26/4/18

U. Católiva vs U de Chile |1995| Soy del otro bando

Mumo Tupper, ídolo de la hichada de la U Católica



Por @EdwinMedinaSab

En 1988, en los días previos al plebiscito que definiría si Augusto Pinochet continuaría en el poder en el país chileno, las directivas de la UC reunieron a los jugadores en la oficina principal para presionarlos a votar a favor del dictador. Todos callaron, ningún jugador expresó opinión. Ni siquiera los más veteranos. No era fácil. Corrían tiempos donde el que iba a contra corriente lo borraban. De repente, uno de los futbolistas más jóvenes de la plantilla se puso en pie y dice: "No, yo no voy a votar por él porque yo soy del otro bando". Aquel valiente jugador era Raimundo Tupper, un deportista diferente.

Raimundo Tupper, conocido como el 'Mumo' Tupper, fue un futbolista chileno ídolo del club Universidad Católica en el que jugó entre 1985 y 1995. En su carrera deportiva siempre fue muy correcto, un ejemplo a seguir. Nunca fue expulsado. Fuera de las canchas alimentaba constantemente su mente. Consumía bastantes libros de literatura de García Márquez y Borges y era seguidor de Silvio Rodríguez. Lastimosamente se suicidó a los 26 años al arrojarse desde un balcón en un hotel de Costa Rica.

"El recuerdo más bonito que tengo de la UC fue el campeonato del 97, la UC llevaba 10 años sin salir campeón y en el 95 habíamos sufrido el suicidio de uno de nuestros jugadores más queridos, el Mumo Tupper, era jugador con consciencia de clase y seguidor de Silvio Rodríguez. La UC fue campeón ante Colo Colo en el Estadio Nacional y en las graderías se desplegó un telón enorme con la cara del Mumo y todo el sector de la UC encendió bengalas de papel de diario". Me cuenta Tatiana Paz, periodista chilena, feminista y de izquierda, directora de la Corporación Católica para Su Gente (CPSG) Movimiento creado con visión social que busca equidad de género en las gradas y en la sociedad y voz, trabajo y voto de sus hinchas en las decisiones del club.

Continúo hablando con Tatiana, le pregunto sobre el prejuicio de algunos hinchas rivales tienen hacia la Universidad Católica por su nombre.

"Por el nombre de nuestro equipo, mucha gente cree que somos un club ligado a la élite de la Iglesia, sabemos que es una Iglesia patriarcal, que oprime a las mujeres, que es una Iglesia conservadora, entonces deben creer que somos un club ligado a la Iglesia y que la hinchada debe ser igual de conservadora que la Iglesia Católica, lo que es una tontería porque en realidad más allá del nombre, no somos hinchas católicos, somos barritas y muchos conscientes que deseamos utilizar y levantar las banderas de lucha en un espacio tan democrático como lo son las graderías de fútbol. Por otro lado la Católica nace en una cuna popular, en un barrio popular como lo es el barrio la Independencia acá en Chile y luego de pasar unos 20 años ahí se cambia de estadio, y el estadio de la Católica ahora aquí en Chile, está en un lugar acomodado de Santiago, entonces se dice que la hinchada Católica es de élite pero eso es falso, puro prejuicio..."

La Corporación Católica para Su Gente, en el día de la marcha de Ni Una Menos, logró que los jugadores profesionales del plantel de la UC se fotografiaran con un cartel con la frase: Ni Una Menos.

Sigo escuchado a Tatiana me cuenta: "El machismo en el futbol es una bandera de lucha personal, yo soy feminista y creo que los espacios son para todos y todas y que el fútbol no es exclusivo para los hombres en ningún caso, ni para jugarlo, ni en las gradas, ni en el caso de las periodistas deportivas comentarlo... el machismo sólo se combate con información y educación por eso el ocho de marzo decidimos hacer esa actividad con el plantel de la UC".

Este movimiento conformado por periodistas, sociólogos, antropólogos, profesores de historia, diseñadores, entre otros, es totalmente auto-gestionado. Sus participantes realizan campañas de difusión en su fan page para recolectar fondos y con aportes voluntarios de sus integrantes realizan talleres de literatura y futbol y creación de pancartas y banderas en pro de la causa Palestina, causas anti-machista y el más conocido "No + Piñera".

En este fútbol moderno dónde los hinchas únicamente son productos de consumo, sin duda Tatiana y su grupo de trabajo por su activismo demuestra al igual que su ídolo Mumo Tupper que son del otro bando. El bando de los que piensan y actúan.






Deportivo Pereira vs Universitario de Popayán |2015| Unas botas, una cresta y la camiseta del Depor



 

Jugadores del Deportivo Pereira saltan al césped con una pancarta con la fotografía de un joven punk y la frase: “Querido General ya nos vamos a encontrar”.

Por: @EdwinMedinaSab

Pasaba el día escuchando Muertos de Cristo, La Pestilencia y La Polla Records. Su segunda casa era el estadio Hernán Ramirez Villegas, lugar donde el Deportivo Pereira juega de local el torneo colombiano. Era punk y barra brava. El prejuicio aparecía al verlo. “A de ser un antisocial”, diría la sociedad conservadora del Eje Cafetero. Nada más errado. Mario Alexander tenía un espíritu solidario. En 2011 convenció a la barra de ayudar con agua, frazadas y elementos de aseo para los damnificados de la tragedia de Dos Quebradas en Risaralda. Un polioducto explotó. Más de 400 personas se vieron afectadas. 


Era conocido como 'Grande'. Fue integrante y fundador de la barra Lobo Sur Pereira. Fuera de ser integrante barrista, fue precursor de festivales musicales y culturales que se hacían cada año en la ciudad de Pereira. 
“Él fue más que un amigo de cancha. Él se convirtió como mi hermano mayor. Trataba de estar presente en lo que se podía. Le gustaba mucho hacer obras sociales”. Me cuenta Juan Sebastián, amigo de Alexander.

Marchó demasiado pronto. Dejó una pequeña hija, grandes hermanos en las gradas y una semilla rebelde que no parará de germinar en las calles de Pereira.
Tiempo después de la muerte de Alexander en honor a él, la Juventud Rebelde Risaralda organizó el primer foro de barrismo popular y rebelde llamado “Mario Alexander Montealegre Soto”.



Corinthians vs Sao Paulo |1983| La Libertad es un golpe de talón




Por Edwin Medina

“Porque en Brasil en una dictadura desgastada, fue el doctor Sócrates quien inició la acción. Y comenzó con un toque de talón, que en el fútbol es el más brasileño de los movimientos. Entonces las alas y los laterales se movieron, la defensa avanzó y los atacantes crearon las condiciones para hacer el golazo; pero no es una exageración decir que la libertad comenzó con un toque en el talón. Aquí está, la democracia corinthiana; donde el fútbol no es sólo la alegría de la gente. Pero aprovecha el hecho de ser alegre para traer un mensaje de felicidad superior y noble. Su ser alegre lo coloca inmediatamente en la misma longitud de onda que el pueblo”.
Así comienza el libro La Libertà è un Colpo di Tacco (La libertad es un golpe de talón) del escritor italiano Riccardo Lorenzetti. Charlé con él y esto fue lo que me contó de su libro inspirado en Sócrates y la Democracia Corintihana.


EM ¿Qué temática de la vida de Sócrates podemos encontrar en su libro? ¿Sócrates y su carrera deportiva? ¿Sócrates y su activismo en pro de la democracia? ¿Sócrates después de su retiro?

RL. En realidad, "La libertad es un toque de talón" no es una biografía en absoluto. Y ni siquiera la historia detallada de la democracia. Sócrates es el protagonista de este pequeño cuento, pero sobre todo como figura ideal: el líder, el inspirador y el punto de referencia de un movimiento de conciencia que tiende a intervenir en la conciencia de los hombres.
De hecho, no encontraremos referencias precisas a la vida y carrera del Doctor. La historia es sobre el campeonato estatal de 1982, y todo se centró en ese período.


EM. En la historia del fútbol han existido otros deportistas rebeldes que han transcendido en lo deportivo en pro de la sociedad. ¿Por qué decide hablar de Sócrates y no de otro jugador? ¿Por qué él en específico?

RL. Sócrates y su democracia constituyen una experiencia absolutamente original e irrepetible. Por su contenido, por el momento histórico y por la personalidad de los jugadores que son protagonistas. El deporte está lleno de los llamados "rebeldes", que por su ejemplo intervienen en la historia y ayudan a modificarla; Las gestas de Jesse Owens, por ejemplo, trascienden del valor deportivo simple y acaban teniendo un valor que va más allá de las medallas obtenidas en la pista. La contribución de Ali en el boxeo, o Carlos y Smith en la Ciudad de México en 1968, son ejemplos de atletas que intervienen en lo social, enfocando cuestiones que tienen que ver con el deporte hasta cierto punto.
Después, hay otras historias muy bellas y punzantes, aunque menos conocidas: el Spartak Moscú de los hermanos Starostin, por ejemplo. O el fin trágico de Arpad Weisz, el entrenador judío que lideró al Bolonia de 1930, y que murió en Auschwitz durante la guerra.
Hay hinchas que hicieron una bandera de cierto tipo de valores: Marsella en Francia, el Sankt Pauli en Hamburgo, sin mencionar la historia romántica de la Unión Berlín.
Sin duda, sin embargo, el Doctor y el coraje de su Corinthians representan algo único, con encanto y sugerencia.


EM. "Sócrates siempre se sintió muy frustrado porque ningún deportista siguió su ejemplo". Son palabras de periodista inglés Andrew Downie autor de una de las biografías más completas de Sócrates ¿Por qué ningún futbolista tuvo la valentía de seguir el ejemplo revolucionario de la Democracia Corinthiana?

RL. Sócrates interviene en un momento histórico muy particular, en el que un mensaje de este tipo tenía un valor importante y, sobre todo, la posibilidad de ser transmitida. Fue un movimiento, que, evidentemente, permitió alguna "invasión de campo" que ya no es concebible ahora.
Creo que eso se debe a la inyección masiva de dinero que inundó el fútbol y, en general, todo el deporte de los últimos años: el campeón, ahora, es la clásica "máquina tragaperras" de la que se puede conseguir tanto dinero como sea posible. Fue transformado de "atleta" en "compañía": y la administración de una empresa que necesita obtener ganancias no puede pagar por posiciones no muy convencionales.


EM. Cuando Sócrates llegó a la en Seria A en 1984 para jugar con la Fiorentina, dijo que venía a Italia para poder leer a Gramsci en su idioma original ¿Cómo reacciono el Calcio italiano frente a esta declaración?
RL- El fútbol italiano acogió al Doctor con gran curiosidad. No tanto por sus posiciones políticas, que pocos sabían mucho, pero por un hecho puramente técnico: Sócrates era, de hecho, el capitán de aquel magnífico Brasil que Italia había vencido en el histórico juego del 5 de julio de 1982; y él era el famoso "talón de Dios", y los aficionados italianos se quedan locos por ese tipo de jugada, que ellos consideran la más brasileña de todas.
Por otro lado, en la época, la información era mucho más pobre que ahora: la Democracia Corintiana, por ejemplo, no era un fenómeno tan conocido... Sólo las personas más informadas sabían algo sobre eso, porque la TV, los periódicos y radio no tenían esa atención espasmódica que existe ahora. En resumen, no había muchos elementos para entender completamente al personaje más allá del campeón.
Y debemos reconocer que el fútbol europeo (y el italiano en particular) tiene una mentalidad muy ligada al resultado: lo importante siempre ha sido ganar y producir resultados en el campo ... Todo lo que sea más allá del desempeño del domingo sólo es interesante si su equipo puede ganar.
La Fiorentina no ganó mucho, desgraciadamente: y lógicamente al público nunca le gustó mucho el personaje Sócrates y sus ideas, por fascinantes que fueran.
En vez de eso, se quedó como algo "popular" e irreal, que al final no fue funcional para los resultados de su equipo. Por eso el Doctor nunca dejó un rastro profundo.


EM. El futbolista italiano Paolo Sollier dijo que los futbolistas en su mayoría son de origen proletario, pero al llegar éstos al fútbol profesional, se olvidan del lugar de donde vienen, y empiezan a vivir una vida aislados de causas socialesa ¿Por qué Sócrates no sufrió este fenómeno?
RL- Paolo Sollier fue un jugador de fútbol de los años 70 que jugó en los partidos extraparlamentarios de izquierda, y no hizo secreto de sus ideas. Pero él no era un jugador de fútbol muy famoso en la época: él era un militante, en realidad, en la pequeña Perugia y luego fue trasladado a Rimini, que jugó en la serie B. Sollier era un hombre muy inteligente y valiente que escribió libros muy interesantes sobre el fenómeno del fútbol y sus protagonistas. Pero él también pasó como algo "folk": su compromiso social, su participación en las manifestaciones, por ejemplo, hizo de él un jugador de fútbol diferente, y su gesto de levantar un puño cerrado antes del inicio del juego se hizo famoso. Pero Sollier no era Sócrates. Él no tenía el carisma ni la popularidad. Y nadie más lo fue. Y, sobre todo, Italia no era Brasil. Sin duda, podría convertirse en un excelente entrenador, pero el fútbol italiano siempre pareció mal para aquellos personajes un poco "demasiado voluminosos" y, aunque tenía las cualidades, Sollier nunca entrenó a ningún equipo importante.

EM ¿En Sudamerica en dónde podemos encontrar su libro?

RL- En América del Sur, "La libertad es un toque de talón" será traducido y publicado en breve en Brasil. Estamos trabajando en esta hipótesis y esperamos realizarla dentro de algunos meses.

29/3/18

Argentina vs Perú |1978| El villero virtuoso

Rene Houseman


“Para el rebelde, más que para el resto del género humano, es absolutamente necesario conocer el amor; darlo, aun más que recibirlo y serlo, aun más que darlo”.
Henry Miller (1891-1980); de “El tiempo de los asesinos” (1952).

Por Hugo Asch

Si Henry Miller era un patriota del distrito 14° de Brooklyn, Houseman lo fue de la villa del Bajo Belgrano, arrasada antes del Mundial 78 por el brigadier Cacciatore, el intendente de facto alguna vez elogiado por Macri en sus comienzos como Lord porteño. Sus topadoras le evitaron al turismo el desagradable paisaje de la pobreza.
Tenía 18 cuando volvió locos a todos los laterales de la Primera C y llevó a Defensores de Belgrano, el rival de su amado Excursionistas, a la división superior. Enseguida le llegó una citación del Huracán modelo 73 entrenado por Menotti. Querían probarlo. “Esperaban un tipo lleno de músculos y aparecí yo, una laucha que pesaba 40 kilos mojado, al que le decían Hueso. Pero agarré la pelota y los saqué a pasear a todos”. Sus futuros compañeros pensaron que podían revolearlo al primer cruce. Error. No se la podían sacar. Era un mago, un fenómeno.
Por alguna razón, esos wines derechos de época eran 7, diestros y locos, mientras los 11 zurdos eran poetas, como el Chueco García. Houseman, wing wing y loco loco, repetiría las trágicas parábolas de Corbatta y Garrincha: genialidad-decadencia-olvido. Poner el acento en el gol que, borracho, le hizo al River de Fillol luego de festejar el cumpleaños de su hijo hasta las 11 de la mañana me parece algo miserable. Es hacerle un guiño al asesino. El alcohol fue el gran culpable de haberlo desalojado del lugar que merecía: el podio de los mejores del mundo.
No lo ayudaron. Siempre dicen eso cuando es demasiado tarde. Aun aceptando que su caos personal era constitutivo, que solo de esa manera lograba su crecimiento y autodestrucción, del cielo al infierno, la vida fue demasiado cruel con él. Llenó su rostro de arrugas profundas y melancolía infinita. El cuerpo le cobró todas las viejas deudas, una por una. No le dio tregua.
René era guapo. Volaba sin red, provocaba a los leones sin látigo, sostenía duelos con caballeros de hierro sin armadura. Medias bajas y pantalón cortito: ese par de piernas flacas, desnudas, indefensas, lo creaban todo. Corría con las rodillas juntas, algo encorvado, picando y frenando solo para volver a acelerar. Enganchaba hacia adentro, hacia afuera, desbordaba, o repetía el truco para encarar en diagonal. Era absolutamente impredecible. Un solista virtuoso.
En Huracán convirtió 109 goles en 277 partidos. Verlo tocar con Brindisi y Babington era lo más parecido a la felicidad. Ese equipo nació en la fugaz primavera camporista, y por eso la hinchada bramaba: “¡Lo dice el Tío / lo dice Perón / hacete del Globo / que sale campeón!”. Lo fueron, nomás; con baile.
Su Mundial fue el de 1974, en Alemania; en un equipo dirigido por tres técnicos peleados entre sí, arrollado por la mejor Holanda de la historia. Hizo tres goles, uno a Italia, y el mundo se fijó en él. Hubo ofertas y, dicen, Huracán no lo quiso vender. Igual, René no imaginaba una vida lejos de sus amigos, de la canchita villera de Pampa y Ramsay donde iba a jugar los sábados a la mañana, huyendo de la concentración de Huracán o de la Selección, lo mismo le daba.
Orgulloso de su origen cuando el peor insulto entre pobres era “villero”, se adelantó dos décadas al fenómeno de la cumbia, primera manifestación cultural de clase desde la aparición del tango prostibulario, nacida en los años 90, cuando las villas fueron más miseria.
Llegó al Mundial de 1978 con lo justo. No brilló, pero entró y metió el quinto contra Perú, el partido del 6 a 0, la sospecha, los aprietes y la bomba en la casa de Juan Alemann, que como ministro de Hacienda había criticado los gastos del Ente Autárquico del ex almirante Lacoste. Así se saldaban las internas en esos años de plomo.
“Yo no sabía lo que pasaba, si sabía no jugaba”, dijo, con los años. En 2008, a treinta años de esa final, estuvo en River, con Luque y Villa, en un partido homenaje a los desaparecidos llamado La Otra Final, junto a las Madres y organismos de derechos humanos.
Houseman nunca pensó en ser técnico. Decía que su inteligencia no le daba para enseñar ni para explicar cómo y por qué jugaba. Sobrevivía con la pensión que la AFA le concedió por ser campeón del mundo. Nunca se preocupó por el dinero. Lo que tuvo lo gastó.
Houseman murió menos pobre de lo que afirman los ensimismados con el modelo sensiblero del idiota manso que mira los pajaritos y sueña, siempre a contramano de la realidad. Houseman fue instinto puro, no un idiota. Al contrario. Fue un rebelde, un inadaptado, en el mejor de los sentidos. Hizo lo que quiso y lo que pudo, bien o mal, sin traicionarse. Le alcanzó para ser amado. Nada menos.
Murió más rico que muchos, tan llenos de cosas que se pueden comprar, o vender.

San Martín de Tucumán vs Atlético de Tucumán |1999| El agua y el pez

Mauro Javier Amato anota el gol del triunfo con una dedicatoria a Las Madres de Plaza de Mayo



Por KurtLutman

Secuencia 1 / 
TUCUMAN 8 DE AGOSTO DE 1977

El Gobernador de Facto Antonio Domingo Bussi instruye a sus camaradas de menor rango sobre el Operativo Independencia y detalla la teoría del Agua y el pez.
Les cuenta, mientras camina con la espalda recta, que el pez (militantes políticos) podía vivir porque tenía agua (la simpatía e interacción del pueblo tucumano). Detalla que en febrero del año 1975 (cuando él comandó dicha represión) el plan consistió en sacarle “el agua” al “pez” y remata la metáfora: “…para así ahogarlo, asfixiarlo.”
En Tafi del Valle, Ingenio Santa Lucía o sobre los márgenes del Rió Pueblo Viejo, las fuerzas Armadas torturaron y amedrentaron a parte de los pueblerinos que no participaban de las Organizaciones Políticas. 
Este desmadre se ejecutó de forma grotesca y a los gritos para que el resto del pueblo lo sepa. Golpear, para que de esa forma “el Agua” repliegue aterrorizada y así quede expuesto en soledad y sin oxígeno “el Pez”.


Secuencia 2 / 
MAURO JAVIER AMATO

Nació en 1973 en La Plata. Había jugado en el Estudiantes de junto con Prátola, Piguin, Calderon y el "mago” Capria, dirigido por el profe Garisto y luego Russo. El destino lo llevó por varios equipos. Pero antes de emigrar de La Plata se enamoró profundamente de su compañera, Cecilia, quien tenía una hija de 5 años llamada Irina.
A ella la conoció sacando fotos dentro de la cancha del “pincha” y quedó pasmado al ver que contra Independiente le echara un certero gallo a un hincha, cansada de que le grite puta, alambrado de por medio. 
Mauro era especial. Dentro de la cancha refinó la habilidad de ser Ilusionista. El ilusionista se encarga de, primero, tener la pelota, mostrarla y soportar las patadas, distraer a los contrarios, amontonarlos generando espacio y tiempo, y ahora si habilitar a otro compañero de equipo para que termine la obra en gol. 
Si uno recuerda el gol de Caniggia a Brasil en el 90 se dará cuenta de lo que hablo. Maradona, los amontonó, zigzagueó, generó espacio y tiempo. Les hizo creer que él era el peligro, los ilusionó y cuando era el momento se desprendió del balón para que la pintura sea continuada y firmada por el wing.
Mauro era eso y mucho más.
Se cortaba el pelo como Mick Jagger y le encantaba el Rock. Tenía una guitarra de la que muy pocas veces sacaba sonidos agradables y cantaba a los gritos como un chancho, pero ahí se transformaba en rocker y perdía la vergüenza, y entraba en trance y saltaba con la guitarra en la mano, al estilo del Teté de la Renga.


Secuencia 3 / 
HURACAN DE CORRIENTES 1998

Nos encontramos por primera vez en tierras Correntinas. Ahí los conocí a los tres. La Ceci nos cocinaba rico a medio plantel y nos sacaba fotos. Irina crecía rodeada de fútbol e instrumentos musicales y nos decía tíos. Mauro nos dejaba mano a mano con el arquero para que la empujemos a la red. Después del gol, llegaba a la maraña de abrazos, te tocaba la cabeza y se iba sin dejar rastro.
Llegué a pensar que no hacía goles por vergüenza a que lo miren.
Después entendí que la labor de estos humanos en la tierra es hacer brillar a otros. 
Para que Mauro convirtiera un gol tenía que estar embroncado. A veces nos enfrentábamos con equipos que le pegaban para lastimarlo, de mala leche, y Él se enojaba, la pedía, apilaba monos y les rompía el orto. 
Nos elegimos como amigos y esa amistad se reafirmó luego de un conflicto con la Comisión Directiva del Club, que se rehusaba pagarles el sueldo a todos los jugadores del plantel y solo optaba por algunos. El desenlace fue que me terminaron echando. Mitad por ser parte del conflicto y mitad por mi tenue rendimiento dentro de la cancha.
Mauro se me apareció en el departamento mientras armaba el bolso y me dijo: -Si te echan yo también arranco-.
Y ese “yo también arranco” era un Yo más grande, que incluía a la Ceci e Irina.
Quise convencerlo hablando de la familia, lo difícil de conseguir otro club y que él tenía otras responsabilidades, pero ni me escuchó, me dio un abrazo y se fue.


Secuencia 4 / 
TUCUMÁN 1999

Autor de torturas, violaciones, asesinatos y desaparición de personas. Complicidad directa en apropiaciones de bebes durante la última dictadura militar. 
Antonio Domingo Bussi, dos décadas después, llega al cuarto año de un período de gobierno iniciado en 1995 y que concluye en diciembre. 
Con la esperanza de dar paso en las elecciones venideras a su hijo, Ricardo Bussi, los operadores políticos del genocida cuidan su imagen como si fuera un Cristal.
Miles de teorías se exponen tratando de explicar cómo el pueblo tucumano soporta, semejante aberración, en una Argentina “Democrática”.

Ya es Junio y suena el teléfono en mi casa de Rosario. Del otro lado la voz de Mauro me saluda ansioso. Cuenta que está jugando en Atlético de Tucumán y que está contento por su nuevo club. Que el 24 de marzo fue a la Marcha y no había mucha gente. No la cantidad que el esperaba. Que había conocido a las Madres y sus pañuelos en la cabeza y con Cecilia quedaron impactados. Que la sociedad tucumana era “rara” y no entendía como lo habían votado a “este hijoderemilputa”. Se había puesto serio y para distender le pregunté si seguía tocando la guitarra, me contestó que era lo suyo, que había nacido para tocarla, le devolví un chiste y se rió a carcajadas. Cuando le pregunté si había hecho goles, dijo:- algunos!
Y ese algunos era dicho sin importancia. Con la calma del que cree que convertir no es más valioso que vender almohadones. Lo imaginé como un mago. Con la capacidad de encontrarse con el gol cuando quisiera. Como en Huracán de Corrientes cada vez que se enojaba. Me quedó la sensación de que manejaba el desenlace de esa jugada a su antojo.


Secuencia 5 / 
SUEÑO CON SERPIENTES

No sé si fue la descripción que me hizo de la marcha. Quizá la bronca que brotaba del teléfono. 
O mis ganas e ingenuidad de pensar que Mauro se lo podía cruzar en el almacén y darle una trompada en la boca por todos. Lo cierto es que esa misma noche los soñé a ambos. Al genocida y al ilusionista, juntos, en un sueño absurdo y nítido:
Antonio Domingo Bussi está parado en una habitación oscura, donde se ve su figura y su rostro. Mauro aparece caminado lentamente, vestido de jugador y con la camiseta de Atlético puesta, se le para a veinte centímetros para quedar cara a cara.
Se miran y la mirada de Mauro está enojada. De pronto suelta la pelota que traía en la mano, le apoya al genocida un dedo en la frente y lo empuja suave para que se desmorone en cámara lenta y se lo trague la oscuridad. Mauro gira lentamente, vestido ahora de Rockero, y mientras se aleja se acomoda la guitarra que cuelga de su espalda.


Secuencia 6 / 
EL ARTE DE LA ATENCIÓN

Tres meses más tarde es 19 de septiembre de 1999 y llega el clásico de esa ciudad. Como en todo clásico, la dinámica cotidiana del lugar se detiene. 
Las miradas de la provincia apuntan a esa cancha. San Martín de Tucumán, el local, y Atlético, se baten a duelo.
Mauro sale del túnel y siente como una llovizna sutil e inesperada le empieza a caer encima. La cancha explota. El estadio situado en la calle Bolívar al 1900 solo está preparado, por normas de seguridad, para albergar a 23.000 espectadores. 
La radio anuncia que ingresaron 27.000 y la voz del estadio ruega por altoparlantes que los que están subidos a las torres de luz desciendan.
Son las 6 y media de la tarde y el partido arranca.
La alegría y el dolor sobrevuelan el lugar esperando probarse ambas camisetas. Los equipos se dan palo y palo.
San Martin se pone 2 a 0 arriba y automáticamente Atlético achica diferencias de la mano de Mauro, en un gol confuso entre mil piernas en el área chica. El 2 a 1 abajo hace que Mauro ni lo festeje y se apure por llevar la pelota al centro de la cancha.
En el minuto 70, el número 5 de Atlético, decreta de cabeza el empate en 2 a 2.
El jardín de la república respira entrecortado.
El día se retira mientras las luces del estadio se encienden y los monos subidos a las torres ni se inmutan. La atención trepa a su punto más alto y restan 7 minutos para el final. 
El ilusionista, entonces, pide la esfera cerca del borde del área, en el centro de la medialuna.
Siente que su percepción se expande y ya no ve, o ve todo. Los sentidos se alinean detrás del tacto. Detiene el tiempo. Se queda quieto. Siente milímetro por milímetro, su empeine y el balón. 
Actúa ir hacia un lado pero sale hacia el opuesto y mete un derechazo que se clava contra un palo. Así de simple, así de complejo.
La red se infla y estalla medio estadio, decretándose el 3 a 2 definitivo. 
Mauro sale corriendo hacia el corner, se levanta la de atlético y la descansa en su nuca. Y como si corriese un telón, muestra la de abajo. Una remera negra con 4 pañuelos blancos y la inscripción AGUANTEN LAS MADRES.
Llegando al alambrado detiene su marcha. Abre los brazos. Mira hacia el cielo y ve un mar gris oscuro apunto de desprenderse y caer sobre todos. Un Trueno reproduce el sonido de un mazazo sobre un remache que esperó veinticuatro años ser remachado.
La noche lo atraviesa con el rugido de su gente y ahora la lluvia es torrencial.


Secuencia final /
ANTIGUAS PERVERSAS COMPUERTAS ESTALLAN

Dicen que Antonio Domingo Bussi, mientras lo veía por televisión, sintió un profundo dolor en el pecho que preocupó a la familia. Dolor parecido al de meses más tarde, cuando dejó la gobernación y su hijo Ricardo Bussi perdió las elecciones para ocupar el mismo cargo.
Afirman, que en la redacción del cómplice Diario La Gazetta, esa misma noche sonó el teléfono para frenar que la foto del festejo salga en tapa. Dicen también que los laburantes de prensa subieron la foto igual, entre discusiones y golpes de puño.
Mauro, la Ceci e Irina durante un mes recibieron amenazas de “la muerte”. 
Poco a poco, esas amenazas quedaron relegadas a la cobardía de la madrugada ya que el día se fue llenando de veredas con abrazos y sonrisas.
Ese festejo se grabó en la retina de todos durante mucho tiempo.
Lo cierto de esta historia es que Mauro Javier Amato al irse, se llevó y dejó una certeza.



28/3/18

U de Chile vs LDU Quito |2011| Más allá de la muerte



Por: @NachoMárquezSalas

Nataniel Rodríguez era fanático de la Universidad de Chile, y sin embargo no quería que ganara la Copa Sudamericana. Quizás si la final se hubiese jugado en otro estadio él hubiera adoptado una actitud diferente, pero se jugaba en el Nacional, y Nataniel creía tener motivos suficientes para pensar de esa manera. 11 de Septiembre de 1973. Los militares se alzan de forma tan violenta y tajante, que todo se calló. Dentro de ese fatídico correr de los días, el Estadio Nacional se convirtió en un símbolo del abuso, del poder exacerbado y de la capacidad aniquiladora de un gobierno tan ilegal como contundente. Centro de detención, de tortura y de exterminio, allí cayeron miles de personas cuyo único crimen (en varios casos) había sido apoyar el gobierno legítimo y democrático de Salvador Allende. Fueron detenidos muchos hombres cuyos sueños de libertad los habían impulsado a manifestar su apoyo a la vía chilena al socialismo. Sueños que ese fatídico 11 quedaron aplastados bajo la bota implacable de la dictadura. Música, arte, cultura, historia e identidad agonizaban junto a aquellos hombres que desconocían incluso la existencia de un futuro más allá de esas torres de iluminación y esos palcos abatidos de dolor.
En su mente se amontonaban recuerdos dulces y tristes. Él mismo había ido con su padre a ver al Ballet Azul hacía solo algunos años. Con 12 años Nataniel Rodríguez ya era capaz de distinguir algunas nociones básicas del fútbol, en gran medida apoyadas por enseñanzas de su padre, y por lo tanto, disfrutaba de ese equipo azul que salía campeón jugando tan lindo. Él mismo había visto ganarles a los brasileños del Santos, con el mismísimo Pelé en la cancha. Se había maravillado también al ver esos espectáculos que se daban cuando jugaban contra la Católica, y en su mente de niño se preguntaba si los jugadores defendían sus colores porque habían estudiado en respectivas universidades. Fiestas de fútbol en las que el estadio se llenaba de gargantas estridentes y personas agolpadas en las rejas perimetrales deseando poder entrar a disfrutar de tardes familiares de fútbol y magia.
Y ahora, todo era distinto. Adentro las graderías se habían llenado de desconcierto, de historias con lugares comunes, de preguntas sin respuestas, de gargantas que si bien necesitaban desahogar su pena, no se permitían gritar ese dolor ahí afuera, y lo lloraban adentro, en las noches que pasaban en esos fríos camarines en los que intentaban, sin mucho éxito, conciliar el sueño. Esos camarines que habían albergado los nervios y la adrenalina de esos integrantes del glorioso Ballet Azul cada vez que se preparaban para salir a barrer rivales con ese juego mágico. Nataniel Rodríguez había sido testigo de esos días gloriosos de antaño, de azul y cielo, pero ese sombrío día, todo cambió. Su padre salió a trabajar como todos los días, pero como nunca antes. Su esposa le dijo que no asistiera al trabajo, que todo estaba muy raro, que no se sabía que podía pasar; y él que no, que si falto me pueden despedir, que si pasa algo nos van a mandar temprano a las casas y otras excusas un poco menos convincentes. Dos días después, Nataniel Rodríguez y su madre se enteraron de que su padre y esposo llegó a su trabajo, pero no tuvo razón en lo que iba a ocurrir.
Lo tuvieron retenido a él y a algunos compañeros más. A todos los había visto en reuniones del sindicato. Después de un rato largo de silencio y amenazas de los militares que custodiaban a estos “peligrosos conspiradores”, les ordenaron salir de la fábrica con las manos a la nuca, en fila india y subirse al camión que les esperaba afuera en completo silencio. Quien tuviera la idea de proferir palabra alguna o de intentar algún movimiento extraño, iba a “terminar en el infierno de un balazo, como todos los otros upelientos”. El acoplado del camión era cerrado, por lo tanto ninguno de los trabajadores podía ver hacia dónde se dirigían. Estuvieron dando vueltas alrededor de tres horas, hasta que se detuvieron y los militares abrieron la puerta del acoplado. Descendieron los trabajadores y bajo las mismas órdenes caminaron en dirección a la fila que se formó frente a los accesos a las galerías del Estadio Nacional. Ahí se les hizo un control de identidad y se les escoltó hacia la escotilla que le correspondía a cada uno. Obviamente, los “peligrosos conspiradores” no podían estar juntos, así es que todos esos compañeros de reuniones sindicales no volvieron a toparse en el estadio.
Nataniel Rodríguez y su madre hicieron fila muchas veces para poder entrar a ver a su padre y esposo, pero nunca lo lograron. Los militares les decían que nunca estuvo ahí, que quizás estaba en otro centro de detención, que buscaran en el estadio Chile. Por supuesto que fueron a buscarlo ahí y las respuestas que recibieron fueron idénticas a las del coloso de Ñuñoa. El 14 de Diciembre un llamado telefónico a la casa de Nataniel Rodríguez los despertó del letargo y la ilusión.
Era un compañero de escotilla y camarín que de alguna forma había conseguido el número de teléfono. Fue preciso y severo, sin eufemismos. La penúltima vez que lo había visto, lo habían llamado a interrogatorio. La última vez que lo vio, lo llevaban envuelto en una frazada, descubierta sólo su cabeza, inerte y sangrando por sus oídos y boca. Dijo además que no compartía mucho sus experiencias con sus compañeros, pero que tres temas le hacían volver mágicamente las palabras y el brillo a los ojos: su esposa, su hijo y la Universidad de Chile, la “Chile”, como diría este compañero de prisión.
De ahí en adelante, Nataniel Rodríguez cultivó un odio contra todo lo que estuviera relacionado con ese maldito lugar. En realidad, casi todo. Había algo a lo que no podía dejar de amar. La Universidad de Chile. Es que ese equipo de fútbol se había convertido en un lazo invisible e indestructible que lo ataba a su padre. Cada vez que pensaba en “la Chile”, aparecía en su mente el recuerdo de su padre tomado de su mano, comentando sonriente los pormenores de algún partido. Como esta dualidad dolorosa le comía el alma y el pensamiento, optó por no ir nunca más a ese estadio. Si la U jugaba en otro recinto, ahí iría a verla, pero al Nacional no volvería a ir jamás. Pasaron muchos partidos inolvidables que él no vio en vivo. La liguilla del 80 ganada al archirrival en el último suspiro; el descenso, que lo mantuvo una hora llorando pegado a la televisión; el penal que Borghi ni con una rabona pudo meter en el arco defendido por Sergio Bernabé; el bicampeonato del 95; el del 2000; y más recientemente, la vuelta olímpica del Apertura 2011, cuando su amada U. de Chile dio vuelta un resultado que parecía imposible.
Pero ahora, ahora él no quería que pasara. Porque la historia debía seguir como había sido hasta entonces. Los blancos, Cobreloa dos veces, la Católica, los blancos de nuevo, en ese partido donde Pachuca les dio vuelta el 1-0. La misma U el 96 y el 2010. Eran argumentos suficientes para esgrimir al momento de afirmar que ningún equipo nacional podía ganar un torneo internacional en ese estadio, porque estaba maldito, porque estaba manchado con sangre, porque cuando la hinchada se iba, sonaban los gritos de horror y tortura que escondían esas capas de pintura. Un torneo nacional, un campeonato, vaya y pase. Pero una copa internacional, sea cual fuera, era algo totalmente distinto. Porque ese estadio había sido el lugar donde muchos compatriotas perdieron la vida, jugando el partido más desigual de la historia.
Al principio no se inmutó demasiado. Ganarle así a Deportes Concepción para clasificar a la Sudamericana, no revestía mayor inquietud. Un par de rondas, nos toca con un argentino o un brasilero y listo, estamos fuera y todo vuelve a caminar y la maldición no se rompe. Pero cuando vio el partido contra Flamengo, en Brasil, su corazón dio un vuelco para indicarle que algo grande estaba por pasar. Nataniel Rodriguez veía como la U. de Chile pasaba por encima de Ronaldinho y compañía, quienes parecían meros espectadores de la obra maestra que tenía como protagonistas a Vargas, Rojas, Marco y Osvaldo, Herrera, Mena, Díaz, Aránguiz, Lorenzetti, Castro y por supuesto a Sampaoli. Cuando terminó el partido y él se fue a acostar, supo que Flamengo ya era historia incluso antes de venir a jugar la revancha. Luego Arsenal y la misma historia. Ahora cada vez que empezaba un partido de la U por la Sudamericana, él sentía una piedra que le subía desde el estómago a la boca y le bajaba de vuelta. Algo muy grande estaba por pasar. El partido con Vasco en Santa Laura no lo vio, porque pensó que quizás así la U perdía y no llegaba a la final. Pero en el fondo de su corazón, él quería que la U ganara y que todo se decidiera en la final.
Liga Deportiva Universitaria de Quito. Tremendo rival, invicto en torneos internacionales jugando de local, con un plantel potente, más encima jugando en la altura. Nataniel Rodríguez vio el primer partido solo. En el living de su casa y esperando nada. Su respiración se detuvo cuando Eduardo Vargas sorteó al arquero y demoró en empujar la pelota a la gloria. Mientras el comentarista vociferaba lo obvio, Nataniel Rodríguez se sentó en el sillón del living de su casa, mirando el televisor pero viendo nada. Cuando terminó ese partido en Quito, él se fue a la cocina, calentó agua, se preparó un té y pensó durante mucho rato, que la historia se había confabulado para poner todo a prueba. Los recuerdos, la historia, el maleficio, la magia, la Chile. Esos días que siguieron antes de la final de vuelta se le hicieron eternos. Finalmente la noche del partido, encendió el televisor, sintonizó el canal que transmitiría la final y se sentó en el sillón del living de su casa. Cuando vio que Eduardo Vargas remataba para marcar el primer gol, no lo gritó, no se levantó, no dijo palabra alguna. Solo se puso de pie cuando terminó el primer tiempo. Fue al refrigerador, lo abrió y cerró maquinalmente, fue al baño, volvió al refrigerador, salió a dar una vuelta a la manzana, volvió a su casa, entró de nuevo al baño, volvió a abrir y cerrar el refrigerador y se sentó de nuevo en su sillón.
Cuando Gustavo Lorenzetti marcó el segundo, apretó el puño y lo agitó, como si fuera un gol de descuento, esos que se marcan de visita y que a veces sirven para acortar la diferencia de gol para la revancha. Fue ahí cuando el corazón le empezó a latir más rápido de lo normal. Se estaba dando cuenta de que ahí terminaba todo, o mejor dicho ahí cerraba todo. Ahí se rompía el maleficio, porque la U iba a dar la vuelta olímpica de un torneo internacional en ese maldito estadio. Ahí comenzaba la magia, porque la U de Chile era capaz de acabar con todo el dolor y la muerte que habían sembrado los militares antes. Cuando Vargas repitió y selló el 3-0, Nataniel Rodríguez se puso a llorar, pero no como ese 14 de Diciembre de 1973, con rabia, dolor y odio. Este era un llanto nuevo, un llanto de alivio. Un llanto un poco ridículo, porque no entendía a esa altura como era posible desear y esperar que ese equipo no fuera campeón en ese lugar, si ese equipo era más fuerte que todo el odio, toda la destrucción, todo el llanto y la humillación. Se secó las lágrimas y se encontró al árbitro levantando los brazos para indicar el final, el campeonato, la algarabía desatada. Fue en ese momento cuando Nataniel Rodríguez se encontró a sí mismo llorando y alzando los brazos y la mirada al cielo, para traspasar la muerte y encontrar y abrazar a su padre, que cayó en ese lugar terrible, desde donde ahora la U. de Chile, “la Chile”, lo estaba haciendo gritar y llorar de alegría.

19/2/18

Uruguay vs Brasil |1981| El mundialito que sonrojó a la dictadura uruguaya




Por: Miguel Ángel Lara

La FIFA sólo ha organizado una vez un Mundialito. Bajo el nombre de la Copa de Oro, entre diciembre de 1980 y enero de 1981, Uruguay, sede de la primera Copa del Mundo allá por 1930 y entonces bajó la dictadura militar que dominó la pequeña república oriental de 1973 a 1985, recibió a las cinco de las seis selecciones que habían sido campeonas mundiales (Uruguay, Argentina, Italia, Brasil y Alemania) y a Holanda (subcampeona de las dos últimas ediciones) al renunciar Inglaterra. Era la celebración de los 50 años del Mundial. Hoy no queda rastro oficial de aquella cita que con el paso del tiempo ha quedado marcada por su elevadísimo contenido político. En el sitio web de la FIFA no hay referencia alguna y la ganadora, Uruguay, jamás ha reclamado reconocimiento a su éxito.
Al frente del fútbol mundial estaba el brasileño Joao Havelange, que el 30 de diciembre inauguró el torneo con un discurso en el que los guiños al régimen dictatorial uruguayo, salpicado de detenciones ilegales, asesinatos y desapariciones como las que reinaban al otro lado del Río de la Plata, fueron constantes para regocijo de su cabeza, Aparicio Méndez, abogado protegido por el Ejército y nombrado por el Consejo de Estado (las fuerzas armadas) presidente de Uruguay en 1976.

El formato del torneo se ideó en una club nocturno del centro de Zúrich. Personas cercanas a Havelange, en especial Washington Cataldi, como se cuenta en el documental ‘El Mundialito’ de Sebastián Bednarik y Andrés Varela, vieron que había mucho dinero que ganar y de manera sencilla reuniendo a las mejores selecciones de la historia. El 50 aniversario de la Copa del Mundo encontró rápido apoyo entre los militares uruguayos. Su cabeza no estaba en el fútbol y sí en el respaldo que un torneo así podía suponer para el plebiscito del 30 de noviembre. Su sin fin era que los uruguayos aprobaran en las urnas la legitimación del gobierno cívico-militar salido del golpe del 27 de junio de 1973 y la abolición de la Constitución de 1967, que estaba en vigor aunque sin aplicación alguna.
Montevideo se convirtió en un hervidero de reuniones. En ellas aparecieron los organizadores del Mundial de Argentina de dos años antes para tratar desde temas de seguridad a cómo numerar los asientos del estadio Centenario. Entre los nombres que sostuvieron a nivel político el torneo aparece, como en muchos de los procesos oscuros de las dictaduras americanas de los 70 y 80, el del secretario de Estado de la Casa Blanca: Henry Kissinger. Ideólogo de la Escuela de las Américas, academia de formación de los sanguinarios dictadores sudamericanos y sus secuaces, Kissinger puso todo de su parte para que el torneo sirviera de apoyo al régimen de Montevideo.
Uno de los objetivos fue que los guerrilleros tupamaros, con la mayoría de sus miembros en la cárcel o el exilio, no reapareciera con motivo del torneo y supusiera un quebradero de cabeza para los militares como lo fueron Montoneros para el gobierno de Videla en la preparación del Mundial de 1978.

Sin embargo, el clima que iba a reinar en Uruguay al inicio del torneo no era lo que los militares habían esperado. El 30 de noviembre el pueblo uruguayo dio la espalda a la dictadura. Ganó el ‘no’ a la propuesta con el 56,83% de los votos por 42,51 del ‘sí’, distancia que fue abismal en Montevideo: 63,25% contra el 36,04%. Seguros de su victoria, los militares ni se plantearon un fraude electoral. La oposición, segura de que lo habría, tuvo que quemar nada más saber el resultado los carteles y propaganda con los que tenía pensado denunciar la manipulación de las urnas. Ni unos ni otros contaban con que el trabajo de estudiantes y obreros, su boca a boca, fuera a provocar ese terremoto.

El torneo lo abrieron el 30 de diciembre Uruguay y Holanda (2-0) en un grupo que lo completaba Italia. El formato eran dos grupos de tres y los campeones jugaban la final. Se repitió la de 1950 porque Uruguay ganó el suyo y Brasil se impuso en el otro a Argentina y a Alemania al superar en el balance goleador a los argentinos. Al frente de Brasil estaba Sócrates, un demócrata convencido que consiente de lo que pasaba en Uruguay manejó a sus compañeros para que dieran la espalda a cualquier acto oficial y sólo se centraran en la competición.
La final se jugó en un abarrotado estadio Centenario el 10 de enero y se repitió el marcador del Maracanazo: 2-1 (Barrios y Victorino para los charrúas y Sócrates para Brasil). La fiesta que los líderes de la dictadura esperaban se convirtió en un grito de libertad. Aparicio Méndez y los miembros de su gobierno se miraban atónitos cuando, con el partido ganado, de las viejas tribunas del Centenario se apoderó un grito casi salvaje: “Se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”. La banda de música quiso acallar aquel clamor, pero fue el propio Méndez el que ordenó que dejara de tocar para no excitar aún más a una masa que no estaba por el silencio.
Lo ocurrido ese día no fue el fin de la dictadura. Es más, entre 1980 y 1982, las universidades uruguayas sufrieron una fuerte represión en lo que fue una caza despiadada de estudiantes cercanos a ideas comunistas o socialistas. Sin embargo, sí fue el germen democrático de un pueblo, el uruguayo, que aprovechó el fútbol para celebrar en público lo que no pudo hacer un mes antes después del ‘no’ a la reforma dictactorial.

5/12/17

Suráfrica vs NuevaZelanda |1995| La victoria que salvó una nación

Nelson Mandela y Francois Pienaar


Nelson Mandela utilizó, cuatro años después de salir de la cárcel, el rugby -deporte que representaba a la población blanca de Suráfrica- para pacificar un país y unir a sus habitantes. Todo sucedió en 1995 en el Mundial disputado en el país africano y en el que el dirigente consiguió que toda la población del país festejase como suya la inesperada victoria sobre los All Blacks que lideraba el colosal Johan Lomu.

Por: JUAN CARLOS ÁLVAREZ


Cuando en 1948 se instauró en Suráfrica el "apartheid" el rugby pasó a convertirse en un símbolo nacional con un peso indiscutible en la sociedad. Era el deporte de los blancos, de la raza que gobernaba con mano de hierro el país. Esa carga simbólica también afectaba a los negros para quienes el rugby representaba lo más profundo de la opresión que padecían. Por eso lo odiaban profundamente y por esa misma razón detestaban a la selección de su país integrada por aquellos gigantes "afrikaaners" que les recordaban a los violentos policías surafricanos. Los negros jaleaban las derrotas de los "springboks" y para el movimiento antiapartheid la exclusión de la selección surafricana de rugby de las competiciones internacionales supuso uno de sus grandes triunfos. Para buena parte de la población blanca esa decisión constituyó el aspecto más humillante del boicot internacional que padecieron en aquellos años a cuenta de su política de segregación racial. El rugby, por aquel entonces, ya era mucho más que un símbolo.
Nelson Mandela salió de la cárcel en 1990 después de casi treinta años de reclusión con el objetivo de frenar la deriva violenta que parecía condenar al país a la guerra civil. El líder negro se convirtió en presidente surafricano tras ganar las elecciones de 1994, lo que supuso el fin de la segregación racial. Pero el camino para la paz no era sencillo. Existían demasiados recelos entre los dos bandos, demasiadas heridas abiertas, demasiados muertos en la memoria de las familias. Mandela entendió entonces que el rugby podía ser el instrumento que uniese a negros y blancos. Tenía una oportunidad única porque Suráfrica había sido designada sede del Mundial de 1995 como recompensa a las promesas de cambio que un par de años atrás había hecho el gobierno de De Klerk. El reto era descomunal: conseguir que la población negra se sintiese representada por el equipo que simbolizaba el poder "afrikaaner", por la camiseta verde de los opresores. Él mismo reconocía que durante los años en la prisión de Robben Island escuchaba los partidos de rugby a través de los transistores de los carceleros y festejaba junto al resto de la población reclusa negra las derrotas surafricanas.
El presidente Mandela sabía que uno de sus principales aliados en esa misión debía ser la propia selección. Un año antes del torneo, poco después de ganar las elecciones, se reunió en su despacho con Francois Pienaar, el capitán de aquel equipo, un afrikaaner clásico, rubio, inmenso, de piel sonrosada. Le explicó su idea y el jugador le garantizó que no habría ni una voz discordante dentro de un vestuario donde sólo había un jugador mulato: Chester Williams. El resto eran blancos. Durante la entrevista Mandela también le pidió a Pienaar que los jugadores debían aprenderse una canción y entonarla antes de los partidos. Se trataba de "Nkosi Sikelele... ¡Afrika!", una canción de liberación en lengua xhosa que se iba a convertir en el nuevo himno surafricano. El capitán de los "springboks" le garantizó que no fallarían y lo cierto es que su comportamiento fue ejemplar. Durante un año se entrenaron como salvajes pero también participaron en numerosos actos sociales, visitaron zonas donde nunca antes habían estado y trataron de ganarse el favor de la población negra, recelosa todavía. Tampoco los blancos acababan de creerse el papel conciliador de Mandela. Para ellos era un terrorista, una amenaza a su estilo de vida. Poco antes de comenzar el campeonato visitó a los jugadores en su concentración. Pienaar explicaría poco después que aquel encuentro fue determinante porque dejó a casi todos los jugadores impregnados por el aura de Mandela.
Suráfrica avanzó con contundencia durante el torneo, lo que fue acrecentando el interés de la población negra por aquel equipo que cantaba como ellos y que parecía sentirse orgulloso de hacerlo. Los estadios estaban repletos de blancos pero algo estaba cambiando en Suráfrica. En las semifinales los "springboks" se impusieron de forma agónica –y algo polémica– a Francia por 19-15 y se prepararon para la final ante la intratable Nueva Zelanda que lideraba una bestia llamada Jonah Lomu, el mejor jugador del mundo, que en la otra semifinal había pisoteado a Inglaterra. Parecía una misión imposible para los chicos de Pienaar.
El día de la final se produjo un hecho insólito. Nelson Mandela salió al campo a saludar a los jugadores y lo hizo con la camiseta verde de la selección. El silencio se hizo en Ellis Park. El impacto de aquella imagen era imposible de superar. Mandela vestía el símbolo de aquellos que durante años habían oprimido a los suyos. Era como si un negro del sur de Estados Unidos se pusiese la capucha del Ku Klux Klan. El estadio comenzó entonces a corear su nombre: "Nelson, Nelson, Nelson". Una mística especial se apoderó del estadio que incluso dejó tocados a los "all blacks" que confesarían sentirse impresionados al dar la mano a Mandela. El presidente estaba jugando también aquella final. Van der Westhuizen, medio melé surafricano, confesó que en aquel momento, con Mandela vestido de "springbok" y el público coreando su nombre, comprendió que al fin tenían a un país detrás de ellos. Pelearon como titanes ante Lomu y los suyos que se vieron incapaces de superar su defensa. Los dos equipos sólo anotaron en las patadas a palos. 9-9 al final del partido. En la prórroga Nueva Zelanda se adelantó, pero Suráfrica supo igualar con rapidez y ganó la posesión. Avanzaron y entregaron el óvalo en busca de la patada salvadora de Stransky que puso por delante a los "springboks" (15-12). Suráfrica, llevada por el apoyo que recibían de las 72.000 almas que llenaron el estadio, resistió los últimos siete minutos y se apuntó su primer Mundial en medio de una felicidad que incluso alcanzó Soweto, el área de Johannesburgo que simbolizó durante años la lucha contra el apartheid. Lleno de felicidad Mandela bajó al césped y entregó a Francois Pienaar la copa de campeones con un agradecimiento: "Gracias por lo que habéis hecho por este país".