5/3/17

Brasil vs Italia |1982| Decisiones de un futbolista



El fútbol, para él, fue un compañero de viaje en la vida. Sólo eso. Y todo eso. De adolescente, disfrutó a Pablo Neruda y a Gabriel García Márquez. Mientras peloteaba, se recibió en la Facultad de Ribeirão Preto de médico, su oficio y amor por siempre. Ya cuando jugaba en Primera, izó la bandera de la Democracia Corinthiana en Brasil, en años de dictaduras militares en América Latina. Ya de grande, llamó Fidel a su sexto y último hijo, en gratitud al líder de la Revolución Cubana. Sócrates, además, fue un futbolista exquisito y un bicho raro en el mundo de la pelota.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira -tal es su nombre completo- nació el 19 de febrero de 1954 en Belém, Estado de Pará, bien al norte de Brasil. Su papá lo bautizó como Sócrates mientras leía La República, de Platón. Y así, también escogió los nombres de Sófocles y Sóstenes para los hijos venideros. Hasta que nació Raymundo, su otro nene, y Sócrates le advirtió a papá que había perdido la creatividad. Pelotitas en la sangre, Raymundo no es otro que Raí, el mediocampista de la Selección de Brasil campeón del mundo en Estados Unidos 1994.


Sócrates, por su parte, participó de los Mundiales de España 1982 y México 1986, donde paseó su fútbol de tranco atildado, inventiva y habilitaciones de taco, su jugada característica. O Doutor, como futbolistas menos robotizados o de viejas épocas, fumaba un cigarrillo o bebía un trago de cerveza antes de los partidos. “Nunca soñé en convertirme en un jugador profesional. Mi sueño fue siempre ser un brillante médico. Me acerqué a la medicina por una cuestión de sensibilidad social”, le comentaba a El Gráfico en 1990. Consecuente, cuando se retiró en Flamengo, a los 33 años, se ofreció como médico residente en un hospital público de Río de Janeiro.

Magrao -apodado así por su desgarbado cuerpo- encontró en el fútbol un medio de expresión, un arte para ensayar en cada estadio. Inquieto y bohemio, Sócrates incursionó en distintas facetas culturales. Se dedicó a la pintura, a la música, a la escritura y hasta tuvo el placer de dirigir una obra de teatro, Futebol, que con música y humor lanzaba denuncias sociales con el deporte como nexo. Además, con 50 años, volvió al fútbol, pero solo unos minutos, en el Garforth Town, un club de un barrio minero de Inglaterra. “Siempre estoy abierto a nuevas experiencias”, le contaba a los periodistas mientras firmaba el contrato, como un indicio de su personalidad.

Un mundo dentro de otro mundo 
Sin embargo, para Sócrates la mejor experiencia como futbolista comenzó hace 30 años, cuando llegó al Corinthinas, no sólo por los campeonatos paulistas de 1979, 1982 y 1983. En el segundo equipo más popular de Brasil, una flor creció en el pantano. El club paulista revolucionó las estructuras organizativas del fútbol -y del país- porque entre los dirigentes, cuerpo técnico y plantel acordaron debatir las decisiones en conjunto, desde cuándo entrenar, cuándo concentrar y cómo jugar, hasta la comida, las contrataciones y los momentos de esparcimiento. Fue un oasis de libertad en el centro de la última dictadura brasileña. La Democracia Corinthiana tuvo su emblema, y ese fue Sócrates, militante del Partido de los Trabajadores.

Desde ese movimiento futbolero y comprometido, los propios jugadores impulsaron a la sociedad la consigna de elecciones inmediatas “Directas já”. Sócrates habló de los sin techo y la desnutrición en su país ante un millón de personas en un acto y prometió no aceptar ir al fútbol italiano si en Brasil se autorizaba el sufragio popular directo. Al poco tiempo, se incorporó a la Fiorentina de Italia, y dejó de escucharse en el vestuario antes de cada partido Andar com Fé, de Gilberto Gil, una canción que despetaba alegría y, sobre todo, esperanza.

Tampoco ocultó sus pensamientos en el Mundial de México ´86. Allí, lució una vincha -una contención para sus endemoniados rulos- con la inscripción “Paz” y otra con “Reagan es un asesino”. Y, con la mira de la FIFA encima, dijo: “Hay que decirle la verdad a la gente, que se compran personas, resultados y campeonatos”. Sócrates fue un futbolista fino y talentoso, pero, además, un tipo extraño y molesto para los poderosos. Mal no vendría en estos tiempos. Por fútbol y por decisiones.


Roberto Parrotino

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