2/8/16

Medellín Vs Boca Juniors. 1961. Moreno



Lo llamaban el Charro, por su pinta de galán de cine mexicano, pero él venía de los potreros del riachuelo de Buenos Aires. José Manuel Moreno, el más querido de los jugadores de la Maquina de River, gozaba despistando: sus piernas piratas se lanzaba por aquí pero se iban por allá, su cabeza bandida prometía el gol a un palo y lo clavaba contra el otro.
Cuando algún rival lo planchaba de una patada, Moreno se levantaba sin protestar y sin pedir ayuda, y por lastimado que estuviera seguía jugando. Era orgulloso y fanfarrón, y era peleón, capaz de batirse a trompadas contra toda la hinchada enemiga y también contra la hinchada propia, que lo adoraba pero tenía la mala costumbre de insultarlo cada vez que River perdía.
Milonguero, amiguero, hombre de la noche de Buenos Aires, Moreno amanecía enredado en las melenas o acobado en los mostradores:

El tango - decía - "Es el mejor entrenamiento: llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles, hacés trabajo de cintura y de piernas".
Los domingos al mediodía, antes de cada partido, devoraba una fuente de puchero de gallina y vaciaba más de una botella de vino tinto. Los dirigentes de River le ordenaron acabar con aquella mala vida, indigna de un deportista profesional. Él hizo lo posible. No trasnochó durante una semana ni bebió nada más que leche, y entonces jugó el peor partido de su vida. Cuando volvió a las andadas, el club lo suspendió. Sus compañeros de equipo hicieron huelga, en solidaridad con el bohemio incorregible, y River tuvo que jugar nueve jornadas con suplentes.
Elogio de la farra: Moreno fue uno de los jugadores de más larga duración en la historia del fútbol. Jugó durante veinte años en la primera división de varios clubes de Argentina, México, Chile, Uruguay y Colombia. En 1946, cuando regresó de México, la hinchada de River, loca por volver a ver sus corazonadas y sus amagues, no cupo en el estadio. Sus devotos voltearon las alambradas, invadieron la cancha: él hizo tres goles, lo sacaron en andas. En 1952, recibió una jugosa oferta del club Nacional de Montevideo, pero él prefirió jugar para otro club uruguayo, Defensor, un cuadro chico que podía pagarle poco o nada, porque en defensor estaba sus amigos. Y aquel año, Moreno salvó al Defensor del descenso.
En 1961, ya retirado, era director técnico del Medellín de Colombia. El Medellín iba perdiendo un partido contra el Boca Juniors de Argentina, y los jugadores no encontraban el camino del arco. Entonces Moreno, que tenía 45 años, se desvistió, se metió en la cancha, hizo dos goles y el Medellín ganó.


Eduardo Galeano.

Liverpool Vs Chelsea. 2014. El maldito resbalón de Gerrard

Steven Gerrard



Por: Edwin Medina


¿Lo recuerdas? Espalda recta, frente en alto, elegancia en su trote, pases precisos, buen juego aéreo. ¡Y como le pegaba! Recuerdo un gol en las tantas copas que juegan en el fútbol inglés, era una final, no recuerdo bien en que año, pero me acuerdo que estaba en el Liverpool el negro Cisse, sí, el mismo Cisse que un chino cara de perro le destrozó el tobillo previo al Mundial de Corea - Japón, como me dolió. Yo quería ver a esa Francia jugando con Trezeguet, Henry y Cisse, pero los galos se fueron de aquel Mundial sin anotar ni un sólo gol. ¿Cómo? ¿Que no pueden jugar juntos esos tres al tiempo? Los buenos jugadores, los crack, siempre pueden jugar juntos. ¿Acaso no recuerdas al Brasil de los cinco diez? También jugaba en aquel Liverpool Carragher, vaya central, puro huevo y corazón. Aquel día Gerrard la cogió de derecha desde varios metros de distancia, disparó como si odiara la pelota, sacó un latigazo féroz, potencia pura, un balazo que iba más rápido que el carro en el que se mató aquella princesa en París. Y a cobrar, por supuesto, campeones de Copa.
Te digo una cosa, lo del Liverpool aquella tarde estuvo bien. Pero lo que el hincha quiere es que los reds sean campeones de la Premier League. Desde 1990 en Anfield no saben lo que es ser campeones de la Premier. Se estancaron en 18 títulos, y veintitantos años sin ganar la Liga, para un equipo grande, es una eternidad. Claro, ganaron la Champions 2005 en aquella final épica en Estambul ante el Milán después de ir perdiendo tres a cero. Pero la Premier para los reds lo es todo. Necesitan volver a ser campeones absolutos de Inglaterra como antaño.
Y estuvieron cerca, fue en el año 2014, Liverpool era puntero de la Premier League a falta de tan sólo tres jornadas. Aquella mañana de domingo, se enfrentaban en Anfield ante la suplencia del Chelsea. Mourinho, técnico de los blue, decidió poner el equipo alterno porque quería reservar los titulares en la semifinal de la Champions ante el Atlético Madrid.
No me vas a creer lo que fue ese partido. Luisito Suárez venia hecho un demonio, todo lo que tocaba terminaba en gol. Era el goleador del certamen y se entendía bastante bien con Gerrard, Sturridge y Sterling. Pero ese día no tuvo ni una sola chanche, ni una. Justo en ese partido, no le salió nada bien. Los disciplinados o más bien los robots que puso Mourinho en el terreno de juego no pasaban de la mitad de la cancha. Todo balón cercano a su portero lo reventaban de punta para arriba. Te repito, con el triunfo nadie le quitaba el título al Liverpool, pero el empate también servía, porque lo reds seguirían dependiendo de sí mismos para ser campeones.
Los locales presionaban e intentaban por todos lados llegar al gol. Los de Londres rechazaban y raspaban. No habían pateado una sola vez al arco. Pero al minuto 88, el Liverpool estaba con sus líneas bastante adelantadas, la defensa estaba posicionada en el medio campo. Entonces Gerrard retrocedió para recibir un pase lateral, era el último hombre, atrás de él sólo se encontraba su compañero el arquero belga Mignolet. La esférica venía lentamente hacia el botín derecho de Gerrard, éste se posiciona para recibir, pero apoya mal su pie izquierdo, pequeño gran error, Gerrard resbala, el balón sigue su recorrido, pasa lentamente frente a los ojos del capitán, 'no te vayas sin mí', parece decirle con la mirada. Es tarde, la pelota ya está en los pies del delantero del Chelsea, Gerrard se repone, corre con la ilusión de alcanzarlo, sabe que nunca lo logrará. "Que lo resuelva él" habrá pensado mientras mira a su arquero, pero Mignolet ya se encontraba desparramado, aún aturdido por la imagen que vio segundos antes. El capitán abatido. Fue gol y todo el esfuerzo de la temporada se esfumó.
Pensé que lo iban a destruir. Tú sabes cómo son los ingleses, mira lo que le hicieron a Óscar Wilde cuando se enteraron de su homosexuidad. A cana. Pero con Gerrard fue todo lo contrario. A pesar del duro golpe, no pararon de animar a su capitán. Recuerda que son los hinchas del 'You Never Walk Alone'. Nunca caminarás solo. Ese resbalón fue como una premonición de lo que vendría. El Liverpool ya no dependía de sí mismo, ahora el City era puntero. Al domingo siguientente City volvió a ganar y los reds en otro partido increíble empataron ante el Cristal Palace y se despidieron del título. Luis Suárez lloraba desconsolado y Gerrard, vuelto añicos, lo miraba sin saber que decirle.
Nunca el Liverpool estuvo tan cerca en los últimos años de ser campeón de la Premier League. Aquella temporada había sido perfecta, la más cercana al tan ansiado trofeo.
Ahora Gerrard pasa el epílogo de su carrera bien lejos de su natal Anfield. No se repuso, se sintió culpable de aquel error y huyó, pero como nos enseñó Oscar Wilde en El Retrato de Dorian Gray, nadie puede huir de su pasado ni de sus errores por más lejos que vaya

Santos Vs Peñarol. 1962. Resultado apócrifo

Capitanes de Santos y Peñarol, previo al partido


Tomado de: Historias insólitas de la Copa Libertadores.
Autor: Luciano Wernicke.


Las reacciones de los hinchas frente a un resultado adverso han generado, en innumerables oportunidades, verdaderos infiernos dentro de los estadios de fútbol. Frente a una multitud encolerizada, algunos árbitros han recurrido a un insólito mecanismo de contención en pos de detener el estallido de una olla a presión y proteger sus vidas, las de sus colaboradores y las de los futbolistas: la simulación. 
En canchas de los cinco continentales ha sucedido que un referí, en general con la complicidad de los jugadores como coprotagonistas, han montado una improvisada obra de teatro para hacer creer a un público violento que su equipo empataba o ganaba y así trastrocar el humor de la gente, aunque en realidad el partido “oficial” ya había sido suspendido. 
Probablemente, la más célebre de estas actuaciones ocurrió el 2 de agosto de 1962 en el estadio Urbano Caldeira de Santos Futebol Clube, donde la escuadra local enfrentaba al Club Atlético Peñarol en la revancha de la final de la Copa Libertadores de 1962. El equipo blanco, sin Edson Arantes do Nascimiento “Pele”, lesionado en el Mundial de Chile de ese año, había vencido como visitante a su rival uruguayo en el mítico Centenario de Montevideo, 2 a 1, y con un empate en casa se aseguraba su primer título continental. El árbitro de la revancha, el chileno Carlos Robles, contó a la ya desaparecida revista Triunfo de su país que, antes del inicio del match, un hincha local ingresó a su vestuario armado con un revolver, al grito de “Santos tiene que ganar como sea”. Robles aseguró que, sereno, le contestó: “Para atemorizar a un chileno hacen falta cien hombres, así que vaya a buscar a los que faltan”. 
El partido comenzó y, al finalizar el primer tiempo, Santos se fue al descanso arriba en el tanteador, otra vez 2 a 1. Pero, en el complemento, los uruguayos sacaron a relucir su bien ganada chapa de guapos, adquirida en el “Maracanazo” del Mundial de Brasil 1950, para dar vuelta el tanteador mediante sendas conquistas del ecuatoriano Alberto Spencer (a los 49) y el charrúa José “Pepe” Sasía (a los 51). La remontada visitante enloqueció a los hinchas brasileños –se dijo que los espectadores habían visto a Sasía arrojar tierra a los ojos del portero Gilmar dos Santos Neves en la jugada previa al tercer gol visitante, algo que no fue advertido por Robles ni por sus colaboradores-, al punto que comenzaron a arrojar todo tipo de proyectiles a la cancha. En un córner, una botella, noqueó al referí chileno. En el informe que elevó a la CONMEBOL, el árbitro explicó: “Transcurrían siete minutos del segundo tiempo y en circunstancias en que había cobrado un tiro de esquina a favor del equipo de Santos, al tomar mi ubicación cerca del vertical, me fue lanzada una botella, la que me pegó en el cuello. Debido a esto quedé seminconsciente y momentáneamente ciego. Al recuperar la lucidez me encontré en los vestuarios rodeado de dirigentes. Por lo expresado más arriba, decidí suspender el match por no tener garantías para desarrollar mi misión. Personeros directivos brasileños trataban de convencerme para que continuara el partido, a lo cual me negué rotundamente. Debido a mi actitud fui amenazado por el presidente de la Federación Paulista, Joao Mendonca Falcao, quien me dijo que si no continuaba dirigiendo el match, él, como diputado, me haría detener por la Policía. Como yo mantuve mi decisión, me insultó delante de mis compañeros, (Sergio) Bustamante y (Domingo) Massaro, diciéndome “ladrón, cobarde, yo puedo probar que usted es un sinvergüenza”. Otras dos personas que habían entrado al vestuario pretendiendo hacer cambiar mi actitud, los señores Luis Alonso, entrenador de Santos, y el presidente del club, Athie Jorge Coury, me insultaron y dijeron que ellos no respondían por mi vida al salir del estadio”. Los hombres de Peñarol, asimismo, recibieron una lluvia de objetos –piedras, envases de vidrio de cerveza- y amenazas de muerte de espectadores, rivales y hasta de algunos policías que, supuestamente, debían protegerlos. En ese peligroso contexto, Robles sacó de su manga el as que le permitiría retornar a su casa sano y salvo. Tras una suspensión de 51 minutos, el referí regresó al campo de juego y reunió en la mitad del campo a los uruguayos Sasía, Nestor Goncalves y el arquero Luis Maidana y les confesó que el partido ya estaba suspendido pero haría jugar los 39 minutos restantes  para distender la situación. “Muchachos. Ayúdenme porque, si no, nos matan a todos”, rogó el juez. El match se reanudó y, en pocos minutos, Santos “empató”  a través de su delantero Paulo Cesar “Pagao” Araújo. Los hombres de Peñatrol casi no volvieron a pisar el área rival, hecho que pasó inadvertido para hinchas, jugadores y dirigentes del equipo paulista, que tras el pitazo final desataron un festejo desorbitado. Ninguno de ellos, como tampoco los periodistas, se enteró de la puesta en escena. De hecho, diarios como el matutino O Estado titularon en sus ediciones del día siguiente “Santos empató: es campeón de américa”. El baldazo de agua fría llegó horas después, cuando la CONMEBOL anunció la anulación de la igualdad, ratificó la victoria visitante y ordenó que ambos clubes se enfrentaran en un tercer y definitivo duelo en Buenos Aires, cuatro semanas más tarde, dirigidos por el prestigioso referí holandés Leo Horn. El 30 de septiembre, casi un mes del gravísimo episodio y con Pelé ya recuperado, Santos aplastó a Peñarol 3 a 0 en el “Monumental”  de River Plate. El “Rei” metió dos goles y el otro fue en contra del zaguero Omar Caetano. Los brasileños tuvieron al fin su anhelado trofeo. Los jugadores uruguayos, al igual que el chileno Robles, al menos vivieron para contarla.

21/7/16

Brasil Vs Uruguay. 1950. El reposo del centrojás

Obdulio Varela


Tomado del libro:Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol.
Escrito por: Osvaldo Soriano.


Mire usted lo que son las cosas. Nosotros habíamos empatado con España dos a dos con un gol que yo hice sobre la hora, esos goles que salen de suerte; el segundo partido le habíamos ganado a Suecia tres a dos, ahí no más. Los brasileños venían matando. Le habían marcado seis goles a los suecos y otra media docena a los españoles. Cuando fuimos a la final nadie dudaba de que ellos nos aplastarían. Tenían un cuadro bárbaro, eran locales y el mundo entero esperaba que ganaran el Mundial. Nosotros jugábamos, puede decirse, contra todo el mundo.

Eso, creo, debía darnos tranquilidad. Nuestra responsabilidad era menor. Recuerdo que un dirigente uruguayo lo llamó a Óscar Omar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformaban si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya debíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.
Yo lo escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar este partido. Y si no lo ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.
Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así nomás. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños la copa Río Branco y les habíamos ganado 4 a 3 el primer partido; después perdimos dos veces por uno a cero, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.
Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo”.

Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde se iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.

Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.
En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.
En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos para tratar de jugar de contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.

La voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la bandera y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo, había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más.

Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.
¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no le van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iban a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.

Cuando hicimos el segundo gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas flotaban en el mar. Era una desolación.
Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos bares para tomar unas chopps y caímos en lo de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo había arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía.

El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ése? Es Obdulio”. Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los bares. Yo pensé: “Si tengo que morir esta noche, que sea”. Pero acá estoy.
Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores les dieron unas de plata. ¿Usted cree que alguna vez se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca. Los jugadores que intervinimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.

Yo empecé a jugar al fútbol en serio por una casualidad. Éramos doce hermanos, hijos de un vendedor de factura de cerdo. Siempre fuimos muy pobres. Yo fui a la escuela tres años y tuve que largar para ir a vender diarios, primero, y después a lustrar zapatos. Como lustrador sacaba seis pesos por mes en el año 32. Un día me invitaron a jugar un partido de barrio. Allá encontré a mi hermano que jugaba en el otro equipo. Al fin, cuando me estaba cambiando para salir a jugar, apareció el titular del equipo, que era el tanque Amato, y no me pusieron. Entonces vino mi hermano y me dijo que si quería entrar para ellos. Como yo había ido a jugar al fútbol, acepté. Ganamos y me quedé en el equipo.

Los muchachos me consiguieron un trabajo de albañil y yo me puse muy contento. Empecé a jugar en un club que intervenía en el campeonato de intermedia, que venía a ser como la primera B de ascenso ahora. Parece que andaba bien, porque un día me avisaron que me habían vendido al Wanderers por 200 pesos.
Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré fui a ver a los dirigentes del Wanderers y le pregunté: “¿Quién va a defender al club, el Deportivo Juventud o yo?” Conseguí que me dieran los 200 pesos. Ese día me compré de todo con esa plata. Cuando aparecí en casa mi madre no quería creer que me habían dado toda esa plata. Ella creía que yo andaba en malos pasos.
Es que cuando uno se cría en la calle, tiene dos caminos: aprende a defenderse con dignidad, como hice yo porque tuve la oportunidad, o se larga a cualquier cosa, como les pasa a otros que no tienen una chance.
A mí me fue tan bien que, cuando subimos, no bajamos nunca más. Debuté en el Wanderers contra River Plate y perdimos, pero después le ganamos a Bella Vista. Por fin, en el estadio centenario jugamos contra Peñarol. Yo tenía enfrente nada menos que a Sebastián Guzmán, el maestro. Ellos tenían un cuadrazo, pero les ganamos 2 a 1. No me lo olvido jamás. Estuve cuatro años en el Wanderers y en 1943 pasé a Peñarol por 16 mil pesos, una cifra récord para el pase de un jugador. Me quedé para siempre en Peñarol hasta 1955 que largué el fútbol.

Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas, todos están metidos en el negocio sin importarles para nada la dignidad del hombre. Yo siempre me lo tomé de la mejor manera. Cuando vinieron a sobornarme, no me enojé ni los saqué a patadas ni los denuncié. Les dije que no, que buscaran a otro con menos orgullo que yo. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste, vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir.


Muchas cosas me dolieron. Los periodistas se metieron en mi vida privada, me atacaron mucho durante la huelga de jugadores porque ellos le hacían el juego a los clubes. Yo decidí vivir mi vida y rompí con ellos. Desde entonces me encapriché y me negué a salir en las fotos que tomaban al equipo en la cancha. Cuando mis compañeros me pedían que saliera, me ponía de costado y miraba para otro lado. Una vez los cronistas hicieron un planteo a Peñarol y el club me llamó para convencerme de que tenía que ser amable y salir en las fotos. Entonces les pregunté: “¿Para qué me contrataron: para sacarme fotos o para jugar al fútbol?” Ahí se terminó el incidente. No quise saber más nada con dirigentes ni con periodistas que escriben lo que quieren los que mandan. Yo sé que hay que ganarse la vida pero no hay motivo para ensuciar a los demás. Por eso yo no volvería a acercarme a una cancha aunque me ofrecieran millones. A mí me castigaron mucho y no lo aguanto. Por eso le dije que si ahora tuviera que jugar una final, me hago un gol en contra. No vale la pena poner la vida en una causa que está sucia, contaminada. El que se sienta capaz, que lo haga. Algún día tendrá que rendir cuentas: entonces sabremos quién es quién y si valía la pena ensuciarse.

18/7/16

Huracán Vs San Martín. 1975. Para la gloria y regocijo de Huracán, tres goles se mandó el domingo "El Loco"




René Houseman


“¿Quién fue el del gol?..” ¿Quién hizo el gol?...” La pregunta brincaba y rebotaba como pelota saltarina sobre las cabezas de los tabloneros que estaban festejando en alegre aspamento el gol prematuro del Huracán. “¿Quién hizo el gol?”… la pegunta iba y venía porque el gol salió de una confusión de blusas blancas que cayeron envueltos entre el pasto y la tierrita. Y cuando el tipo salió del entrevero de los abrazos, quedó aclarado: “¡Fue el loco! ¡Fue el loco!” El loco es el loquito Houseman, el pibe René de la villa. Cargaba Huracán, Miguelito hizo un centro rasante y el muchachito villero, el más pintoresco extravagante jugador argentino de la época: uno de los pocos de personalidad fuerte, uno de los pocos absolutamente auténticos que quedan y se destacan en ese cuadro general de un panorama gris formado de proletarios profesionales del pie-pelota, se tiró en “palomita” entre un entrevero de patunes y, de cabeza, puso el 1 a 0 para los de Patricios frente a los simpáticos y empeñosos tucumanos del Santa Martín. ¡Si tendrá personalidad y desinterés y alegría en el corazón este gorrión villero que es René Houseman, que cuando fue al Mundial de Alemania, mientras tantos de sus compañeros ocupaban parte de sus horas en el hotel de Singerfilden – cerca de Stuttgart- meta y saca la cuenta de los dólares que iban empacando día a día por viáticos y por posibles puntos ganados el loquito Houseman se gastaba el dinero como quien tira manteca al techo. ¿Sabes cómo? Hablando por teléfono con los muchachos de Buenos Aires, los amigos, los del barrio, los familiares, la novia.
Montañas de marcos, moneda fuerte, moneda dura, divisa, de esas con las que nos abruman, nos inferiorizan y nos hacen temblar, se gastó el loco alegremente, sin pensar en la mañana, pero dándose el gustazo de tener un puente de comunicación fraternal, un puente fabuloso en el aire, para chauyarla con los amigos del boliche, de la esquina y preguntar por todos. “¿Hola con quién hablo? “Aquí habla el loco” “¿Quién? “¡El loco!” ¿Y dónde estás? “En Alemania, te hablo desde el hotel en Chifildenguen donde estamo concentrados. ¿Está allí el Toto? ¿Y no está Lagaña?” Y comienza a contar cosa de lo que hacía en aquella lejana tierra donde había gente que no sabía hablar porque no se le entendía nada y preguntar cosas y cómo salió el partido entre los villeros del “Rompeola” con los de “Arribayabajo”, y los minutos corrían y la cuenta se iba apilando y cuando llegó la hora de armar las maletas para volver al pago… unos traían empacados muchos dólares y venían serios y “El loco” venía limpio, sin un peso, pero contento. ¿Pa qué sirve la plata si no sirve para hablar con los amigos y preguntar cómo está la vieja y si ya nació el hijo de la Julieta la señora del Chito que cuando me fui ya estaba que se iba desparramando de tan panzona?...
¡Ah, villero de corazón puro! Una vez, en la puerta de esa capillita de Cristo Obrero, en ese medio mundo que es la Villa del Retiro, el padrecito Mugica, al que asesinó un mano maldita, maldito sea, nos decía a la barra: “Aquí tengo un centrodelantero que es un jugador de maravilla. No hay con qué páralo, cuando empieza a gambetear. Algún día será una gloria nacional. ¿Por qué no lo llevan a hacer una prueba en un club grande?” Quedó en mandarlo. Pero aquel padrecito tenía tantas cosas que atender, tantos niños que alimentar, tanto drama al que llevar consuelo y esperanza, tanta miseria a la que arrimar ayuda, tanto corazón desesperado al que haba que reconfortar que en aquel entonces, a lo mejor se le olvidó. ¿Acaso no sería “El Loco”, el fenómeno que nos hablaba el padrecito a que asesinó un malvado que debe llevar arrollada en el cuello una serpiente? A lo mejor, quien te dice.
Cuando apareció en la cancha grande con los colores del “Defe” después de haber alegrado los picados de todos los potreros que aún quedan por Palermo y por Belgrado ya era un crack.
Y tiene tanta personalidad que se entrene o no se entrene, él siempre juega bien: que desaparece y cuando reaparece no lo castigan porque él es superior a toda forma de disciplina que pretenda cortarle las alas al gorrión; que se raja de las concentraciones de la selección porque él es de barrio, de aire libre, de cielo abierto y no del lujo que tiene mucho de cárcel; de villa pobre donde se canta y no de Hotel-Palace donde no se puede cantar. Es el más humilde pero el más culto, porque René Houseman, “El loco”, tiene un concepto poético de la libertad y no quiere ser prisionero ni del dinero que se gasta hablando por teléfono, ni de las imposiciones de esos reglamentos para obedientes pero no para románticos.

“¿Quién fue el que metió el gol” “Fue el Loco” “¡El Loco!” …- decían los hinchas del globito el domingo cuando El Loco marcó el primer gol de “palomita”. A fin de cuentas, la palomita se la inventó Bertolucci. Y ... ¿De dónde es Bertolucci? De Huracán que carajo! Después, René Houseman clavó dos goles más y fue siempre el espectáculo de esas gambetas cortitas y esas diabluras grandotas que el tablón festeja entre la admiración y la risa. Y viéndolo tan flaquito, tan alegremente despreocupado en el vestir, en el andar como escondiéndose, en el aguantar, todo eso que hace “El Loco” sea siempre un villero, fija que aquel padrecito Mugica lo estará mirando desde allá arriba y le dirá a San Pedro el de las ganzúas, que según dicen es boquense: - “Vea Don Pedrola, ése es de los míos, de los buenos de las villas; de esas villas que son la protestas contra una sociedad manejada en el desorden, basada en la injusticia, donde a los pobres les  hacen penales y el referí no los cobra…

Tomado de: 10.000 Horas de fútbol.
Por: Diego Lucero



15/7/16

Dinamarca Vs Uruguay. 1986. Una falsificación de la garra uruguaya (Mundial de 1986: Uruguay 1- Dinamarca 6)

Michael Laudrup

    
MEXICO D.F. Al pisar el domingo la cancha del estadio Neza y ver correr a aquellos diablos rojos de la Escandinavia, me vino a la memoria aquella frase del príncipe Hamlet: “No sé por qué pero más bien estoy sintiendo como un mal olor que viene de lado de Dinamarca”.

Era que iba a empezar el baile más armonioso y más hermoso de la serie mundial del 86, un baile con música de minué con trasfondo de marcha fúnebre, porque el encuentro jugado el domingo en Neza no fue solo un partido de fútbol, fue un espectáculo de gracia y alta ciencia futbolística con el contraluz de un drama oscuro en el que iban a morir muchas cosas. El equipo de fútbol de Dinamarca, un grupo de amigos que se han reunido para divertirse jugando al fútbol, fue un asombro y un regocijo. Hacía tiempo que en este continuo deambular por las canchas de fútbol del mundo no veíamos jugar un fútbol tan hermoso, tan alegre y tan contundente, sin que para la contundencia del definir marcando goles tuviera que llegar a la jugada heroica ni al grosero taponazo mortal, de tan fácil que le resultó a Preben Elkjaer y sus violinistas señalar seis goles y perdonar otros que pudieron ser, por el placer de ponerle adorno a las jugadas.

Aquella fórmula del “toco y me voy”, que fue partitura de eximios jugadores del pasado, tuvo en los jugadores en Dinamarca intérpretes magistrales. Cuando los jugadores uruguayos llegaban en una búsqueda desesperada del balón o del hombre, allí ya no estaba ni la pelota ni el hombre. La facilidad con la que llegaban los dinamarqueses de la velocidad increíble, el dominio de pelota digno de maestros consumados, de sus toques de pelota casi artísticos, propios de profesionales de dedicación  absoluta a perfeccionar su oficio, fue asombroso y desconcierto. Asombro por la fineza de aquel fútbol exquisito; desconcierto, porque ahí se vio hasta qué punto en el fútbol del Río de la Plata, comparado con los dinamarqueses, los alemanes, los escoceses, llegamos a la conclusión de que nuestros jugadores – expresión de un fútbol que se muere de viejo- no saben correr, ni manejar la pelota por falta de oficio.
Y ya no lucen aquella viveza que los hicieron famosos, ni aquella agilidad de la gambeta del tiempo de la alpargata y para hacerla corta después del partido en Neza , antes de pasar al otro capítulo, un resumen y una profecía: que si a esos diablos vestidos de rojo de Dinamarca; si a ese alegre grupo de amigos bebedores de cerveza que juegan al fútbol no los paran a golpes, serán los campeones del mundo. Lo que iba a morir y murió fue una vieja leyenda de la garra charrúa que en un tiempo fue verdad y después desvirtuada, encarnecida, falseada, explotada como fórmula triunfal hasta convertirse en falsificación vulgar de aquello que había sido hermoso como es hermosa y emocionante la gesta.

La garra charrúa, la auténtica era la que superaba a fuerza a las fuerzas del alma, del espíritu, del corazón, esa fuerza hecha toda ilusión y todo coraje, los momentos más difíciles y amargos para convertir en victoria, los lances que ya – al parecer – tenían sello de derrota. Garra charrúa, para no ir más atrás en el tiempo, es la gesta del Mundial número 4 en Brasil, 1950, cuando en una sucesión de partidos dramáticos, a cual más dramático, el negro Obdulio Varela recibe la copa de campeón del mundo.

Ese joven de nombre Miguel Angel y de apellido Bossio supuso el domingo que aquello todavía podía ser posible. Y frente a los frágiles bailarines de Escandinavia ensayó la receta, creyendo, confundido que el amparo de los que hicieron creer que aquello era “la garra charrúa”, podía entrar a repartir miedo descargando unos espectaculares trallazos sobre las piernas rivales, como expresión cabal del “fútbol especulación”: hacer lo menos y ganar lo más. El árbitro lo echó. La falsa garra charrúa se quedó sin su arma predilecta. Y los seis goles que pudieron ser más hasta alcanzar una cifra bochorno – terminaron con una leyenda.
Epístola de un reo a los uruguayos: hemos traído líneas arriba el recuerdo de “los leones de Maracaná” que coronaron aquella hazaña hermosa y heroica del año 50 jugando como se debe jugar, sin pegar una patada, sin recurrir a subterfugios, sin fingir ser víctimas de faltas, sin chicanas, sin falluterías indignas del deporte y de los deportistas, merecedores por aquello de que se dijera con justicia que eran expresión cabal de la garra charrúa.
Vaya el recuerdo de los celestes que perdieron frente a Hungría en el Mundial de Suiza 54, medio equipo desecho como guerreros heridos en duras batallas, pero luchando gallardamente y al final, cojos, rengos, muertos, ir a felicitar a los vencedores.
El domingo 8 de junio quedó sepultada una leyenda: la de los falsificadores de la garra charrúa. Con ella, una era de fútbol uruguayo se ha muerto. Renacerá otro fútbol, sobre otras bases y ojalá sea tan hermoso y tan leal como aquel del pasado de la mucha gloria.


Tomado del libro 10.000 horas de fútbol de Diego Lucero

14/7/16

Santa Fe Vs Huracán. 2015. Días de vino y rosas

Santa Fe 2015


Por: Edwin Medina



En estos tiempos que corren, se premia solamente al que gana y no al que lo intenta. Únicamente es merecedor del respeto del público el que vence y no el vencido. Las gradas, en estos tiempos modernos se parecen y bastante a los tiempos romanos en que los hombres se mataban, y alrededor de ellos una masa de gente furiosa e irracional, pedía a gritos la anulación, la humillación, la muerte del otro. El futbolista lo percibe, lo siente en el tenso ambiente que se respira previo al encuentro y salta a la cancha con la premisa de ganar o ganar y nunca de divertirse. El placer de jugar por jugar es un lujo que hoy por hoy sólo algunos niños se pueden dar.

La tensión de los jugadores la pude sentir desde la gradería aquella noche de Copa Sudamericana. El marcador que más se repite en este fútbol moderno de miedo y poca imaginación volvió a situarse en el gran tablero electrónico. Fue un cero a cero con pocas emociones. 
A los clubes colombianos, no les ha ido muy bien en finales internacionales. Les cuesta ganar títulos lejos de su cuna. El primero en acercarse a la gloria fuera de casa, fue el Deportivo Cali, subcampeón de la mano de Carlos Salvador Bilardo de la Copa Libertadores del 78. Luego, en la época de los 80,  América de Cali fue tres veces consecutivas subcampeón de la Copa Libertadores: 85', 86' y 87'. El primero en ganar un título internacional para Colombia fuel el equipo conocido como "Los puros criollos". El Atlético Nacional dirigido por "Pacho" Maturana se alzó con la Copa Libertadores del 89' después de una larga ronda de penales ante el Olímpia de Paraguay. Seis años más tarde, en el 95', Atlético Nacional volvió a una final de Copa Libertadores, pero sucumbió ante el talento de los brasileños del Gremio de Porto Alegre. Un año más tarde, en el 96', vaya uno a saber que "karma" estaba pagando el América de Cali, la "Mechita", fue otra vez subcampeón de Libertadores, perdiendo ante el River Plate de Ortega, Crespo y Enzo Francescoli. El Deportivo Cali sufrió la misma suerte en 99' al perder por penales ante el Palmeiras de Felipao. En 2002, pero por Copa Sudamericana, Atlético Nacional perdía ante San Lorenzo de Argentina al igual que en 2014 ante River Plate. La racha de subcampeonatos la rompió el menos pensado: En 2004, el Once Caldas venció al Boca Juniors de Bianchi y se coronó campeón de Libertadores. Fue el 2004, el año de los equipos poco taquilleros o "Marketineros' Porto campeón de Champions League y Grecia campeón de Eurocopa.


Frente a esta racha de subcampeonatos, el onceno bogotano saltó al césped del Campín. Se notaba el temor en los jugadores de Independiente Santa Fe. Cuando recibían el balón, se desprendían rápidamente de él, algunos se escondían detrás del rival para no recibir la esférica por miedo a perderla. Los minutos pasaban y pasaban y en el terreno de juego nada pasaba. Después de unos minutos disputados del segundo tiempo, ingresó el ídolo: Omar Pérez.

Antes de Omar Pérez, Santa Fe no ganaba un título desde hacía 37 años. Después de Omar Pérez Santa Fe ha ganado más de seis títulos con él. Pero esta vez el crack argentino no logró realizar esos pases letales que suele hacer. Mientras tanto, Huracán dejó arriba, sólo, sin más compañía que su sombra al delantero Ávila que nunca pudo pasar a los gigantes defensas santafereños Mina, Meza y Balanta.
El partido finalizó, y en definición por penales los ídolos Omar Pérez y Seijas, fueron los primeros en disparar y no fallaron. Luego, el zurdo Balanta anotó de forma perfecta. Los argentinos no estuvieron acertados y fallaron tres veces ante el arco de "Rufay" Zapata. Al final 3-1 a favor de Santa Fe. La histeria retumbó por toda la capital.
No es fácil ser un club colombiano y ganar en Sudamérica, por ello la gesta de Independiente Santa Fe quedará grabado no solamente en la historia de este equipo sino en la historia del fútbol colombiano. Esa generación ganadora liderada por Omar Pérez será nombrada obligatoriamente cuando se hable de los grandes equipos que se vieron en Colombia.


14/4/16

Liverpool VS BVB. 2016. El hombre de blanco

Jurgen Klopp


Por: Edwin Medina


Gabriel García Márquez  se encontraba en Bogotá, el día que la historia de Colombia se partió en dos.

Corría el año de 1948, Gabo era estudiante de la Universidad Nacional. Salió de una aburrida clase de derecho y se dirigió a su casa en el centro de la capital. Al llegar a su pensión se sentó a almorzar. La primera cucharada de sopa no había alcanzado a llegar a su paladar cuando al frente suyo se detuvo su amigo Wilfrido Mathieu.

-         Se jodió este país -le dijo-. Acaban de matar a Gaitán.
       
Gabo, un enamorado de las historias, tenía que presenciar este magno acontecimiento en primera persona. Salió precipitadamente hacia el lugar de los hechos. Al llegar a la convulsionada Avenida Jiménez de Quesada, casi sin aire, se dio cuenta que acababan de llevarse al herido a la Clínica Central, a unas cuatro cuadras de allí. Observó a un grupo de hombres que mojaban sus pañuelos en el charco de sangre caliente que dejó el cuerpo de Gaitán para guardarlos como reliquias históricas. Una mujer de aspecto humilde de las muchas que vendían baratijas en aquel lugar, levantó su puño con el pañuelo ensangrentado y gritó:

-Hijos de puta, me lo mataron.

Los limpiabotas del centro de Bogotá armados con sus herramientas de trabajo, trataban de derriban a golpes las cortinas metálicas de la farmacia Nueva Granada, donde los escasos policías de guardia habían encerrado al agresor de Gaitán para protegerlo de las turbas enardecidas.

-         Agente – suplicó el sospechoso – no deje que me maten.

De repente, en el lugar de los hechos apareció un hombre sacado de otro contexto, el cual Gabo describe así:

“Me llamó la atención un hombre alto y muy dueño de sí, con un traje blanco impecable como para una boda, incitaba a las masas con gritos bien calculados. Y tan efectivos, además, que el propietario de la farmacia subió las cortinas de acero por el temor de que la incendiaran.

-         ¡Al palacio! – Ordenó a gritos el hombre que nunca fue identificado- ¡Al palacio!

Los más radicales y enfurecidos obedecieron. Asaltaron la farmacia. Agarraron por los tobillos el cuerpo golpeado  y lo arrastraron por la carrera Séptima, hacia la Plaza de Bolívar. Desde las aceras y los balcones los alentaban gritos y aplausos de la horda enfurecida. El cadáver desfigurado a golpes iba dejando trapos de ropa y de cuerpo en el asfalto capitalino. Así la turba siguió de largo hasta el Palacio Presidencial. Allí dejaron lo que quedaba del cuerpo.

Gabo permaneció en el lugar del crimen unos minutos más, sorprendido por  aquel hombre. Luego se marchó ante el inminente peligro que corría él y todos los ciudadanos.  La muchedumbre  comenzó a quemar el tranvía, asaltar los comercios, romper ventanales y linchar a todo al que dejase notar una adhesión con el Partido Conservador.
Cincuenta años después, en Vivir para Contarla Gabo recuerda aquel día y  aquel hombre:

“Mi memoria sigue fija en la imagen del hombre que parecía instigar al gentío frente a la farmacia, y no lo he encontrado en ninguno de los incontables testimonios que he leído sobre aquel día. Lo había visto muy de cerca, con un vestido de gran clase, una piel de alabrasto y un control milimétrico de sus actos. Tanto me llamó la atención que seguí pendiente de él hasta que lo recogieron en un automóvil demasiado nuevo, tan pronto como se llevaron el cadáver del asesino, y desde entonces pareció  borrado de la memoria histórica. Incluso de la mía, hasta muchos años después, en mis tiempos de periodista, cuando me asaltó la ocurrencia de que aquel hombre había logrado que mataran a un falso asesino para proteger la identidad del verdadero”.

Recordé aquel hombre que describía García Márquez,  cuando veía a Jurguen Klopp, técnico del Liverpool vestido también de  blanco y tambien en un mes de abril como el Bogotazo, arengando  a las masas en las gradas y a sus jugadores en el césped.  Muy dueño de sí. Con órdenes y gritos bien calculados. El equipo inglés perdía ante el Borussia Dormund por dos tantos a cero como local  y debía marcar tres goles en 45 minutos para avanzar a las semifinales de la Europa League.

El liverpool, históricamente es un equipo de remontadas. La más conocida, en 2005 en la final de la Champions League. Perdía tres tantos a cero frente  al Milán de Carlo Ancelotti . Pero en el vestuario las palabras de Carragher y en el terreno de juego la jerarquía de su ídolo Steven Gerrrard fueron la fuerza necesaria con la que los reds lograron remontar en tan solo 45 minutos el encuentro y coronarse campeón de Europa por lanzamientos desde el punto penal.

Pero Carragher se retiró hace varias temporadas y Steven Gerrard está viviendo el epílogo de su carrera bien lejos de Anfield. Sin sus dos jugadores insignias sólo quedaba él, su técnico Klopp con su personalidad arrolladora y su gran manejo de grupo lograría el milagro de la remontada. Mientras sus jugadores intentaban lo posible, Klopp constantemente gritaba, levantaba sus puños, animaba la grada, le hablaba enfurecido a sus dirigidos. Minuto a minuto el hombre de blanco junto a la línea de cal alentaba tanto a sus jugadores como a sus seguidores. Recordándoles el esplendor de su pasado. Aunque los seguidores del Liverpool veían dificil vencer a los alemanes, no abandonaron,  así los educaron.

Liverpool logró el primer gol al minuto 58, la remontada comenzaba a vislumbrarse, pero el BVB marcó el tercer gol al minuto 64. Tres tantos a uno vencían los alemanes. La serie parecía definida. Los dirigidos por Klopp debían marcar tres goles en media hora. Imposible. Pero Klopp siguió creyendo en el milagro y no paró de impartir órdenes  a sus jugadores. Al minuto 66 el brasilero Philippe Coutinho anotó el segundo gol de los locales. La batalla estaba 3-2 a favor del BVB.  Minutos más tarde, al minuto 77, el defensa M. Sakho marcó el empate 3-3. Faltaba un solo gol para la remontada histórica. Aquella llegaría. En el minuto 91, Dejan Lovren se elevó del césped de Anfield y con un cabezazo certero sentenció el 4-3. Se escuchó el grito simultáneo de 40 mil personas y el estampido de todo Anfield. La cámara enfocó en aquel caos que originó el gol el rostro de Klopp. No celebró la anotación. Hizo una sonrisa distante. Se perdió entre la masa que ya había perdido el juicio. Klopp sabía que su equipo estaba fuera del peligro de la eliminación. Mientras tanto los hinchas alemanes dirigían sus miradas a Klopp, por sus rostros deduje que en el corazón de ellos floreció un rencor limpio. Purificado por los fines de semana que Klopp con ellos convivió.  Jurguen Klopp guió al BVB desde el 2008 hasta el 2016, con excelentes resultados, ganando la Bundesliga en dos ocasiones. También la Copa Alemana, venciendo al Bayern Munich.

 Liverpool ganó un partido quimérico en los Cuartos de Final de la Europa League. Venció al gran favorito. Estoy seguro que sin el estratega alemán hubiese sido imposible. Luego, al finalizar el encuentro, Klopp abrazó a sus jugadores como quien abraza a un amigo después de  años de no verlo. Posteriormente se perdió de nuevo entre la horda de gente,  como hace 69 años también en abril y también de blanco un hombre dirigió a un puñado de personas  para lograr su objetivo, lo consiguió y se marchó.




22/3/16

Sevilla Vs Real Madrid. 1992. Cuando Maradona y Bilardo se paseaban por Sevilla

Diego Maradona en su presentación en el Sevilla FC


Por: Edwin Medina.


Bilardo llegó aquella noche a su casa y encendió la televisión para ver el resumen de la jornada dominical de la Liga Española.  Las imágenes que se reproducían frente a sus ojos no las podía creer. Comenzó prontamente a enfurecerse. Su semblante  se endureció. Sus puños se cerraron mientras golpeaba el sillón.

-       Pero qué hijo de puta.- Vociferaba el doctor.
        
El programa deportivo aún no terminaba. Pero Bilardo ya había visto lo único que le interesaba. Salió de su casa inundado de ira, rumbo a buscar  a Diego Maradona para cogerlo a trompadas.
Horas previas, de ese mismo día, Carlos Salvador Bilardo, técnico del Sevilla FC había sustituido a Diego Maradona por bajo rendimiento. A Bilardo que nunca se le escapó ningún detalle como entrenador, se distrajo en otros asuntos y no percibió la furia que generó en Maradona aquella sustitución. Mientras el petizo jugador caminaba lentamente con sus guayos Puma hacia la línea de cal para darle ingreso a su compañero, no paró de insultar a su DT.
 Horas después, las imágenes de aquel programa deportivo le hicieron dar cuenta que su amistad con su viejo aliado de batallas no era la mejor.
Bilardo es un hombre acostumbrado a ganar o ganar. La victoria por encima de todo. Así que si tenía que sustituir a su paisano por vencer, lo haría sin vacilación alguna. 
Bilardo veía en los insultos que le dedicaba Maradona, una traición al entrenador que creyó en él: Previo al Mundial de México 86, Bilardo le entregó la cinta de capitán a Diego Maradona arrebatándosela al histórico Daniel Pasarella, creando una gran polémica en el país gaucho.

Bilardo llegó a la casa de Maradona en Sevilla para encarar al 10, pero Maradona  había viajado a Madrid. El martes, cuando se reanudaron las prácticas Maradona no asistió. A la tarde, Bilardo lo fue a buscar de nuevo y cuando la mujer de Diego abrió la puerta, Bilardo entró disparado putiando a Maradona y le tiró la primera trompada.
El periodista español Antonio Salas decía que el mejor chaleco antibalas que existe en cualquier parte del mundo es la sonrisa; recordó aquella frase cuando en un reten en Medio Oriente un soldado israelí le apuntaba directamente al rostro con su fusil.
Pero Maradona por supuesto no le contestó con una sonrisa a las balas disfrazadas de nudillos a Bilardo y comenzó la pelea. Los separó la esposa y el representante de Maradona que estaba en la casa.
Al día siguiente Maradona apareció en casa de Bilardo, presentó disculpas y se fueron a tomar cerveza.

Bilardo fue más que un entrenador para Maradona, y Diego fue más que un jugador para Bilardo. Por eso, las ofensas de un lado para el otro eran más dolorosas que cualquier otra.
El doctor, como también se le conoce a Bilardo, fue como un segundo padre para Maradona. Lo dirigió entre 1982 y 1990.
Cuando Bilardo comenzó a dirigir al Sevilla en 1992, pensó en el Dios humano más existente, como describió Galeano a Diego, para salir campeón de España. Bilardo siempre fue un apoyo para el astro argentino, lo aconsejaba, lo entendía y le alcahueteaba todo, menos la droga.
 Bilardo vivió en Colombia en la época de la efervescencia del narcotráfico. Eran los años 80 cuando Bilardo dirigió a la Selección Colombia, y  4 años atrás al Deportivo Cali, subcampeón de la Copa Libertadores de 1978. En su estadía en Cali, conoció según palabras del mismo Bilardo, jugadores de gran talento, pero desperdiciados por falta de disciplina. El aguardiente y la salsa eran peores rivales para los jugadores del Cali, que sus antagonistas  América de Cali o el Atlético Nacional de Medellín.
Bilardo impuso sus métodos estrictos, pero daban pocos resultados, se dio cuenta que para acabar con la idiosincrasia fiestera del jugador colombiano se debía trabajar en la mente de los más jóvenes. Los viejos, ya estaban muy viciados por el entorno.
Bilardo aseguraba que Colombia seria en los 90 después de Brasil y Argentina, la que mejor fútbol expresaría en el continente. Y no se equivocó.
Partió de Colombia rumbo a remplazar a su antítesis futbolística Cesar Luis Menotti en el banquillo de la selección Argentina. En medio de muchas críticas partió a México a disputar el Mundial de fútbol. Con Maradona capitán y figura ganó la Copa Mundo. Todo el pueblo argentino a su vuelta le pidió disculpas. Cuatro años después Maradona y Bilardo viajan a Italia a defender la copa. Diego con su tobillo hinchado del tamaño de una naranja, llevó hasta la final a la Argentina, pero el trofeo terminaría siendo levantada por Beckenbauer en el banquillo y Matthaus en el césped. Luego de la final, El Doctor y El Pelusa, toman caminos desiguales.
Dos años después se vuelven a encontrar en Sevilla. El objetivo: Salvar al Sevilla del descenso y pelearle al Madrid y al Dream Team de Cruyff la Liga. El mundo del fútbol aún no conocía la palabra efedrina, Suker se distinguía como la futura joya de Los Balcanes, Simeone ya mostraba su talento y furia en el medio campo y con Bilardo en la dirección técnica los hinchas del Sevilla tenían todo el derecho a ilusionarse. Pero el binomio Maradona Bilardo fue tan efímero como el matrimonio de Ángela Vicario y Bayardo San Román  en Crónica de una muerte anunciada. Solamente una temporada duró Diego en Sevilla. Marchó rápidamente, al igual que Bilardo que renunció porque según él, habían muchos líos en el interior del club.

Queda en el recuerdo de los sevillistas que el mejor jugador del siglo XX se paseó por el Ramón Sánchez Pizjuan y el gran partido de Diego al Real Madrid.

Lo que sería una historia con un color especial en Sevilla con el mejor jugador de la época y con uno de los mejores entrenadores del mundo en aquel entonces, terminaría en nada para el equipo más veces campeón de la Europa League. 



21/3/16

Checoslovaquia Vs Alemania. 1976. La Primavera al poder




Antonin Panenka. 1976.

"Podrán cortar todas las flores, pero nunca detendrán la primavera".

Pablo Neruda.


Por: Edwin Medina.


El fútbol se puede ver desde dos aristas: Como eterno manipulador de masas, como espectáculo alienante productor de consumismo desaforado, pero también, como representante de culturas e identidades nacionales y en algunas ocasiones como instrumento de lucha política. En esta última definición, me quiero detener e ir atrás, hasta los años 60, más exactamente a Praga, cuando surgió una revolución proveniente no de guerrilleros o campesinos oprimidos, si no por intelectuales, eruditos y escritores.

El crujir de las piedras siendo machacadas fue el primer sonido anormal que escucharos los habitantes de Praga aquel día. Luego, el unísono de botas desfilando hacia el centro de la ciudad terminó por asombrar aún más a los checos. Un centenar de tanques de guerra y miles de soldados soviéticos  asaltaron la ciudad, no dispararon ni una sola bala, no subyugaron a nadie, mucho menos hubo secuestros o saqueos,  tan solo querían demostrar su poder, querían ser vistos como el ejército poderoso que eran, para poner fin así a la Primavera de Praga. La máxima de Mluhan tomaba más autenticidad que nunca: El medio es el mensaje.

La Primavera de Praga junto al Mayo Francés, fue uno de los fenómenos sociales más hermosos del siglo XX. Al terminar la segunda guerra mundial, los soviéticos quedaron al mando de varios países europeos, entre ellos Checoslovaquia. El comunismo ingresó al país de manera autoritaria, tomando el poder absoluto, eliminando los partidos antagónicos ideológicamente, y reformando todas las leyes del país.
A los checos no les gustó la idea de recibir órdenes de líderes extranjeros y bajo el mando de los intelectuales de la época, unidos en un movimiento llamado: Unión de Escritores. Conformada entre otros por Franz Kafka, Antoni Jaroslav, Milan Kundera y  Alexander Dubcek, surgió una revolución, no de armas sino de ideas por parte del pueblo checo dirigida hacia el Kremlin ruso. Este grupo deseaba democratizar el país, y disminuir el dominio moscovita en los asuntos de la nación. Esta autonomía que buscaba Checoslovaquia en la Primavera de Praga se basaba en la educación, en la libertad del individuo, y en la pluralidad de pensamientos. Actuar "según su conciencia". Poner fin a la censura, y tener derecho cada uno de los ciudadanos checos de criticar al gobierno. Libertad de prensa  y autonomía de la misma, para producir informes mordaces sobre la incompetencia del gobierno y la corrupción.

 En ningún momento los chechos deseaban expulsar de su país a los rusos, de hecho aceptaban su poder armamentístico e idelógico, pero no deseaban ser gobernados por ellos y se negaban a aceptar el modelo soviético. Los rusos al darse cuenta del apoyo que estaba recibiendo los checos por parte de otros países, por su renacer intelectual y por su forma de hacer una revolución con ideas o como lo llamo Dubcek: Socialismo con rostro humano. Decidió poner fin a La Primavera de Praga. No estaba bien visto para el Kremlin que en plena Guerra Fría uno de sus subordinados se revelará y se convirtiera con el tiempo en su peor enemigo. Los rusos sabían que los chechos eran comunistas, pero eran otro tipo de comunistas, tal vez comunistas románticos o menos radicales. Así que cuando las nuevas reformas que surgieron de la Primavera de Praga tomaron vigor, los moscovitas decidieron echarlas abajo,  los rusos invadieron Praga, llevaron a Dubcek a Moscú, e implantaron su régimen totalitario en el país. Las armas vencieron a las ideas.

Este renacer intelectual que se dio en Checoslovaquia en aquella época surgió en todos los escenarios y rincones del país, incluso en el deporte. Por aquel tiempo los checos se dieron cuenta que podían enfrentar al mundo de  igual a igual. Uno de los hechos que marcaron aquella época fue el triunfo categórico del Slavia Praga sobre el Real Madrid y sus estrellas. Pero el clímax máximo del deporte checo  fue conseguido tiempo después al ganar la Eurocopa de 1976 gracias a un gol lleno de talento e inteligencia marcado por Antonin Panenka.

Era la final de la Eurocopa de 1976, alemanes y checos se encuentran cara a cara en Belgrado. Los alemanes venían de ganar dos años atrás a la Naranja Mecánica la Copa del Mundo, por ende eran los favoritos, sin embargo, los liderados por Franz Beckenbauer, no pudieron encontrar un ganador a lo largo de los noventa minutos ni en la media hora adicional. El encuentro terminó igualado a dos tantos, y por primera vez una final de Eurocopa se definiría por lanzamientos desde el punto penal.
  Los primeros siete penaltis encontraron su objetivo. Excepto el volante alemán Uli Hoeness el cual erró, mandando el balón por encima del larguero. Luego, llegó el turno de disparar a Panenka, éste lo hizo de una manera audaz, viváz, sublime, logrando que su lanzamiento alcanzara la inmortalidad.

Panenka besó con su botín la esférica, ésta se despegó del pie derecho de Panenka de forma lenta, elegante. El balón ingresó como en cámara lenta, el portero alemán ya acostado vencido sobre el verde césped de Belgrado, observaba como la bala blanca ingresaba como sonriendo, esperando a besar la red.
Fue el gol del triunfo,Panenka corrió con los brazos abiertos hacia sus compañeros, fue abrazado por ellos, pero no sólo fue un abrazo entre futbolistas, era el abrazo de todo un país. El gol de Panenka, fue un gol único, lleno de inteligencia, anotado por alguien proveniente de una sociedad que prima las ideas a las armas. Lo colectivo a lo individual. una sociedad que le dio al mundo a excelentes escritores, grandes jugadores y por supuesto, el gol de penal más hermoso de la historia.