4/10/16

Brasil Vs Italia. 1994. Baggio 1994




Soy Roberto Baggio y voy a tirar el quinto penalti de la final. Si supero a Taffarel, Italia será campeona del mundo. Soy Roberto Baggio y si bato a Taffarel conseguiré, casi con toda seguridad el Balón de Oro por segunda vez consecutiva. Soy Roberto Baggio y puedo hacer enloquecer a mi país, a mi familia, a mis compañeros. Soy Roberto Baggio y sé que si meto ese penalti seré un héroe, haré historia pero nunca sabré nada de mí. De quién soy. De si sé levantarme del suelo. Soy Roberto Baggio.

Carlos Zanón.


Holanda Vs URSS |1988| Gullit



En 1993, la marea del racismo estaba subiendo. El olor a peste ya se sentía, como una pesadilla que vuelve, en toda Europa, mientras se sucedían algunos crímenes y se promulgaban leyes contra los inmigrantes de los países que habían sido colonias. Muchos jóvenes blancos no encontraban trabajo, y la gente de piel oscura empezaba a pagar el pato.
En ese año, un equipo de Francia ganó, por primera vez, la copa europea. El gol de la victoria fue obra de Basile Boli, un africano de la Costa de Marfil, que cabeceó un tiro de esquina lanzado por otro africano, Abedi Pelé, nacido en Ghana. Al mismo tiempo, ni los más ciegos militantes de la supremacía blanca podía negar que los mejores jugadores de Holanda seguían siendo los veteranos Ruud Gullit y Frank Rijkaard hijos de hombres de piel oscura venidos de Surinam, y que el africano Eusebio había sido el mejor de Portugal.
Ruud Gullit, llamado el "Tulipán Negro", ha sido siempre un clamoroso enemigo del racismo. Entre partido y partido ha cantado, guitarra en mano, en varios conciertos organizado contra el Apartheid en África del sur, y en 1987, cuando fue elegido el jugador más destacado de Europa, dedicó su Balón de Oro a Nelson Mandela, que llevaba muchos años encerrado en la cárcel por el delito de creer que los negros son personas.

A Gullit le operaron tres veces una rodilla. Las tres veces, los comentaristas lo dieron por liquidado. Pero resucitó, a puras ganas: -"Yo sin jugar, soy como un recién nacido sin chupete".
Sus veloces y goleadoras piernas, y su físico imponente coronado por una melena de rulerío rasta, le han ganado el fervor popular en los equipos más poderosos de Holanda y de Italia. En cambio, Gullit nunca se ha llevado bien con los directores técnicos ni con los dirigentes, por su costumbre de desobedecer y por su porfiada manía de denunciar a la cultura del dinero, que está convirtiendo al fútbol en un asunto más de bolsa de valores.

Eduardo Galeano - El fútbol a sol y sombra

Argentina Vs Uruguay. 2016. La sonrísa de Gardel


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“Una vez que se adueña del escenario, jamás amaga con dar un paso atrás para ceder su lugar a los demás actores” 
Norman Mailer (1923-2007) habla de Muhammad Ali en su ensayo sobre la primera pelea con Joe Frazier: ‘En la cima del mundo’ (1971)

Por Hugo Asch



Messi es Gardel, me dije mientras lo veía en acción el jueves pasado. Fue un minuto mágico, entre los 6 y los 7 del segundo tiempo. Entonces lo recordé. Fue el día en que me hice fan.
Me había pasado todo el día con Gardel en la Chacarita, típica nota de la Siete Días de los años setenta. A ese cronista de 19 años que solo sabía de Zappa, Crimson o Spinetta, lo shockeó aquel desfile loco de tipos engominados que daban cátedra sobre conciertos o grabaciones, las venerables ancianas que flor en mano juraban haber tenido una noche de amor con él y las que esperaban turno para colgarse del brazo de la estatua que, canchera como nunca, sostenía el faso siempre encendido. Los 24 de junio eran así: el rito de la muerte es una extraña fiesta en este rincón del mundo. A la noche tocaba ir al cine Loria, en el Once, donde a sala llena daban tres-películas-tres: El tango en Broadway, Cuesta abajo y El día que me quieras...

Todavía conservo la foto del ciego que entrevisté a la salida, capaz de repetir sin fallas los diálogos previos a cada canción. Pero lo más impresionante en esa noche de gola y bordonas sucedió cuando me paré de espaldas a la pantalla, con la luz del blanco y negro iluminando la sala. Cuando Gardel sonreía, todos, hombres y mujeres, repetían esa misma sonrisa en sus butacas; las cejas arqueadas, la cabeza que apenas se mueve de lado a lado y hacia atrás, en éxtasis. Eso es la seducción, pensé.
Las mismas sonrisas descubrí en el público de Mendoza, luego de la breve obra maestra de Messi. Que comenzó cuando durmió en su empeine zurdo un pase llovido que recibió bien volcado a la derecha, presionado por Lodeiro. Aún defendía ese balón de espaldas, con cuerpo y brazos, cuando Corujo abandonó su marca y picó como una moto, paralelo a su arco, dispuesto a trabar y dar por terminada la cuestión. El movimiento de Messi tuvo la delicadeza de una pincelada de Van Gog.
Apenas amasó la pelota con la suela y la deslizó entre las piernas del rival, cambiándola de pie. ¡Ooolé…! Corujo pasó de largo como un toro de lidia, la pierna izquierda estirada, recta, tiesa, ya entregada al vacío. Luego giró, asombrado y confundido, mientras Messi tocaba con Zabaleta y la recibía otra vez para hacer equilibrio pegado a la línea, cambiar de perfil y encarar. Silva lo paró con foul.
El tiro libre, bien abierto, tenía dos destinos lógicos: centro para la cabeza de un compañero o remate en comba al primer palo. Muslera, preparado para una u otra opción, se enfrentaría a una tercera variante, la más difícil, pero la más lógica tratándose de un jugador como Messi. La pelota dibujó una comba amplia, perfecta, que tenía como destino seguro el ángulo más lejano. El arquero retrocedió y, con un manotazo desesperado la sacó al córner. Doble milagro.

Algunos le hacían la reverencia, como en el Camp Nou. Otros sonreían, llenos de asombro, agradecidos, seguros de estar viendo algo excepcional. La misma sonrisa de aquellos que se entregaban a la magia de Gardel en el cine Loria. Puro placer.
Su gol definió el partido. Fue una ráfaga. La recibió de Mascherano en el medio, de espaldas al área. Hubo un rebote y entonces la enganchó de taco, picó en diagonal de derecha a izquierda, amagó seguir, frenó, giró y sacó el zurdazo seco, abajo. El final se ensució gracias a un hecho fortuito, un favor que no necesita su precisión de cirujano. Su remate se desvió en Giménez y le cambió la dirección a Muslera. La foto fue su grito de desahogo, los puños cerrados, los abrazos.
El nene eterno ya es un hombre de 29. Esa barba tupida es un síntoma. Messi maduró, o quizá recién ahora se nota su crecimiento. En la cancha hace lo de siempre y se burla de los límites. Pero además participa, corre, discute, se enoja, huye de aquella melancolía que lo paralizaba. Hay algo nuevo en él y no es tintura.

Para nada creo en la teoría conspirativa que vio en su renuncia una manera de desviar la atención y proteger a sus compañeros en la derrota. Pienso que se hartó. Menos de Martino que de arañar copas y luego verlas brillar en manos ajenas. Suena increíble que un personaje de su dimensión pueda conmoverse con lo que los demás digan de él. No en su caso. Messi es un chico simple que estaba desolado por haber perdido su tercera final en tres años. Quería irse, meterse abajo de la cama. Lo hizo.
Cambió de look como cualquier hombre recién separado o en crisis. Y volvió porque tenía que volver: ni los sponsors ni la FIFA pueden darse el lujo de un Mundial sin su presencia. Jugó contra Uruguay porque necesitaba hacerlo, sí o sí, después de semejante escándalo. Se notó. Este Messi pleno, seguro de sí mismo, que se entusiasma contándole cosas a los cronistas como un debutante, se fortaleció cuando –por fin–, se sintió parte, aquí.


Parece absurdo pero no lo es. Tomás Eloy Martínez, un periodista y escritor publicado en medios de todo el mundo, contaba que su sueño en los años de exilio era ver su firma en La Gaceta, el diario de Tucumán, su provincia. Ni la fama ni los millones pueden satisfacer ese deseo interno, esa necesidad. Se da o no se da y a Messi, el niño rico con tristeza que pasó más de la mitad de su vida en Cataluña pero habla como si jamás hubiese salido de Rosario, no se le daba. Hasta ahora.
Bauza fue la primera buena noticia en medio del show de ineptitud, torpeza y mezquindad de la dirigencia argentina; Pérez y su comisión nosecuántodora y los otros, nostálgicos del socialismo mafioso grondoniano.
La segunda buena noticia es este Messi, más ingenuo o terráqueo, todavía enamorado de lo imposible

Brasil Vs Uruguay. 1950. Mi querido enemigo

Varela y Zzizinho
Un 14 de septiembre de 1921 nació Zizinho, capitán del seleccionado brasileño en la noche del "Maracanazo".
Recordemos a los dos capitanes de aquella batalla, Zizinho y Obdulio Varela.

Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia. 
Doscientas mil estatuas de piedra en el estadio de Maracaná: el partido final había concluido, Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía. 
En la cancha deambulaban, todavía, algunos jugadores. 
Los dos mejores, Obdulio y Zizinho, se cruzaron.
Se cruzaron, se miraron. 
Eran muy diferentes. Obdulio, el vencedor, era de hierro. Zizinho, el vencido, estaba hecho de música. 
Pero también eran muy parecidos: los dos habían jugado lastimados casi todo el campeonato, uno con el tobillo inflamado, el otro con la rodilla hinchada, y a ninguno se le había escuchado una queja. 
Al fin del partido, no sabían si darse un puñetazo o un abrazo. 
Años después, le pregunté a Obdulio:
—¿Te ves con Zizinho?
—Sí. De vez en cuando. Cerramos los ojos y nos vemos.


Eduardo Galeano - Los hijos de los días

Brasil Vs Uruguay. 1950. Los derechos civiles en el fútbol

Obdulio Varela

El pasto crecía en los estadios vacíos.
Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. La causa era tal escandalosamente justa que la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin fútbol era un insoportable bostezo.

Los dirigentes nos daban el brazo a torcer y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil.
Y así al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga.
Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol.
Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo, y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas, cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una victoria imposible.


Espejos - Eduardo Galeano

Preston Vs Chelsea. 1956. El fontanero de Preston

Estatua tributo a Tom Finney

"El mejor momento de mi vida era cada domingo que saltaba al campo con la camiseta del Preston". Tom Finney, fino y hábil extremo derecho, no conocía mejor vida que jugar para el equipo de su pueblo donde llamarle leyenda es quedarse corto. Parecía predestinado a convertirse en un claro ejemplo de esa raza a la que se conoce por "One Club Men" ya que Finney se crió en una casa a las puertas de Deepdale, el pequeño estadio del Preston North End. Los días de partido su calle era un hervidero de hinchas que iban y venían de su particular templo. A nadie le extrañó por lo tanto que Finney se entregase desde niño al fútbol. Sus condiciones le ayudaron a destacar y el Preston no tardó en llamarle. Pese a su irrefrenable deseo, la llegada a la Primera División inglesa tardó en producirse. El motivo que ralentizó su irrupción en la máxima categoría fue la Segunda Guerra Mundial, que detuvo las competiciones en el Reino Unido y le impidió estrenarse hasta que había cumplido los veinticuatro años. En esos años Finney no se quedó quieto. En 1942 entró en el Cuerpo Blindados y formó parte de las tropas que Montgomery mandaba en África. Conducía un tanque y participó en la campaña de Egipto donde aprovechaba los tiempos muertos para disfrutar de los partidos que se organizaran entre soldados en el frente. En 1946, tras curarse las heridas abiertas por el conflicto y limpiar los castotes, se reanudó la Liga en Gran Bretaña y Finney disfrutó al fin de su estreno con la camiseta del Preston.
Arrancaba un colosal carrera pese a que el día del debut el entrenador le pidió que jugase tranquilo porque "nadie espera mucho de ti". Pero Finney se convirtió en una de las sensaciones del campeonato. Inglaterra trataba de reconstruirse y todavía no había mucho dinero en el fútbol por lo que en sus primeros años compaginó su trabajo de futbolista con el de fontanero. No tardaron en conocerle en toda Inglaterra como "El fontanero de Preston". Llegaron los elogios de forma imparable.
El Preston jugaba inclinado a la derecha, condicionado siempre por el juego de los extremos más desequilibrante que se habían visto hasta el momento. El equipo no aspiraba a grandes cosas, pero la fama de Finney en Inglaterra no dejaba de crecer. Algunos comenzaron a llamarle el "extremo fantasma" porque parecía un jugador indetectable para la mayoría de las defensas, una especie de aparición para los rivales. Empezaron a llegar las llamadas de los grandes clubes del país ansiosos por hacerse con su fichaje, pero la respuesta siempre era la misma: sólo quería jugar para el Preston. En 1948 se produjo la primera convocatoria con la selección inglesa. Fue el comienzo de otra relación intensa ya que hasta el Mundial de 1958 disputó setenta y seis partidos internacionales.

Con Inglaterra Finney vivió grandes decepciones, las peores de sus carrera. Con su club -del que nadie esperaba nada-alcanzó la final de Copa en Wembley con el West Ham en 1954. Pero de aquella selección inglesa sí se aguardaban grandes cosas que no se cumplieron. Todo falló. En 1950 fue el gol de Zarra; en 1954, los uruguayos en cuartos de final; y en 1958 la lesión del propio Finney, que su país fue incapaz de superar. El de Preston ya era mucho más que un jugador en aquel tiempo. Se había convertido en el primero en ser elegido dos veces "futbolista del año" y era el máximo goleador de la historia de su selección. En el Mundial de Suecia vivió uno de sus grandes momentos, de los que sirven para recordarle con veneración. En el primer partido perdían 2-1 contra Rusia -una situación límite- cuando a falta de cinco minutos les pitaron un penalti a favor. Sus compañeros le miraron y Finney, consciente de su papel y pese a estar lesionados, tomó la pelota decidido. Se situó ante Yashin, la "araña negra", el primer portero que construyó una leyenda de "parapenaltis".
"Era inmenso" recordó Finney en una entrevista. Mientras tomó carrera y vio a varios de sus compañeros de espaldas, incapaces de ver la escena, tomó la decisión de lanzar con la pierda derecha. Intuía que Yashin le había visto en alguna ocasión disparar con la zurda y como era capaz de manejar ambas optó por esta solución. Engañó al ruso y permitió que Inglaterra siguiese viva en el torneo aunque ya no pudo volver a jugar en ese Mundial. A partir de ahí su carrera inició la inevitable cuesta abajo en gran parte por las continuas lesiones. Pero se mantuvo fiel al color blanco del Preston. El día de su adiós lo hizo en Deepdale, su hogar. A las puertas del recinto hoy en día hay una estatua que le recuerda. El autor se basó en la célebre foto tomada en 1956 durante un partido ante el Chelsea en el que con el campo anegado se lanza al suelo en busca de un balón junto a un contrario. "Splash" se titula y ganó la imagen deportiva del año. Los hinchas del modesto club hacen reverencia ante ella.


Roma Vs Liverpool. 1984. Los diez años que no existieron para Ago

Agostino Di Bartolomei

El pequeño Agostino sólo pensaba en jugar al fútbol. Criado en un barrio pobre del sur de Roma, su padre fue un necesario freno para sus constantes deseos de entregarse a su pasión. Jugaba donde podía, en la calle, en su casa y en el modesto campo del equipo del barrio por donde comenzaba a asomar con frecuencia los técnicos de los conjuntos más afamados del país. Su padre siempre lo mandaba de vuelta sin opciones de entablar una negociación: "Agostino tiene que estudiar". Solo cuando tenía catorce años y llamó a la puerta de su casa la Roma, de la que su padre era hincha confeso, se abrió otra posibilidad. Jugaría para ellos con la condición se seguir adelante con sus estudios en el mismo colegio. Si fallaba, se acababa el fútbol. No lo hizo y así arrancó la carrera de una de las grandes leyendas de la Roma.
Agostino Di Bartolomei llamaba la atención por su impresionante sobriedad en el campo. Jugaba a una enorme intensidad, era poderoso en lo físico, tenía un gran desplazamiento de pelota y su capacidad para el disparo lejano y para irrumpir en el área rival le convertían en un mediocampista difícil de controlar. A nadie le extrañó que con diecisiete años Scopigno le hiciera debutar ante el Ínter de Milán. Poco antes había conducido al equipo juvenil al título de campeón de Italia. El joven Agostino pasó unos meses en el primer equipo, pero la Roma decidió cederle junto a Bruno Conti, el otro gran talento de aquella hornada, a diferentes equipos de la Serie B para que fuesen endureciendo su carácter y sus piernas.
En 1976 se incorporan de forma definitiva al primer equipo de la mano del sueco Liedholm, uno de los entrenadores más importantes en la historia del Calcio.
La personalidad de Agostino le convierte en un referente para los compañeros -no tarda en convertirse en el capitán- y para la grada, que le ve como uno de los suyos, como aficionado "gialloroso" al que cada domingo le permiten jugar con el equipo de sus amores. Pasa a convertirse "Ago" para todos los romanistas, se suceden los grandes partidos, los goles y los títulos.

En aquellos días el DT Liendhom resuelve con brillantez una complicada papeleta que le plantea el club. El fichaje del extraordinario Falcao -futbolista de parecidas condiciones a Agostino- le lleva a mover la estructura de un conjunto que cada día es más brillante y que en 1989 conquista la Copa de Italia. Liendhom sitúa al brasileño por detrás de la delantera y retrasa la posición de Agostino para que construya desde atrás. Deja de pisar el área con tanta frecuencia, pero la Roma se aprovecha de su desplazamiento y de su facilidad para entender el juego. El equipo es una maquina que suma dos nuevas Copas y la Liga de 1983, uno de los grandes acontecimientos de la historia romanista.
Lo mejor parece que está a punto de llegar. El cuadro capitalino tiene un sueño: en 1984 la final de la Copa de Europa (hoy conocida como Champions League) se juega en su estadio, una ocasión única para alcanzar el mayor de los tesosos. El equipo de Agostini, Conti, Falcao, Cerezo y Graziani llega hasta la final donde lo espera el poderoso Liverpool. "Es el partido de mi vida" proclama en la víspera de Agostino, el hombre que soñaba junto a Conti con ese encuentro tantas veces recreado en los suburbios de Roma.
El choque, en medio de un ambiente eléctrico, con la capital romana paralizada por completo, acaba en empate a un gol con lo que el título debe decidirse en los penaltis. Agostino no traiciona a quienes le tienen como guía. Tiene 29 años, la madurez necesaria, y pide lanzar el primer penal, el más complicado, el que nadie quiere. No se espera menos del capitán. Agostino marca y provoca un arrebato de locura en la grada. Todo sigue el plan soñado. Pero de golpe el cuento de hadas se desploma. Grobbelaar, arquero del Liverpool, uno de esos histriónicos de la portería, comienza a contorsionarse antes de cada lanzamiento como si fuese a sufrir un desmayo y genera semejante desconcierto en los rivales que provoca los errores de Conti y Graziani. Los ingleses no fallan y conquistan la Copa de Europa en medio del dolor insoportable de los romanistas.

La derrota supone un golpe tan duro para la escuadra que decide hacer una limpieza en el vestuario. Agostino forma parte de los despedidos ante la indignación de la hinchada. Los caminos de Agostino y la camiseta grana se separan para siempre. Pasa por el Milán, Cesena y Salernitana, donde juega hasta 1990, año en el que decide retirarse. A partir de entonces comienza a saberse poco de su vida en una casa de Salerno que comparte con su pareja hasta que llega el fatídico 30 de mayo de 1994. Esa mañana, antes de las nueve, Agostino coge la pistola que guarda en uno de sus armarios, sale al balcón de su casa y se dispara en el corazón. Deja una nota escrita: "Me siento encerrado en un agujero". Hay pocas explicaciones, demasiadas conjeturas. Se habla de una depresión, de un problema económico. Los aficionados que le veneraron en el Olímpico y que siguen mostrando su nombre en las pancartas de cada domingo lo tíenen mucho más claro: no fue capaz de encajar la derrota en el partido de su vida.


Suiza Vs España. 1948. "Cojones y españolía"



Manuel Fernández, "Pahíño" para el mundo del fútbol, ha sido uno de los grandes personajes de la historia del Celta y del fútbol español pese a que la selección española le tuvo vetado por la fama de ser un futbolista comunista. El régimen le tenía entre ojos, que le etiquetó así por su inquietud intelectual y por un absurdo incidente en los prolegómenos de su primer encuentro internacional.
Los cinco años que Pahiño defendió la camiseta del Celta resultaron gloriosos. Reclutado con 19 años por el conjunto vigués, el delantero se hizo un nombre gracias a sus grandes condiciones y el club creció junto a él de manera inesperada. La selección era el siguiente paso. Nadie podía negárselo después de haber conseguido su primer título de máximo goleador vistiendo la camiseta de un modesto como el Celta, lo que hacía más grande su conquista. Aquellos 23 goles habían sido decisivos para que los vigueses acabasen cuartos en la Liga y disputasen la final de la Copa del Rey, en aquel tiempo llamada, Copa del Generalísimo.
Pahiño -junto a sus compañeros de equipo Gabriel Alonso y Miguel Muñoz- se alineó por primera vez con la selección española en junio de 1948 en Zurich para enfrentarse a Suiza, encuentro que finalizó con empate a tres goles y en el que el vigués cerró el marcador tras firmar una actuación que los cronistas de la época elogiaron pronosticando que la selección había encontrado un punta que no se arrugaba ante los temibles centrales.
El problema de Pahiño fue lo que ocurrió en el vestuario antes de que los jugadores saltasen al terreno de juego. Era habitual que en aquellos años algunos militares acompañasen a la selección española e incluso lanzasen alguna clase de soflama antes de comenzar el partido para hinchar el pecho de los futbolistas que aceptaban como algo normal aquella parte de absurdo protocolo. Nadie quería ganarse un problema y aguantaban con gesto serio el trámite. A Suiza acudió el general Gómez Zanalloa que saludó a los futbolistas en el vestuario y dejó una arenga para la historia: "Y ahora, muchachos, cojones y españolía". Y ahí salió la personalidad de Pahiño que no era como el resto de futbolistas que huía de cualquier opinión comprometida y carecía de otra inquietud que no fuera la de patear el balón. En el equipaje del jugador del Celta siempre había libros con los que matar las horas muertas de viajes en tren por toda España y cierto espíritu rebelde. Pahiño adquiría muchas obras en un quiosco de Barcelona cuando iba a jugar allí o bien en las giras de Surámerica, donde por ejemplo se hizo con "Por quién doblan las campanas" de Hemingway.
La cuestión es que el delantero escuchó la antológica frase de Gómez Zamalloa y no hizo otra cosa que sonreír con ironía y una pizca de descaro, algo que no pasó inadvertido para los militares que formaban parte del séquito. Pahiño jugó aquel partido con la selección nacional y uno más ante Bélgica. Ahí acabó su carrera con la selección y Pahiño entendió que le había salido cara aquella sonrisa en Zurich. La carrera del vigués siguió adelante e incluso llegó al Real Madrid donde marcó 108 goles en los 124 partidos que disputó vestido de blanco (el mejor promedio goleador de la historia del club y que sólo igualaría años después Puskas). En España no había delantero como él -incluso ganó otro trofeo de máximo goleador-, pero existía la sensación de que la Federación Española le tenía vetado desde aquella tarde en Suiza. En él creció la idea de ser un marginado político y en el fútbol español se le etiquetó como un tipo extraño. De poco le valía en aquellos años su espíritu de sacrificio y su capacidad goleadora.
Pahíño era crack. Pero nada era suficiente para que los técnicos de la selección le llamasen y su fama de futbolista "incómodo" no dejaba de crecer. Eso se puso de manifiesto después de un Barcelona-Madrid en el que acabó repeliendo una dura entrada de Biosca. El cronista de "Arriba", órgano oficial del Movimiento, le criticó duramente por su acción y dijo que qué se podía esperar "de un individuo que lee a Tolstoi y Dostoyevski". No necesitaba más evidencias para saber que no era un personaje agradable para el Régimen. Así se le cerró a Pahiño la posibilidad de estar en el Mundial de 1950 en Brasil, por una simple e irónica sonrisa

Francia Vs Uruguay. 1924 Andrade

José Leandro Andrade

José Leandro Andrade fue el primer titular negro de una selección uruguaya que hasta el momento sólo incluía jugadores blancos. Con él, Uruguay se proclamó campeón olímpico en 1924 y 1928, y campeón del mundo en 1930, en el primer campeonato del mundo de la historia. Después fue bailarín de music-hall y un gran campeón de tango. Murió a los cincuenta y seis años, solo y pobre, el 3 de octubre de 1956. Estas son las palabras de su paisano Eduardo Galeano sobre Andrade en el libro El fútbol a sol y sombra.
Europa nunca había visto a un negro jugando al fútbol. En la olimpíada del 24, el uruguayo José Leandro Andrade deslumbró con sus jugadas de lujo. En la línea media, este hombrón de cuerpo de goma barría la pelota sin tocar al adversario, y cuando se lanzaba al ataque, cimbreando el cuerpo desparramaba un mundo de gente. En uno de los partidos atravesó media cancha con la pelota dormida en la cabeza. El público lo aclamaba, la prensa francesa lo llamaba, La Maravilla Negra.
Cuando el torneo terminó, Andrade se quedó un tiempo anclado en París. Allí fue errante bohemio y rey de cabaret. Los botines de charol sustituyeron a las alpargatas bigotudas que había traído de Montevideo y un sombrero de copa ocupó el lugar de la gorra gastadita. Las crónicas de la época saludaban la estampa de aquel monarca de las noches de Pigalle: el paso elástico y bailarín, la mueca sobradora, los ojos entornados que siempre miraban de lejos y una pinta que mataba: pañuelos de seda, chaqueta a rayas, guantes de color patito y bastón con empuñadura de plata.
Andrade murió en Montevideo, muchos años después. Los amigos habían proyectado varios festivales en su beneficio, pero nunca se realizó ninguno. Murió tuberculoso, y en la última miseria.
Fue negro, sudamericano y pobre. El primer ídolo internacional del fútbol.



3/10/16

Nottingham Forest Vs Hamburgo. 1980. Brian Clough: "The number one

Brian Clough y Peter Taylor


Fue el mejor entrenador de la historia de Inglaterra. Fundó la Liga Anti-Nazi. Hizo campaña en pro del Partido Obrero Inglés. Fue campeón de la Liga inglesa con el modesto Derby County y con el Nottingham Forest. Pero todo hubiese sido imposible sin su amigo Peter Taylor fallecido un día como hoy. Esta es la historia de dos amigos que fueron leyenda en el fútbol europeo.

Ningún hombre es más grande que el juego del fútbol, dice el refrán. A veces, sin embargo, Brian Clough parecía más grande que la vida. Las victorias que consiguió como DT tenían algo de milagroso: el campeonato de la liga de 1972, con el Derby Country, o el de 1978 con el Nottingham Forest, fueron los primeros de la historia de estos clubs respectivos. El del Forest, sobre todo, fue un triunfo épico. Clough fue contratado cuando el equipo militaba en la Segunda División inglesa, logró el ascenso a primera y al poco tiempo derrotó al Liverpool tanto en la final de Copa de la Liga como en la carrera por el campeonato, que el Forest conquistó con siete puntos de diferencia sobre los reds. El doblete alcanzado en la primera temporada de primera división catapultó a su entrenador a la leyenda, pero cuando el segundo doblete se contó por Ligas de Campeones (hoy día Champions League),
Empezamos a sospechar que el mérito de este hombre tenía algo de sobrenatural. Así era.

Tras entrenar las juveniles del Sunderland durante un año asumió el mando del Hartlepool, convirtiéndose en el entrenador más joven de la liga (treinta años), y después el Derby Country, siempre acompañado por su ayudante y amigo Peter Taylor, que le siguió allá donde fue el resto de su carrera. Entonces empezó la fiesta: en 1969, los 'Rams' subieron a la primera. En 1972 llegó el histórico titulo de Liga del Derby y en la Copa de Europa del año siguiente el recorrido se interrumpió sólo en semifinales, ante la Juventus, a la que Clough acusó de comprar al arbitro: llamó "cobardes" a los italianos en general, "estafadores" a los blanquinegros en particular, e incluso llegó a evocar los hechos de la Segunda Guerra Mundial.

Los fans le adoraban. Los jugadores también. Sabían que era capaz de vencer allá donde todos habían caído. Cuando en 1973 anunció que dejaba el club, por direfencias con los directivos del Derby que no estaban de acuerdo con sus compromisos mediáticos -se convirtió en el más ácido y divertido de los comentaristas televisivos- la noticia sorpresa dio a todos. La decisión provocó marchas y clamor de la hinchada para que Clough y Taylor no marchasen.

La siguiente parada fue el Leeds United, pero ya sin su amigo Peter Taylor que se había negado a acompañarlo porque pensaba que dirigir al Leeds seria un fracaso. "Representan todo lo que no somos", le dijo Peter a Clough mientras marchaba. Clough siempre fue un anti-Leeds: decía que eran cínicos y marrulleros, que habían ganado sus títulos haciendo trampas. Los jugadores lo odiaban, al cabo de seis partidos, y cuarenta y cuatro días de infierno, Brian abandonó el cargo.

A pesar de este enorme error, Clough no perdió un ápice de confianza en sí mismo. En enero de 1975 aceptó hacerse cargo del banquillo del Nottingham Forest, (de nuevo con Taylor) que en aquella época era un equipo que se situaba en la zona baja del campeonato de Segunda División. Los frutos de su revolución fueron monumentales. El Forest subió a la primera división en la temporada de 1976-77, aunque el progreso del club podría haberse interrumpido en este momento de haberse aceptado su candidatura para entrenar a la selección inglesa. Los aficionados del Nottingham veían como su equipo superaba todos los obstáculos para convertirse en el campeón de la Liga de 1977-78 y levantaba de paso la Copa de la Liga. Para poner en contexto esta proeza, la victoria del Forest, sucedió durante el reinado de uno de los mejores Liverpool de la historia. Y para colmo de dicha, en diciembre de aquel año el Forest cumplió 42 partidos sin conocer la derrota, un récord de primera división que permaneció intacto hasta que lo batió el Arsenal muchos años después.
Pero quedaban días mejores por delante. Clough se lanzó a la conquista de la Copa de Europa, con ese aire de inspirada locura que a veces enmascaraba su genio para crear equipos que era más grandes que las suma de sus partes. Y la conquistó, para asombro de la mayoría de los críticos. En la temporada de 1979-80, Brian y compañía siguieron desafiando a gigantes. El Forest despachó al Ajax en semifinales para acudir a su cita en la final con el Hamburgo, que había eliminado al Madrid con un contundente 5-1. En el minuto 19 de partido, el extremo John Robertson adelantó a la escuadra inglesa, que en adelante se dispuso a proteger la portería del gran Peter Shilton, para marcharse con el segundo título consecutivo: el novato europeo había entrado en la historia del fútbol.

La dupla Clough Taylor fue un fenómeno que trascendió los limites del deporte. La reputación de Clough está basada en las dos Copas de Europa consecutivas ganadas con el Forest y en un don para convertir en grandes a jugadores medianos. Su idiosincrasia y su éxitos deportivos le convirtieron en un héroe. Dos estatuas, una a las afueras del estadio del Derby y otra a las afueras del Forest fueron levantadas en su honor

2/8/16

Medellín Vs Boca Juniors. 1961. Moreno



Lo llamaban el Charro, por su pinta de galán de cine mexicano, pero él venía de los potreros del riachuelo de Buenos Aires. José Manuel Moreno, el más querido de los jugadores de la Maquina de River, gozaba despistando: sus piernas piratas se lanzaba por aquí pero se iban por allá, su cabeza bandida prometía el gol a un palo y lo clavaba contra el otro.
Cuando algún rival lo planchaba de una patada, Moreno se levantaba sin protestar y sin pedir ayuda, y por lastimado que estuviera seguía jugando. Era orgulloso y fanfarrón, y era peleón, capaz de batirse a trompadas contra toda la hinchada enemiga y también contra la hinchada propia, que lo adoraba pero tenía la mala costumbre de insultarlo cada vez que River perdía.
Milonguero, amiguero, hombre de la noche de Buenos Aires, Moreno amanecía enredado en las melenas o acobado en los mostradores:

El tango - decía - "Es el mejor entrenamiento: llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles, hacés trabajo de cintura y de piernas".
Los domingos al mediodía, antes de cada partido, devoraba una fuente de puchero de gallina y vaciaba más de una botella de vino tinto. Los dirigentes de River le ordenaron acabar con aquella mala vida, indigna de un deportista profesional. Él hizo lo posible. No trasnochó durante una semana ni bebió nada más que leche, y entonces jugó el peor partido de su vida. Cuando volvió a las andadas, el club lo suspendió. Sus compañeros de equipo hicieron huelga, en solidaridad con el bohemio incorregible, y River tuvo que jugar nueve jornadas con suplentes.
Elogio de la farra: Moreno fue uno de los jugadores de más larga duración en la historia del fútbol. Jugó durante veinte años en la primera división de varios clubes de Argentina, México, Chile, Uruguay y Colombia. En 1946, cuando regresó de México, la hinchada de River, loca por volver a ver sus corazonadas y sus amagues, no cupo en el estadio. Sus devotos voltearon las alambradas, invadieron la cancha: él hizo tres goles, lo sacaron en andas. En 1952, recibió una jugosa oferta del club Nacional de Montevideo, pero él prefirió jugar para otro club uruguayo, Defensor, un cuadro chico que podía pagarle poco o nada, porque en defensor estaba sus amigos. Y aquel año, Moreno salvó al Defensor del descenso.
En 1961, ya retirado, era director técnico del Medellín de Colombia. El Medellín iba perdiendo un partido contra el Boca Juniors de Argentina, y los jugadores no encontraban el camino del arco. Entonces Moreno, que tenía 45 años, se desvistió, se metió en la cancha, hizo dos goles y el Medellín ganó.


Eduardo Galeano.

Liverpool Vs Chelsea. 2014. El maldito resbalón de Gerrard

Steven Gerrard



Por: Edwin Medina


¿Lo recuerdas? Espalda recta, frente en alto, elegancia en su trote, pases precisos, buen juego aéreo. ¡Y como le pegaba! Recuerdo un gol en las tantas copas que juegan en el fútbol inglés, era una final, no recuerdo bien en que año, pero me acuerdo que estaba en el Liverpool el negro Cisse, sí, el mismo Cisse que un chino cara de perro le destrozó el tobillo previo al Mundial de Corea - Japón, como me dolió. Yo quería ver a esa Francia jugando con Trezeguet, Henry y Cisse, pero los galos se fueron de aquel Mundial sin anotar ni un sólo gol. ¿Cómo? ¿Que no pueden jugar juntos esos tres al tiempo? Los buenos jugadores, los crack, siempre pueden jugar juntos. ¿Acaso no recuerdas al Brasil de los cinco diez? También jugaba en aquel Liverpool Carragher, vaya central, puro huevo y corazón. Aquel día Gerrard la cogió de derecha desde varios metros de distancia, disparó como si odiara la pelota, sacó un latigazo féroz, potencia pura, un balazo que iba más rápido que el carro en el que se mató aquella princesa en París. Y a cobrar, por supuesto, campeones de Copa.
Te digo una cosa, lo del Liverpool aquella tarde estuvo bien. Pero lo que el hincha quiere es que los reds sean campeones de la Premier League. Desde 1990 en Anfield no saben lo que es ser campeones de la Premier. Se estancaron en 18 títulos, y veintitantos años sin ganar la Liga, para un equipo grande, es una eternidad. Claro, ganaron la Champions 2005 en aquella final épica en Estambul ante el Milán después de ir perdiendo tres a cero. Pero la Premier para los reds lo es todo. Necesitan volver a ser campeones absolutos de Inglaterra como antaño.
Y estuvieron cerca, fue en el año 2014, Liverpool era puntero de la Premier League a falta de tan sólo tres jornadas. Aquella mañana de domingo, se enfrentaban en Anfield ante la suplencia del Chelsea. Mourinho, técnico de los blue, decidió poner el equipo alterno porque quería reservar los titulares en la semifinal de la Champions ante el Atlético Madrid.
No me vas a creer lo que fue ese partido. Luisito Suárez venia hecho un demonio, todo lo que tocaba terminaba en gol. Era el goleador del certamen y se entendía bastante bien con Gerrard, Sturridge y Sterling. Pero ese día no tuvo ni una sola chanche, ni una. Justo en ese partido, no le salió nada bien. Los disciplinados o más bien los robots que puso Mourinho en el terreno de juego no pasaban de la mitad de la cancha. Todo balón cercano a su portero lo reventaban de punta para arriba. Te repito, con el triunfo nadie le quitaba el título al Liverpool, pero el empate también servía, porque lo reds seguirían dependiendo de sí mismos para ser campeones.
Los locales presionaban e intentaban por todos lados llegar al gol. Los de Londres rechazaban y raspaban. No habían pateado una sola vez al arco. Pero al minuto 88, el Liverpool estaba con sus líneas bastante adelantadas, la defensa estaba posicionada en el medio campo. Entonces Gerrard retrocedió para recibir un pase lateral, era el último hombre, atrás de él sólo se encontraba su compañero el arquero belga Mignolet. La esférica venía lentamente hacia el botín derecho de Gerrard, éste se posiciona para recibir, pero apoya mal su pie izquierdo, pequeño gran error, Gerrard resbala, el balón sigue su recorrido, pasa lentamente frente a los ojos del capitán, 'no te vayas sin mí', parece decirle con la mirada. Es tarde, la pelota ya está en los pies del delantero del Chelsea, Gerrard se repone, corre con la ilusión de alcanzarlo, sabe que nunca lo logrará. "Que lo resuelva él" habrá pensado mientras mira a su arquero, pero Mignolet ya se encontraba desparramado, aún aturdido por la imagen que vio segundos antes. El capitán abatido. Fue gol y todo el esfuerzo de la temporada se esfumó.
Pensé que lo iban a destruir. Tú sabes cómo son los ingleses, mira lo que le hicieron a Óscar Wilde cuando se enteraron de su homosexuidad. A cana. Pero con Gerrard fue todo lo contrario. A pesar del duro golpe, no pararon de animar a su capitán. Recuerda que son los hinchas del 'You Never Walk Alone'. Nunca caminarás solo. Ese resbalón fue como una premonición de lo que vendría. El Liverpool ya no dependía de sí mismo, ahora el City era puntero. Al domingo siguientente City volvió a ganar y los reds en otro partido increíble empataron ante el Cristal Palace y se despidieron del título. Luis Suárez lloraba desconsolado y Gerrard, vuelto añicos, lo miraba sin saber que decirle.
Nunca el Liverpool estuvo tan cerca en los últimos años de ser campeón de la Premier League. Aquella temporada había sido perfecta, la más cercana al tan ansiado trofeo.
Ahora Gerrard pasa el epílogo de su carrera bien lejos de su natal Anfield. No se repuso, se sintió culpable de aquel error y huyó, pero como nos enseñó Oscar Wilde en El Retrato de Dorian Gray, nadie puede huir de su pasado ni de sus errores por más lejos que vaya

Santos Vs Peñarol. 1962. Resultado apócrifo

Capitanes de Santos y Peñarol, previo al partido


Tomado de: Historias insólitas de la Copa Libertadores.
Autor: Luciano Wernicke.


Las reacciones de los hinchas frente a un resultado adverso han generado, en innumerables oportunidades, verdaderos infiernos dentro de los estadios de fútbol. Frente a una multitud encolerizada, algunos árbitros han recurrido a un insólito mecanismo de contención en pos de detener el estallido de una olla a presión y proteger sus vidas, las de sus colaboradores y las de los futbolistas: la simulación. 
En canchas de los cinco continentales ha sucedido que un referí, en general con la complicidad de los jugadores como coprotagonistas, han montado una improvisada obra de teatro para hacer creer a un público violento que su equipo empataba o ganaba y así trastrocar el humor de la gente, aunque en realidad el partido “oficial” ya había sido suspendido. 
Probablemente, la más célebre de estas actuaciones ocurrió el 2 de agosto de 1962 en el estadio Urbano Caldeira de Santos Futebol Clube, donde la escuadra local enfrentaba al Club Atlético Peñarol en la revancha de la final de la Copa Libertadores de 1962. El equipo blanco, sin Edson Arantes do Nascimiento “Pele”, lesionado en el Mundial de Chile de ese año, había vencido como visitante a su rival uruguayo en el mítico Centenario de Montevideo, 2 a 1, y con un empate en casa se aseguraba su primer título continental. El árbitro de la revancha, el chileno Carlos Robles, contó a la ya desaparecida revista Triunfo de su país que, antes del inicio del match, un hincha local ingresó a su vestuario armado con un revolver, al grito de “Santos tiene que ganar como sea”. Robles aseguró que, sereno, le contestó: “Para atemorizar a un chileno hacen falta cien hombres, así que vaya a buscar a los que faltan”. 
El partido comenzó y, al finalizar el primer tiempo, Santos se fue al descanso arriba en el tanteador, otra vez 2 a 1. Pero, en el complemento, los uruguayos sacaron a relucir su bien ganada chapa de guapos, adquirida en el “Maracanazo” del Mundial de Brasil 1950, para dar vuelta el tanteador mediante sendas conquistas del ecuatoriano Alberto Spencer (a los 49) y el charrúa José “Pepe” Sasía (a los 51). La remontada visitante enloqueció a los hinchas brasileños –se dijo que los espectadores habían visto a Sasía arrojar tierra a los ojos del portero Gilmar dos Santos Neves en la jugada previa al tercer gol visitante, algo que no fue advertido por Robles ni por sus colaboradores-, al punto que comenzaron a arrojar todo tipo de proyectiles a la cancha. En un córner, una botella, noqueó al referí chileno. En el informe que elevó a la CONMEBOL, el árbitro explicó: “Transcurrían siete minutos del segundo tiempo y en circunstancias en que había cobrado un tiro de esquina a favor del equipo de Santos, al tomar mi ubicación cerca del vertical, me fue lanzada una botella, la que me pegó en el cuello. Debido a esto quedé seminconsciente y momentáneamente ciego. Al recuperar la lucidez me encontré en los vestuarios rodeado de dirigentes. Por lo expresado más arriba, decidí suspender el match por no tener garantías para desarrollar mi misión. Personeros directivos brasileños trataban de convencerme para que continuara el partido, a lo cual me negué rotundamente. Debido a mi actitud fui amenazado por el presidente de la Federación Paulista, Joao Mendonca Falcao, quien me dijo que si no continuaba dirigiendo el match, él, como diputado, me haría detener por la Policía. Como yo mantuve mi decisión, me insultó delante de mis compañeros, (Sergio) Bustamante y (Domingo) Massaro, diciéndome “ladrón, cobarde, yo puedo probar que usted es un sinvergüenza”. Otras dos personas que habían entrado al vestuario pretendiendo hacer cambiar mi actitud, los señores Luis Alonso, entrenador de Santos, y el presidente del club, Athie Jorge Coury, me insultaron y dijeron que ellos no respondían por mi vida al salir del estadio”. Los hombres de Peñarol, asimismo, recibieron una lluvia de objetos –piedras, envases de vidrio de cerveza- y amenazas de muerte de espectadores, rivales y hasta de algunos policías que, supuestamente, debían protegerlos. En ese peligroso contexto, Robles sacó de su manga el as que le permitiría retornar a su casa sano y salvo. Tras una suspensión de 51 minutos, el referí regresó al campo de juego y reunió en la mitad del campo a los uruguayos Sasía, Nestor Goncalves y el arquero Luis Maidana y les confesó que el partido ya estaba suspendido pero haría jugar los 39 minutos restantes  para distender la situación. “Muchachos. Ayúdenme porque, si no, nos matan a todos”, rogó el juez. El match se reanudó y, en pocos minutos, Santos “empató”  a través de su delantero Paulo Cesar “Pagao” Araújo. Los hombres de Peñatrol casi no volvieron a pisar el área rival, hecho que pasó inadvertido para hinchas, jugadores y dirigentes del equipo paulista, que tras el pitazo final desataron un festejo desorbitado. Ninguno de ellos, como tampoco los periodistas, se enteró de la puesta en escena. De hecho, diarios como el matutino O Estado titularon en sus ediciones del día siguiente “Santos empató: es campeón de américa”. El baldazo de agua fría llegó horas después, cuando la CONMEBOL anunció la anulación de la igualdad, ratificó la victoria visitante y ordenó que ambos clubes se enfrentaran en un tercer y definitivo duelo en Buenos Aires, cuatro semanas más tarde, dirigidos por el prestigioso referí holandés Leo Horn. El 30 de septiembre, casi un mes del gravísimo episodio y con Pelé ya recuperado, Santos aplastó a Peñarol 3 a 0 en el “Monumental”  de River Plate. El “Rei” metió dos goles y el otro fue en contra del zaguero Omar Caetano. Los brasileños tuvieron al fin su anhelado trofeo. Los jugadores uruguayos, al igual que el chileno Robles, al menos vivieron para contarla.

21/7/16

Brasil Vs Uruguay. 1950. El reposo del centrojás

Obdulio Varela


Tomado del libro:Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol.
Escrito por: Osvaldo Soriano.


Mire usted lo que son las cosas. Nosotros habíamos empatado con España dos a dos con un gol que yo hice sobre la hora, esos goles que salen de suerte; el segundo partido le habíamos ganado a Suecia tres a dos, ahí no más. Los brasileños venían matando. Le habían marcado seis goles a los suecos y otra media docena a los españoles. Cuando fuimos a la final nadie dudaba de que ellos nos aplastarían. Tenían un cuadro bárbaro, eran locales y el mundo entero esperaba que ganaran el Mundial. Nosotros jugábamos, puede decirse, contra todo el mundo.

Eso, creo, debía darnos tranquilidad. Nuestra responsabilidad era menor. Recuerdo que un dirigente uruguayo lo llamó a Óscar Omar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformaban si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya debíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.
Yo lo escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar este partido. Y si no lo ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.
Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así nomás. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños la copa Río Branco y les habíamos ganado 4 a 3 el primer partido; después perdimos dos veces por uno a cero, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.
Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo”.

Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde se iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.

Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.
En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.
En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos para tratar de jugar de contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.

La voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la bandera y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo, había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más.

Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.
¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no le van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iban a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.

Cuando hicimos el segundo gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas flotaban en el mar. Era una desolación.
Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos bares para tomar unas chopps y caímos en lo de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo había arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía.

El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ése? Es Obdulio”. Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los bares. Yo pensé: “Si tengo que morir esta noche, que sea”. Pero acá estoy.
Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores les dieron unas de plata. ¿Usted cree que alguna vez se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca. Los jugadores que intervinimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.

Yo empecé a jugar al fútbol en serio por una casualidad. Éramos doce hermanos, hijos de un vendedor de factura de cerdo. Siempre fuimos muy pobres. Yo fui a la escuela tres años y tuve que largar para ir a vender diarios, primero, y después a lustrar zapatos. Como lustrador sacaba seis pesos por mes en el año 32. Un día me invitaron a jugar un partido de barrio. Allá encontré a mi hermano que jugaba en el otro equipo. Al fin, cuando me estaba cambiando para salir a jugar, apareció el titular del equipo, que era el tanque Amato, y no me pusieron. Entonces vino mi hermano y me dijo que si quería entrar para ellos. Como yo había ido a jugar al fútbol, acepté. Ganamos y me quedé en el equipo.

Los muchachos me consiguieron un trabajo de albañil y yo me puse muy contento. Empecé a jugar en un club que intervenía en el campeonato de intermedia, que venía a ser como la primera B de ascenso ahora. Parece que andaba bien, porque un día me avisaron que me habían vendido al Wanderers por 200 pesos.
Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré fui a ver a los dirigentes del Wanderers y le pregunté: “¿Quién va a defender al club, el Deportivo Juventud o yo?” Conseguí que me dieran los 200 pesos. Ese día me compré de todo con esa plata. Cuando aparecí en casa mi madre no quería creer que me habían dado toda esa plata. Ella creía que yo andaba en malos pasos.
Es que cuando uno se cría en la calle, tiene dos caminos: aprende a defenderse con dignidad, como hice yo porque tuve la oportunidad, o se larga a cualquier cosa, como les pasa a otros que no tienen una chance.
A mí me fue tan bien que, cuando subimos, no bajamos nunca más. Debuté en el Wanderers contra River Plate y perdimos, pero después le ganamos a Bella Vista. Por fin, en el estadio centenario jugamos contra Peñarol. Yo tenía enfrente nada menos que a Sebastián Guzmán, el maestro. Ellos tenían un cuadrazo, pero les ganamos 2 a 1. No me lo olvido jamás. Estuve cuatro años en el Wanderers y en 1943 pasé a Peñarol por 16 mil pesos, una cifra récord para el pase de un jugador. Me quedé para siempre en Peñarol hasta 1955 que largué el fútbol.

Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas, todos están metidos en el negocio sin importarles para nada la dignidad del hombre. Yo siempre me lo tomé de la mejor manera. Cuando vinieron a sobornarme, no me enojé ni los saqué a patadas ni los denuncié. Les dije que no, que buscaran a otro con menos orgullo que yo. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste, vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir.


Muchas cosas me dolieron. Los periodistas se metieron en mi vida privada, me atacaron mucho durante la huelga de jugadores porque ellos le hacían el juego a los clubes. Yo decidí vivir mi vida y rompí con ellos. Desde entonces me encapriché y me negué a salir en las fotos que tomaban al equipo en la cancha. Cuando mis compañeros me pedían que saliera, me ponía de costado y miraba para otro lado. Una vez los cronistas hicieron un planteo a Peñarol y el club me llamó para convencerme de que tenía que ser amable y salir en las fotos. Entonces les pregunté: “¿Para qué me contrataron: para sacarme fotos o para jugar al fútbol?” Ahí se terminó el incidente. No quise saber más nada con dirigentes ni con periodistas que escriben lo que quieren los que mandan. Yo sé que hay que ganarse la vida pero no hay motivo para ensuciar a los demás. Por eso yo no volvería a acercarme a una cancha aunque me ofrecieran millones. A mí me castigaron mucho y no lo aguanto. Por eso le dije que si ahora tuviera que jugar una final, me hago un gol en contra. No vale la pena poner la vida en una causa que está sucia, contaminada. El que se sienta capaz, que lo haga. Algún día tendrá que rendir cuentas: entonces sabremos quién es quién y si valía la pena ensuciarse.

18/7/16

Huracán Vs San Martín. 1975. Para la gloria y regocijo de Huracán, tres goles se mandó el domingo "El Loco"




René Houseman


“¿Quién fue el del gol?..” ¿Quién hizo el gol?...” La pregunta brincaba y rebotaba como pelota saltarina sobre las cabezas de los tabloneros que estaban festejando en alegre aspamento el gol prematuro del Huracán. “¿Quién hizo el gol?”… la pegunta iba y venía porque el gol salió de una confusión de blusas blancas que cayeron envueltos entre el pasto y la tierrita. Y cuando el tipo salió del entrevero de los abrazos, quedó aclarado: “¡Fue el loco! ¡Fue el loco!” El loco es el loquito Houseman, el pibe René de la villa. Cargaba Huracán, Miguelito hizo un centro rasante y el muchachito villero, el más pintoresco extravagante jugador argentino de la época: uno de los pocos de personalidad fuerte, uno de los pocos absolutamente auténticos que quedan y se destacan en ese cuadro general de un panorama gris formado de proletarios profesionales del pie-pelota, se tiró en “palomita” entre un entrevero de patunes y, de cabeza, puso el 1 a 0 para los de Patricios frente a los simpáticos y empeñosos tucumanos del Santa Martín. ¡Si tendrá personalidad y desinterés y alegría en el corazón este gorrión villero que es René Houseman, que cuando fue al Mundial de Alemania, mientras tantos de sus compañeros ocupaban parte de sus horas en el hotel de Singerfilden – cerca de Stuttgart- meta y saca la cuenta de los dólares que iban empacando día a día por viáticos y por posibles puntos ganados el loquito Houseman se gastaba el dinero como quien tira manteca al techo. ¿Sabes cómo? Hablando por teléfono con los muchachos de Buenos Aires, los amigos, los del barrio, los familiares, la novia.
Montañas de marcos, moneda fuerte, moneda dura, divisa, de esas con las que nos abruman, nos inferiorizan y nos hacen temblar, se gastó el loco alegremente, sin pensar en la mañana, pero dándose el gustazo de tener un puente de comunicación fraternal, un puente fabuloso en el aire, para chauyarla con los amigos del boliche, de la esquina y preguntar por todos. “¿Hola con quién hablo? “Aquí habla el loco” “¿Quién? “¡El loco!” ¿Y dónde estás? “En Alemania, te hablo desde el hotel en Chifildenguen donde estamo concentrados. ¿Está allí el Toto? ¿Y no está Lagaña?” Y comienza a contar cosa de lo que hacía en aquella lejana tierra donde había gente que no sabía hablar porque no se le entendía nada y preguntar cosas y cómo salió el partido entre los villeros del “Rompeola” con los de “Arribayabajo”, y los minutos corrían y la cuenta se iba apilando y cuando llegó la hora de armar las maletas para volver al pago… unos traían empacados muchos dólares y venían serios y “El loco” venía limpio, sin un peso, pero contento. ¿Pa qué sirve la plata si no sirve para hablar con los amigos y preguntar cómo está la vieja y si ya nació el hijo de la Julieta la señora del Chito que cuando me fui ya estaba que se iba desparramando de tan panzona?...
¡Ah, villero de corazón puro! Una vez, en la puerta de esa capillita de Cristo Obrero, en ese medio mundo que es la Villa del Retiro, el padrecito Mugica, al que asesinó un mano maldita, maldito sea, nos decía a la barra: “Aquí tengo un centrodelantero que es un jugador de maravilla. No hay con qué páralo, cuando empieza a gambetear. Algún día será una gloria nacional. ¿Por qué no lo llevan a hacer una prueba en un club grande?” Quedó en mandarlo. Pero aquel padrecito tenía tantas cosas que atender, tantos niños que alimentar, tanto drama al que llevar consuelo y esperanza, tanta miseria a la que arrimar ayuda, tanto corazón desesperado al que haba que reconfortar que en aquel entonces, a lo mejor se le olvidó. ¿Acaso no sería “El Loco”, el fenómeno que nos hablaba el padrecito a que asesinó un malvado que debe llevar arrollada en el cuello una serpiente? A lo mejor, quien te dice.
Cuando apareció en la cancha grande con los colores del “Defe” después de haber alegrado los picados de todos los potreros que aún quedan por Palermo y por Belgrado ya era un crack.
Y tiene tanta personalidad que se entrene o no se entrene, él siempre juega bien: que desaparece y cuando reaparece no lo castigan porque él es superior a toda forma de disciplina que pretenda cortarle las alas al gorrión; que se raja de las concentraciones de la selección porque él es de barrio, de aire libre, de cielo abierto y no del lujo que tiene mucho de cárcel; de villa pobre donde se canta y no de Hotel-Palace donde no se puede cantar. Es el más humilde pero el más culto, porque René Houseman, “El loco”, tiene un concepto poético de la libertad y no quiere ser prisionero ni del dinero que se gasta hablando por teléfono, ni de las imposiciones de esos reglamentos para obedientes pero no para románticos.

“¿Quién fue el que metió el gol” “Fue el Loco” “¡El Loco!” …- decían los hinchas del globito el domingo cuando El Loco marcó el primer gol de “palomita”. A fin de cuentas, la palomita se la inventó Bertolucci. Y ... ¿De dónde es Bertolucci? De Huracán que carajo! Después, René Houseman clavó dos goles más y fue siempre el espectáculo de esas gambetas cortitas y esas diabluras grandotas que el tablón festeja entre la admiración y la risa. Y viéndolo tan flaquito, tan alegremente despreocupado en el vestir, en el andar como escondiéndose, en el aguantar, todo eso que hace “El Loco” sea siempre un villero, fija que aquel padrecito Mugica lo estará mirando desde allá arriba y le dirá a San Pedro el de las ganzúas, que según dicen es boquense: - “Vea Don Pedrola, ése es de los míos, de los buenos de las villas; de esas villas que son la protestas contra una sociedad manejada en el desorden, basada en la injusticia, donde a los pobres les  hacen penales y el referí no los cobra…

Tomado de: 10.000 Horas de fútbol.
Por: Diego Lucero