13/8/17

Independiente vs Estudiantes |1983| Lloré por el gol que le faltó a Independiente

Eduardo Sacheri, escritor argentino

Por Eduardo Sacheri

Mi padre murió en julio de 1978 y se llevó muchas cosas consigo, empezando por la alegría. No fue lo único que partió con él. También lo hicieron las certezas, la confianza en el futuro, la convicción de que mi infancia era como la de todos los chicos. También se llevó a Independiente y a sus hazañas. Seis meses antes de su partida estuvimos juntos en la penúltima epopeya: Independiente de Avellaneda se coronó campeón en un partido imposible, jugando con ocho hombres contra un árbitro, una provincia entera y un gobierno militar que prefería otro resultado. Seis meses después me tocó vivir la última: otro campeonato, como visitantes otra vez, contra River Plate y con un Ricardo Bochini que se vistió de mago. Pero ese fue el milagro del adiós. Una caricia final, como un regreso subrepticio y fugaz, con la muerte reclamándolo desde la puerta, señalando el reloj y soltando un “ahora sí, don Héctor, esta es la última, tenemos que irnos, despídase de una buena vez”. 


Fue entonces cuando empezó, verdaderamente, la vida sin él. Sin él y sin las hazañas de Independiente. Pasó un año. Pasaron dos. Pasaron tres. Independiente navegó por temporadas olvidables. Mi hermano, hincha fanático de River Plate, empezó a llevarme con él a la cancha. No sé si por acompañarme la soledad o por acercarme a sus propios amores, pero domingo por medio me llevaba. Lindo programa. En River jugaba Kempes, jugaba Alonso, atajaba Fillol. Lo dirigía Di Stéfano. El Monumental era un estadio hermoso. Tenía un “tablero electrónico” en el que se leía el resultado y el tiempo de juego y a mí se me antojaba una maravilla tecnológica. En los ratos vacíos me quedaba extasiado mirando esos arcos en los que habían entrado los goles de la final del campeonato del mundo. Hasta me di el lujo de ver a Diego Maradona, con la camiseta de Boca, en un clásico tenso y aburrido de 1981 que terminó empatado.

Una vez al año veía a Independiente. Las camisetas rojas, las banderas color sangre en la tribuna de enfrente. Supongo que seguía siendo del Rojo. Pero lo “supongo” porque en esos años inciertos yo era pocas cosas y lo era de un modo gris y desvaído. Independiente sin mi viejo era menos Independiente. Era esa presencia fugaz una vez por año. Eran recortes de diarios que de vez en cuando sacaba de un cajón, cada vez más amarillentos.

Y de repente, en 1982, Independiente pareció despertar. Se armó mejor. Empezó a ganar partidos. Mientras la Dictadura Militar agonizaba, mientras perdíamos en Malvinas, Independiente ganaba y disputaba mano a mano el campeonato. Un poco arriba, un poco abajo del Estudiantes de La Plata que proyectaría a Bilardo al reconocimiento y a la selección nacional. Los domingos no solo era ver a River. También era escuchar la radio y cruzar los dedos. Por culpa del Mundial de España, o porque sí, el torneo se estiró hasta los primeros meses de 1983. ¿Y si era la resurrección? ¿La de Independiente? ¿La de mi infancia? Una campaña impresionante. Diecinueve partidos ganados. El equipo más goleador. Y sin embargo salió segundo. Por dos puntos. El campeón fue, nomás, Estudiantes de La Plata. Y mis ilusiones se desinflaron. Mejor no volver a creer, me dije.

Pero fracasé en mis planes. Porque unas semanas después empezó el Torneo Nacional de 1983. E Independiente arrancó, otra vez, ganando. Pasó la primera fase. La segunda. Octavos de final. Cuartos. Semifinal. Y en la final, otra vez Estudiantes. ¡Algo debía querer decir todo aquello! La paciencia tenía su premio. La perseverancia daba resultado. Por algo había seguido siendo fiel al Rojo. Para esto. Para salir campeón otra vez. Para enderezarme la suerte y desempolvar los recuerdos.

La primera final fue con derrota. Como visitantes perdimos dos a cero. Mal resultado. Pero mi viejo me había enseñado que para Independiente, en nuestra casa, en Avellaneda, no existían los imposibles. Si había que ganar, ganábamos. Si había que hacer dos, tres goles, los hacíamos. Me había criado con ese mantra. Y si papá no estaba ahí para decírmelo, me tocaría a mí remedarlo.

La noche del 10 de junio de 1983 me encerré en mi habitación, me acosté en la cama a oscuras y me pegué la radio portátil a la oreja. No cualquier radio. La radio de mi padre. La radio en la que habíamos escuchado cómo Independiente ganaba la Copa Libertadores de América cuatro veces consecutivas. Cuatro. Consecutivas. 

Los lectores de SoHo estarán esperando el envión final de este relato. Ese momento culminante en el que Independiente mete uno, mete dos, mete tres goles. El instante feliz en el que yo salto alborozado al encuentro del campeonato y de mis fantasmas.

Lamento tener que cambiar esa imagen por la verdad, que a veces se empeña en ser mucho menos cinematográfica. Independiente ganó. Pero lo hizo 2 a 1 y, por lo tanto, no fue suficiente. Meses atrás había perdido el campeonato por dos puntos. Ahora lo perdía por un gol. Nada era verdad. Nada era cierto. Nada era mío. 

Ya no recuerdo por qué, pero estaba solo en la casa. Fui al comedor y encendí el televisor. En esa época los partidos los daban en diferido, con una hora de distancia de su horario verdadero. En la radio el partido había terminado y Estudiantes festejaba. En el televisor Independiente ganaba dos a uno y atacaba por todos lados buscando el resquicio para la hazaña. 

Fue entonces cuando empecé a llorar. Lágrimas gordas, densas, silenciosas. No lo tuve en cuenta entonces, pero llevaba casi cinco años sin llorar. No lloraba desde el día de 1978 en que había muerto mi padre. Ahora, frente al televisor, no solo lloraba. Torpe, inútilmente, seguía esperando que Independiente convirtiera, en la pantalla, el gol que se le había negado por la radio. Un milagro para mí, eso estaba esperando. Un milagro a mi medida. Un milagro a la medida del héroe que había perdido. En esas estaba cuando llegó mi hermano. Me vio ahí, sentado frente al televisor, viendo un partido que en el mundo real ya había terminado hacía rato. Me vio llorar callado. Respetó mi silencio y siguió de largo.

Creo que esa noche, en medio de esas lágrimas, terminé de hacerme hincha de Independiente para siempre. Ahí. En la derrota. Sin escape y sin fisuras. En la casa sola. En esas imágenes póstumas que no podían cambiar la historia. Mientras esos pobres jugadores de camisetas gris oscuro (ese era el rojo de mi equipo en la televisión blanco y negro) buscaban con gambetas, con pases, con centros y con angustia el gol que hiciera sonreír al destino.

Podría quedarme, al final de esta narración, con todo lo que hizo Independiente, después, en ese mismo año y en el siguiente. Campeonato local, Libertadores, Intercontinental. Pero no me interesa. Hoy no. Hoy prefiero quedarme con ese chico que fui, con esa radio abandonada y con ese televisor inútil.

A veces me preguntan por qué quiero tanto a Independiente. En general no respondo. Pero si cabe dejar alguna respuesta por escrito, puedo decir que lo quiero así porque le debo un montón de cosas. Para empezar, o para terminar, le debo esas lágrimas con las que empecé, por fin, a ajustarle cuentas a la puta muerte y sus derrotas.

Barcelona FC vs Real Madrid |1969| Yo lloré por mi papá y por el Barca

Juan Villoro, escritor mexicano

Por: Juan Villoro



Leí poco en la infancia. En consecuencia, mis escasos contactos con la lectura tienen el aura de lo asombroso. De niña, mi madre leía la revista argentina Billiken y conservó números encuadernados para satisfacer una prematura ilusión: compartir esas historias con sus hijos.


En Billiken leí un relato del que recuerdo el título y el tema: “El match fatal”. El virus del fútbol ya había entrado en mi organismo, así es que me entusiasmó leer una historia sobre un asesinato en un estadio.

Durante años me pregunté si sería capaz de presenciar algo semejante. He sabido de futbolistas que se desploman en el césped, víctimas del excesivo esfuerzo; cuchilleros que buscan vengar su adversa suerte en cuerpos enemigos; conspiraciones políticas para segar la vida de un atleta disidente. El partido mortal que más me afecta no tiene que ver con eso.

El fútbol es la última reserva de la intransigencia emocional: cambiar de equipo es como cambiar de infancia, abandonar al niño que apostó por unos colores y no por otros. Ser hincha significa volver a las pasiones del comienzo, cuando el grito y el llanto son variantes de la respiración. 

En las gradas, he cerrado los ojos como una última superstición para darle suerte a mi equipo; he murmurado plegarias a los dioses menores del Necaxa; he sentido las quemantes lágrimas de la derrota bajar por mis mejillas; he bebido su sal para que no se note el sufrimiento de quien apoya a un club débil y a estas alturas de la calamidad ya debería saber perder. ¿Es esto normal? Por supuesto que sí: es la esencia del fútbol.

Mi “match fatal” no es un juego de 90 minutos, sino de una vida. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años y mi padre se encontró con el predicamento de entretener a su hijo los domingos. No siempre había películas infantiles en el cine y a la tercera visita al zoológico los leones nos contagiaban sus bostezos. El fútbol apareció como la solución perfecta. Íbamos al estadio de Ciudad Universitaria y, a partir de 1966, al Azteca. 

Filósofo de tiempo completo, mi padre increpaba a quienes abucheaban a los rivales, especialmente en el campo de los Pumas de la Universidad, al que apoyaba por razones académicas. A la menor ofensa, se ponía de pie para exclamar: “¡No pueden tratar así a nuestros invitados!”. En las tribunas, mi padre ponía en práctica la idea del otro a la que dedicó muchos ensayos. En su ecuménica visión del balompié no había enemigos: había invitados. Hablaba con la voz y los ademanes enfáticos de quien ha nacido en Barcelona; era alto, de cuello y hombros anchos, pero sobre todo mostraba inflexible determinación. Durante 90 minutos, lograba que en la proximidad de nuestros asientos predominara una tolerancia basada en el deseo de no provocar a un lunático vestido de traje y sombrero de palma.

En las gradas, mi padre me habló de un equipo que podía ser misteriosamente nuestro: el FC Barcelona. Mi primer regalo fue un llavero con los colores blaugrana: “Es más que un club”, dijo el filósofo que decía cosas raras que a veces eran aforismos. Había perdido su ciudad natal con el exilio y la añoraba con la pasión que solo puede sentir quien está lejos. Con el pretexto de hablarme del Barça, me hablaba del Parque de la Ciudadela donde aprendió a caminar, el mar Mediterráneo, el cementerio de Montjuic, donde estaba enterrado mi abuelo.

En 1962, el Barcelona fue a México y asistimos a un partido en Ciudad Universitaria. Aquel equipo fantasmal cobró misteriosa realidad. En 1969, fuimos por primera vez a Europa y vimos el derby Barcelona-Real Madrid en el Camp Nou.

Durante años, compartimos partidos bajo la lluvia y nos insolamos en días de tedio. Un jueves por la noche hubo una trifulca en nuestra grada; los bandos enemigos se apoderaron de las cubetas de los cerveceros y lanzaron trozos de hielo hasta descalabrarse. Por una vez, mi padre no recurrió a argumentos éticos; me protegió con su cuerpo grande, oloroso a loción Aqua Velva. En el Mundial de 1970 vimos a Pelé anotar contra Italia en la final.

Lo más sorprendente de esta historia es que me hizo pensar que tenía un padre fanático del fútbol. No era así. En cuanto pude ir por mi cuenta a los estadios, se apartó del juego. Había fingido su pasión para mejorar la mía.

Tengo pocos recuerdos de mi padre en una casa, tengo muchos en un estadio. Parco en sus afectos, jamás me dijo que iba ahí porque eso me gustaba. Veía las evoluciones del balón, pensando en otra cosa, mientras yo creía que descifraba estrategias. 

Cuando el dream team de Johan Cruyff demostró que el Barcelona podía ser triunfal, ya era posible seguir la liga española. Mi interés en el sufrido Necaxa se compensó con el Barça. 

He escrito sobre el Barcelona, he vivido en la ciudad condal y formo parte de la convulsa fauna que Cruyff llamaba “el entorno”. La nostalgia con que mi padre evocaba al Barça se convirtió en la enfermedad crónica de su hijo.

El 5 de marzo de 2014 murió Luis Villoro, a los 91 años. Mis tres hermanos viven fuera de la ciudad, de modo que tuve que hacerme cargo del funeral. Lloré al verlo en su lecho de muerte, pero no pude hacerlo en el velatorio. Tenía que ocuparme de los infinitos protocolos de una pérdida definitiva; aun así, me pareció insensible no expresar mi dolor. 

Días después, recibí un correo electrónico: la directiva del FC Barcelona me daba el pésame por la muerte de mi padre. Recordé una frase de Samuel Beckett: “No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino”. Ese era mi match fatal.

Lloré como no había podido hacerlo en la funeraria, vencido por la emoción del niño ante la derrota, el niño que busca la mano de su padre para encontrar consuelo y sabe, por primera vez y para siempre, que esa mano ha dejado de estar ahí.


6/8/17

Coppi vs Bartali |1952| ¿De quién era la botella?



Italia ha sido escenario de una de sus pruebas ciclistas más importantes: la Semana Coppi-Bartali en la que el país recuerda y homenajea a dos de sus principales símbolos. Sobre estos dos corredores se ha construido toda una leyenda en relación a su supuesta rivalidad, que tuvo su punto culminante en la imagen de 1952 en la que uno de ellos cede agua a su gran rival en plena etapa del Tour. Desde aquel momento Italia se obsesionó por conocer cuál de ellos había tenido ese gesto cargado de deportividad. Y aún hoy discuten.

Por: JUAN CARLOS ÁLVAREZ

Hubo un tiempo en que Italia hizo la guerra a través de dos ciclistas. Gino Bartali y Fausto Coppi fueron durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial los símbolos de las dos Italias, la comunista y la de la Democracia Cristiana. Eran Don Camilo y Pepone, pero subidos a la bicicleta. Fue algo con lo que se encontraron sin necesidad de buscarlo.
Italia vivía permanentemente en la trinchera y el ambiente del país influyó también en la forma de ver a estos dos colosos del deporte. O eras de Bartali o eras de Coppi. Había que elegir, como en tantas otras cosas. La neutralidad no estaba bien vista.
Bartali era un tipo bonachón, de pueblo, ferviente católico, de profundas convicciones, familiar, casado con la novia de toda su vida. Respondía de forma perfecta al ideal de la Democracia Cristiana. Sus mejores años se los llevó la Segunda Guerra Mundial que impidió que su palmarés fuese deslumbrante, aunque ese tiempo hizo crecer su gloria personal ya que se dedicó a ejercer de correo, mientras entrenaba, para salvar la vida de cientos de judíos.

Fausto Coppi era más joven, más moderno y descarado. Su vida privada daba mucho más juego, sobre todo cuando tras ganar una carrera corrió a entregar el ramo de flores a una mujer casada con la que mantenía un idilio, la famosa "Dama Blanca". Un escándalo para la época. Eso, unido a unas declaraciones en las que admitía su laicismo, le convertían en el símbolo perfecto para el Partido Comunista de Togliatti.
Después de la Segunda Guerra Mundial, con el país cogido por un par de pinzas, la rivalidad entre Bartali y Coppi lo ocupó casi todo. "Mejor que peleen ellos dos a que lo hagamos millones de italianos". Era una de las frases más repetidas en aquella época y que mejor retrataban la situación que se vivía en cada una de las carreras. Ellos cargaban como podían con aquellos estereotipos. No alimentaban aquel enfrentamiento, aunque tampoco lo rechazaban. Eran conscientes de la importancia que tenían para la sociedad y asumieron ese papel. Disfrutaron de mejores y mejores momentos, conquistaron dos Tour cada uno, ocho Giros (cinco Coppi)...
Entonces, llegó el Tour de 1952. Los mejores días de Bartali (38 años) ya han pasado mientras Coppi está en su apogeo como corredor. Pero el gran Gino, el "monje volador", da la cara en la primera gran etapa de montaña, la que termina en Alpe D´Huez. En la subida al Galibier se quedan solos. Aprieta el calor, ambos se retuercen sobre la bicicleta, suspiran por un poco de sombra, están empapados en sudor. Las piernas flacuchas de Coppi tiran de Bartali que tuerce el gesto. De repente las dos ciclistas quedan unidos por una botella de agua. Las gargantas echan fuego y uno cede al otro algo de bebida. Un gesto normal en cualquier competición, pero todo un acontecimiento para aquella Italia. Carlo Martini, uno de los fotógrafos que cubren la carrera, es el único que toma la imagen. Al día siguiente la portada de la Gazzetta dello Sport conmociona la vida del país. Los dos dioses del ciclismo, los grandes rivales, los que durante años han librado descarnadas batallas condenadas a la eternidad, muestran un poco de humanidad. Inmediatamente el país se enzarza en un absurdo debate sobre quién es el que cede agua al otro. Para unos es Bartali el generoso, para otros es Coppi el caritativo. Dependiendo de las convicciones políticas o religiosas que uno tenga la botella va en una dirección o en otra. Esa es la realidad de un país capaz de convertir un gesto hermoso en un asunto de vida o muerte. Los seguidores de Coppi argumentan que en su bicicleta no hay bidón alguno con lo que él es quien entrega el agua; los de Bartali explican que si su bicicleta va cargada de agua para qué necesitaba otra botella.

Los dos corredores no se imaginan el revuelo creado por la fotografía en su país hasta que pasan los días. Orgullosos ambos se apropian del gesto sin dudarlo ni un instante. Carlo Martini, el fotógrafo, se niega a desvelar el secreto y alimenta el misterio consciente de que en él reside su importancia. El retratista gana el premio a la fotografía deportiva del año y se convierte en una celebridad gracias a ese instante mágico en el que Coppi y Bartali aparcan todas sus diferencias para darse un poco de agua en medio del infierno del Galibier. Pasan los años y ninguno de los protagonistas confiesa hasta que en 1960 Coppi, con apenas cuarenta años, muere a causa de la malaria contraída en una competición en Burkina Faso. Bartali, presente en el entierro, roto por el dolor, ya no vuelve a hablar nunca más de la famosa botella. Pero el debate no se termina. Martini asegura poco después que la imagen fue una sugerencia que él hizo a los dos corredores y que estos accedieron. El pueblo prefiere no creerse demasiado esta teoría y seguir con su debate sobre cuál de las dos mitades del país dio de beber a la otra. Han pasado casi sesenta años e Italia sigue enzarzada en su pequeña guerra civil ciclista.

América vs River |1986| América y los cuatro actos de tragedia libertadora

América de Cali, años 80s


Tomado de: Bestiario del balón, el lado B del fútbol colombiano.

En un listado de los equipos más desafortunados de la historia del fútbol sin duda puntea el América. Les invitamos a conocer la historia del club caleño y sus cuatro finales de Libertadores perdidas.
Acto I: Dos derrotas por el precio de una (1985)
Muy colombiana es la costumbre de acaparar todos los objetivos que se trazan en la cabeza, y aún más colombiano es no cumplir con toda esa hoja de ruta ya sea por impericia, pereza o simplemente porque "el año siguiente podré hacerlo".
El América de Cali fue a jugarse la vida en el desempate final de la Copa Libertadores de América ante Argentinos Juniors, en el tercer partido que se debía disputar para definir al campeón.
En Cali y Buenos Aires los dos clubes no pudieron decidir cuál de los dos se iba a ganar la Copa (victoria 1-0 para ambos en Cali y Buenos Aires), así que en esos tiempos un tercer encuentro era la única solución para no partir la Libertadores en dos pedazos.

Ojo, todo hubiera estado encarrilado en la normalidad de una definición que se puede ganar o perder, pero las condiciones de este encuentro estaban ya viciadas desde su arranque. Al mismo tiempo que el DT Gabriel Ochoa estaba al frente del América de Cali, se devanaba los sesos porque ésa no era su única responsabilidad en la vida: también dirigía a la Selección Colombia.
El Guss Hiddink criollo debía, además de pensar en el juego del América, intentar ganar el repechaje con la Selección Colombia ante Paraguay para clasificar a un mundial de fútbol: el de 1986. El lugar de ambos encuentros estaba definido y con fechas cercanas: la Libertadores, el 24 de octubre; la repesca, el 27.
Por eso tanto América como la Selección viajaron desde Cali en un vuelo comercial de Avianca, listos para conseguir dos buenos resultados. Claro, el viaje además también fue compartido por el plantes de Argentinos Juniors.

América perdió en los penales porque Enrique Vidallé le detuvo el último lanzamiento a Anthony de Ávila, culpado en su momento de la derrota, pero había alguien que era aún más responsable de la catástrofe: el encargado de patear ese cobro era Julio César Falcioni que en el torneo colombiano ya experimentaba su tiro frente al arco, marcando varios penales. Pero el argentino no quiso, según cuentan los que saben, y delegó la responsabilidad al jovencito samario a quien en algún momento de su vida le compraron sus derechos deportivos con un bus para su padre.
Con la carga de esa derrota a cuestas, varios de los jugadores del América fueron titulares de la Selección Colombia en el juego del 27 ante Paraguay. Obvio. El combinado de mayores perdió 3-0.
No había psicólogos suficientes para limpiarle la cabeza a este grupo de futbolistas que perdió dos chances de cambiar la historia.

Acto II: Las visitadoras y las barras bravas (1986)
¿Cómo distraer a los grandes futbolistas de River Plate, en Cali? Es que la idea era desconcentrarlos a costa de lo que fuera. El hacer pestañear a estos cracks iba a contribuir plenamente en poder agotarles el talento, de cara al primer juego a realizarse en el Pascual Guerrero. América llegaba a su segunda final consecutiva de Libertadores y el sabor de la derrota de 1985 debía ser desterrado de tajo, pero River tenía un equipazo: Nery Pumpido, Óscar Ruggeri, Funes y Nolberto "Beto" Alonso eran los ases de Héctor Veira.
Y aunque América no era inferior, era bueno tomar recaudos extrafutbolísticos. Los cronistas de la época cuentan que en el hotel donde se hospedó el club argentino, se empezó a llenar de mujeres y ninguna fea. ¿Prostitutas pagadas? ¿Fanáticas que se derretían con el acento argentino? Nunca nadie dijo nada y no se supo si finalmente algunos accedieron a los encantos femeninos. Aunque la primera teoría parecía ser la más válida (lo descubrieron porque cada mujer tenía la maña de apoyar el tacón en la pared), lo cierto fue que River le pegó un baile del demonio al América.

En el partido de vuelta, al América no lo estaban esperando ligueros, corsés y gentiles damas dispuestas a complacerlos. El presidente de River Plate, Hugo Santilli, era muy querido entre la hinchada, sobre todo entre los "Borrachos del tablón", barra brava tradicional del club de Nuñez, y entonces, haciendo uso de sus amistades, consiguió hacer una fenomenal recepción para los visitantes americanos cuando éstos estaban reconociendo el campo del Estadio Monumental. En el momento justo en que Julio Falcioni, Carlos Ischia, Ricardo Carega entre otros muchachos miraban en sudadera el césped, se abrió una reja: y no salieron de allí unas amazonas con ansias de ser amadas en el verde pasto.
De esa puerta gentilmente aparecieron los cabecillas más duros de la barra brava con un solo fin: trenzarse a golpes con los jugadores adversarios. Todo esto, a dos horas de inicio del partido.
Los moretones hicieron trabajar a los kinesiólogos y médicos del club caleño. Pero el peor golpe, fue el golazo de Funes que determinó el 1-0 final y la segunda copa perdida.

Acto III: La penumbra (1987)
De nuevo la no existencia de la difecencia de goles privó a los rojos de Cali de ganar con justicia el torneo.
En Montevideo perdieron 2-1 y en Cali vencieron los dirigidos por Gabriel Ochoa 2-0. En el conteo general, el tanto de Cabañas en Uruguay, hubiera sido diferente. Pero no, el partidito extra, ése en el que siempre le va mal a Colombia, veía de nuevo la luz.

Los televidentes en Cali seguían las incidencias del Peñarol-America, por fin sintieron que la Libertadores iba a quedar en casa. Se fueron a tiempo extra, con el empate el América es campeón. Miraron el cronómetro: 119 minutos de juego. De pronto se fue la luz en esa extraña noche de brujas del 31 de octubre de 1987 y la transmisión quedó en vilo por 40 segundos, máximo un minuto. El apagón igual no iba a aplazar la fiesta.
Ese minuto de oscuridad trajo consigo los primeros destellos de pólvora, y los gritos de la afición: "América campeón". Y cuando algunos estaban tratando de trasplantar las pilas del control remoto de la TV para ponérselas al radio, regresó la claridad: el bajón de luz se superaba.
De nuevo la TV (sin pilas en el control varios corrieron al botón power) y ahí sí todo fue penumbra. Los letreros decían "Peñarol campeón". Diego Aguirre había hecho el gol del triunfo de Peñarol cuando faltaban 30 segundos para que se acabara el juego.
El destino ya sabia que Peñarol iba a ganar y que América no sería campeón. Por eso tal vez tendió ese manto piadoso del apagón. Para que los sufridos fanáticos no padecieran un nuevo oprobio en directo.

Acto IV: "Don William esta enfermo" (1996)
Duele sufrir un quebranto de salud cuando se tiene una cita inaplazable con el destino. Y si algo le extrañó a la dirigencia de River Plate cuando llegó a Cali, porque su equipo iba a disputar en el Pascual Guerrero el partido de ida de la final de la Libertadores del 96, fue enterarse de que uno de los máximos accionistas del América, William Rodiguez, no podría acompañarlos esa noche al estadio de Cali.
Ellos preguntaron inocentes:
- ¿Y qué pasó con William?
- Está enfermo, hermano. Se indispuso pero les manda saludos.

Los rioplatenses vieron esto como un guiño, Cabaleros como ninguno, entendieron que la fortuna estaba de su lado. Es muy raro que el máximo accionista de un equipo no vaya al partido más importante de su club en años.
La derrota 1-0 ante América no les quitó el sueño. Tenían todo para vencer en la vuelta. Y la verdad se supo: don William no estaba enfermo, o sí en realidad. La víspera de la primera final el hijo de Miguel Rodriguez Orejuela (capo del Cartel de Cali) sufrió un espantoso atentado en el que recibió una veintena de disparos y fueron muertos todos sus escoltas. La verdad también ratifica que el América fue superior a River en Cali, pero que ganó apenas 1-0. Que el marco del estadio Monumental pareció superarlos y que el infalibre arquero, hasta ese momento, Oscar Córdoba, fue el directo responsable de los goles riverplatenses, sobre todo el segundo.
Es decir, la suerte de nuevo se cambió de bando y hasta la música decidió ponerse otra camiseta: River metió una cumbia salvaje en Argentina por la superioridad futbolística, y el América, con todo lo que lo rodeó esta final para ellos, fue un tango de Goyeneche.



11/7/17

BobbyFisher vs BorisSpassky |1972| La guerra del ajedrez


Era mucho más que la pelea por ver quién era el mejor jugador del mundo de ajedrez. En 1972, durante la Guerra Fría, un americano y un ruso enfrentaban sus cerebros, pero también dos modelos diferentes de sociedad. Islandia fue escenario de un enfrentamiento salvaje entre el actual campeón, Boris Spasski, y el genio americano, Bobby Fisher; un duelo marcado por la polémica y el comportamiento caprichoso del estadounidense.

Por: JUAN CARLOS ÁLVAREZ

El Comité de Deportes de la URSS convocó en 1972 una reunión crucial, la que debería servir para planificar el Mundial de ajedrez que se disputaba ese año y en el que Boris Spasski trataría de retener el título ganado tres años antes a su compatriota Petrosian. Para las autoridades soviéticas el ajedrez no era cualquier cosa. Después de la revolución bolchevique el régimen necesitaba alguna carta de presentación a nivel internacional y vieron en ese juego una buena solución. Con el país en la ruina, el ajedrez era barato en comparación con el resto de deportes que exigían inversiones en instalaciones, estadios y equipos. El imperio se volcó en fomentar la práctica de lo que consideraban un juego proletario como escaparate de la grandeza comunista. Además, era una buena forma de manifestar lo que consideraban supremacía intelectual sobre el resto del mundo. Se multiplicaron por lo tanto los practicantes en todo el país y se creó la descomunal Escuela Soviética que comenzó a dar grandes genios obsesionados con que el título mundial no saliese de sus fronteras. Desde 1948 lo ganaron Botvinnik, Smyslov, Botvinnik, Tal, Botvinnik, Petrosian y Spasski. Para los soviéticos el título era una cuestión de Estado.
La inquietud de la reunión de 1972 tenía nombre propio. Se llamaba Bobby Fisher. Por primera vez un norteamericano se había clasificado para disputar la final del Mundial tras imponerse en el duelo de candidatos a Petrosian por 6,5 a 2,5. Pero lo que había asustado a las autoridades rusas era el 6-0 con el que antes había despachado a Taimanov y Larsen. Era algo inaudito, no existían antecedentes de algo semejante. Campeón de Estados Unidos con solo 14 años Fisher era un genio indiscutible que en 1972 (con 29 años) estaba en su madurez como jugador. Ya no era aquel al que los rusos habían vencido repetidamente en la Olimpiada del ajedrez. Era un tipo incontrolable, capaz de aprender ruso solo para poder acudir a los manuales de los grandes maestros soviéticos. En definitiva, era una amenaza muy seria para Spasski. Los nervios se hicieron evidentes en la reunión del Comité de Deportes, que aceptó a regañadientes la preparación que el campeón ruso había diseñado aunque antes le pidieron que garantizase la victoria. "Solo puedo asegurar que voy a luchar", les respondió, lo que aumentó el recelo de las autoridades deportivas hacia Spasski, un tipo que a diferencia de la mayoría de grandes maestros no era miembro del partido y por lo tanto tenía un punto de independencia. Se le aceptaba porque en la URSS no había otro mejor que él en aquel momento.
Detrás de aquella presión también estaba la Guerra Fría que mantenían americanos y soviéticos. El duelo trascendía el enfrentamiento deportivo y se había transformado en un combate político de primer orden que disparó el interés en todo el mundo por un deporte que habitualmente solo aparecía en los diarios internacionales en breves reseñas en el fondo de cualquier página. Ahora no. Reikiavik, la capital islandesa elegida por la FIDE como sede de la final, se llenó de enviados especiales de todos los países ansiosos por el enfrentamiento que era mucho más que el duelo de dos de los intelectos más grandes que había en el planeta. Estados Unidos nunca había mostrado el mínimo interés en el juego, pero de repente se desató un terrible furor por el ajedrez en torno a la figura del talento criado en Nueva York. Entonces comenzaron los problemas.
Spasski, acompañado por su legión de grandes maestros, llegó puntual al país nórdico. Pero nadie sabía dónde estaba Fisher que comenzaba a dar síntomas de lo caprichoso de su comportamiento. Su entorno desveló que el americano no estaba conforme con la cuantía del premio en metálico y que no se presentaría a jugar en esas condiciones. Spasski le critica en público durante la ceremonia de inauguración que se celebra con su silla vacía. En un país receloso de la presencia estadounidense –durante la Guerra Fría era una gigantesca base del ejército americano– la actitud de Fisher no hacía sino agravar la situación.

Fisher aparece cuatro días después y tras doblar el premio un millonario británico: 125.000 dólares para el ganador. Pero entonces se supo que fue el propio secretario de Estado americano, Henry Kissinger, quien tuvo que mediar. "Queremos que derrote a los rusos, que luche por Norteamérica", le dijo a Fisher. La conversación le transformó de repente en un soldado que va a la guerra, que tiene la misión de derrotar a los soviéticos en su terreno. "El interés del país está por encima del mío", dijo en sus primeras declaraciones en suelo islandés.
La primera partida se disputa en el Pabellón de Deportes de Reikiavik. Spasski juega con blancas. Después de 30 jugadas la posición de las fichas en simétrica y todo apunta a las tablas (empate). Entonces Fisher comete un error al intentar un "golpe de alfil" que el ruso, frío y minucioso, le hace pagar para apuntarse el primer triunfo.
El americano radicaliza entonces su actitud. Se queja de las cámaras de televisión y pide que las retiren. Se encierra en su habituación y amenaza con volver a casa sin jugar (algo que hizo en numerosos torneos durante los años sesenta). Sus asesores están convencidos de que la posibilidad de retirarse es cada vez más real. No aparece en la segunda partida. Spasski se sienta ante una silla vacía y el árbitro enciende el reloj. Al cabo de una hora se le dará por perdida la partida. El ruso se queda en el escenario, desquiciado por la situación. Sus asesores asisten con preocupación a la escena, conscientes de que Spasski no está mentalmente preparado para una pelea. Saben que si el americano aparece lo destruiría con sencillez. Por fortuna para sus intereses Fisher no llega y la final se pone 2-0 a favor del vigente campeón.
La situación a nivel internacional se hace irrespirable. La URSS se siente insultada y le piden a su jugador que se retire porque saben que la FIDE, tras el comportamiento de Fisher, no podría negarle el título tras sufrir durante días los desplantes infantiles del americano. Spasski se niega porque quiere ganar sobre el tablero, no le vale esa clase de victoria que le sugieren las autoridades de su país. "Yo no era comunista, podía elegir", diría años después el jugador que tomaba sus propias decisiones y que durante los meses en Reikiavik mantuvo un comportamiento elegante, ejemplar.
Fisher aparece al fin para la tercera partida, pero trae bajo el brazo otra petición. Quiere jugar en una sala pequeña, sin público. La batalla psicológica a la que somete a Spasski es terrible. Muchos especialistas consideran que el ruso cavó su tumba al aceptar las continuas peticiones de su enemigo porque de alguna forma estaba reconociendo su debilidad. Aceptó el cambio posiblemente porque se sentía en deuda con él por haberle ganado la segunda partida sin jugar y Spasski no quería esa clase de gloria. La final se reanuda con una pelea entre Fisher y el árbitro que lleva al ruso al límite de su paciencia. Pero aguanta, juega y con blancas comete un error imperdonable que le lleva a su primera derrota.
Aquella partida atormenta a Spasski mientras Fisher aparca las protestas y polémicas y ya solo se centra en jugar. Todos sus sentidos se vuelcan en el tablero frente a un oponente al que ha conducido al delirio. Después de 21 partidas se convierte en el primer americano en ganar el título mundial por un claro tanteo de 12,5 a 8,5. Es recibido como un héroe en Nueva York mientras Spasski es acusado de no saber defender el honor de la URSS lo que tres años después le lleva a abandonar el país.
La URSS eligió al joven Karpov para reconquistar el título mundial ante Fisher, pero el americano volvió a poner un sinfín de trabas que impidieron el enfrentamiento. Ya nunca volvió a jugar de forma profesional y Rusia reconquistó el título que siempre creyó suyo pero que se le escapó en la fría Reikiavik a manos del que para muchos ha sido el mayor talento de la historia del ajedrez.



5/7/17

Napoli vs Juventus |1989| Maradona, una vida


Con un diez a la espalda y una camiseta celeste Maradona luchó contra la xenofobia y el racismo. Por ello y más, la ciudad de Nápoles lo nombró ciudadano ilustre.

Por: Hugo Asch

“Luego bajé la escalera. 

El descenso fue más difícil 
que el ascenso, y eso que 
éste no había sido fácil. 
¡Ah, qué desdichadas 
diligencias comerciales 
hay, y uno tiene que seguir 
cargando la cruz…!”

Franz Kafka (1883-1924); 

de ‘El matrimonio’, en 
‘La muralla china y otros 
relatos’ (1918)


Llegar a prócer, o a mito popular en Argentina, nunca ha sido gratis. La mayoría de los habitantes de nuestro Olimpo nativo tuvieron una vida complicada, murieron jóvenes, incomprendidos, olvidados o lejos del país. Sucedió con figuras políticas, cantantes de tango, actrices, boxeadores, guerrilleros, músicos de rock, futbolistas. Pero la muerte, ese otro mar, lava todas las heridas, dirían Borges y Spinetta.

Profundamente teatrales, despiadados en nuestra demanda de inmortalidad, los argentinos –que celebramos a nuestros mejores hombres en el día de su muerte– desplegamos las mejores pompas en el último adiós. Entonces sí, nuestros mitos pierden toda humanidad y se diluyen en el universo de lo indudable. Son-en-nosotros y para siempre.
Diego Armando Maradona es nuestro último mito. Alejado del peligro Messi como un puente al olvido, la diferencia entre ambos hoy es más clara que nunca. El geniecillo rosarino es un póster, una gigantografía. Maradona es una bandera, un símbolo de candorosa rebeldía que se agita en todo el mundo desde hace 40 años.
Ser maradoniano, compartir su fe, es celebrarlo no importa lo que pueda hacer o decir, acompañarlo en sus odios, cantar junto a los napolitanos ese curioso himno de amor entre hombres: “Mamma, mamma, oh, ¿Sai, perché, mi batte il corazón? Ho visto Maradona, ho visto Maradona, ¡eh, mamma, innamorato son!”.

El coqueteo con la muerte de un mito que se reivindica eterno e invencible forma parte de su irresistible atracción. La desafía, porfiado, solo para sentir que es capaz de ganar, una vez más. Sin embargo la distancia entre el Maradona ideal y éste, balbuceante, suena intolerable. Aunque se naturalice y se imite como un rasgo simpático. Lo es para los devotos y para él, preso de su propia furia, su soledad, las mil batallas consigo mismo, los enemigos y los incondicionales, que lo matan de amor. Lo aspiran sin pausa y sin piedad, como a una droga, y eso es más que toda la cocaína que haya pasado por su nariz.
Tanta angustia colectiva espera por un Grand Finale. O un nuevo principio, que es casi lo mismo. Afirmar que el imaginario popular clama por un Maradona muerto es una temeridad, una injusticia y acaso una falta de respeto, lo sé. Pero eso parece. El inconsciente colectivo necesita de un Maradona inmortal, omnipresente, salvador. Un Diego-Gardel que cada día cante mejor.

Maradona llama ladrona a Claudia Villafañe, su ex mujer y sus hijas lo enfrentan. ¡Aleluya! Reconoce a Diego Juniors luego de negarlo 30 años y come con Cristina Sinagra, su madre. ¡Aleluya! “Soy un fuego, a mí me dicen antorcha en lugar de Diego”, le susurra en un audio a Gisela Ramírez Méndez, reina del carnaval correntino, y una empresa brasileña de antorchas le propone ser su imagen institucional. ¡Aleluya! “Un día el Che dijo: a los traidores, ¡muerte!”, deslizó cuando confirmó su separación de Rocío Oliva. ¡Aleluya!
Maradona agradeció, feliz, cuando firmó como nuevo entrenador del Al Fujairah, de Emiratos Árabes, pero en Moscú, donde viajó para ver la final de la Copa Confederaciones, dijo que ahora quiere dirigir la Selección de Rusia. ¡Aleluya! Ekaterina Nadólskaya, periodista local, lo acusó por acoso sexual: “Fui a su habitación, le hice preguntas pero él me tiró de la ropa; me ofrecieron 500 euros y me echó la seguridad”. Morla, su abogado, aclaró: “No hubo ninguna denuncia, porque si la hubiera no podríamos irnos del país sin problema”. ¡Aleluya!

Por fin Nápoles le brindó –más vale tarde que nunca– el homenaje que merecía. El alcalde Luigi De Magistris hizo oficial un honor que, de hecho, le pertenece hace años: ser su ciudadano de honor. “El Italia hay que hacer todo con un pedazo de papel, se olvidan del corazón”, reflexionó, agudo, indomable.
Maradona les regaló cinco títulos y le devolvió su orgullo, pisoteado por el rico y prepotente país del norte. “¡Benvenuti in Italia!”, los reciben los tifosi de la Juve, Milan, Inter, Lazio o la Roma. “Napoli is not Italiy”, escriben for export. “¡Africani!”, “¡Terroni!” (cabecitas negras), gritan. “Noi non siamo napoletani…”, les cantan, en éxtasis.
Genaro Montuoni, alias Palummella, ex líder de los Ultras de la Curva B, me recibió en su oficina de Sanitá, camorra y besos en las dos mejillas, para hablar del Maradona agónico, suspendido por doping a fines de 1990. “En Argentina a los italianos los llamamos tanos, por napoli-tanos”, abrí como para romper el hielo. “Gli italiani sono razzisti, io sono napoletano”, contestó, serio. Pura bajada de línea maradoniana.

En una semana sin fútbol el protagonista fue el más grande en gira frenética cerrada con picadito FIFA. Excesos, nostalgia por lo que ya no es ni será, y el amor de quienes quieren verlo aún en un estado deplorable. Para ellos Maradona es más que ese deporte mutado en negocio que le dio la gloria y la condena: ser una deidad en vida.
Todos hablan de fútbol. Tema que a the president Macri le encanta, claro. “Los invito a la próxima reunión del G20 en Buenos Aires. Pero una cosa, y con todo mi amor a los alemanes, quiero decirles: ¡la próxima final será para Argentina!”, repitió en plena cumbre de Hamburgo el chiste que aquí casi que ignoró Merkel. Ay. Maradona, menos alemán para el humor, lo llamaba “el cartonero Baez” en Boca, por su obsesivo amor por el ajuste de costos. ¡Geizig katze, maessstro!
Todos hablan; tanto y tan mal, bla, bla, bla. Ojalá repasaran más seguido el célebre punto 7 del Tractatus Logico Philosophicus de Wittgenstein. “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”.
Un silencio prudente que nos ahorraría más de un papelón. O dos.

2/7/17

USA vs Colombia |1994| Asesinato

Andres Escobar

Por Juan Villoro

René Higuita cometió el pecado de ir a "La Catedral": no se trataba de la iglesia, sino de la cárcel donde estaba Pablo Escobar, el narcotraficante que había sido propietario del Independiente Medellín y del Atlético Nacional.
La popularidad del capo dependía de la filantropía en un país marcado por la desigualdad y de su apoyo al fútbol de barrio. La venta de cocaína permitió que los campos pobres recibieran lujosas lineas de cal; de ahí salieron los integrantes del histórico Nacional.
En 1989, bajo las órdenes de Maturana, el equipo verdiblanco conquistó la Copa Libertadores, algo nunca logrado por un club colombiano.

Escobar asistía a los partidos con el aire de un honesto vendedor de telas. Era un asesino salvaje, pero recibía trato preferente en los negocios y en la Federación Colombiana de Fútbol.
Cuando cayó en desgracia, Higuita le mostró lealtad. El portero que se especializaba en salir del área fue demasiado lejos: visitó la cárcel, intercedió en el rescate de un secuestro y fue detenido. Quedaría fuera del Mundial de Estados Unidos.

Colombia iba al Mundial con una selección que había perdido un partido de veintiséis. Valderrama dormía la siesta al patear prodigiosos pases; Asprilla y 'Tren' Valencia anotaban goles de técnica brasileña; Andrés Escobar recordaba la elegancia de centrales como Beckenbauer, era el Caballero de las Canchas.
En Italia 90 el equipo había perdido por capricho. Higuita intentó un dribbling fuera de su área y permitió que Roger Milla, camerunés de 38 años, disfrutara de una magnifica prejubilación.
En la eliminatoria a Estados Unidos 94 ganaron como hacen los desadaptados, con una originalidad que no existe donde el triunfo es una costumbre. En el Monumental de River derrotaron 0-5 a Argentina y fueron aclamados por los rivales.
Con sus melenas rizadas y sus barbas hirsutas, parecían bucaneros en busca de un buen ron. El presidente Gaviria los seguía a todas partes para mostrar que su país era algo más que narcotráfico; el pasaporte más inspeccionado del siglo XX se había vuelto carismático.

No le faltó fantasía a esa selección: le sobró realidad. Otros capos imitaron a Escobar: el Mexicano se adueñó del equipo Millonarios y Miguel Rodriguez Orejuela del América de Cali. El blanqueo de dinero y las apuestas acompañaron los triunfos colombianos.
En vísperas del Mundial, el hijo de tres años de un jugador fue secuestrado. Eso anunciaba lo trágico que sería el campeonato. Contra Rumania, el portero suplente Oscar Córdoba se comió un gol lanzado por George Hagi a 35 metros de distancia y el partido terminó 1-3; el futuro se decidiría ante Estados Unidos. Pocas veces un partido se ha disputado con mayor tensión. Maturana tardó en alcanzar a sus jugadores en el vestidor: cuando lo hizo, llegó llorando. Había recibido amenazas de muerte y le exigían que retirara a un jugador. Obedeció, seguro del riesgo que corrían.
No se disputaba un partido sino un juicio. El marcador representaba una sentencia. El impecable Andrés Escobar se barrió con precipitación y produjo un autogol. No olvidaremos su mirada al ponerse de pie: la mirada del condenado.


En Medellín quiso dar la cara ante su gente y trató de hacer su vida habitual. Fue ultimado afuera de una discoteca. Una chica lo acompañó al hospital, le sostuvo la mano y le habló con afecto. El Caballero fingió escucharla, demostrando que los héroes colombianos triunfan en la imaginación.

21/6/17

Alemania vs Ghana |2014| Caín y Abel en la cancha



Por: Juan Villoro

En el Berlín dividido, el zoológico se convirtió en el centro de la ciudad. El metro hacía ahí una forzoza última parada: la siguiente escala quedaba en Alemana Oriental. Cada febrero, el Festival de Cine de Berlín se celebraba en el auditorio Zoo Palast. Es común que los cines lleven nombres de palacios, pero no de zoológicos. En el corazón de la guerra fría, la vida se organizaba en torno a animales salvajes.
Cuando Kevin Boateng vio la jaula de los chimpancés en el zoológico sintió una curiosa sensación de pertenencia, no sólo porque su padre había nacido en Ghana y los primates lo remitían a la tierra del origen, sino porque había aprendido a jugar futbol en Wedding, en una pequeña cancha enrejada a la que le decían “la jaula”.
Wedding es uno de los barrios berlineses más duros y degradados, un sitio difícil de asociar con la acaudalada Alemania. Durante décadas, los inmigrantes han intercambiado ahí drogas y decepciones. Es difícil salir adelante en ese entorno. Kevin fue el segundo hijo varón de Prince Boateng, ghanés con arraigo por su tierra y muy escaso por sus esposas.
De 1981 a 1984 viví en Berlín. El sitio más significativo que conocí en Wedding fue la cárcel. La hija de una amiga había sido detenida y me pidió que fuera a verla. En mi recorrido del vestíbulo a la sala donde podía visitarla, siete puertas de metal se abrieron y cerraron. Un agobiante mecanismo de reclusión.
Para los vecinos, la inmensa cárcel de concreto es un permanente recordatorio de que ahí pueden acabar sus días. En comparación, la jaula de juegos del joven Kevin era un espacio de libertad, donde la imaginación escapaba mientras la pelota daba contra el techo enrejado.
Según rumores, acaso mejorados por la leyenda, George, hermano mayor de Kevin, era el más talentoso de los Boateng. Aquel virtuoso se arruinó por un problema social con nombre de grupo de rap: las malas compañías.
El apellido Boateng es tan común en Ghana, que en Holanda juega un tocayo absoluto de George Boateng, el primero de su estirpe que dominó un balón en Wedding.
La saga de los hermanos berlineses incluye al genio que no pudo ser. Cuando pasó por el Hertha, el primogénito mostró sobre el césped la misma cólera que desplegaba en las calles de su barrio y solía llevarlo a la delegación de policía; era demasiado rudo para un juego con reglas, bebía y faltaba a los entrenamientos. En algún momento, supo que trayectoria como futbolista se había arruinado. Entonces decidió alejar a su hermano Kevin de los peligros callejeros. A pesar de su reputación como jugador rijoso, el segundo Boateng es una versión suavizada del primero.
Kevin creció en un departamento sobre una tienda de alfombras, propiedad de un comerciante turco. También el negocio de al lado, una pequeña joyería donde los niños llegaban a vender los objetos dorados que encontraban o robaban en las calles, confirma que Berlín es la segunda ciudad turca del mundo: en una pared cuelga la camiseta del Fenerbahce.
La madre de los Boateng trabajaba en una fábrica de galletas y pasaba de un compañero a otro. Sería difícil saber si tuvo tiempo de educar a su hijo. Lo cierto es que lo tuvo para vigilarlo: nunca lo dejaba desvelarse ni dormir en casa de amigos.
A los siete años, Kevin fue descubierto por un scout del Hertha, principal equipo berlinés. Su pasión era tan llamativa como su buen toque: si perdía o no lo alineaban, caía en un llanto inconsolable.
En el Hertha, los miembros de las fuerzas básicas aprenden que la indisciplina termina limpiando excusados. Para Kevin, eso fue como la vida en casa.
Su padre fundó una segunda familia en el acomodado barrio de Wilmersdorf, que también abandonaría pronto. Ahí nació Jerome Boateng, quien recibió mejor educación, supo lo que significa ir de vacaciones y desde muy pronto tuvo zapatos de futbol. Su madre consideraba el deporte como una actividad de proletarios y estuvo a punto de alejarlo de las canchas. Pero el patriarca Boateng, que nunca estuvo muy presente, se opuso porque encontró en el futbol un remedio para vincular a los hijos de sus dos familias.
También Jerome entró en las fuerzas inferiores del Hertha. A pesar de sus distintos puntos de partida, los medios hermanos llevaban vidas paralelas.
Kevin lamentaba que su padre se hubiera ido de casa, pero decidió asumir su nombre. El mundo del futbol lo conocería como Kevin-Prince Boateng. Dispuesto a encarar a los rivales con inquietante audacia, jugaba de volante ofensivo. En cambio, el paciente Jerome jugaba de defensa. Kevin-Prince llegaba a cualquier sitio con los ojos enrojecidos de quien desea arreglar cuentas; le gustaba destacar, asumir responsabilidades, cuestionar a quien se interpusiera en su camino. Jerome era reservado, tímido, obediente.
Ser disciplinado en Alemania es tan importante como saber bailar en Colombia. Si es teutona, la vida diaria tiene complejas instrucciones de uso. En alguna ocasión, Kevin-Prince se enteró del examen que hay que resolver para trabajar de taxista en Berlín. No sólo es necesario conocer todas las calles y el sentido en que corren, sino trazar rutas críticas de un punto a otro, tomando en cuenta los impedimentos que puede haber a cualquier hora del día (la salida de los alumnos del colegio, el mercado callejero de frutas, el festival de los ciclistas, etcétera). Entendió que ser futbolista es menos riguroso que conducir un taxi. No quiso sortear las reglamentadas calles de la ciudad, sino sortear al enemigo sin reglamento alguno.
Cuando su primer entrenador profesional le preguntó dónde había aprendido a jugar, se negó a decir “en la jaula” porque se hubiera fomentado bromas raciales, pero esa era la verdad. Ahí fue donde aprendió a dominar un balón, a ahnelar el pasto, a desconfíar de las normas.
Por sugerencia de Kevin-Prince, los tres hermanos fueron a hacerse un tatuaje. Querían un símbolo que los uniera. No les costó trabajo ponerse de acuerdo con el diseño: la silueta de África.
Habían crecido entre los lagos y los parques de Berlín. Cerca del zoológico, habían visto la Gedächtniskirsche, la Iglesia de la Memoria, que seguía destruida desde la Segunda Guerra Mundial como un recordatorio del horror. Para ellos el origen estaba en otro sitio, la tierra olorosa a leopardo donde no habían estado y cuya lengua ignoraban, pero que ya llevaban en la piel. Eran alemanes. Eran negros. Tenían el mapa de África en el brazo.
Su más urgente desafío fue encontrar una identidad en la cancha. El temperamento de Kevin-Prince era temible para los contrarios, y a veces para los compañeros. Su enjundia se confundía con la violencia.
“No soy un Beckenbauer”, dicen los defensas alemanes que aceptan su falta de técnica después de fracturar a un contrario. Kevin-Prince no quería ser un Beckenbauer. La ordenada Bundesliga admiraba la furia con la que salía a la cancha, pero no las irregularidades que dejaba ahí. El niño de la jaula no aceptaba límites.
Mientras tanto, su hermano Jerome hacia progresos. Con método, sin alardes ni relámpagos, como quien sigue las reglas de un manual.
La soledad: un lugar donde sobran 199 gorras
La cultura ama las disyuntivas: el yin o el yang, lo dulce o lo salado, PC o Mac, vino tinto o vino blanco, carne o pescado, las rubias o las morenas, solteros o casados. Dios o el diablo, lo público o lo privado, América o Guadalajara. Dos hermanos ghaneses tenían talento para el futbol. Eso era anecdótico. Lo significativo era que llevaba a una disyuntiva: Boateng el Bueno y Boateng el Malo.
Kevin-Prince recorre la cancha con el ímpetu de un escapista dispuesto a servirse de un cuchillo para abrir una compuerta; mientras tanto, Jerome aguarda con la cautelosa atención de quien sabe que la defensa se ajusta a un plan.
Ambos debutaron en el Hertha. Naturalmente, la prensa cedió al juego de las comparaciones. La conducta del rudo y más habilidoso Kevin-Prince contrastó con la del noble esfuerzo de Jerome. Por problemas de indisciplina, el mediocampista fue expulsado de la selección juvenil alemana. Buscó entonces otros horizontes. Fue a Inglaterra, fichado por el Tottenham, a cambio de ocho millones de euros, una ganga para la Premier League. Su esposa se quedó en Berlín, con su hijo recién nacido, y él habitó una solitaria mansión de siete recámaras. El Frankfurter Allgemeine Zeitung informó que en una semana compró un Cadillac, un Lamborghini y un jeep. Pero no tenía a dónde ir. No era titular, engordó y se deprimió tanto que compró 200 gorras y 160 pares de zapatos. Mientras tanto, su hermano Jerome cumplía como defensa del Hamburgo.
Kevin-Prince regresó a Alemania para jugar una temporada en el Borussia Dortmund. Tenía tantos deseos de rehabilitarse que olvidó que los contrarios tienen huesos, lesionó a un jugador del Bayern, uno del Schalke y otro del Wolfsburg. “¿De qué gueto salió este monstruo”?, preguntaron periodistas poco amigos de la corrección política.
Ante la rudeza del repatriado, los prejuicios tuvieron su oportunidad. Astros de la talla de Franz Beckenbauer y Matthias Sammer declararon que el bad boy Boateng no era apto para la Bundesliga.
Kevin-Prince entendió que nunca podría jugar con la selección alemana, a pesar de que por primera vez tenía una alineación multicultural. Ahí había espacio para turcos, polacos y un ghanés con buena conducta, como su hermano Jerome, no para él.
Regresó a Inglaterra, a jugar con el Portsmouth, y buscó otra Selección para Sudáfrica 2010. Boateng el Terrible vio el tatuaje que se había hecho en el brazo y llamó a la federación de Ghana.
Fue recibido de la mejor manera, con cánticos y bailes. “Ahí todo se hace con amor”, comentó el volante que aprendió lo que duele una patada en las calles de Wedding.
2010 fue año decisivo para los hermanos: representaron a dos países distintos en el Mundial. La vieja parábola se repetía: el sedentario Abel gozaba de buena reputación y el nómada Caín estaba en entredicho. Los reporteros afilaron sus lápices para cubrir los destinos de los berlineses negros. ¿Se enfrentarían en algún partido? ¿Jerome tendría que marcar a Kevin-Prince?
Al futbol le gusta forzar la épica. Poco antes del Mundial, el Portsmouth se enfrentó en la final de la Copa inglesa contra el Chelsea, lo cual significa que el renegado Boateng jugó contra Michael Ballack, capitán de Alemania. Disputaban el último partido antes de concentrarse con sus selecciones para ir a Sudáfrica. En la antesala de la gloria, una durísima entrada de Kevin-Prince dejó a Ballack fuera del Mundial. Es difícil discernir si hubo mala intención en la jugada. El alemán que prefirió a Ghana actuó como siempre lo ha hecho, con una enjundia que busca el balón y aniquila un peroné. Desde Alemania, Boateng el Bueno dijo que se avergonzaba de su hermano.
En internet se creó un sitio bajo este lema: “82 millones contra Boateng”. Germania entera parecía estar contra el apóstata. Los periodistas recordaron la fecunda tradición de los castigos teutones y propusieron sanciones dignas de Struwwelpeter, el personaje infantil más victimado de la literatura.
Incluso hubo manifestaciones afuera de la casa de la familia. George, el primogénito que nada tenía que ver en el asunto, llamó a la policía para pedir que dispersara a la gente y recibió esta respuesta: “Si su apellido es Boateng, aténgase a la consecuencias”.
Poco antes de que Kevin-Prince lesionara a Ballack, los tres hermanos se habían reunido en Berlín para hacerse otros tatuajes, para entonces el emigrado a Inglaterra ya tenía once en su cuerpo y sus hermanos cuatro. Esta vez cada quien escogió un motivo distinto: George se tatuó los nombres de sus hijos y Jerome el árbol genealógico de su familia, símbolos de integración y pertenencia. El doceavo tatuaje de Kevin-Prince fue distinto: decidió llevar en el cuello dos dados enormes.
Así lo vimos en Sudáfrica. El atribulado mediocampista que repudió a Alemania y optó por la nación de su padre es un soldado de la fortuna.
Origen de la especie, África es el futuro del futbol, aunque hasta ahora se trata de una profecía incumplida.
Ghana llevó las ilusiones de un continente hasta cuartos de final, en un duelo épico contra Uruguay. En el último segundo, Luis Suárez salvó un gol de un manotazo, cuando el partido estaba empatado. El destino de Uruguay y Ghana dependía de un penalti. Los dados parecían caer del lado ghanés, pero no triunfó la lógica: el espléndido Asamoah Gyan erró por unos centímetros y el partido se fue a la ruleta rusa de los penales. Dos minutos después, Asamoah volvió a cobrar la pena máxima: lanzó un riflazo implacable y sumamente doloroso, porque confirmaba que sabe disparar y no lo hizo cuando debía.
Uruguay ganó la tanda de penaltis. En el último disparo, Sebastián, el Loco Abreu, reveló que la lógica del fútbol se parece al delirio: lanzó un tiro flotadito que engañó al portero. Otro loco, el Boateng rebelde, quedó fuera del Mundial.
Jerome jugó en la Premier League con el Manchester City y Kevin-Prince en la Serie A con el Milán. 2011 fue un excelente año para ambos clubes: el Manchester ganó la Copa inglesa, el torneo más antiguo del mundo, y el Milán conquistó la liga, algo que no lograba desde la temporada 2003-04.
La historia de los Boateng es una metáfora de Berlín, la ciudad dividida, y de las oposiciones que alimentan y a veces destruyen al futbol.
Los hermanos se necesitan y rivalizan en dosis idénticas. Empezaron en la Bundesliga, luego fueron a Inglaterra. Con el paso de Kevin-Prince a Italia la competencia entre los hermanos perdió su simetría, pero pronto volvieron a la misma liga: en 2011 Jerome fichó por el Bayern y un año después Kevin-Prince no resistió la tentación de volver al país de su hermano, donde se incorporó al Schalke 04.
Los enormes dados que el mayor de los dos lleva impresos en el cuello sugieren que un condenado puede salvarse de la soga, pero no del destino.

“Un golpe de dados no abolirá el azar”, escribió Mallarmé. Mientras puedan tirar los dados, los Boateng desafiarán a la fortuna.

18/6/17

Bartali vs Coppi |1944| El secreto de la bici de Bartali

GinoBartali

El italiano ayudó a salvar la vida de 800 judíos en la II Guerra Mundial como correo de una red clandestina. Murió en 2000 sin que se conociese su gesta.
Por: Juan Carlos Alvarez
Gino Bartali se murió en el año 2000 sin que nadie supiese su verdadera historia, la del corredor grandioso que dedicó dos años de su existencia a salvar la vida de ochocientos judíos. Para ello se valió de su bicicleta donde escondía la documentación necesaria para sacarlos de Italia. Y así, bajo la apariencia de simples entrenamientos, llevaba los papeles de un lado a otro. Nadie sospechaba en aquel momento de uno de los grandes mitos del deporte italiano, del hombre que había conseguido darle a Mussolini el Tour de Francia en 1938.
Gino Bartali escondió un secreto durante casi sesenta años. En el año 2000 se fue a la tumba con él y sólo un descubrimiento casual permitió conocer la dimensión humana que uno de los grandes ciclistas del siglo XX alcanzó durante la II Guerra Mundial. Nacido en la Toscana, en el seno de una familia humilde que se dedicaba a trabajar el campo, Bartali comenzó a correr gracias a que su padre le encontró trabajo en un taller de reparación de bicicletas. Su dueño, contento por el trabajo de Gino, le regaló una y le animó a que se entrenase. A partir de ahí las escarpadas carreteras de la región fueron su espacio natural, el lugar en el que maduraron las piernas que rivalizarían con las de Coppi en el duelo que dividió Italia años después.
Pero antes de que el Campionissimo y él protagonizaran algunos de los duelos más grandes de la historia del ciclismo Bartali estaba considerado como el ciclista del régimen de Mussolini. El Duce, en su delirio, soñaba con ver a un italiano derrotando a los franceses en el Tour y todas las miradas se volvieron hacia Bartali, que en 1936 ya se había adjudicado el Giro y era una celebridad en todo el país. En 1937 una caída frustró su misión. Había comenzado a brillar en la montaña, pero en el descenso del Col de Laffrey se fue por un puente. Sus compañeros, asustados por el accidente, se asomaron por el precipicio y le encontraron en el fondo, en el riachuelo. Se movía. Allí se gabó el sobrenombre del monje -debido a sus profundas convicciones religiosas- volador.
En 1938 cumplió con el sueño de Mussolini aventajando al segundo clasificado en más de veinte minutos. Cuando la carretera se empinaba, cuando el calor y el polvo secaban las gargantas Bartali no encontraba rival. Pero la II Guerra Mundial le dejó sin los años en los que se podría haber labrado un palmarés espectacular, cuando Coppi aún era un joven meritorio que corría a su lado.
Lo que nadie imaginaba es que en aquellos años oscuros Bartali, uno de los símbolos del Partido Nacional Fascista, era en realidad uno de los personajes claves de una organización dedicada a salvar la vida de los judíos italianos a los que los alemanes querían enviar a sus hornos crematorios. Gino Bartali seguía entrenándose y realizaba largas sesiones de entrenamiento por las carreteras de la Toscana o Umbría. Nadie podía suponer que en el cuadro de su bicicleta o debajo de su sillín transportaba documentos y pasaportes destinados a los judíos que se escondían en algunos de los monasterios italianos.
Bartali no despertaba demasiadas sospechas pese a que la guerra impedía cualquier competición y resultaba extraño ver a alguien entrenándose en aquel ambiente. Corría con ropa en la que se podía leer su nombre lo que le permitía recorrer kilómetros recibiendo los saludos efusivos de los soldados italianos, para los que era un auténtico ídolo. Y cuando una patrulla alemana le detenía la respuesta era sencilla: "Sigo trabajando para las carreras que vengan después". Y le dejaban marchar. Los ejércitos se habían acostumbrado a ver pasar a Bartali de un lado a otro en su bicicleta, subiendo y bajando montañas, cambiando continuamente de ruta. Era el correo perfecto.
En los conventos y monasterios la red organizada por Giorgio Nissim -con el apoyo de varios arzobispos- se dedicaban a elaborar los pasaportes destinados a salvar la vida de cientos de judíos y que Bartali transportaba jugándose la vida en aquellos viajes por las carreteras que conocía como nadie pero que le podían deparar una sorpresa desagradable en cualquier momento. Durante 1943 y 1944 el corredor toscano, el beato Bartali, se dedicó a esa misión sin que nadie le delatase. Acabó la guerra y aquellos entrenamientos kilómetros aún le valieron en su carrera deportiva porque con 32 años pudo ganar en 1946 el Giro y en 1948, con 34, se apuntó el Tour de Francia en una demostración colosal en la montaña ya que se impuso en siete etapas de aquella edición
Bartali se retiró a su tierra, a Florencia, y durante cincuenta años no dijo nada de su trabajo para ayudar a los judíos que habitaban Italia. Durante décadas quedó sobre él la etiqueta de haber sido el corredor de los fascistas. No le importó. Se murió en el año 2000. El mundo sólo descubrió su magnitud en 2003 cuando los hijos de Giorgio Nissim encontraron un viejo diario de su padre en el que detallaba la forma en que funcionó la red clandestina dedicada a conseguir documentos que salvasen la vida de los judíos.
Allí, en aquellos papelajos, se explicaban minuciosamente los viajes que hacía Bartali, los kilómetros que recorría, los papeles que escondía su bicicleta y, sobre todo, lo abnegado de su dedicación a la causa. Los Nissin contaron lo que su padre escribió y entonces empezó a cobrar sentido tanto entrenamiento en una época en la que costaba ver a un ciclista recorrer una carretera italiana. Italia descubrió a uno de sus grandes héroes. Los Nissin también contaron el dato más importante que escondía el diario de su padre: 800 judíos evitaron el viaje a algún campo de concentración de los alemanes gracias a las piernas de Gino Bartali