasta 236, quedé arriba de todos. A los que vienen, les dejé un lindo desafío.


5/3/17

Rayo Vallecano vs Espanyol |2015| Rayo Vallecano de Madrid: El club del pueblo


En Vallecas, un barrio humilde de Madrid, el auténtico representante del pueblo no es un político, sino un equipo de fútbol. Desde hace casi un siglo, entre las colectas de fondos y los regalos de Navidad, el Rayo Vallecano tiene fama de ayudar a la gente. "El Rayo" podría ser la última institución deportiva de Europa con principios. Pero obviamente, todo no es de color de rosa...

Casi mediodía en Vallecas. En el bar Disan empieza el día como siempre: Gente joven apresurada pasa a tomar un café sobre la marcha y otros, más mayores, leen el periódico degustando una caña. Pero hoy un acontecimiento va a perturbar esa calma del día a día. Preguntamos la opinión de Gabriel sobre el fútbol. Se calienta la cosa. El jefe estalla en carcajadas, un cliente se sobresalta mientras se bebe su cerveza. El joven de 29 años no está acostumbrado a responder preguntas sobre el deporte nacional de España. Según él, ni siquiera le interesa el fútbol. Pero entre dos tostadas con tomate, confiesa que si se trata del Rayo Vallecano, todo cambia. "El Rayo no es deporte, es sentimiento", suelta colocándose la gorra. Y curiosamente, en el Disan, todo el mundo asiente sonriendo.

Gabriel no es el único que se deja llevar por sus sentimientos en Vallecas. Aquí, el Rayo Vallecano actúa como un ente superior. Considerado como el último club de barrio en Europa que ha llegado al corazón de la élite, la institución tiene fama de unir todas las pasiones de este popular distrito de Madrid. En Vallecas, el Rayo se ha convertido prácticamente en un elemento fundamental del día a día. Se habla del Rayo, comen del Rayo, beben del Rayo, se acuestan del Rayo y duermen del Rayo. El vínculo que el club ha creado con la gente del barrio es idisoluble. Algo único en su especie, incluso para un equipo que encadena ya su quinta temporada consecutiva en la Liga, uno de los torneos más duros del mundo.

Como símbolo, el Estadio de Vallecas se erige en el medio de esta vieja ciudad, engullida desde hace poco por la expansión urbana de la capital. Al salir de la parada de metro que lleva su nombre, a solo 8 estaciones del centro de Madrid, el estadio no es que tenga la prestancia de las grandes plazas europeas. Se entra por una puerta medio escondida, en la esquina de una calle tranquila. 
Dentro, una recepcionista rompe la calma del espacio tecleando el ordenador. Una calma que Luis Yanez-Rodriguez decide dinamitar. El director deportivo del Rayo Vallecano aterriza arrastrando sus zapatos de calle, apretón de manos y acto seguido nos lleva a dar la vuelta con el dueño. Por el camino nos enseña los antiguos vestuarios, con un español vertiginoso, y se entretiene en el pasillo de entrada de los jugadores a 30km por hora. Una vez en el césped, se gira y abre los brazos de par en par con un "¡Ya está!". El campo del Estadio de Vallecas es el más pequeño de la Liga. Encajado entre edificios de barrio, sólo cuenta con tres gradas. La cuarta fue sustituida por un muro en el que se puede leer "Juntos Podemos".


"Es el club de la gente. Es la primera vez en mi vida que veo eso", afirma Luis, que decide explicarnos todo desde el banquillo. Siempre impolutamente trajeado, ocupó su actual puesto en el Rayo el año pasado. Antes, este economista de carrera había pasado 4 años en el Málaga, un club rescatado hace poco por jeques árabes. Dicho de otra manera, lo contrario del Rayo. "Cuando llegué aquí, me encontré con un club donde cada uno está integrado. En general la gente tiene un ámbito de competencia predeterminado, pero aquí todo el mundo puede dar su opinión, la jerarquía importa poco. Todo es colectivo", explica. Una armonía que, según él, no es más que el reflejo de los lazos solidarios que su club teje con el exterior. "Vallecas tiene la tradición de la comunión, de la solidaridad. En este barrio, muchísima gente se acerca a las organizaciones para intentar mover las cosas".

Mover las cosas se convierte en desplazar montañas en el caso de Vallecas. Este lugar, conocido por ser el barrio obrero más grande del país, presenta una tasa de paro del 21% y concentra, en definitiva, la realidad social de una España acribillada por las deudas e incapaz de levantar cabeza. El año pasado, el Rayo Vallecano decidió salvar una de las víctimas. Carmen, de 85 años, fue expulsada de su hogar en 2014. Unos meses después, el club había recaudado 21.000 euros para ayudar a la anciana a reinstalarse. "Este es sólo un ejemplo que muestra que intentamos ayudar a nuestros vecinos lo mejor posible", resume Luis Yáñez, "El ejemplo" ha conmocionado a España y al mundo del fútbol, pero sobre todo ha aumentado el ímpetu de solidaridad que el club decidió impulsar. Para esta nueva temporada, el Rayo ha sacado una nueva camiseta alternativa al equipamiento de siempre, blanco atravesada con una banda roja. En su lugar, una franja multicolor, similar a la bandera LGBT. Luis nos explica: "Cada color representa una causa: La lucha contra la homofobia, contra el cáncer, contra el racismo, contra la violencia de género... En total hay 7. Y cuando se vende una camiseta, un euro va destinado a cada una de esas causas". Una medida que recuerda a otra que habían tomado anteriormente, por la que un euro de cada abono al estadio era destinado a las mismas luchas sociales. El escudo en la chaqueta de Luis con la imagen de la lucha contra el cáncer da buena fe de ello: El club decidió mostrar su lucha por los derechos universales. Pero por el barrio, ¿qué hace? Con una sonrisa, el director se apresura a contar con los dedos de la mano para después cambiar de opinión, prefiriendo hablar de otro "ejemplo". "Poco antes de Navidad, los aficionados pueden venir con un juguete. Estos juguetes son recopilados por el club y redistribuidos entre las asociaciones del barrio, que los regalan después a los niños que no tienen nada bajo el árbol".

Esos numerosos gestos de atención han ido forjando la leyenda del Rayo. Para los que no lo saben, el presidente Martin Presa recuerda a menudo que el club es digno de las más grandes asociaciones humanistas e insiste en el hecho de que son los únicos de su clase a seguir como club deportivo en primera división. Quique Peinado lo sabe de sobra. Nacido y educado en Vallecas, el periodista es aficionado del Rayo desde hace 30 años y acaba de publicar un libro sobre su pasión titulado A Las Armas. Quique conoce bien el grado de honestidad del club en sus expediciones humanistas. En un restaurante gallego del centro de Madrid, el autor suelta un hielo en su café, remueve y dice: "El club nunca se ha interesado por las preocupaciones sociales de Vallecas". Según él, las recientes acciones llevadas a cabo por el Rayo no son más que espectáculo mediático. ¿El gesto con Carmen, la desahuciada? "Fue Paco Jemez, el entrenador, el que la ayudó en persona. No el club". ¿Los billetes baratos para los parados? "Una estrategia comercial, ya que la gran mayoría de los habitantes de Vallecas están en el paro". Quique explica que este "marketing puntual" del club llega incluso hasta los movimientos sociales que se tejen a las puertas. "El club de baloncesto de la ciudad, el Estudiantes, abrió una escuela para niños refugiados. ¿Qué hizo el Rayo? Nada", afirma tajante el periodista, ajustándose las gafas.

Si el Rayo no hace nada, ¿de dónde viene entonces su fama por sus acciones altruistas? "De sus aficionados", desembucha Peinado. En A las Armas, el autor describe la Vallecas de los años 80. Droga, alcohol, desahucios. Frente al aumento de problemas y la inercia de las autoridades, un grupo ultra de izquierda radical surgió en 1992 y llevó las reivindicaciones sociales del barrio al estadio. Su nombre: Bukaneros, los piratas. "Son ellos quienes meten la política en el estadio. Con temas sociales como la inmigración, la lucha contra el racismo...", explica Quique. Hasta el punto que los Bukaneros se convirtieron en el principal altavoz de los problemas de Vallecas, unos problemas que acabaron por llegar hasta los oídos de los acomodados. "Cada año, una parte de los Bukaneros entra en los vestuarios y hace un discurso antes del partido a los jugadores. Les recuerdan que el Rayo es un club de barrio obrero. En general, tiene su efecto, los jugadores entran en el campo de juego más motivados", añade el periodista.

Por otra parte, Quique no espera nada de los jugadores. El origen del mal se encuentra, según él, en la política. El periodista espeta que "su" club no se implica en el campo de las protestas de Vallecas, el único lugar de Madrid donde el Partido Popular no ha ganado nunca, el lugar que vio crecer a Pablo Iglesias... A cambio, "su" club ha sido comprado por una empresa china y acaba de abrir una franquicia en Estados Unidos. "En el momento en el que haces figurar sobre la misma camiseta los derechos humanos y el logo de una empresa china que no los respeta, tienes un problema", resopla Quique, un poco derrotado. Para Luis Yáñez nunca ha existido ningún dilema moral. Nunca se ha planteado el hecho de hacer del Rayo un club político. "Me gusta que seamos una referencia para la gente de Vallecas, y ello me hace responsable también. Pero ante todo somos un club de fútbol. Un club de fútbol que intenta llevar a su equipo lo más lejos posible".
En el Disan, no importa si la política juega un papel o no y prefieren especular sobre lo que pasará en el terreno de juego esa noche contra el Espanyol. Mira, ahí lo tienes, Gabriel acaba de apostar 3-0 por el Rayo. Guste o no guste.


AUTOR
Matthieu Amaré

Alemania vsInglaterra |1990| Dios salve a la Premier

Margaret Tatcher


Inglaterra. Finales de la década de los 80. Europa continúa dividida a la espera de la caída del Muro, que los periódicos de la llamada Europa libre aseguran que llegará de forma inminente. Mientras, al norte del Canal de La Mancha los ajustes de la reforma thatcheriana, el más salvaje compendio de recortes sociales jamás aplicado por un gobierno europeo a su ciudadanía, aprieta las gargantas del pueblo que había enseñado al mundo lo que era la revolución industrial. Se escribía en los tabloides destinados a saciar la desidia del mundo obrero acerca de una destrucción planificada del estado social. Se conspiraba en pubs y cafés con la posibilidad de que Estados Unidos y el Reino Unido, Reagan y Thatcher, llegaran a convertirse en un único todo. Se esperaba a la caída del Muro. Tiempos difíciles para el capitalismo que, como ahora, seguía buscando su lugar en el mundo a base de zarpazos a las molestas y tocapelotas clases medias. Mientras tanto, en las ciudades del centro del país, en las Midlands, en Yorkshire, en el Noroeste, se jugaba al fútbol en los pequeños espacios que permitían las interminables hileras de barrios de ladrillo rojo y cobertizo en el jardín. Y allí había dos ídolos: Gascoigne y Clough, y un enemigo: Maggie Thatcher. En ese contexto se produjo el gran cambio del fútbol inglés. Un cambio que no tuvo lugar en las islas. Sucedió en Torino. En Delle Alpi. Fue en una semifinal de un Campeonato del Mundo en la que Gazza lloró, en la que Alemania aún era Federal y tras la que Gary Lineker pronunció un aforismo que ya es leyenda: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once pero en el que siempre ganan los alemanes”.

La década había comenzado con dos grandes victorias a nivel de clubes para los ingleses. En 1980 Brian Clough, el laborista, rebelde e incontenido Brian Clough, había llevado al Nottingham Forest de Peter Shilton, Martin O’Oneill y Trevor Francis (el hombre del millón de libras) a su segunda Copa de Europa consecutiva. Al año siguiente el Liverpool (campeón en 1977 y 1978) acabó en el Parque de los Príncipes con un gran Real Madrid para poner una nueva orejuda en su palmarés, y el Aston Villa levantó el gran trofeo continental solo doce meses después en Rotterdam ante el Bayern Múnich completando el gran repóker de los inventores de esto. Pero a pesar de los éxitos, el fútbol, lejos de la pompa, el glamour y la mercadotecnia de los que se rodea hoy día en la máxima competición del país, se había convertido en una suerte de terapia de choque contra la miseria a la que se veían abocadas las principales ciudades del centro Inglaterra. En Birmingham, en Leeds, en Sunderland, en Liverpool, en Manchester, en Newcastle la población en paro superaba con creces a la población activa al mismo tiempo que Thatcher apretaba y apretaba el cinturón de los recortes sociales. Parado y sin recursos, los estadios eran los únicos lugares en los que el pueblo se situaba a una idéntica escala social. Desempleados y trabajadores en activo. Ricos y pobres. Todos iguales ante el fútbol. Como al inicio de la aventura. Como en aquel pub en el que se produjo la histórica escisión del rugby.

Entonces la carretera que tras media hora escasa de conducción separa Nottingham de Derby aún no había sido bautizada como Brian Clough Way, aunque el genio de Middlesbrough ya era tan importante en la vida del aficionado medio como en la del lector habituado a la lectura política. “Todos sabemos quiénes somos los verdaderos dueños del fútbol. Es lo único que no podrá quitarnos”, decía Clough sobre una Dama de Hierro que parecía querer conducir al país a décadas menos sugestivas para la imaginación. Y es que sin saberlo Inglaterra caminaba hacia uno de los cambios sociales y económicos más importantes de la historia de un estado que futbolísticamente no había sido capaz de abandonar la imparable caída libre en la que se había sumido desde la final del polémico Mundial de 1966. Si el fútbol es un espejo de la sociedad que representa (ahí están los ejemplos de Argentina, Italia, Francia o Alemania), en las Midlands, que es como decir Inglaterra, esta reflexión se convierte en impepinable axioma. Aquella década de 1980 fue la del dominio absoluto del juego por parte de los isleños. El país ya había superado la tragedia aérea de Múnich del Manchester United, la selección por fin atesoraba un Mundial de fútbol y los equipos locales exportaban por el continente, siempre a su manera, los tres pilares del english way of life: barrio, pub, estadio. Sin embargo, algo fallaba. La violencia, el alcoholismo y la falta de afición real por el deporte comenzaron a mezclarse de modo habitual entre las localidades de los campos de fútbol, lugares que ya se habían convertido en demasiado peligrosos para los no iniciados en la liturgia del balón. Luego, pasado el ecuador de la década, llegaron Heysel y Hillsborough, las dos grandes tragedias, junto a la guerra de Las Malvinas y a la pobreza de las clases medias, que sufrió el país en esos diez años en los que el capitalismo tomó un nuevo sentido, más cercano a la anarquía económica que al estado del bienestar. Los centenares de muertos que el hooliganismo había provocado en los estadios llevó a prohibir la participación de clubes ingleses en competiciones europeas, lo que frenó el poderío que habían mostrado los equipos durante años y produjo el exilio de muchos futbolistas, que decidieron probar suerte en otras ligas.

Los campeonatos del Mundo de España 1982 y México 1986 habían supuesto sendos fracasos para una Inglaterra que veía como el deporte perfecto que habían creado se convertía en un ser con personalidad propia imposible de controlar; fue entonces cuando observaron y reconocieron el gran error cometido a la hora de exportarlo. El cricket y el rugby habían formado parte de la colonización cultural llevada a cabo por el Imperio (en completa decadencia en aquellos tiempos) y conformaban uno de los capítulos más importantes de un estilo de vida victoriano basado en la alta educación, el deporte de caballeros y las buenas maneras en la mesa. Pero el fútbol siguió un camino mucho más independiente, revolucionario y social; más cercano a los maltratados barrios que a las excelsas mansiones de la campiña. El hoy deporte rey abandonó las islas en busca de nuevos horizontes a bordo de barcos en los que viajaba la clase obrera más humilde, los parias, los nadies. No se desarrolló en los excelentes y snobs colegios privados construidos en Delhi, Karachi o Ciudad del Cabo. Evolucionó en los muelles, en las minas, en las fundiciones; lejos de cónsules, gobernadores y mandos del ejército de la reina, convertido de forma indefectible en un monstruo incontrolable para el sistema. En aquellos años Inglaterra era una superpotencia mundial en rugby y en cricket. No así en el fútbol, donde latinos, comunistas y mediterráneos habían usurpado su poder.

Y así llegó el país a la gran cita de Torino. Era 1990 e Inglaterra y Alemania reeditaban en una semifinal la final de Wembley de 1966. Los teutones, con el Muro derribado aunque todavía como República Federal, querían olvidar al Azteca. Los ingleses buscaban la redención. Shilton, Gazza y Lineker. Illgner, Mattahus y Klinsmann. Robson y Beckenbauer. Delle Alpi. No lo sabían cuando escuchaban los himnos, pero iban a protagonizar el mejor partido del peor Campeonato del Mundo de la historia. Los penaltis dieron el pase a la final a Alemania, que se impuso en el Olímpico de Roma a la Argentina de Maradona tras anotar Brehme una pena máxima que solo vio un mexicano vestido de negro. Pero en aquella semifinal hubo un ídolo que tras el pitido final se convirtió en ángel caído. Alguien que nunca más volvió a ser el mismo y que representó el cambio que iba a vivir el fútbol inglés solo unos meses después. Aquella semifinal fue la de Gazza llorando, consciente de que en caso de victoria no podría jugar la final de un Campeonato del Mundo, un hecho que en sí mismo justifica toda una carrera. Gascoigne era mucho más que un futbolista. Era el representante de la clase trabajadora que sufría la tortura económica de Margaret Thatcher. Era el tipo que cantaba borracho en el pub de su barrio y luego enamoraba sobre el césped. Era el trébol inglés: barrio, pub, estadio. Pero todo aquello terminó cuando Stuart Pearce erró el último penalti de los ingleses.

“Pudo haber sido perfecto, pero fue la última vez que a gente de la calle como nosotros se le dio el puto control de algo tan valioso”. La frase es de Casino (Martin Scorsese, 1995) y se puede aplicar al epílogo de una manera de entender el fútbol que ya no volverá. Las Vegas no volvió a ser la misma tras la muerte de Frank Rosenthal igual que el fútbol inglés no volvió a ser el mismo después de aquel Mundial. El mapa político global había mutado en apenas unos meses. Se abría la década de los 90, el muro había caído, Alemania Federal era la campeona del Mundo de fútbol y el neoliberalismo el campeón de la guerra fría. Con estos precedentes apuntaba Inglaterra hacia el cambio de milenio. Su selección de fútbol caería eliminada en la primera ronda de la Eurocopa de 1992 sin haber sido capaz de ganar un solo partido, aunque daba igual, se había inaugurado una nueva competición, salvadora de la patria, sin querer, gracias al aperturismo que permitieron los ingentes ingresos económicos provocados por la gestión autónoma de los derechos televisivos.
Era 1992 cuando se produjo el cambio de modelo que permitió la llegada de la Premier League. Una liga que en sus cinco primeros años de vida (también en los restantes) sufrió un dominio apabullante del Manchester United, campeón en cuatro ocasiones durante ese periodo. Solo un equipo fue capaz de sobreponerse al poder de los hombres de Sir Alex Ferguson. Fue el Blackburn Rovers, club del que Margaret Thatcher es vicepresidenta de honor

Dani González