26/3/17

Holanda vs Argentina |1974| Cruyff, el más grande

Johan Cruyff


Por: Hugo Asch

El 24 de marzo, en Barcelona moría, un mes antes de cumplir los 69, un hombre que hizo historia a fuerza de talento, rebeldía y audacia. Que irrumpió en el mundo del fútbol y rompió con todos los moldes en los tiempos del no de Alí a Vietnam, el Mayo Francés y “la imaginación al poder”, Malcolm X, el avión negro de Perón, la minifalda y el Sgt. Pepper’s de Los Beatles.
Si Nietzsche mató a Dios, Hegel a la historia, Barthes al autor y Foucault al hombre, podemos afirmar que Hendrik Johannes Cruyff llegó al mundo para sepultar al abominable catenaccio que se imponía en aquellos años 60. Un sistema eficaz pero mezquino, de vuelo bajo. Algo así como la negación de la belleza.
Johan Cruyff provocó una revolución que nació en un país sin tradición futbolera y en el Ajax, un club sin huella en el continente que, con él, ganó tres Copas Europa consecutivas: 1971, 1972 y 1973. Elegante, fibroso, sólido pese a su aparente fragilidad, su metro ochenta se deslizaba por el césped mientras su mente leía el futuro.
Maestro del engaño, encaraba y salía como un rayo hacia el lado menos pensado. Imposible de rastrear, era un 9 que aparecía cuando era demasiado tarde para lágrimas. Parecía más veloz gracias a su increíble freno. Picaba, hacía la estatua y volvía a despegar, enloqueciendo rivales. Era hábil, le pegaba con precisión de billarista, era frío en el área, ganaba de arriba y, si era necesario, volaba para intentar la pirueta imposible. Era, al mismo tiempo, solista y director de orquesta. El equipo giraba a su alrededor con un sistema de apariencia caótica sólo para el no iniciado. Un fútbol total. Así fue bautizado.
El Mariscal Perfumo lo sufrió antes y durante el Mundial de Alemania de 1974, donde la Holanda de Rinus Michel dio cátedra con Johan y sus socios: Neeskens, Rep, Resenbrink, Van Hanegem. Cruyff se quedó sin copa como el Ciudadano Kane de Wells sin Oscar, o Borges sin Nobel. Detalles menores. Su Naranja Mecánica perdió la final con la Alemania de Beckenbauer, Maier y Müller pero ganó su lugar en la historia, desmintiendo el simplismo de quienes condenan al olvido a los segundos.
Mientras Pelé se apagaba en el Cosmos neoyorkino y Maradona hacía jueguito en el entretiempo de los partidos que jugaba Argentinos en su cancha, Cruyff fue el más grande. En el Ajax, en el Barcelona –donde llegó ya maduro– y hasta en el Feyenoord, el clásico rival de su club, donde se encaprichó en jugar luego de una pelea con los dirigentes. Allí ganó Copa y Liga y entonces sí, dijo adiós, a los 37 años.
Reconciliarse con el Ajax y dirigirlo fue la continuación de la idea por otros medios. Que alcanzó su clímax con el Dream Team que armó en el Barça. Cuatro Ligas al hilo –desde 1991 a 1994– y la primera Copa de Europa. Aquel equipo jugaba con dos puntas que partían desde las bandas –Stoichkov y el zurdo Begiristain– y volantes que triangulaban para sorprender por el medio: Guardiola, Bakero, Amor, Laudrup o el líbero Koeman. El 9 sin sombra jugaba sin 9 fijo. Genio y figura. Antes muerto que sencillo.
Solo el cigarrillo pudo quebrarlo. Un infarto lo obligó a descargar su ansiedad con chupetines. Dejó de entrenar a los 49. Veinte años después, sus pulmones le pasaron factura.
La Masía, Messi, Xavi, Iniesta, Cesc, los equipos de Rijkaard, Pep, Tito Vilanova y Luis Enrique son su legado. Cada vez que nos deslumbre esa danza con balón que parece coreografiada por Pina Bausch, allí estará Johan Cruyff.
“El fútbol se juega con el cerebro: hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”, dijo quién supo brillar haciendo lo que sabía, donde debía.
No es el caso de algunos compatriotas, por desgracia.

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