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Rene Houseman |
“Para el rebelde, más que para el resto del género humano, es absolutamente necesario conocer el amor; darlo, aun más que recibirlo y serlo, aun más que darlo”.
Henry Miller (1891-1980); de “El tiempo de los asesinos”
(1952).
Por Hugo Asch
Si Henry Miller era un patriota del distrito 14° de
Brooklyn, Houseman lo fue de la villa del Bajo Belgrano, arrasada antes del
Mundial 78 por el brigadier Cacciatore, el intendente de facto alguna vez
elogiado por Macri en sus comienzos como Lord porteño. Sus topadoras le
evitaron al turismo el desagradable paisaje de la pobreza.
Tenía 18 cuando volvió locos a todos los laterales de la
Primera C y llevó a Defensores de Belgrano, el rival de su amado
Excursionistas, a la división superior. Enseguida le llegó una citación del
Huracán modelo 73 entrenado por Menotti. Querían probarlo. “Esperaban un tipo
lleno de músculos y aparecí yo, una laucha que pesaba 40 kilos mojado, al que
le decían Hueso. Pero agarré la pelota y los saqué a pasear a todos”. Sus futuros
compañeros pensaron que podían revolearlo al primer cruce. Error. No se la
podían sacar. Era un mago, un fenómeno.
Por alguna razón, esos wines derechos de época eran 7,
diestros y locos, mientras los 11 zurdos eran poetas, como el Chueco García.
Houseman, wing wing y loco loco, repetiría las trágicas parábolas de Corbatta y
Garrincha: genialidad-decadencia-olvido. Poner el acento en el gol que,
borracho, le hizo al River de Fillol luego de festejar el cumpleaños de su hijo
hasta las 11 de la mañana me parece algo miserable. Es hacerle un guiño al
asesino. El alcohol fue el gran culpable de haberlo desalojado del lugar que
merecía: el podio de los mejores del mundo.
No lo ayudaron. Siempre dicen eso cuando es demasiado tarde.
Aun aceptando que su caos personal era constitutivo, que solo de esa manera
lograba su crecimiento y autodestrucción, del cielo al infierno, la vida fue
demasiado cruel con él. Llenó su rostro de arrugas profundas y melancolía
infinita. El cuerpo le cobró todas las viejas deudas, una por una. No le dio
tregua.
René era guapo. Volaba sin red, provocaba a los leones sin
látigo, sostenía duelos con caballeros de hierro sin armadura. Medias bajas y
pantalón cortito: ese par de piernas flacas, desnudas, indefensas, lo creaban
todo. Corría con las rodillas juntas, algo encorvado, picando y frenando solo
para volver a acelerar. Enganchaba hacia adentro, hacia afuera, desbordaba, o
repetía el truco para encarar en diagonal. Era absolutamente impredecible. Un
solista virtuoso.
En Huracán convirtió 109 goles en 277 partidos. Verlo tocar
con Brindisi y Babington era lo más parecido a la felicidad. Ese equipo nació
en la fugaz primavera camporista, y por eso la hinchada bramaba: “¡Lo dice el
Tío / lo dice Perón / hacete del Globo / que sale campeón!”. Lo fueron, nomás;
con baile.
Su Mundial fue el de 1974, en Alemania; en un equipo
dirigido por tres técnicos peleados entre sí, arrollado por la mejor Holanda de
la historia. Hizo tres goles, uno a Italia, y el mundo se fijó en él. Hubo
ofertas y, dicen, Huracán no lo quiso vender. Igual, René no imaginaba una vida
lejos de sus amigos, de la canchita villera de Pampa y Ramsay donde iba a jugar
los sábados a la mañana, huyendo de la concentración de Huracán o de la
Selección, lo mismo le daba.
Orgulloso de su origen cuando el peor insulto entre pobres
era “villero”, se adelantó dos décadas al fenómeno de la cumbia, primera
manifestación cultural de clase desde la aparición del tango prostibulario,
nacida en los años 90, cuando las villas fueron más miseria.
Llegó al Mundial de 1978 con lo justo. No brilló, pero entró
y metió el quinto contra Perú, el partido del 6 a 0, la sospecha, los aprietes
y la bomba en la casa de Juan Alemann, que como ministro de Hacienda había
criticado los gastos del Ente Autárquico del ex almirante Lacoste. Así se
saldaban las internas en esos años de plomo.
“Yo no sabía lo que pasaba, si sabía no jugaba”, dijo, con
los años. En 2008, a treinta años de esa final, estuvo en River, con Luque y
Villa, en un partido homenaje a los desaparecidos llamado La Otra Final, junto
a las Madres y organismos de derechos humanos.
Houseman nunca pensó en ser técnico. Decía que su
inteligencia no le daba para enseñar ni para explicar cómo y por qué jugaba.
Sobrevivía con la pensión que la AFA le concedió por ser campeón del mundo.
Nunca se preocupó por el dinero. Lo que tuvo lo gastó.
Houseman murió menos pobre de lo que afirman los
ensimismados con el modelo sensiblero del idiota manso que mira los pajaritos y
sueña, siempre a contramano de la realidad. Houseman fue instinto puro, no un
idiota. Al contrario. Fue un rebelde, un inadaptado, en el mejor de los
sentidos. Hizo lo que quiso y lo que pudo, bien o mal, sin traicionarse. Le
alcanzó para ser amado. Nada menos.
Murió más rico que muchos, tan llenos de cosas que se pueden
comprar, o vender.
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