26/3/17

Argentina vs Chile |2017| El maestro de Hiroshima

Edgardo Bauza, actual DT Argentino

Pangloss enseñaba de manera brillante que no hay efecto sin causa y que el castillo del barón era el más majestuoso de todos los castillos, y la señora baronesa, la mejor de todas las baronesas posibles de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles”

Voltaire (1694-1778); de “Cándido o el optimismo” (1759), capítulo 1: Cándido es educado en un hermoso castillo, pero es expulsado de él.

Por: Hugo Asch

Perón se la robó a Aristóteles e hizo suya la frase: “La única verdad es la realidad”. Foucault, por el contrario, creía que es el poder el que impone la verdad. Para Nietzsche no existen los hechos, sólo las interpretaciones. Ya en el siglo XXI, la era de la comunicación, el reino de los trolls, miles de babeantes reemplazan las puertas de los baños públicos por las redes sociales y escriben cualquier cosa, sea cierta o no, siempre y cuando los reafirme en sus obsesiones, sus odios.
Son tiempos de la posverdad. Es decir, “cualquier cosa que aparente ser verdad, no importa si lo es o no”. La información se viraliza y ya. Nada convencerá a quienes decidieron creerla. Hoy, mostrándose seguros de lo que nunca existió ni existirá, se ganan elecciones.
A Abraham Lincoln se le adjudica una frase de enorme lucidez: “Se puede engañar a todos algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo; lo que no se puede es engañar a todos todo el tiempo”. Gran verdad. Sobre todo en países como el nuestro, acostumbrado, a los golpes, a desconfiar de cualquier versión oficial.
Edgardo Bauza es un técnico capaz, pragmático, algo conservador en sus formas, dos veces ganador de la Copa Libertadores con equipos que no la tenían en sus vitrinas: Liga de Quito y San Lorenzo. Alto, rostro diseñado a machetazos, mirada intensa, voz grave: todo un personaje de novela negra. Me alegré cuando lo eligieron para dirigir la Selección, pese a que el sistema de evaluación de la Comisión Nosecuentodora parecía guionado por un loco.

Recién asumido, en el programa La Usina Niembro, lo noté incómodo, obligado a un discurso opuesto a su propia imagen. Un tipo respetuoso, medido, de bajo perfil. Esa noche lo dijo por primera vez: “Vamos a Rusia para traernos la Copa”. La Usina, chocha.

Pero el equipo nunca apareció. Messi jugó maniatado por sistemas que lo condenaban a la heroica, y la seguidilla de malos resultados convirtió el partido con Chile en un desafío a todo o nada, potenciado por el recuerdo perturbador de las dos copas América perdidas por penales. Ver a la Selección en la zona de repechaje provocó una herida narcisista en la masa futbolera nativa. Negadores de manual, se resisten a aceptar esta crisis abismal.
El equipo de Bauza jugó espantosamente. Partido en dos, sin norte ni paz. El balance fue descorazonador. Mercado, la estrella improbable, fue el más aplaudido cuando salió por lesión. Más problemas para una defensa que bailaba tap en la cornisa junto al doble pivote. Arriba, los que ayer nomás nos envidiaba el mundo: Los Cuatro Fantásticos. Pero no hubo fiesta. Se ganó con un penal de ficción y el rancho cascoteado.
Equilibrio. Era lo primero que se destacaba cuando Bauza era analizado técnicamente. ¿Cómo se entiende, entonces, este planteo con dos bloques aislados, sin conexión? ¿No quiere, no sabe o no puede? ¿Volverá a ser él, ya clasificado? ¿Citará a Icardi? Tal vez no lo dejen. ¿Quién? ¿Quiénes? Ah, esos niños ricos con tristeza…
“¿Cómo jugamos? ¡Diez puntos! Ganamos. Hicimos un partido brillante”, dijo Bauza sin que se le moviera un músculo de su rostro pétreo. ¡¿Qué?! ¿Fue chiste? ¿Una fina ironía dedicada a los críticos que lo destrozan? ¿Otro que cayó en la educación pública? ¿La posverdad lo ha enloquecido? Ay.
Di María bajó tanto su nivel que nadie se sorprendería si es reemplazado; Agüero está perdido: tenía que jugar atrás de Higuaín pero fue de 9, cosa que no funcionaran ni uno ni otro. Higuaín, a quien no le perdonan los goles perdidos en las finales, baña lombrices en el área y extraña a Dybala, su socio de la Juve. ¿Messi? Es un caso aparte, por cierto.
Ya nadie se fija si canta o no el Himno. Ahora, para justificar su cinta de capitán, el-único-que-nos-puede-salvar es celebrado cuando insulta a un rival o a un asistente, enojado, de pésimo humor. No lo culpo: jugar en un equipo tan caótico es como tener a Hendrix y hacerlo tocar con Agapornis. ¡Peccato mortale!
Ahora toca Bolivia, sin nada que perder, en la altura de La Paz. No será un picnic. Recuerdo al Maradona técnico que, en 2009, decoró el vestuario con carteles de autoayuda: “A la altura hay que enfrentarla, gambetearla y golearla”. Se comió seis.
Hoy atiende su nuevo quiosco millonario en China, pero siempre se hace un tiempito para los enemigos: “Si el traidor de Tinelli sigue en su cargo, yo renuncio a la FIFA, ya se lo avisé a Infantino”. Oh no, ¡qué angustia, pobre Gianni…! Por ahora, Tinelli sigue como director de Selecciones y para colmo su novia, la amada-odiada-amada Rocío Oliva, aceptó la oferta del traidor para bailar en su show. Chau. Más alimento para su interminable lista negra.
Si hay superpoblación de traidores en el mundo maradoniano, lo mismo pasa en la política, el reino de las promesas vanas. Un reino tan frágil como para que una nonagenaria, entre sonrisas, cubiertos de plata y copas de cristal, lo sacuda sin piedad. Durante dos horas, Mirtha Legrand fue la Rosa Luxemburgo de Barrio Parque, atormentando a Macri & señora. ¡Wow! Más a la derecha, la pared.
Esa misma semana, el presidente utilizó las redes sociales para mostrarles a los docentes en conflicto la foto de un maestro de Hiroshima dando clase a cielo abierto, rodeado de destrucción y muerte, la obscena crueldad del enemigo.
En fin. Antes de usarla como ejemplo de algo, no estaría mal observar todo el cuadro. Todo, digo. La historia completa con sus consecuencias, y no otra dosis de maldita posverdad

Holanda vs Argentina |1974| Cruyff, el más grande

Johan Cruyff


Por: Hugo Asch

El 24 de marzo, en Barcelona moría, un mes antes de cumplir los 69, un hombre que hizo historia a fuerza de talento, rebeldía y audacia. Que irrumpió en el mundo del fútbol y rompió con todos los moldes en los tiempos del no de Alí a Vietnam, el Mayo Francés y “la imaginación al poder”, Malcolm X, el avión negro de Perón, la minifalda y el Sgt. Pepper’s de Los Beatles.
Si Nietzsche mató a Dios, Hegel a la historia, Barthes al autor y Foucault al hombre, podemos afirmar que Hendrik Johannes Cruyff llegó al mundo para sepultar al abominable catenaccio que se imponía en aquellos años 60. Un sistema eficaz pero mezquino, de vuelo bajo. Algo así como la negación de la belleza.
Johan Cruyff provocó una revolución que nació en un país sin tradición futbolera y en el Ajax, un club sin huella en el continente que, con él, ganó tres Copas Europa consecutivas: 1971, 1972 y 1973. Elegante, fibroso, sólido pese a su aparente fragilidad, su metro ochenta se deslizaba por el césped mientras su mente leía el futuro.
Maestro del engaño, encaraba y salía como un rayo hacia el lado menos pensado. Imposible de rastrear, era un 9 que aparecía cuando era demasiado tarde para lágrimas. Parecía más veloz gracias a su increíble freno. Picaba, hacía la estatua y volvía a despegar, enloqueciendo rivales. Era hábil, le pegaba con precisión de billarista, era frío en el área, ganaba de arriba y, si era necesario, volaba para intentar la pirueta imposible. Era, al mismo tiempo, solista y director de orquesta. El equipo giraba a su alrededor con un sistema de apariencia caótica sólo para el no iniciado. Un fútbol total. Así fue bautizado.
El Mariscal Perfumo lo sufrió antes y durante el Mundial de Alemania de 1974, donde la Holanda de Rinus Michel dio cátedra con Johan y sus socios: Neeskens, Rep, Resenbrink, Van Hanegem. Cruyff se quedó sin copa como el Ciudadano Kane de Wells sin Oscar, o Borges sin Nobel. Detalles menores. Su Naranja Mecánica perdió la final con la Alemania de Beckenbauer, Maier y Müller pero ganó su lugar en la historia, desmintiendo el simplismo de quienes condenan al olvido a los segundos.
Mientras Pelé se apagaba en el Cosmos neoyorkino y Maradona hacía jueguito en el entretiempo de los partidos que jugaba Argentinos en su cancha, Cruyff fue el más grande. En el Ajax, en el Barcelona –donde llegó ya maduro– y hasta en el Feyenoord, el clásico rival de su club, donde se encaprichó en jugar luego de una pelea con los dirigentes. Allí ganó Copa y Liga y entonces sí, dijo adiós, a los 37 años.
Reconciliarse con el Ajax y dirigirlo fue la continuación de la idea por otros medios. Que alcanzó su clímax con el Dream Team que armó en el Barça. Cuatro Ligas al hilo –desde 1991 a 1994– y la primera Copa de Europa. Aquel equipo jugaba con dos puntas que partían desde las bandas –Stoichkov y el zurdo Begiristain– y volantes que triangulaban para sorprender por el medio: Guardiola, Bakero, Amor, Laudrup o el líbero Koeman. El 9 sin sombra jugaba sin 9 fijo. Genio y figura. Antes muerto que sencillo.
Solo el cigarrillo pudo quebrarlo. Un infarto lo obligó a descargar su ansiedad con chupetines. Dejó de entrenar a los 49. Veinte años después, sus pulmones le pasaron factura.
La Masía, Messi, Xavi, Iniesta, Cesc, los equipos de Rijkaard, Pep, Tito Vilanova y Luis Enrique son su legado. Cada vez que nos deslumbre esa danza con balón que parece coreografiada por Pina Bausch, allí estará Johan Cruyff.
“El fútbol se juega con el cerebro: hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”, dijo quién supo brillar haciendo lo que sabía, donde debía.
No es el caso de algunos compatriotas, por desgracia.

Argentina vs Colombia |1999| Yo boté tres penaltis en el mismo partido

Martín Palermo, 1999.


Por Martín Palermo, ex jugador de Boca Juniors y de la selección Argentina

Desde que empecé a patear una pelota en las juveniles de Estudiantes de La Plata, tuve el sueño de triunfar en el fútbol. Y a medida que fui metiendo goles y superando barreras, supe que en algún momento terminaría en el Guinness. Lo que jamás imaginé es que lo haría por la puerta grande: ¡errando tres penales en un partido! Nadie lo había hecho hasta ese momento y nadie lo repetiría, al menos hasta ahora.
Fue una noche rara aquella contra Colombia, por la Copa América del 99. Era mi segundo partido oficial en la selección Argentina. Tenía 25 años, no era un pibe. Había vivido mi gran explosión con Boca en el segundo semestre de 1998: fuimos campeones invictos y terminé como goleador del campeonato, con 20 goles en 19 partidos, una cifra que aún es récord.
Para esa Copa América no pudieron estar ni Batistuta ni Crespo, así que la 9 fue para mí. Mi estreno oficial fue ante Ecuador, y ganamos 3-1 con dos goles míos. A los tres días, nos tocaba Colombia. El paraguayo Ubaldo Aquino era el juez, que sería presa de una 'penalitis' aguda: ¡pitó cinco! Apenas se convirtió uno.
A los cinco minutos, pitó el primero. Yo era el encargado, así que no hubo dudas. Le pegué un zurdazo fuerte, alto y al medio. La pelota dio en el travesaño y se fue para arriba. Cinco minutos más tarde, penal para Colombia y lo convirtió Iván Córdoba. En el segundo tiempo, hubo otro penal para ellos. Pateó Ricard y atajó 'El Mono' Burgos. Faltando 15 para terminar, Aquino otra vez marcó penal a nuestro favor. 'Esta es la mía', pensé. Agarré la pelota y me la puse bajo el brazo. 'El Ratón' Ayala me preguntó si estaba bien para patear y le contesté que sí. Para asegurar, disparé cruzado. Calero se tiró para el otro lado, pero mi remate se fue por arriba.
Después del segundo yerro pasé a ser un fantasma: no escuchaba lo que decían mis compañeros ni lo que gritaba la gente. Aunque no era la primera vez que erraba un penal, siempre lo había podido revertir en el mismo partido. Encima, poco después Colombia metió el 2-0 y el 3-0.
Me hicieron otro penal en el último minuto. Agarré la pelota, miré al banco y no vi ninguna indicación. Tampoco ningún compañero vino a pedirme patearlo, porque se lo habría dado. No pasaba por un capricho. Estaba sólo con mi alma. No quería que se me fuera por arriba, así que le di a media altura, de nuevo cruzado... Calero adivinó la dirección y me lo atajó.

Jamás había sentido algo así. En el vestuario mis compañeros me dieron una palmada de aliento. Sabía que se me venía una complicada. En la concentración, el clima era de velorio. Recibí 1000 mensajes de apoyo, pero no quería atender. Sí hablé con Bianchi y con Maradona. 'Hasta yo erré dos penales en un partido, así que tranquilo'. Me dijo Diego, un fenómeno.
Ese domingo no pude dormir. Al día siguiente, Bielsa me llamó. 'Usted fue un egoista', me dijo sin vueltas. Le contesté que yo era el encargado de patearlos y que nadie se había ofrecido. Y me mataron los diarios: 'El tronco de América', era lo más suave que me decían. Incluso se llegó a anunciar que las acciones de Boca habían caído 5% por mi culpa. Me la tuve que bancar.
Pensé que Bielsa me iba a borrar para el partido siguiente, pero me puso. Aclaró que si había un penal lo patearía Ayala. Ganamos 2-0 contra Uruguay, metí un gol y clasificamos a cuartos. Ahí nos eliminó Brasil. También tuvimos un penal a favor y lo erró Ayala. En esa Copa de penal no lo íbamos a meter.

No volví a jugar un partido oficial con la selección hasta 2009, esa noche me costó diez años de exilio. Bielsa no me llamó más y Pékerman tampoco. Basile sí tuvo intenciones, pero justo me rompí los ligamentos, y fue Maradona el que me permitió la revancha. Me puso en el segundo tiempo contra Perú, cuando la clasificación a Sudáfrica estaba complicada, y metí en gol de la victoria en el descuento. Y cuando menos lo esperaba, casi a la 37 años, pude disputar mi primer Mundial. Había unos delanteros impresionantes, por eso solo jugué diez minutos ante Grecia y me alcanzaron para meter mi gol más importante: fui el debutante más viejo en convertir en un Mundial, con 36 años y 277 días. El camerunés Milla metió uno con 42 años, pero no era debutante. Así cerré el circulo de mi carrera. La recompensa justificó la noche trágica de los tres penales y los diez años de exilio.
Como si eso no fuera suficiente el destino, me tenía reservado otro espacio en el Guinness: días antes del Mundial, tuve el honor de romper una marca histórica con Boca que databa de 1938, o sea una marca de 72 años, al convertir mi gol 219 con esa camiseta y superar al máximo anotador de Boca, Roberto Cherro. La cifra llegó al final hasta 236, quedé arriba de todos. A los que vienen, les dejé un lindo desafío.


5/3/17

Rayo Vallecano vs Espanyol |2015| Rayo Vallecano de Madrid: El club del pueblo


En Vallecas, un barrio humilde de Madrid, el auténtico representante del pueblo no es un político, sino un equipo de fútbol. Desde hace casi un siglo, entre las colectas de fondos y los regalos de Navidad, el Rayo Vallecano tiene fama de ayudar a la gente. "El Rayo" podría ser la última institución deportiva de Europa con principios. Pero obviamente, todo no es de color de rosa...

Casi mediodía en Vallecas. En el bar Disan empieza el día como siempre: Gente joven apresurada pasa a tomar un café sobre la marcha y otros, más mayores, leen el periódico degustando una caña. Pero hoy un acontecimiento va a perturbar esa calma del día a día. Preguntamos la opinión de Gabriel sobre el fútbol. Se calienta la cosa. El jefe estalla en carcajadas, un cliente se sobresalta mientras se bebe su cerveza. El joven de 29 años no está acostumbrado a responder preguntas sobre el deporte nacional de España. Según él, ni siquiera le interesa el fútbol. Pero entre dos tostadas con tomate, confiesa que si se trata del Rayo Vallecano, todo cambia. "El Rayo no es deporte, es sentimiento", suelta colocándose la gorra. Y curiosamente, en el Disan, todo el mundo asiente sonriendo.

Gabriel no es el único que se deja llevar por sus sentimientos en Vallecas. Aquí, el Rayo Vallecano actúa como un ente superior. Considerado como el último club de barrio en Europa que ha llegado al corazón de la élite, la institución tiene fama de unir todas las pasiones de este popular distrito de Madrid. En Vallecas, el Rayo se ha convertido prácticamente en un elemento fundamental del día a día. Se habla del Rayo, comen del Rayo, beben del Rayo, se acuestan del Rayo y duermen del Rayo. El vínculo que el club ha creado con la gente del barrio es idisoluble. Algo único en su especie, incluso para un equipo que encadena ya su quinta temporada consecutiva en la Liga, uno de los torneos más duros del mundo.

Como símbolo, el Estadio de Vallecas se erige en el medio de esta vieja ciudad, engullida desde hace poco por la expansión urbana de la capital. Al salir de la parada de metro que lleva su nombre, a solo 8 estaciones del centro de Madrid, el estadio no es que tenga la prestancia de las grandes plazas europeas. Se entra por una puerta medio escondida, en la esquina de una calle tranquila. 
Dentro, una recepcionista rompe la calma del espacio tecleando el ordenador. Una calma que Luis Yanez-Rodriguez decide dinamitar. El director deportivo del Rayo Vallecano aterriza arrastrando sus zapatos de calle, apretón de manos y acto seguido nos lleva a dar la vuelta con el dueño. Por el camino nos enseña los antiguos vestuarios, con un español vertiginoso, y se entretiene en el pasillo de entrada de los jugadores a 30km por hora. Una vez en el césped, se gira y abre los brazos de par en par con un "¡Ya está!". El campo del Estadio de Vallecas es el más pequeño de la Liga. Encajado entre edificios de barrio, sólo cuenta con tres gradas. La cuarta fue sustituida por un muro en el que se puede leer "Juntos Podemos".


"Es el club de la gente. Es la primera vez en mi vida que veo eso", afirma Luis, que decide explicarnos todo desde el banquillo. Siempre impolutamente trajeado, ocupó su actual puesto en el Rayo el año pasado. Antes, este economista de carrera había pasado 4 años en el Málaga, un club rescatado hace poco por jeques árabes. Dicho de otra manera, lo contrario del Rayo. "Cuando llegué aquí, me encontré con un club donde cada uno está integrado. En general la gente tiene un ámbito de competencia predeterminado, pero aquí todo el mundo puede dar su opinión, la jerarquía importa poco. Todo es colectivo", explica. Una armonía que, según él, no es más que el reflejo de los lazos solidarios que su club teje con el exterior. "Vallecas tiene la tradición de la comunión, de la solidaridad. En este barrio, muchísima gente se acerca a las organizaciones para intentar mover las cosas".

Mover las cosas se convierte en desplazar montañas en el caso de Vallecas. Este lugar, conocido por ser el barrio obrero más grande del país, presenta una tasa de paro del 21% y concentra, en definitiva, la realidad social de una España acribillada por las deudas e incapaz de levantar cabeza. El año pasado, el Rayo Vallecano decidió salvar una de las víctimas. Carmen, de 85 años, fue expulsada de su hogar en 2014. Unos meses después, el club había recaudado 21.000 euros para ayudar a la anciana a reinstalarse. "Este es sólo un ejemplo que muestra que intentamos ayudar a nuestros vecinos lo mejor posible", resume Luis Yáñez, "El ejemplo" ha conmocionado a España y al mundo del fútbol, pero sobre todo ha aumentado el ímpetu de solidaridad que el club decidió impulsar. Para esta nueva temporada, el Rayo ha sacado una nueva camiseta alternativa al equipamiento de siempre, blanco atravesada con una banda roja. En su lugar, una franja multicolor, similar a la bandera LGBT. Luis nos explica: "Cada color representa una causa: La lucha contra la homofobia, contra el cáncer, contra el racismo, contra la violencia de género... En total hay 7. Y cuando se vende una camiseta, un euro va destinado a cada una de esas causas". Una medida que recuerda a otra que habían tomado anteriormente, por la que un euro de cada abono al estadio era destinado a las mismas luchas sociales. El escudo en la chaqueta de Luis con la imagen de la lucha contra el cáncer da buena fe de ello: El club decidió mostrar su lucha por los derechos universales. Pero por el barrio, ¿qué hace? Con una sonrisa, el director se apresura a contar con los dedos de la mano para después cambiar de opinión, prefiriendo hablar de otro "ejemplo". "Poco antes de Navidad, los aficionados pueden venir con un juguete. Estos juguetes son recopilados por el club y redistribuidos entre las asociaciones del barrio, que los regalan después a los niños que no tienen nada bajo el árbol".

Esos numerosos gestos de atención han ido forjando la leyenda del Rayo. Para los que no lo saben, el presidente Martin Presa recuerda a menudo que el club es digno de las más grandes asociaciones humanistas e insiste en el hecho de que son los únicos de su clase a seguir como club deportivo en primera división. Quique Peinado lo sabe de sobra. Nacido y educado en Vallecas, el periodista es aficionado del Rayo desde hace 30 años y acaba de publicar un libro sobre su pasión titulado A Las Armas. Quique conoce bien el grado de honestidad del club en sus expediciones humanistas. En un restaurante gallego del centro de Madrid, el autor suelta un hielo en su café, remueve y dice: "El club nunca se ha interesado por las preocupaciones sociales de Vallecas". Según él, las recientes acciones llevadas a cabo por el Rayo no son más que espectáculo mediático. ¿El gesto con Carmen, la desahuciada? "Fue Paco Jemez, el entrenador, el que la ayudó en persona. No el club". ¿Los billetes baratos para los parados? "Una estrategia comercial, ya que la gran mayoría de los habitantes de Vallecas están en el paro". Quique explica que este "marketing puntual" del club llega incluso hasta los movimientos sociales que se tejen a las puertas. "El club de baloncesto de la ciudad, el Estudiantes, abrió una escuela para niños refugiados. ¿Qué hizo el Rayo? Nada", afirma tajante el periodista, ajustándose las gafas.

Si el Rayo no hace nada, ¿de dónde viene entonces su fama por sus acciones altruistas? "De sus aficionados", desembucha Peinado. En A las Armas, el autor describe la Vallecas de los años 80. Droga, alcohol, desahucios. Frente al aumento de problemas y la inercia de las autoridades, un grupo ultra de izquierda radical surgió en 1992 y llevó las reivindicaciones sociales del barrio al estadio. Su nombre: Bukaneros, los piratas. "Son ellos quienes meten la política en el estadio. Con temas sociales como la inmigración, la lucha contra el racismo...", explica Quique. Hasta el punto que los Bukaneros se convirtieron en el principal altavoz de los problemas de Vallecas, unos problemas que acabaron por llegar hasta los oídos de los acomodados. "Cada año, una parte de los Bukaneros entra en los vestuarios y hace un discurso antes del partido a los jugadores. Les recuerdan que el Rayo es un club de barrio obrero. En general, tiene su efecto, los jugadores entran en el campo de juego más motivados", añade el periodista.

Por otra parte, Quique no espera nada de los jugadores. El origen del mal se encuentra, según él, en la política. El periodista espeta que "su" club no se implica en el campo de las protestas de Vallecas, el único lugar de Madrid donde el Partido Popular no ha ganado nunca, el lugar que vio crecer a Pablo Iglesias... A cambio, "su" club ha sido comprado por una empresa china y acaba de abrir una franquicia en Estados Unidos. "En el momento en el que haces figurar sobre la misma camiseta los derechos humanos y el logo de una empresa china que no los respeta, tienes un problema", resopla Quique, un poco derrotado. Para Luis Yáñez nunca ha existido ningún dilema moral. Nunca se ha planteado el hecho de hacer del Rayo un club político. "Me gusta que seamos una referencia para la gente de Vallecas, y ello me hace responsable también. Pero ante todo somos un club de fútbol. Un club de fútbol que intenta llevar a su equipo lo más lejos posible".
En el Disan, no importa si la política juega un papel o no y prefieren especular sobre lo que pasará en el terreno de juego esa noche contra el Espanyol. Mira, ahí lo tienes, Gabriel acaba de apostar 3-0 por el Rayo. Guste o no guste.


AUTOR
Matthieu Amaré

Alemania vsInglaterra |1990| Dios salve a la Premier

Margaret Tatcher


Inglaterra. Finales de la década de los 80. Europa continúa dividida a la espera de la caída del Muro, que los periódicos de la llamada Europa libre aseguran que llegará de forma inminente. Mientras, al norte del Canal de La Mancha los ajustes de la reforma thatcheriana, el más salvaje compendio de recortes sociales jamás aplicado por un gobierno europeo a su ciudadanía, aprieta las gargantas del pueblo que había enseñado al mundo lo que era la revolución industrial. Se escribía en los tabloides destinados a saciar la desidia del mundo obrero acerca de una destrucción planificada del estado social. Se conspiraba en pubs y cafés con la posibilidad de que Estados Unidos y el Reino Unido, Reagan y Thatcher, llegaran a convertirse en un único todo. Se esperaba a la caída del Muro. Tiempos difíciles para el capitalismo que, como ahora, seguía buscando su lugar en el mundo a base de zarpazos a las molestas y tocapelotas clases medias. Mientras tanto, en las ciudades del centro del país, en las Midlands, en Yorkshire, en el Noroeste, se jugaba al fútbol en los pequeños espacios que permitían las interminables hileras de barrios de ladrillo rojo y cobertizo en el jardín. Y allí había dos ídolos: Gascoigne y Clough, y un enemigo: Maggie Thatcher. En ese contexto se produjo el gran cambio del fútbol inglés. Un cambio que no tuvo lugar en las islas. Sucedió en Torino. En Delle Alpi. Fue en una semifinal de un Campeonato del Mundo en la que Gazza lloró, en la que Alemania aún era Federal y tras la que Gary Lineker pronunció un aforismo que ya es leyenda: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once pero en el que siempre ganan los alemanes”.

La década había comenzado con dos grandes victorias a nivel de clubes para los ingleses. En 1980 Brian Clough, el laborista, rebelde e incontenido Brian Clough, había llevado al Nottingham Forest de Peter Shilton, Martin O’Oneill y Trevor Francis (el hombre del millón de libras) a su segunda Copa de Europa consecutiva. Al año siguiente el Liverpool (campeón en 1977 y 1978) acabó en el Parque de los Príncipes con un gran Real Madrid para poner una nueva orejuda en su palmarés, y el Aston Villa levantó el gran trofeo continental solo doce meses después en Rotterdam ante el Bayern Múnich completando el gran repóker de los inventores de esto. Pero a pesar de los éxitos, el fútbol, lejos de la pompa, el glamour y la mercadotecnia de los que se rodea hoy día en la máxima competición del país, se había convertido en una suerte de terapia de choque contra la miseria a la que se veían abocadas las principales ciudades del centro Inglaterra. En Birmingham, en Leeds, en Sunderland, en Liverpool, en Manchester, en Newcastle la población en paro superaba con creces a la población activa al mismo tiempo que Thatcher apretaba y apretaba el cinturón de los recortes sociales. Parado y sin recursos, los estadios eran los únicos lugares en los que el pueblo se situaba a una idéntica escala social. Desempleados y trabajadores en activo. Ricos y pobres. Todos iguales ante el fútbol. Como al inicio de la aventura. Como en aquel pub en el que se produjo la histórica escisión del rugby.

Entonces la carretera que tras media hora escasa de conducción separa Nottingham de Derby aún no había sido bautizada como Brian Clough Way, aunque el genio de Middlesbrough ya era tan importante en la vida del aficionado medio como en la del lector habituado a la lectura política. “Todos sabemos quiénes somos los verdaderos dueños del fútbol. Es lo único que no podrá quitarnos”, decía Clough sobre una Dama de Hierro que parecía querer conducir al país a décadas menos sugestivas para la imaginación. Y es que sin saberlo Inglaterra caminaba hacia uno de los cambios sociales y económicos más importantes de la historia de un estado que futbolísticamente no había sido capaz de abandonar la imparable caída libre en la que se había sumido desde la final del polémico Mundial de 1966. Si el fútbol es un espejo de la sociedad que representa (ahí están los ejemplos de Argentina, Italia, Francia o Alemania), en las Midlands, que es como decir Inglaterra, esta reflexión se convierte en impepinable axioma. Aquella década de 1980 fue la del dominio absoluto del juego por parte de los isleños. El país ya había superado la tragedia aérea de Múnich del Manchester United, la selección por fin atesoraba un Mundial de fútbol y los equipos locales exportaban por el continente, siempre a su manera, los tres pilares del english way of life: barrio, pub, estadio. Sin embargo, algo fallaba. La violencia, el alcoholismo y la falta de afición real por el deporte comenzaron a mezclarse de modo habitual entre las localidades de los campos de fútbol, lugares que ya se habían convertido en demasiado peligrosos para los no iniciados en la liturgia del balón. Luego, pasado el ecuador de la década, llegaron Heysel y Hillsborough, las dos grandes tragedias, junto a la guerra de Las Malvinas y a la pobreza de las clases medias, que sufrió el país en esos diez años en los que el capitalismo tomó un nuevo sentido, más cercano a la anarquía económica que al estado del bienestar. Los centenares de muertos que el hooliganismo había provocado en los estadios llevó a prohibir la participación de clubes ingleses en competiciones europeas, lo que frenó el poderío que habían mostrado los equipos durante años y produjo el exilio de muchos futbolistas, que decidieron probar suerte en otras ligas.

Los campeonatos del Mundo de España 1982 y México 1986 habían supuesto sendos fracasos para una Inglaterra que veía como el deporte perfecto que habían creado se convertía en un ser con personalidad propia imposible de controlar; fue entonces cuando observaron y reconocieron el gran error cometido a la hora de exportarlo. El cricket y el rugby habían formado parte de la colonización cultural llevada a cabo por el Imperio (en completa decadencia en aquellos tiempos) y conformaban uno de los capítulos más importantes de un estilo de vida victoriano basado en la alta educación, el deporte de caballeros y las buenas maneras en la mesa. Pero el fútbol siguió un camino mucho más independiente, revolucionario y social; más cercano a los maltratados barrios que a las excelsas mansiones de la campiña. El hoy deporte rey abandonó las islas en busca de nuevos horizontes a bordo de barcos en los que viajaba la clase obrera más humilde, los parias, los nadies. No se desarrolló en los excelentes y snobs colegios privados construidos en Delhi, Karachi o Ciudad del Cabo. Evolucionó en los muelles, en las minas, en las fundiciones; lejos de cónsules, gobernadores y mandos del ejército de la reina, convertido de forma indefectible en un monstruo incontrolable para el sistema. En aquellos años Inglaterra era una superpotencia mundial en rugby y en cricket. No así en el fútbol, donde latinos, comunistas y mediterráneos habían usurpado su poder.

Y así llegó el país a la gran cita de Torino. Era 1990 e Inglaterra y Alemania reeditaban en una semifinal la final de Wembley de 1966. Los teutones, con el Muro derribado aunque todavía como República Federal, querían olvidar al Azteca. Los ingleses buscaban la redención. Shilton, Gazza y Lineker. Illgner, Mattahus y Klinsmann. Robson y Beckenbauer. Delle Alpi. No lo sabían cuando escuchaban los himnos, pero iban a protagonizar el mejor partido del peor Campeonato del Mundo de la historia. Los penaltis dieron el pase a la final a Alemania, que se impuso en el Olímpico de Roma a la Argentina de Maradona tras anotar Brehme una pena máxima que solo vio un mexicano vestido de negro. Pero en aquella semifinal hubo un ídolo que tras el pitido final se convirtió en ángel caído. Alguien que nunca más volvió a ser el mismo y que representó el cambio que iba a vivir el fútbol inglés solo unos meses después. Aquella semifinal fue la de Gazza llorando, consciente de que en caso de victoria no podría jugar la final de un Campeonato del Mundo, un hecho que en sí mismo justifica toda una carrera. Gascoigne era mucho más que un futbolista. Era el representante de la clase trabajadora que sufría la tortura económica de Margaret Thatcher. Era el tipo que cantaba borracho en el pub de su barrio y luego enamoraba sobre el césped. Era el trébol inglés: barrio, pub, estadio. Pero todo aquello terminó cuando Stuart Pearce erró el último penalti de los ingleses.

“Pudo haber sido perfecto, pero fue la última vez que a gente de la calle como nosotros se le dio el puto control de algo tan valioso”. La frase es de Casino (Martin Scorsese, 1995) y se puede aplicar al epílogo de una manera de entender el fútbol que ya no volverá. Las Vegas no volvió a ser la misma tras la muerte de Frank Rosenthal igual que el fútbol inglés no volvió a ser el mismo después de aquel Mundial. El mapa político global había mutado en apenas unos meses. Se abría la década de los 90, el muro había caído, Alemania Federal era la campeona del Mundo de fútbol y el neoliberalismo el campeón de la guerra fría. Con estos precedentes apuntaba Inglaterra hacia el cambio de milenio. Su selección de fútbol caería eliminada en la primera ronda de la Eurocopa de 1992 sin haber sido capaz de ganar un solo partido, aunque daba igual, se había inaugurado una nueva competición, salvadora de la patria, sin querer, gracias al aperturismo que permitieron los ingentes ingresos económicos provocados por la gestión autónoma de los derechos televisivos.
Era 1992 cuando se produjo el cambio de modelo que permitió la llegada de la Premier League. Una liga que en sus cinco primeros años de vida (también en los restantes) sufrió un dominio apabullante del Manchester United, campeón en cuatro ocasiones durante ese periodo. Solo un equipo fue capaz de sobreponerse al poder de los hombres de Sir Alex Ferguson. Fue el Blackburn Rovers, club del que Margaret Thatcher es vicepresidenta de honor

Dani González

Inglaterra vs Hungría |1953| De Superga a Budapest



"¿El comunismo? Por supuesto que existió. Fue en Wembley y duró dos partes de 45 minutos, cuando Hungría ganó a Inglaterra 6-3". Son palabras pronunciadas por Jean Luc Godard en la película Notre Musique, un tipo nada futbolero pero sí bastante comunista. "Los ingleses", continúa el intelectual francés, "jugaron individualmente. Los húngaros lo hicieron de forma colectiva".
Aquella selección del otro lado del telón, surgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, dicen que es la máquina más perfecta que ha existido practicando este deporte junto al Gran Torino que desapareció en las colinas de Superga. El líder de aquella Hungría imbatible que maravilló al mundo en la década de los 50 era nada más y nada menos que Ferenc Puskas. "Cañoncito Pum", decía Santiago Bernabéu; "la izquierda más esclarecedora del comunismo", dijo el Negro Fontanarrosa. Era el equipo total, y como tantos otros conjuntos del otro lado del muro de Berlín se mostró como un perfecto adelantado a su tiempo gracias al gran desarrollo técnico, físico, táctico que impulsaba el aparato del partido en aquellos tiempos. Dijo Pep Guardiola en alguna ocasión que el fútbol que practica el Barcelona, inspirado en la escuela holandesa, no se podía entender sin aquellos jugadores magiares que asombraron al mundo durante las décadas de los años 50 y 60. Eran rudos, privilegiados por la élite del poder, muy técnicos y profesionales a su manera. A la manera del telón. No al estilo de Europa occidental. Trabajaban por y para el sueño de la colectivización, de la nacionalización de la gran banca europea. Así de claro.

Aquel 25 de noviembre de 1953 llegaron los magiares a Wembley envueltos en la mística de los tiempos, cuando la información surgía de los periódicos para transmitirse por el boca a boca y convertirse luego en una maravillosa leyenda. Eran los campeones de los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 e iban a demostrar su novísima forma de entender el deporte, que todavía no era rey, a Inglaterra; a la orgullosa inventora del juego, que jamás había perdido un partido ante una selección de fuera de las islas. Eran los grandes favoritos a cualquier torneo que se disputara en el mundo (sin demasiada suerte) y 13 años después organizarían el Mundial que les dio su único título de la historia.

El estadio, uno de los mejores del mundo del momento, sino el mejor, ofrecía el ambiente de un partido definido por la prensa de la época como "del siglo". Era el capitalismo post Segunda Guerra Mundial, contra el socialismo soviético. Un lado y otro del telón de acero. El fútbol profesional, contra el fútbol de estado. Los mass media, contra todo el aparato del partido comunista. Un enfrentamiento social. Un acontecimiento único que podría, o no, seguir levantando los ánimos de un país devastado económicamente y socialmente tras la cruenta guerra liderada por Churchill. Europa, contra la conspiración judeomasónica. Y ganó Hungría. Y los periódicos ingleses titularon de forma apocalíptica. Y en Budapest soñaron que el comunismo podría ser posible. Que podrían ganar el Mundial que se disputaría en Suiza al año siguiente. Llegaron a la final, por supuesto, y el rival no podía ser más político. La Alemania que se recuperaba del horror nacionalsocialista, contra la orgullosa Hungría comunista. Un país perfecto, decía el partido. Y Hungría perdió en el llamado 'Milagro de Berna'. Y se acabó el sueño. Y Puskas firmó por el Real Madrid de don Santiago Bernabéu, el que fumaba "puros de millón". Y el capitalismo no dejó de crecer y de extenderse.
Y así estamos.

Brasil vs Italia |1982| Decisiones de un futbolista



El fútbol, para él, fue un compañero de viaje en la vida. Sólo eso. Y todo eso. De adolescente, disfrutó a Pablo Neruda y a Gabriel García Márquez. Mientras peloteaba, se recibió en la Facultad de Ribeirão Preto de médico, su oficio y amor por siempre. Ya cuando jugaba en Primera, izó la bandera de la Democracia Corinthiana en Brasil, en años de dictaduras militares en América Latina. Ya de grande, llamó Fidel a su sexto y último hijo, en gratitud al líder de la Revolución Cubana. Sócrates, además, fue un futbolista exquisito y un bicho raro en el mundo de la pelota.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira -tal es su nombre completo- nació el 19 de febrero de 1954 en Belém, Estado de Pará, bien al norte de Brasil. Su papá lo bautizó como Sócrates mientras leía La República, de Platón. Y así, también escogió los nombres de Sófocles y Sóstenes para los hijos venideros. Hasta que nació Raymundo, su otro nene, y Sócrates le advirtió a papá que había perdido la creatividad. Pelotitas en la sangre, Raymundo no es otro que Raí, el mediocampista de la Selección de Brasil campeón del mundo en Estados Unidos 1994.


Sócrates, por su parte, participó de los Mundiales de España 1982 y México 1986, donde paseó su fútbol de tranco atildado, inventiva y habilitaciones de taco, su jugada característica. O Doutor, como futbolistas menos robotizados o de viejas épocas, fumaba un cigarrillo o bebía un trago de cerveza antes de los partidos. “Nunca soñé en convertirme en un jugador profesional. Mi sueño fue siempre ser un brillante médico. Me acerqué a la medicina por una cuestión de sensibilidad social”, le comentaba a El Gráfico en 1990. Consecuente, cuando se retiró en Flamengo, a los 33 años, se ofreció como médico residente en un hospital público de Río de Janeiro.

Magrao -apodado así por su desgarbado cuerpo- encontró en el fútbol un medio de expresión, un arte para ensayar en cada estadio. Inquieto y bohemio, Sócrates incursionó en distintas facetas culturales. Se dedicó a la pintura, a la música, a la escritura y hasta tuvo el placer de dirigir una obra de teatro, Futebol, que con música y humor lanzaba denuncias sociales con el deporte como nexo. Además, con 50 años, volvió al fútbol, pero solo unos minutos, en el Garforth Town, un club de un barrio minero de Inglaterra. “Siempre estoy abierto a nuevas experiencias”, le contaba a los periodistas mientras firmaba el contrato, como un indicio de su personalidad.

Un mundo dentro de otro mundo 
Sin embargo, para Sócrates la mejor experiencia como futbolista comenzó hace 30 años, cuando llegó al Corinthinas, no sólo por los campeonatos paulistas de 1979, 1982 y 1983. En el segundo equipo más popular de Brasil, una flor creció en el pantano. El club paulista revolucionó las estructuras organizativas del fútbol -y del país- porque entre los dirigentes, cuerpo técnico y plantel acordaron debatir las decisiones en conjunto, desde cuándo entrenar, cuándo concentrar y cómo jugar, hasta la comida, las contrataciones y los momentos de esparcimiento. Fue un oasis de libertad en el centro de la última dictadura brasileña. La Democracia Corinthiana tuvo su emblema, y ese fue Sócrates, militante del Partido de los Trabajadores.

Desde ese movimiento futbolero y comprometido, los propios jugadores impulsaron a la sociedad la consigna de elecciones inmediatas “Directas já”. Sócrates habló de los sin techo y la desnutrición en su país ante un millón de personas en un acto y prometió no aceptar ir al fútbol italiano si en Brasil se autorizaba el sufragio popular directo. Al poco tiempo, se incorporó a la Fiorentina de Italia, y dejó de escucharse en el vestuario antes de cada partido Andar com Fé, de Gilberto Gil, una canción que despetaba alegría y, sobre todo, esperanza.

Tampoco ocultó sus pensamientos en el Mundial de México ´86. Allí, lució una vincha -una contención para sus endemoniados rulos- con la inscripción “Paz” y otra con “Reagan es un asesino”. Y, con la mira de la FIFA encima, dijo: “Hay que decirle la verdad a la gente, que se compran personas, resultados y campeonatos”. Sócrates fue un futbolista fino y talentoso, pero, además, un tipo extraño y molesto para los poderosos. Mal no vendría en estos tiempos. Por fútbol y por decisiones.


Roberto Parrotino

AC Milan vs ProPatria |2012| Elogio al pelotazo de Boateng


“Soy Jack Johnson. Campeón mundial de los pesos pesados. Soy negro. Nunca me permitieron olvidarlo. Está bien. ¡Soy negro! Nunca les permitiré que lo olviden.” Voz en off del actor Brock Peters en el documental “Tributo a Jack Johnson” (1970)

Escrito por Hugo Asch.

Esta vez quiero escribir sobre un crack lejano: Kevin-Prince Boateng, volante del Milan, nacido en Berlín pero de origen ghanés. En 2012 fue noticia cuando se fue en medio de un partido de pretemporada, indignado por un grupo de ultras que se burlaba del color de su piel.
Pocas cosas dejan tan expuesta la estupidez humana como el racismo. Un racista es, ante todo, un imbécil. Pero peligroso; pues en ciertas circunstancias puede contagiar, como un virus. Esa perturbadora certeza debe haber influido en mí, pues más de una vez me sorprendí pensando como el Woody de Manhattan, que cuando supo que unos nazis marcharían en Nueva Jersey les propuso a sus amigos: “¡Hey, consigamos unos bates, sumemos a otros y vayamos para allá! He leído un devastador artículo sobre ellos en el Times, pero creo que con palos podremos convencerlos mejor”. No está bien, lo sé. Pero hay límites. Este es uno.

El Milan jugaba contra el Pro Patria, un club de cuarta división, en Busto Arsizio –ciudad natal de la mítica cantante Mina–, en Varese, Lombardía. A los 26 minutos, harto de cantos racistas, Boateng tomó la pelota con las manos, apuntó hacia la tribuna que lo martirizaba y empalmó una furibunda volea. Se quitó la camiseta y dijo: “No juego más”. Lo mismo hicieron el francés de padres senegaleses M’Bayé Niang, el ghanés Sulley Muntari y el resto del equipo. La mayoría del estadio, avergonzada, aplaudió la decisión.
Antes de salir, Boateng, más perplejo que rabioso, se tocaba la sien con su dedo: “¿Qué pasa? ¿Están locos?”, parecía preguntar. Massimiliano Allegri, técnico del Milan, lacónico y triste, dijo: “Italia debería ser un poco más civilizada e inteligente”. Fue vergonzoso. Y también un síntoma. Cuidado. No olvidemos el huevo de la serpiente del que nos habla Bergman en el final de su estremecedora película.

En el colegio nos enseñaron que teníamos los cuatro climas, que el mundo envidiaba nuestra inagotable riqueza y que recibimos con los brazos abiertos “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Sin embargo, el relato de los primeros inmigrantes del siglo XX –que no eran intelectuales alemanes o ingleses, como soñaba Sarmiento, sino trabajadores de las zonas más pobres de España, Italia o Polonia, y anarquistas, que pronto crearían sindicatos y liderarían huelgas reprimidas a sangre y fuego– no coincide con esa idílica idea de calidez y buen trato.
Había muchos cabos sueltos en esos horribles manuales de Historia que nos obligaban a leer. Nunca entendí, por ejemplo, por qué llamaron Conquista del Desierto a la acción militar de Roca, si esas tierras no eran un desierto. Allí vivía gente. Masacrada, claro, en nombre del progreso. Un genocidio similar al norteamericano, pero con una diferencia: al menos ellos poblaron esas tierras con esforzados colonos civiles; no las repartieron entre militares y un puñado de familias patricias.

La inexistencia de racismo en este país sin negros es otro mito. A ver: ¿cómo llamamos a todo lo que se sitúa más allá de Buenos Aires? “Interior”. ¿Interior de qué? Del puerto, obvio. Ah. Empezamos mal, compatriotas.
Primero fueron los cabecitas negras, esos “que hacían asados con el parquet de las casas que les daba Perón”. Después, el humillante mote: villero. Eso le gritaban a Houseman los hinchas rivales, tan pobres como él pero con casa de material. Villero.
Aniquilada la movilidad social por el Proceso y diez años de menemato, nació –como en los 60 se impuso en Harlem, el Bronx y en cada gueto la consigna “Black is beautiful” sustentada por la lucha de Malcolm X, LeRoy Jones, los Black Panthers, Muhammad Alí y los músicos de free jazz– el fenómeno de la cumbia villera. Una desgracia para mis oídos –sería hipócrita si no lo confesara–, pero también la primera manifestación cultural de clase en años. Cuando irse de allí era imposible y las villas crecían, nació el “Villero is beautiful”. Con su propia música y su estética, lograron una identidad que nunca antes tuvieron. Ser villero dejó de ser un insulto.

Los “pibes chorros” y la marginalidad no nacieron por generación espontánea. Alguien –algo– creó ese monstruo que hoy aterra a la clase media. La droga hizo lo suyo y hoy todos repiten mecánicamente el eufemismo: “Inseguridad”. Y si algo faltaba, se sumó la inmigración de otros países sudamericanos que altera los nervios del enano fascista que vive en el interior de tantos.

Cada vez que juega River, repiten una ceremonia absurda: paran el partido por los cantos discriminatorios contra Boca: “… Son la mitad más uno de Bolivia y Paraguaaay”. En internet la cosa se agrava, y no siempre desde el anonimato. “Esa escoria sudaca viene a robarnos el laburo: les damos casa, comida, planes, y así nos pagan”, escribió en la web de Olé desde su Facebook, sutil como un mamut en una cristalería e indignado por la violenta deportación de Matos de México, un lector nativo… con apellido centroeuropeo, como el mío. ¿Y tu familia, colega, de qué barco habrá bajado? Ay.
Mejor recurramos a la ironía. Repetiré, entonces, la célebre sentencia que atribuyen a Einstein: “Sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”.
Hoy quisiera que seamos, todos, esa furiosa volea de Boateng, directo hacia el corazón de los idiotas de este mundo.



Spartak Moscú vs Haarlem |1982| La tragedia de Luznhiki



Tomado de: Libertad Digital. Por: Tolo Leal

Cuando uno habla de tragedias en campos de fútbol, Heysel es el nombre que suele venir a la cabeza de todos. Los 39 muertos en aquella final de Copa de Europa entre Liverpool y Juventus quedaron para la historia negra del deporte. Algunos también pensarán en Hillsborough, o en Bradford. Incluso pueden llegar a aparecer la de Guatemala en 1996, o la más reciente en Egipto hace unos años.

Sin embargo, pocos, o muy pocos, pueden reparar en la que probablemente haya sido la mayor tragedia de todas. Una historia que salió a la luz muchos años después de que sucediera, debido al intento de ser ocultada por parte de las autoridades locales, y de la que aún hoy se desconocen muchos datos. Sucedió en Moscú, en el Estadio Central Lenin, el 20 de octubre de 1982.

El gol más inoportuno

Aquel día, aquel trágico día, se disputaba un encuentro correspondiente a la Copa de la UEFA. El Spartak de Moscú, conjunto local, recibía en el partido de ida de los dieciseisavos al Haarlem holandés, el equipo en el que se había formado Ruud Gullit. No hay que olvidar que el Spartak es el equipo del pueblo, en contraposición a los policías del Dinamo de Moscú, los militares del CSKA de Moscú, y los ferroviarios del Lokomotiv de Moscú, con lo que la cantidad de aficionados que suele arrastrar es enorme.
El partido arrancó con unos diez grados bajo cero. Las condiciones climatológicas, con nieve y fuerte viento, eran prohibitivas para jugar a fútbol. Eso provocó que, por un lado, todos los aficionados -unos 18.000 soviéticos y 100 holandeses- se tuvieran que sentar juntos en la tribuna oriental, puesto que la mayor parte de las gradas estaban impracticables por la nieve y el hielo.

Edgar Gess adelantaba al Spartak en la primera mitad, con un brillante disparo a lanzamiento de una falta. 1-0 y gracias, parecía pensar el público, que comenzó a abandonar el estadio cuando se alcanzaba la recta final del encuentro. Y entonces llegó el 2-0, obra de Sergei Shvetsov. "Ojalá nunca hubiera marcado ese gol", declararía más tarde el futbolista soviético. Porque ese gol significó el comienzo de la tragedia.

Prisas, nervios, y muerte

Los aficionados que aún quedaban en el estadio, obviamente, gritaron celebrando el gol, que parecía sentenciar la eliminatoria. Los que ya se encontraban de camino hacia la salida quisieron volver atrás para ver algo, la celebración, el jolgorio... querían ser partícipes del gol. Y se encontraron con otros que, a su vez, estaban abandonando el campo. Escoltados por los militares, que no dejaban regresar a nadie. Así, todos se encontraron en un mismo túnel, probablemente, porque nunca se ha aclarado este punto de manera oficial, el único que había abierto aquella noche para todo el estadio.
Y así el tumulto que se forma en un espacio tan reducido, unido al hielo presente que provocaba continuas caídas, da lugar a muchas personas aplastadas en el suelo. Nervios. Prisas. Gritos. Los militares tampoco tienen órdenes de ningún tipo, no saben cómo reaccionar, y se mantienen increíblemente inertes, lo cual agrava la situación. Y empiezan a sonar las primeras sirenas de ambulancia.

Andreij Chesnokov, importante tenista ruso de principios de los 90, se encontraba en el estadio, y así relató lo que vivió: "La gente caía por las escaleras heladas, tirando al suelo a los que tenían al lado, como si fueran piezas de un dominó. Para salvarme subí por el pasamanos y nadé sobre cuerpos que estaban tumbados unos encima de los otros. Algunos levantaban la mano, pedían ayuda. Pero no conseguían moverse. Conseguí agarrar a un muchacho, y desplazarlo unos metros en busca de una ambulancia, pero ya estaba muerto. Alejándome del estadio, vi que los cadáveres eran centenares".
Los dos equipos son enviados a los vestuarios. Desconocen por completo qué ha sucedido. No les dan ninguna explicación. Ni a los holandeseses, ni a los locales. Ninguna información. Convenía que no se supiera nada. No hay que olvidar que nos encontramos en una situación, en 1982, en que la Unión Soviética de Breznev se encuentra en un estado precario. La superioridad mostrada por los americanos, el retraso en la carrera tecnológica, el modelo socialista caduco... estaba llevando al país a dar una imagen de cara al resto del mundo lamentable. Así que cualquier mala noticia, cualquier suceso que pudiera empeorar aún la imagen del país, debía ser ocultada. No podía ver la luz. Y eso se hizo con la tragedia que se acababa de vivir en un campo de fútbol.
Al día siguiente, la prensa de Moscú habla de "algún incidente que ha provocado alguna lesión en algunos aficionados", sin dar mayores informaciones. No fue hasta meses después, con el fallecimiento de Breznev y la entrada de Jurii Andropov como secretario del PCUS, cuando se admitió que aquella noche, en el Central Lenin, habían fallecido 67 personas.
Pero no tardaron en afirmarse, desde fuentes no oficiales, que fueron muchos más los espectadores que perdieron la vida en aquel partido. Una teoría que sigue defendiéndose hoy. Historiadores que se han dedicado a reconstruir el suceso apuntan, sin certeza, que podría haber 300 muertos. Incluso, se habla de que varios militares, por orden del Kremlin, se dedicaron a recoger y modificar certificados de muerte con el objetivo de que muchos de ellos "aparecieran" muertos en otros lugares y otras circunstancias.

Recuperando la historia

Durante años, apenas se hizo mención a la tragedia vivida en el Central Lenin, desde 1992 rebautizado como Luzhniki Stadium. Tampoco de Panchickhin, gerente del estadio, que fue el habitual cabeza de turco en este tipo de situaciones, acusado de ser uno de los causantes de la tragedia, condenado a 18 meses de trabajos forzados. Pero poco a poco pedazos de la historia vivida van saliendo a la luz. Sobre todo, desde el derrumbamiento de la URSS. Y en 1990 se lleva a cabo la construcción de un monumento conmemorativo en los exteriores del estadio.

En el año 2007 exjugadores de ambos equipos, del Spartak de Moscú y del Haarlem, se reencontraron en el Luzhniki para disputar un encuentro amistoso pero, sobre todo, para conmemorar a todos las víctimas de aquella catastrófica noche. A pesar de que a día de hoy se siga desconociendo el número exacto de esas víctimas. Lo que sí se conoce es que se trata de la mayor tragedia del fútbol soviético, porque a pesar de los esfuerzos, dejó de ser secreta.

26/1/17

Deportivo Belgrano vs Estrella Polar. 1958. El penal más largo en el mundo



Por: Osvaldo Soriano.

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

    Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.

    A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
    Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

    Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.

    Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.

    En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.

    El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

    El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.

    Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.

    Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.

    Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:

    -Constante los tira a la derecha.

    -Siempre -dijo el presidente del club.

    -Pero él sabe que yo sé.

    -Entonces estamos jodidos.

    -Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.

    -Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.

    -No. Él sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.

    -El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.

    El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.

    -¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.

     –No sé. ¿Qué me cambia eso? –preguntó.

    –Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.

    –Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer –dijo y silbó al perro para volver a su casa.

    El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

    –Pobre tipo –dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

    A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.

    El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.

    –¿Y yo cómo sé? –dijo él.

    –¿Cómo sabés qué?

    –Si me tengo que tirar para ese lado.

    La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

    –En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién –dijo ella.

    –¿Y si no lo atajo? –preguntó él.

    –Entonces quiere decir que no me querés –respondió la rubia, y volvieron al pueblo.

    El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.

    El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
    A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

    Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.

    Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

    En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

    Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

    A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.

    El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.

    La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.

    Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.

    Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

    –Bien, pibe –me dijo–. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.