26/1/17

Deportivo Belgrano vs Estrella Polar. 1958. El penal más largo en el mundo



Por: Osvaldo Soriano.

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

    Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.

    A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
    Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

    Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.

    Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.

    En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.

    El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

    El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.

    Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.

    Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.

    Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:

    -Constante los tira a la derecha.

    -Siempre -dijo el presidente del club.

    -Pero él sabe que yo sé.

    -Entonces estamos jodidos.

    -Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.

    -Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.

    -No. Él sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.

    -El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.

    El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.

    -¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.

     –No sé. ¿Qué me cambia eso? –preguntó.

    –Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.

    –Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer –dijo y silbó al perro para volver a su casa.

    El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

    –Pobre tipo –dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

    A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.

    El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.

    –¿Y yo cómo sé? –dijo él.

    –¿Cómo sabés qué?

    –Si me tengo que tirar para ese lado.

    La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

    –En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién –dijo ella.

    –¿Y si no lo atajo? –preguntó él.

    –Entonces quiere decir que no me querés –respondió la rubia, y volvieron al pueblo.

    El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.

    El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
    A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

    Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.

    Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

    En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

    Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

    A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.

    El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.

    La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.

    Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.

    Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

    –Bien, pibe –me dijo–. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.



24/1/17

Inglaterra Vs Alemania |1966| La línea de la discordia




¿El balón traspasó la línea? ¿Es válido este tercer gol inglés marcado por Geoffrey Hurst? ¿Estaba el Mundial del 66 arreglado por y para la Reina? Hoy en día sigue la controversia. Un 8 de diciembre nació Geoffrey Hurst, recordemos su gol más polémico.
Estamos en la prórroga de la final que enfrenta al país anfitrión, Inglaterra, contra Alemania, en la final de la Copa Mundo 1966. Al termino del tiempo reglamentario, ya marcado por numerosos errores de arbitraje, los dos equipos empatan 2-2. Minuto 100: Geoffrey Hurst recupera el balón en el área de meta. La portería está totalmente descubierta pero el delantero centro británico opta por un golpe pesado y potente. El balón da en el travesaño antes de rebotar en (o detrás de) la línea y de ser despejado por un defensa alemán.
Los compañeros del capitán inglés Bobby Charlton alzan los brazos. Los 100.000 espectadores exultan. El árbitro suizo Gottfried Dienst, ubicado a 20 metros de la jugada, valida el gol. A pesar de todo, las protestas alemanas le llevan a consultar a su juez de línea, el ruso Tofik Bakhramanov. Este último es formal, el balón traspasó totalmente la línea. "Yo ya no podía vacilar. Él me señaló con las manos que el balón había rebotado a unos 20 cm detrás de la línea", explica después el árbitro suizo.
Al final, último episodio en el último minuto de la prórroga: el público invade ya el césped, tres adolescentes corren en el campo cuando Geoff Hurst dobla por la izquierda. Todo el mundo cree haber terminado el partido excepto el goleador inglés, que pega un golpe desde 18 metros. El gol, el tercero de Hurst (un récord para una final) es aceptado en una gran confusión.

Resultado final: 4-2. Los apasionados de la tecnología decidieron levantar la liebre en el debate actual sobre la intrusión del vídeo en el fútbol. ¿Resultado? Difícil de aclarar. Salvo para un categórico estudio inglés que concluye que... ¡el balón no traspasó la línea!


CoreaDelNorte Vs Italia |1966| El tiro de Pak hace historia




El norcoreano Pak Doo - Ik se ganó el estatus de leyenda al marcar el gol que eliminó a Italia del Mundial de 1966. El impacto causado por esta victoria fue comparable en Corea con la derrota de Brasil ante Uruguay en 1950. Pak anotó el único gol en el minuto 42 en Middlesbrough, el 19 de julio. Corea del Norte se convirtió así en el primer equipo asiático en llegar a cuartos de final de un Mundial.

En cuartos, Portugal venció 5-3 a Corea del Norte en un increíble partido en el estadio del Evertón Goodison Park. El gran Eusebio protagonizó una fantástica remontada después de que los norcoreanos se adelantaran 3-0 en los primeros 25 minutos de juego. Eusebio, anotó cuatro goles para colocar a Portugal en semifinales en su primer mundial. Mientras tanto Pak que era cabo del ejército, fue ascendido a sargento y se convirtió en icono para los jóvenes deportistas norcoreanos.

Charlton Vs Huddersfield.1957. La remontada del siglo





Fue uno de los partidos más extraordinarios en la historia del fútbol. Escenario: el Valley. La fecha: 21 de diciembre de 1957. Los equipos: Charlton Athletic como local frente al Huddersfield Town, entrenado por el mítico Bill Shankly, dos años antes de empezar a construir su leyenda en el Liverpool. El Charlton se quedó con diez hombres al poco de comenzar el encuentro cuando su capitán, el internacional inglés Derek Ufton, tuvo que retirarse con una clavícula rota. El Huddersfield mandaba 0-2 al descanso. A los 7 minutos de la segunda parte se habían puesto 1-5, y el único gol del Charlton lo había marcado el veterano extremo izquierdo Johnny Summers.

El Huddersfield empezó a pasearse con el aire confiado de un equipo que, comprensiblemente, considerada que tenía el partido ganado. A 30 minutos del final, el Charlton protagonizó la remontada del siglo para salvar el partido. Summer marcó cuatro goles más para elevar su total a cinco y poner el marcador en 5-6. En el minuto 87, el Huddersfield se lanzó una vez más a la carga y logró el empate. Pero Johnny Summers aún tenía otro truco en la manga. En el último minuto envió un pase a John Ryan, que marcó. El Charlton 7- Huddersfield 6. Ningún periodista tuvo el coraje para decirle a Shankly que ésta era la primera vez en la historia de la liga en que un equipo marcaba seis goles y perdía.

4/10/16

Brasil Vs Italia. 1994. Baggio 1994




Soy Roberto Baggio y voy a tirar el quinto penalti de la final. Si supero a Taffarel, Italia será campeona del mundo. Soy Roberto Baggio y si bato a Taffarel conseguiré, casi con toda seguridad el Balón de Oro por segunda vez consecutiva. Soy Roberto Baggio y puedo hacer enloquecer a mi país, a mi familia, a mis compañeros. Soy Roberto Baggio y sé que si meto ese penalti seré un héroe, haré historia pero nunca sabré nada de mí. De quién soy. De si sé levantarme del suelo. Soy Roberto Baggio.

Carlos Zanón.


Holanda Vs URSS |1988| Gullit



En 1993, la marea del racismo estaba subiendo. El olor a peste ya se sentía, como una pesadilla que vuelve, en toda Europa, mientras se sucedían algunos crímenes y se promulgaban leyes contra los inmigrantes de los países que habían sido colonias. Muchos jóvenes blancos no encontraban trabajo, y la gente de piel oscura empezaba a pagar el pato.
En ese año, un equipo de Francia ganó, por primera vez, la copa europea. El gol de la victoria fue obra de Basile Boli, un africano de la Costa de Marfil, que cabeceó un tiro de esquina lanzado por otro africano, Abedi Pelé, nacido en Ghana. Al mismo tiempo, ni los más ciegos militantes de la supremacía blanca podía negar que los mejores jugadores de Holanda seguían siendo los veteranos Ruud Gullit y Frank Rijkaard hijos de hombres de piel oscura venidos de Surinam, y que el africano Eusebio había sido el mejor de Portugal.
Ruud Gullit, llamado el "Tulipán Negro", ha sido siempre un clamoroso enemigo del racismo. Entre partido y partido ha cantado, guitarra en mano, en varios conciertos organizado contra el Apartheid en África del sur, y en 1987, cuando fue elegido el jugador más destacado de Europa, dedicó su Balón de Oro a Nelson Mandela, que llevaba muchos años encerrado en la cárcel por el delito de creer que los negros son personas.

A Gullit le operaron tres veces una rodilla. Las tres veces, los comentaristas lo dieron por liquidado. Pero resucitó, a puras ganas: -"Yo sin jugar, soy como un recién nacido sin chupete".
Sus veloces y goleadoras piernas, y su físico imponente coronado por una melena de rulerío rasta, le han ganado el fervor popular en los equipos más poderosos de Holanda y de Italia. En cambio, Gullit nunca se ha llevado bien con los directores técnicos ni con los dirigentes, por su costumbre de desobedecer y por su porfiada manía de denunciar a la cultura del dinero, que está convirtiendo al fútbol en un asunto más de bolsa de valores.

Eduardo Galeano - El fútbol a sol y sombra

Argentina Vs Uruguay. 2016. La sonrísa de Gardel


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“Una vez que se adueña del escenario, jamás amaga con dar un paso atrás para ceder su lugar a los demás actores” 
Norman Mailer (1923-2007) habla de Muhammad Ali en su ensayo sobre la primera pelea con Joe Frazier: ‘En la cima del mundo’ (1971)

Por Hugo Asch



Messi es Gardel, me dije mientras lo veía en acción el jueves pasado. Fue un minuto mágico, entre los 6 y los 7 del segundo tiempo. Entonces lo recordé. Fue el día en que me hice fan.
Me había pasado todo el día con Gardel en la Chacarita, típica nota de la Siete Días de los años setenta. A ese cronista de 19 años que solo sabía de Zappa, Crimson o Spinetta, lo shockeó aquel desfile loco de tipos engominados que daban cátedra sobre conciertos o grabaciones, las venerables ancianas que flor en mano juraban haber tenido una noche de amor con él y las que esperaban turno para colgarse del brazo de la estatua que, canchera como nunca, sostenía el faso siempre encendido. Los 24 de junio eran así: el rito de la muerte es una extraña fiesta en este rincón del mundo. A la noche tocaba ir al cine Loria, en el Once, donde a sala llena daban tres-películas-tres: El tango en Broadway, Cuesta abajo y El día que me quieras...

Todavía conservo la foto del ciego que entrevisté a la salida, capaz de repetir sin fallas los diálogos previos a cada canción. Pero lo más impresionante en esa noche de gola y bordonas sucedió cuando me paré de espaldas a la pantalla, con la luz del blanco y negro iluminando la sala. Cuando Gardel sonreía, todos, hombres y mujeres, repetían esa misma sonrisa en sus butacas; las cejas arqueadas, la cabeza que apenas se mueve de lado a lado y hacia atrás, en éxtasis. Eso es la seducción, pensé.
Las mismas sonrisas descubrí en el público de Mendoza, luego de la breve obra maestra de Messi. Que comenzó cuando durmió en su empeine zurdo un pase llovido que recibió bien volcado a la derecha, presionado por Lodeiro. Aún defendía ese balón de espaldas, con cuerpo y brazos, cuando Corujo abandonó su marca y picó como una moto, paralelo a su arco, dispuesto a trabar y dar por terminada la cuestión. El movimiento de Messi tuvo la delicadeza de una pincelada de Van Gog.
Apenas amasó la pelota con la suela y la deslizó entre las piernas del rival, cambiándola de pie. ¡Ooolé…! Corujo pasó de largo como un toro de lidia, la pierna izquierda estirada, recta, tiesa, ya entregada al vacío. Luego giró, asombrado y confundido, mientras Messi tocaba con Zabaleta y la recibía otra vez para hacer equilibrio pegado a la línea, cambiar de perfil y encarar. Silva lo paró con foul.
El tiro libre, bien abierto, tenía dos destinos lógicos: centro para la cabeza de un compañero o remate en comba al primer palo. Muslera, preparado para una u otra opción, se enfrentaría a una tercera variante, la más difícil, pero la más lógica tratándose de un jugador como Messi. La pelota dibujó una comba amplia, perfecta, que tenía como destino seguro el ángulo más lejano. El arquero retrocedió y, con un manotazo desesperado la sacó al córner. Doble milagro.

Algunos le hacían la reverencia, como en el Camp Nou. Otros sonreían, llenos de asombro, agradecidos, seguros de estar viendo algo excepcional. La misma sonrisa de aquellos que se entregaban a la magia de Gardel en el cine Loria. Puro placer.
Su gol definió el partido. Fue una ráfaga. La recibió de Mascherano en el medio, de espaldas al área. Hubo un rebote y entonces la enganchó de taco, picó en diagonal de derecha a izquierda, amagó seguir, frenó, giró y sacó el zurdazo seco, abajo. El final se ensució gracias a un hecho fortuito, un favor que no necesita su precisión de cirujano. Su remate se desvió en Giménez y le cambió la dirección a Muslera. La foto fue su grito de desahogo, los puños cerrados, los abrazos.
El nene eterno ya es un hombre de 29. Esa barba tupida es un síntoma. Messi maduró, o quizá recién ahora se nota su crecimiento. En la cancha hace lo de siempre y se burla de los límites. Pero además participa, corre, discute, se enoja, huye de aquella melancolía que lo paralizaba. Hay algo nuevo en él y no es tintura.

Para nada creo en la teoría conspirativa que vio en su renuncia una manera de desviar la atención y proteger a sus compañeros en la derrota. Pienso que se hartó. Menos de Martino que de arañar copas y luego verlas brillar en manos ajenas. Suena increíble que un personaje de su dimensión pueda conmoverse con lo que los demás digan de él. No en su caso. Messi es un chico simple que estaba desolado por haber perdido su tercera final en tres años. Quería irse, meterse abajo de la cama. Lo hizo.
Cambió de look como cualquier hombre recién separado o en crisis. Y volvió porque tenía que volver: ni los sponsors ni la FIFA pueden darse el lujo de un Mundial sin su presencia. Jugó contra Uruguay porque necesitaba hacerlo, sí o sí, después de semejante escándalo. Se notó. Este Messi pleno, seguro de sí mismo, que se entusiasma contándole cosas a los cronistas como un debutante, se fortaleció cuando –por fin–, se sintió parte, aquí.


Parece absurdo pero no lo es. Tomás Eloy Martínez, un periodista y escritor publicado en medios de todo el mundo, contaba que su sueño en los años de exilio era ver su firma en La Gaceta, el diario de Tucumán, su provincia. Ni la fama ni los millones pueden satisfacer ese deseo interno, esa necesidad. Se da o no se da y a Messi, el niño rico con tristeza que pasó más de la mitad de su vida en Cataluña pero habla como si jamás hubiese salido de Rosario, no se le daba. Hasta ahora.
Bauza fue la primera buena noticia en medio del show de ineptitud, torpeza y mezquindad de la dirigencia argentina; Pérez y su comisión nosecuántodora y los otros, nostálgicos del socialismo mafioso grondoniano.
La segunda buena noticia es este Messi, más ingenuo o terráqueo, todavía enamorado de lo imposible

Brasil Vs Uruguay. 1950. Mi querido enemigo

Varela y Zzizinho
Un 14 de septiembre de 1921 nació Zizinho, capitán del seleccionado brasileño en la noche del "Maracanazo".
Recordemos a los dos capitanes de aquella batalla, Zizinho y Obdulio Varela.

Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia. 
Doscientas mil estatuas de piedra en el estadio de Maracaná: el partido final había concluido, Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía. 
En la cancha deambulaban, todavía, algunos jugadores. 
Los dos mejores, Obdulio y Zizinho, se cruzaron.
Se cruzaron, se miraron. 
Eran muy diferentes. Obdulio, el vencedor, era de hierro. Zizinho, el vencido, estaba hecho de música. 
Pero también eran muy parecidos: los dos habían jugado lastimados casi todo el campeonato, uno con el tobillo inflamado, el otro con la rodilla hinchada, y a ninguno se le había escuchado una queja. 
Al fin del partido, no sabían si darse un puñetazo o un abrazo. 
Años después, le pregunté a Obdulio:
—¿Te ves con Zizinho?
—Sí. De vez en cuando. Cerramos los ojos y nos vemos.


Eduardo Galeano - Los hijos de los días

Brasil Vs Uruguay. 1950. Los derechos civiles en el fútbol

Obdulio Varela

El pasto crecía en los estadios vacíos.
Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. La causa era tal escandalosamente justa que la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin fútbol era un insoportable bostezo.

Los dirigentes nos daban el brazo a torcer y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil.
Y así al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga.
Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol.
Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo, y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas, cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una victoria imposible.


Espejos - Eduardo Galeano

Preston Vs Chelsea. 1956. El fontanero de Preston

Estatua tributo a Tom Finney

"El mejor momento de mi vida era cada domingo que saltaba al campo con la camiseta del Preston". Tom Finney, fino y hábil extremo derecho, no conocía mejor vida que jugar para el equipo de su pueblo donde llamarle leyenda es quedarse corto. Parecía predestinado a convertirse en un claro ejemplo de esa raza a la que se conoce por "One Club Men" ya que Finney se crió en una casa a las puertas de Deepdale, el pequeño estadio del Preston North End. Los días de partido su calle era un hervidero de hinchas que iban y venían de su particular templo. A nadie le extrañó por lo tanto que Finney se entregase desde niño al fútbol. Sus condiciones le ayudaron a destacar y el Preston no tardó en llamarle. Pese a su irrefrenable deseo, la llegada a la Primera División inglesa tardó en producirse. El motivo que ralentizó su irrupción en la máxima categoría fue la Segunda Guerra Mundial, que detuvo las competiciones en el Reino Unido y le impidió estrenarse hasta que había cumplido los veinticuatro años. En esos años Finney no se quedó quieto. En 1942 entró en el Cuerpo Blindados y formó parte de las tropas que Montgomery mandaba en África. Conducía un tanque y participó en la campaña de Egipto donde aprovechaba los tiempos muertos para disfrutar de los partidos que se organizaran entre soldados en el frente. En 1946, tras curarse las heridas abiertas por el conflicto y limpiar los castotes, se reanudó la Liga en Gran Bretaña y Finney disfrutó al fin de su estreno con la camiseta del Preston.
Arrancaba un colosal carrera pese a que el día del debut el entrenador le pidió que jugase tranquilo porque "nadie espera mucho de ti". Pero Finney se convirtió en una de las sensaciones del campeonato. Inglaterra trataba de reconstruirse y todavía no había mucho dinero en el fútbol por lo que en sus primeros años compaginó su trabajo de futbolista con el de fontanero. No tardaron en conocerle en toda Inglaterra como "El fontanero de Preston". Llegaron los elogios de forma imparable.
El Preston jugaba inclinado a la derecha, condicionado siempre por el juego de los extremos más desequilibrante que se habían visto hasta el momento. El equipo no aspiraba a grandes cosas, pero la fama de Finney en Inglaterra no dejaba de crecer. Algunos comenzaron a llamarle el "extremo fantasma" porque parecía un jugador indetectable para la mayoría de las defensas, una especie de aparición para los rivales. Empezaron a llegar las llamadas de los grandes clubes del país ansiosos por hacerse con su fichaje, pero la respuesta siempre era la misma: sólo quería jugar para el Preston. En 1948 se produjo la primera convocatoria con la selección inglesa. Fue el comienzo de otra relación intensa ya que hasta el Mundial de 1958 disputó setenta y seis partidos internacionales.

Con Inglaterra Finney vivió grandes decepciones, las peores de sus carrera. Con su club -del que nadie esperaba nada-alcanzó la final de Copa en Wembley con el West Ham en 1954. Pero de aquella selección inglesa sí se aguardaban grandes cosas que no se cumplieron. Todo falló. En 1950 fue el gol de Zarra; en 1954, los uruguayos en cuartos de final; y en 1958 la lesión del propio Finney, que su país fue incapaz de superar. El de Preston ya era mucho más que un jugador en aquel tiempo. Se había convertido en el primero en ser elegido dos veces "futbolista del año" y era el máximo goleador de la historia de su selección. En el Mundial de Suecia vivió uno de sus grandes momentos, de los que sirven para recordarle con veneración. En el primer partido perdían 2-1 contra Rusia -una situación límite- cuando a falta de cinco minutos les pitaron un penalti a favor. Sus compañeros le miraron y Finney, consciente de su papel y pese a estar lesionados, tomó la pelota decidido. Se situó ante Yashin, la "araña negra", el primer portero que construyó una leyenda de "parapenaltis".
"Era inmenso" recordó Finney en una entrevista. Mientras tomó carrera y vio a varios de sus compañeros de espaldas, incapaces de ver la escena, tomó la decisión de lanzar con la pierda derecha. Intuía que Yashin le había visto en alguna ocasión disparar con la zurda y como era capaz de manejar ambas optó por esta solución. Engañó al ruso y permitió que Inglaterra siguiese viva en el torneo aunque ya no pudo volver a jugar en ese Mundial. A partir de ahí su carrera inició la inevitable cuesta abajo en gran parte por las continuas lesiones. Pero se mantuvo fiel al color blanco del Preston. El día de su adiós lo hizo en Deepdale, su hogar. A las puertas del recinto hoy en día hay una estatua que le recuerda. El autor se basó en la célebre foto tomada en 1956 durante un partido ante el Chelsea en el que con el campo anegado se lanza al suelo en busca de un balón junto a un contrario. "Splash" se titula y ganó la imagen deportiva del año. Los hinchas del modesto club hacen reverencia ante ella.


Roma Vs Liverpool. 1984. Los diez años que no existieron para Ago

Agostino Di Bartolomei

El pequeño Agostino sólo pensaba en jugar al fútbol. Criado en un barrio pobre del sur de Roma, su padre fue un necesario freno para sus constantes deseos de entregarse a su pasión. Jugaba donde podía, en la calle, en su casa y en el modesto campo del equipo del barrio por donde comenzaba a asomar con frecuencia los técnicos de los conjuntos más afamados del país. Su padre siempre lo mandaba de vuelta sin opciones de entablar una negociación: "Agostino tiene que estudiar". Solo cuando tenía catorce años y llamó a la puerta de su casa la Roma, de la que su padre era hincha confeso, se abrió otra posibilidad. Jugaría para ellos con la condición se seguir adelante con sus estudios en el mismo colegio. Si fallaba, se acababa el fútbol. No lo hizo y así arrancó la carrera de una de las grandes leyendas de la Roma.
Agostino Di Bartolomei llamaba la atención por su impresionante sobriedad en el campo. Jugaba a una enorme intensidad, era poderoso en lo físico, tenía un gran desplazamiento de pelota y su capacidad para el disparo lejano y para irrumpir en el área rival le convertían en un mediocampista difícil de controlar. A nadie le extrañó que con diecisiete años Scopigno le hiciera debutar ante el Ínter de Milán. Poco antes había conducido al equipo juvenil al título de campeón de Italia. El joven Agostino pasó unos meses en el primer equipo, pero la Roma decidió cederle junto a Bruno Conti, el otro gran talento de aquella hornada, a diferentes equipos de la Serie B para que fuesen endureciendo su carácter y sus piernas.
En 1976 se incorporan de forma definitiva al primer equipo de la mano del sueco Liedholm, uno de los entrenadores más importantes en la historia del Calcio.
La personalidad de Agostino le convierte en un referente para los compañeros -no tarda en convertirse en el capitán- y para la grada, que le ve como uno de los suyos, como aficionado "gialloroso" al que cada domingo le permiten jugar con el equipo de sus amores. Pasa a convertirse "Ago" para todos los romanistas, se suceden los grandes partidos, los goles y los títulos.

En aquellos días el DT Liendhom resuelve con brillantez una complicada papeleta que le plantea el club. El fichaje del extraordinario Falcao -futbolista de parecidas condiciones a Agostino- le lleva a mover la estructura de un conjunto que cada día es más brillante y que en 1989 conquista la Copa de Italia. Liendhom sitúa al brasileño por detrás de la delantera y retrasa la posición de Agostino para que construya desde atrás. Deja de pisar el área con tanta frecuencia, pero la Roma se aprovecha de su desplazamiento y de su facilidad para entender el juego. El equipo es una maquina que suma dos nuevas Copas y la Liga de 1983, uno de los grandes acontecimientos de la historia romanista.
Lo mejor parece que está a punto de llegar. El cuadro capitalino tiene un sueño: en 1984 la final de la Copa de Europa (hoy conocida como Champions League) se juega en su estadio, una ocasión única para alcanzar el mayor de los tesosos. El equipo de Agostini, Conti, Falcao, Cerezo y Graziani llega hasta la final donde lo espera el poderoso Liverpool. "Es el partido de mi vida" proclama en la víspera de Agostino, el hombre que soñaba junto a Conti con ese encuentro tantas veces recreado en los suburbios de Roma.
El choque, en medio de un ambiente eléctrico, con la capital romana paralizada por completo, acaba en empate a un gol con lo que el título debe decidirse en los penaltis. Agostino no traiciona a quienes le tienen como guía. Tiene 29 años, la madurez necesaria, y pide lanzar el primer penal, el más complicado, el que nadie quiere. No se espera menos del capitán. Agostino marca y provoca un arrebato de locura en la grada. Todo sigue el plan soñado. Pero de golpe el cuento de hadas se desploma. Grobbelaar, arquero del Liverpool, uno de esos histriónicos de la portería, comienza a contorsionarse antes de cada lanzamiento como si fuese a sufrir un desmayo y genera semejante desconcierto en los rivales que provoca los errores de Conti y Graziani. Los ingleses no fallan y conquistan la Copa de Europa en medio del dolor insoportable de los romanistas.

La derrota supone un golpe tan duro para la escuadra que decide hacer una limpieza en el vestuario. Agostino forma parte de los despedidos ante la indignación de la hinchada. Los caminos de Agostino y la camiseta grana se separan para siempre. Pasa por el Milán, Cesena y Salernitana, donde juega hasta 1990, año en el que decide retirarse. A partir de entonces comienza a saberse poco de su vida en una casa de Salerno que comparte con su pareja hasta que llega el fatídico 30 de mayo de 1994. Esa mañana, antes de las nueve, Agostino coge la pistola que guarda en uno de sus armarios, sale al balcón de su casa y se dispara en el corazón. Deja una nota escrita: "Me siento encerrado en un agujero". Hay pocas explicaciones, demasiadas conjeturas. Se habla de una depresión, de un problema económico. Los aficionados que le veneraron en el Olímpico y que siguen mostrando su nombre en las pancartas de cada domingo lo tíenen mucho más claro: no fue capaz de encajar la derrota en el partido de su vida.


Suiza Vs España. 1948. "Cojones y españolía"



Manuel Fernández, "Pahíño" para el mundo del fútbol, ha sido uno de los grandes personajes de la historia del Celta y del fútbol español pese a que la selección española le tuvo vetado por la fama de ser un futbolista comunista. El régimen le tenía entre ojos, que le etiquetó así por su inquietud intelectual y por un absurdo incidente en los prolegómenos de su primer encuentro internacional.
Los cinco años que Pahiño defendió la camiseta del Celta resultaron gloriosos. Reclutado con 19 años por el conjunto vigués, el delantero se hizo un nombre gracias a sus grandes condiciones y el club creció junto a él de manera inesperada. La selección era el siguiente paso. Nadie podía negárselo después de haber conseguido su primer título de máximo goleador vistiendo la camiseta de un modesto como el Celta, lo que hacía más grande su conquista. Aquellos 23 goles habían sido decisivos para que los vigueses acabasen cuartos en la Liga y disputasen la final de la Copa del Rey, en aquel tiempo llamada, Copa del Generalísimo.
Pahiño -junto a sus compañeros de equipo Gabriel Alonso y Miguel Muñoz- se alineó por primera vez con la selección española en junio de 1948 en Zurich para enfrentarse a Suiza, encuentro que finalizó con empate a tres goles y en el que el vigués cerró el marcador tras firmar una actuación que los cronistas de la época elogiaron pronosticando que la selección había encontrado un punta que no se arrugaba ante los temibles centrales.
El problema de Pahiño fue lo que ocurrió en el vestuario antes de que los jugadores saltasen al terreno de juego. Era habitual que en aquellos años algunos militares acompañasen a la selección española e incluso lanzasen alguna clase de soflama antes de comenzar el partido para hinchar el pecho de los futbolistas que aceptaban como algo normal aquella parte de absurdo protocolo. Nadie quería ganarse un problema y aguantaban con gesto serio el trámite. A Suiza acudió el general Gómez Zanalloa que saludó a los futbolistas en el vestuario y dejó una arenga para la historia: "Y ahora, muchachos, cojones y españolía". Y ahí salió la personalidad de Pahiño que no era como el resto de futbolistas que huía de cualquier opinión comprometida y carecía de otra inquietud que no fuera la de patear el balón. En el equipaje del jugador del Celta siempre había libros con los que matar las horas muertas de viajes en tren por toda España y cierto espíritu rebelde. Pahiño adquiría muchas obras en un quiosco de Barcelona cuando iba a jugar allí o bien en las giras de Surámerica, donde por ejemplo se hizo con "Por quién doblan las campanas" de Hemingway.
La cuestión es que el delantero escuchó la antológica frase de Gómez Zamalloa y no hizo otra cosa que sonreír con ironía y una pizca de descaro, algo que no pasó inadvertido para los militares que formaban parte del séquito. Pahiño jugó aquel partido con la selección nacional y uno más ante Bélgica. Ahí acabó su carrera con la selección y Pahiño entendió que le había salido cara aquella sonrisa en Zurich. La carrera del vigués siguió adelante e incluso llegó al Real Madrid donde marcó 108 goles en los 124 partidos que disputó vestido de blanco (el mejor promedio goleador de la historia del club y que sólo igualaría años después Puskas). En España no había delantero como él -incluso ganó otro trofeo de máximo goleador-, pero existía la sensación de que la Federación Española le tenía vetado desde aquella tarde en Suiza. En él creció la idea de ser un marginado político y en el fútbol español se le etiquetó como un tipo extraño. De poco le valía en aquellos años su espíritu de sacrificio y su capacidad goleadora.
Pahíño era crack. Pero nada era suficiente para que los técnicos de la selección le llamasen y su fama de futbolista "incómodo" no dejaba de crecer. Eso se puso de manifiesto después de un Barcelona-Madrid en el que acabó repeliendo una dura entrada de Biosca. El cronista de "Arriba", órgano oficial del Movimiento, le criticó duramente por su acción y dijo que qué se podía esperar "de un individuo que lee a Tolstoi y Dostoyevski". No necesitaba más evidencias para saber que no era un personaje agradable para el Régimen. Así se le cerró a Pahiño la posibilidad de estar en el Mundial de 1950 en Brasil, por una simple e irónica sonrisa

Francia Vs Uruguay. 1924 Andrade

José Leandro Andrade

José Leandro Andrade fue el primer titular negro de una selección uruguaya que hasta el momento sólo incluía jugadores blancos. Con él, Uruguay se proclamó campeón olímpico en 1924 y 1928, y campeón del mundo en 1930, en el primer campeonato del mundo de la historia. Después fue bailarín de music-hall y un gran campeón de tango. Murió a los cincuenta y seis años, solo y pobre, el 3 de octubre de 1956. Estas son las palabras de su paisano Eduardo Galeano sobre Andrade en el libro El fútbol a sol y sombra.
Europa nunca había visto a un negro jugando al fútbol. En la olimpíada del 24, el uruguayo José Leandro Andrade deslumbró con sus jugadas de lujo. En la línea media, este hombrón de cuerpo de goma barría la pelota sin tocar al adversario, y cuando se lanzaba al ataque, cimbreando el cuerpo desparramaba un mundo de gente. En uno de los partidos atravesó media cancha con la pelota dormida en la cabeza. El público lo aclamaba, la prensa francesa lo llamaba, La Maravilla Negra.
Cuando el torneo terminó, Andrade se quedó un tiempo anclado en París. Allí fue errante bohemio y rey de cabaret. Los botines de charol sustituyeron a las alpargatas bigotudas que había traído de Montevideo y un sombrero de copa ocupó el lugar de la gorra gastadita. Las crónicas de la época saludaban la estampa de aquel monarca de las noches de Pigalle: el paso elástico y bailarín, la mueca sobradora, los ojos entornados que siempre miraban de lejos y una pinta que mataba: pañuelos de seda, chaqueta a rayas, guantes de color patito y bastón con empuñadura de plata.
Andrade murió en Montevideo, muchos años después. Los amigos habían proyectado varios festivales en su beneficio, pero nunca se realizó ninguno. Murió tuberculoso, y en la última miseria.
Fue negro, sudamericano y pobre. El primer ídolo internacional del fútbol.



3/10/16

Nottingham Forest Vs Hamburgo. 1980. Brian Clough: "The number one

Brian Clough y Peter Taylor


Fue el mejor entrenador de la historia de Inglaterra. Fundó la Liga Anti-Nazi. Hizo campaña en pro del Partido Obrero Inglés. Fue campeón de la Liga inglesa con el modesto Derby County y con el Nottingham Forest. Pero todo hubiese sido imposible sin su amigo Peter Taylor fallecido un día como hoy. Esta es la historia de dos amigos que fueron leyenda en el fútbol europeo.

Ningún hombre es más grande que el juego del fútbol, dice el refrán. A veces, sin embargo, Brian Clough parecía más grande que la vida. Las victorias que consiguió como DT tenían algo de milagroso: el campeonato de la liga de 1972, con el Derby Country, o el de 1978 con el Nottingham Forest, fueron los primeros de la historia de estos clubs respectivos. El del Forest, sobre todo, fue un triunfo épico. Clough fue contratado cuando el equipo militaba en la Segunda División inglesa, logró el ascenso a primera y al poco tiempo derrotó al Liverpool tanto en la final de Copa de la Liga como en la carrera por el campeonato, que el Forest conquistó con siete puntos de diferencia sobre los reds. El doblete alcanzado en la primera temporada de primera división catapultó a su entrenador a la leyenda, pero cuando el segundo doblete se contó por Ligas de Campeones (hoy día Champions League),
Empezamos a sospechar que el mérito de este hombre tenía algo de sobrenatural. Así era.

Tras entrenar las juveniles del Sunderland durante un año asumió el mando del Hartlepool, convirtiéndose en el entrenador más joven de la liga (treinta años), y después el Derby Country, siempre acompañado por su ayudante y amigo Peter Taylor, que le siguió allá donde fue el resto de su carrera. Entonces empezó la fiesta: en 1969, los 'Rams' subieron a la primera. En 1972 llegó el histórico titulo de Liga del Derby y en la Copa de Europa del año siguiente el recorrido se interrumpió sólo en semifinales, ante la Juventus, a la que Clough acusó de comprar al arbitro: llamó "cobardes" a los italianos en general, "estafadores" a los blanquinegros en particular, e incluso llegó a evocar los hechos de la Segunda Guerra Mundial.

Los fans le adoraban. Los jugadores también. Sabían que era capaz de vencer allá donde todos habían caído. Cuando en 1973 anunció que dejaba el club, por direfencias con los directivos del Derby que no estaban de acuerdo con sus compromisos mediáticos -se convirtió en el más ácido y divertido de los comentaristas televisivos- la noticia sorpresa dio a todos. La decisión provocó marchas y clamor de la hinchada para que Clough y Taylor no marchasen.

La siguiente parada fue el Leeds United, pero ya sin su amigo Peter Taylor que se había negado a acompañarlo porque pensaba que dirigir al Leeds seria un fracaso. "Representan todo lo que no somos", le dijo Peter a Clough mientras marchaba. Clough siempre fue un anti-Leeds: decía que eran cínicos y marrulleros, que habían ganado sus títulos haciendo trampas. Los jugadores lo odiaban, al cabo de seis partidos, y cuarenta y cuatro días de infierno, Brian abandonó el cargo.

A pesar de este enorme error, Clough no perdió un ápice de confianza en sí mismo. En enero de 1975 aceptó hacerse cargo del banquillo del Nottingham Forest, (de nuevo con Taylor) que en aquella época era un equipo que se situaba en la zona baja del campeonato de Segunda División. Los frutos de su revolución fueron monumentales. El Forest subió a la primera división en la temporada de 1976-77, aunque el progreso del club podría haberse interrumpido en este momento de haberse aceptado su candidatura para entrenar a la selección inglesa. Los aficionados del Nottingham veían como su equipo superaba todos los obstáculos para convertirse en el campeón de la Liga de 1977-78 y levantaba de paso la Copa de la Liga. Para poner en contexto esta proeza, la victoria del Forest, sucedió durante el reinado de uno de los mejores Liverpool de la historia. Y para colmo de dicha, en diciembre de aquel año el Forest cumplió 42 partidos sin conocer la derrota, un récord de primera división que permaneció intacto hasta que lo batió el Arsenal muchos años después.
Pero quedaban días mejores por delante. Clough se lanzó a la conquista de la Copa de Europa, con ese aire de inspirada locura que a veces enmascaraba su genio para crear equipos que era más grandes que las suma de sus partes. Y la conquistó, para asombro de la mayoría de los críticos. En la temporada de 1979-80, Brian y compañía siguieron desafiando a gigantes. El Forest despachó al Ajax en semifinales para acudir a su cita en la final con el Hamburgo, que había eliminado al Madrid con un contundente 5-1. En el minuto 19 de partido, el extremo John Robertson adelantó a la escuadra inglesa, que en adelante se dispuso a proteger la portería del gran Peter Shilton, para marcharse con el segundo título consecutivo: el novato europeo había entrado en la historia del fútbol.

La dupla Clough Taylor fue un fenómeno que trascendió los limites del deporte. La reputación de Clough está basada en las dos Copas de Europa consecutivas ganadas con el Forest y en un don para convertir en grandes a jugadores medianos. Su idiosincrasia y su éxitos deportivos le convirtieron en un héroe. Dos estatuas, una a las afueras del estadio del Derby y otra a las afueras del Forest fueron levantadas en su honor

2/8/16

Medellín Vs Boca Juniors. 1961. Moreno



Lo llamaban el Charro, por su pinta de galán de cine mexicano, pero él venía de los potreros del riachuelo de Buenos Aires. José Manuel Moreno, el más querido de los jugadores de la Maquina de River, gozaba despistando: sus piernas piratas se lanzaba por aquí pero se iban por allá, su cabeza bandida prometía el gol a un palo y lo clavaba contra el otro.
Cuando algún rival lo planchaba de una patada, Moreno se levantaba sin protestar y sin pedir ayuda, y por lastimado que estuviera seguía jugando. Era orgulloso y fanfarrón, y era peleón, capaz de batirse a trompadas contra toda la hinchada enemiga y también contra la hinchada propia, que lo adoraba pero tenía la mala costumbre de insultarlo cada vez que River perdía.
Milonguero, amiguero, hombre de la noche de Buenos Aires, Moreno amanecía enredado en las melenas o acobado en los mostradores:

El tango - decía - "Es el mejor entrenamiento: llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles, hacés trabajo de cintura y de piernas".
Los domingos al mediodía, antes de cada partido, devoraba una fuente de puchero de gallina y vaciaba más de una botella de vino tinto. Los dirigentes de River le ordenaron acabar con aquella mala vida, indigna de un deportista profesional. Él hizo lo posible. No trasnochó durante una semana ni bebió nada más que leche, y entonces jugó el peor partido de su vida. Cuando volvió a las andadas, el club lo suspendió. Sus compañeros de equipo hicieron huelga, en solidaridad con el bohemio incorregible, y River tuvo que jugar nueve jornadas con suplentes.
Elogio de la farra: Moreno fue uno de los jugadores de más larga duración en la historia del fútbol. Jugó durante veinte años en la primera división de varios clubes de Argentina, México, Chile, Uruguay y Colombia. En 1946, cuando regresó de México, la hinchada de River, loca por volver a ver sus corazonadas y sus amagues, no cupo en el estadio. Sus devotos voltearon las alambradas, invadieron la cancha: él hizo tres goles, lo sacaron en andas. En 1952, recibió una jugosa oferta del club Nacional de Montevideo, pero él prefirió jugar para otro club uruguayo, Defensor, un cuadro chico que podía pagarle poco o nada, porque en defensor estaba sus amigos. Y aquel año, Moreno salvó al Defensor del descenso.
En 1961, ya retirado, era director técnico del Medellín de Colombia. El Medellín iba perdiendo un partido contra el Boca Juniors de Argentina, y los jugadores no encontraban el camino del arco. Entonces Moreno, que tenía 45 años, se desvistió, se metió en la cancha, hizo dos goles y el Medellín ganó.


Eduardo Galeano.

Liverpool Vs Chelsea. 2014. El maldito resbalón de Gerrard

Steven Gerrard



Por: Edwin Medina


¿Lo recuerdas? Espalda recta, frente en alto, elegancia en su trote, pases precisos, buen juego aéreo. ¡Y como le pegaba! Recuerdo un gol en las tantas copas que juegan en el fútbol inglés, era una final, no recuerdo bien en que año, pero me acuerdo que estaba en el Liverpool el negro Cisse, sí, el mismo Cisse que un chino cara de perro le destrozó el tobillo previo al Mundial de Corea - Japón, como me dolió. Yo quería ver a esa Francia jugando con Trezeguet, Henry y Cisse, pero los galos se fueron de aquel Mundial sin anotar ni un sólo gol. ¿Cómo? ¿Que no pueden jugar juntos esos tres al tiempo? Los buenos jugadores, los crack, siempre pueden jugar juntos. ¿Acaso no recuerdas al Brasil de los cinco diez? También jugaba en aquel Liverpool Carragher, vaya central, puro huevo y corazón. Aquel día Gerrard la cogió de derecha desde varios metros de distancia, disparó como si odiara la pelota, sacó un latigazo féroz, potencia pura, un balazo que iba más rápido que el carro en el que se mató aquella princesa en París. Y a cobrar, por supuesto, campeones de Copa.
Te digo una cosa, lo del Liverpool aquella tarde estuvo bien. Pero lo que el hincha quiere es que los reds sean campeones de la Premier League. Desde 1990 en Anfield no saben lo que es ser campeones de la Premier. Se estancaron en 18 títulos, y veintitantos años sin ganar la Liga, para un equipo grande, es una eternidad. Claro, ganaron la Champions 2005 en aquella final épica en Estambul ante el Milán después de ir perdiendo tres a cero. Pero la Premier para los reds lo es todo. Necesitan volver a ser campeones absolutos de Inglaterra como antaño.
Y estuvieron cerca, fue en el año 2014, Liverpool era puntero de la Premier League a falta de tan sólo tres jornadas. Aquella mañana de domingo, se enfrentaban en Anfield ante la suplencia del Chelsea. Mourinho, técnico de los blue, decidió poner el equipo alterno porque quería reservar los titulares en la semifinal de la Champions ante el Atlético Madrid.
No me vas a creer lo que fue ese partido. Luisito Suárez venia hecho un demonio, todo lo que tocaba terminaba en gol. Era el goleador del certamen y se entendía bastante bien con Gerrard, Sturridge y Sterling. Pero ese día no tuvo ni una sola chanche, ni una. Justo en ese partido, no le salió nada bien. Los disciplinados o más bien los robots que puso Mourinho en el terreno de juego no pasaban de la mitad de la cancha. Todo balón cercano a su portero lo reventaban de punta para arriba. Te repito, con el triunfo nadie le quitaba el título al Liverpool, pero el empate también servía, porque lo reds seguirían dependiendo de sí mismos para ser campeones.
Los locales presionaban e intentaban por todos lados llegar al gol. Los de Londres rechazaban y raspaban. No habían pateado una sola vez al arco. Pero al minuto 88, el Liverpool estaba con sus líneas bastante adelantadas, la defensa estaba posicionada en el medio campo. Entonces Gerrard retrocedió para recibir un pase lateral, era el último hombre, atrás de él sólo se encontraba su compañero el arquero belga Mignolet. La esférica venía lentamente hacia el botín derecho de Gerrard, éste se posiciona para recibir, pero apoya mal su pie izquierdo, pequeño gran error, Gerrard resbala, el balón sigue su recorrido, pasa lentamente frente a los ojos del capitán, 'no te vayas sin mí', parece decirle con la mirada. Es tarde, la pelota ya está en los pies del delantero del Chelsea, Gerrard se repone, corre con la ilusión de alcanzarlo, sabe que nunca lo logrará. "Que lo resuelva él" habrá pensado mientras mira a su arquero, pero Mignolet ya se encontraba desparramado, aún aturdido por la imagen que vio segundos antes. El capitán abatido. Fue gol y todo el esfuerzo de la temporada se esfumó.
Pensé que lo iban a destruir. Tú sabes cómo son los ingleses, mira lo que le hicieron a Óscar Wilde cuando se enteraron de su homosexuidad. A cana. Pero con Gerrard fue todo lo contrario. A pesar del duro golpe, no pararon de animar a su capitán. Recuerda que son los hinchas del 'You Never Walk Alone'. Nunca caminarás solo. Ese resbalón fue como una premonición de lo que vendría. El Liverpool ya no dependía de sí mismo, ahora el City era puntero. Al domingo siguientente City volvió a ganar y los reds en otro partido increíble empataron ante el Cristal Palace y se despidieron del título. Luis Suárez lloraba desconsolado y Gerrard, vuelto añicos, lo miraba sin saber que decirle.
Nunca el Liverpool estuvo tan cerca en los últimos años de ser campeón de la Premier League. Aquella temporada había sido perfecta, la más cercana al tan ansiado trofeo.
Ahora Gerrard pasa el epílogo de su carrera bien lejos de su natal Anfield. No se repuso, se sintió culpable de aquel error y huyó, pero como nos enseñó Oscar Wilde en El Retrato de Dorian Gray, nadie puede huir de su pasado ni de sus errores por más lejos que vaya

Santos Vs Peñarol. 1962. Resultado apócrifo

Capitanes de Santos y Peñarol, previo al partido


Tomado de: Historias insólitas de la Copa Libertadores.
Autor: Luciano Wernicke.


Las reacciones de los hinchas frente a un resultado adverso han generado, en innumerables oportunidades, verdaderos infiernos dentro de los estadios de fútbol. Frente a una multitud encolerizada, algunos árbitros han recurrido a un insólito mecanismo de contención en pos de detener el estallido de una olla a presión y proteger sus vidas, las de sus colaboradores y las de los futbolistas: la simulación. 
En canchas de los cinco continentales ha sucedido que un referí, en general con la complicidad de los jugadores como coprotagonistas, han montado una improvisada obra de teatro para hacer creer a un público violento que su equipo empataba o ganaba y así trastrocar el humor de la gente, aunque en realidad el partido “oficial” ya había sido suspendido. 
Probablemente, la más célebre de estas actuaciones ocurrió el 2 de agosto de 1962 en el estadio Urbano Caldeira de Santos Futebol Clube, donde la escuadra local enfrentaba al Club Atlético Peñarol en la revancha de la final de la Copa Libertadores de 1962. El equipo blanco, sin Edson Arantes do Nascimiento “Pele”, lesionado en el Mundial de Chile de ese año, había vencido como visitante a su rival uruguayo en el mítico Centenario de Montevideo, 2 a 1, y con un empate en casa se aseguraba su primer título continental. El árbitro de la revancha, el chileno Carlos Robles, contó a la ya desaparecida revista Triunfo de su país que, antes del inicio del match, un hincha local ingresó a su vestuario armado con un revolver, al grito de “Santos tiene que ganar como sea”. Robles aseguró que, sereno, le contestó: “Para atemorizar a un chileno hacen falta cien hombres, así que vaya a buscar a los que faltan”. 
El partido comenzó y, al finalizar el primer tiempo, Santos se fue al descanso arriba en el tanteador, otra vez 2 a 1. Pero, en el complemento, los uruguayos sacaron a relucir su bien ganada chapa de guapos, adquirida en el “Maracanazo” del Mundial de Brasil 1950, para dar vuelta el tanteador mediante sendas conquistas del ecuatoriano Alberto Spencer (a los 49) y el charrúa José “Pepe” Sasía (a los 51). La remontada visitante enloqueció a los hinchas brasileños –se dijo que los espectadores habían visto a Sasía arrojar tierra a los ojos del portero Gilmar dos Santos Neves en la jugada previa al tercer gol visitante, algo que no fue advertido por Robles ni por sus colaboradores-, al punto que comenzaron a arrojar todo tipo de proyectiles a la cancha. En un córner, una botella, noqueó al referí chileno. En el informe que elevó a la CONMEBOL, el árbitro explicó: “Transcurrían siete minutos del segundo tiempo y en circunstancias en que había cobrado un tiro de esquina a favor del equipo de Santos, al tomar mi ubicación cerca del vertical, me fue lanzada una botella, la que me pegó en el cuello. Debido a esto quedé seminconsciente y momentáneamente ciego. Al recuperar la lucidez me encontré en los vestuarios rodeado de dirigentes. Por lo expresado más arriba, decidí suspender el match por no tener garantías para desarrollar mi misión. Personeros directivos brasileños trataban de convencerme para que continuara el partido, a lo cual me negué rotundamente. Debido a mi actitud fui amenazado por el presidente de la Federación Paulista, Joao Mendonca Falcao, quien me dijo que si no continuaba dirigiendo el match, él, como diputado, me haría detener por la Policía. Como yo mantuve mi decisión, me insultó delante de mis compañeros, (Sergio) Bustamante y (Domingo) Massaro, diciéndome “ladrón, cobarde, yo puedo probar que usted es un sinvergüenza”. Otras dos personas que habían entrado al vestuario pretendiendo hacer cambiar mi actitud, los señores Luis Alonso, entrenador de Santos, y el presidente del club, Athie Jorge Coury, me insultaron y dijeron que ellos no respondían por mi vida al salir del estadio”. Los hombres de Peñarol, asimismo, recibieron una lluvia de objetos –piedras, envases de vidrio de cerveza- y amenazas de muerte de espectadores, rivales y hasta de algunos policías que, supuestamente, debían protegerlos. En ese peligroso contexto, Robles sacó de su manga el as que le permitiría retornar a su casa sano y salvo. Tras una suspensión de 51 minutos, el referí regresó al campo de juego y reunió en la mitad del campo a los uruguayos Sasía, Nestor Goncalves y el arquero Luis Maidana y les confesó que el partido ya estaba suspendido pero haría jugar los 39 minutos restantes  para distender la situación. “Muchachos. Ayúdenme porque, si no, nos matan a todos”, rogó el juez. El match se reanudó y, en pocos minutos, Santos “empató”  a través de su delantero Paulo Cesar “Pagao” Araújo. Los hombres de Peñatrol casi no volvieron a pisar el área rival, hecho que pasó inadvertido para hinchas, jugadores y dirigentes del equipo paulista, que tras el pitazo final desataron un festejo desorbitado. Ninguno de ellos, como tampoco los periodistas, se enteró de la puesta en escena. De hecho, diarios como el matutino O Estado titularon en sus ediciones del día siguiente “Santos empató: es campeón de américa”. El baldazo de agua fría llegó horas después, cuando la CONMEBOL anunció la anulación de la igualdad, ratificó la victoria visitante y ordenó que ambos clubes se enfrentaran en un tercer y definitivo duelo en Buenos Aires, cuatro semanas más tarde, dirigidos por el prestigioso referí holandés Leo Horn. El 30 de septiembre, casi un mes del gravísimo episodio y con Pelé ya recuperado, Santos aplastó a Peñarol 3 a 0 en el “Monumental”  de River Plate. El “Rei” metió dos goles y el otro fue en contra del zaguero Omar Caetano. Los brasileños tuvieron al fin su anhelado trofeo. Los jugadores uruguayos, al igual que el chileno Robles, al menos vivieron para contarla.