28/3/18

U de Chile vs LDU Quito |2011| Más allá de la muerte



Por: @NachoMárquezSalas

Nataniel Rodríguez era fanático de la Universidad de Chile, y sin embargo no quería que ganara la Copa Sudamericana. Quizás si la final se hubiese jugado en otro estadio él hubiera adoptado una actitud diferente, pero se jugaba en el Nacional, y Nataniel creía tener motivos suficientes para pensar de esa manera. 11 de Septiembre de 1973. Los militares se alzan de forma tan violenta y tajante, que todo se calló. Dentro de ese fatídico correr de los días, el Estadio Nacional se convirtió en un símbolo del abuso, del poder exacerbado y de la capacidad aniquiladora de un gobierno tan ilegal como contundente. Centro de detención, de tortura y de exterminio, allí cayeron miles de personas cuyo único crimen (en varios casos) había sido apoyar el gobierno legítimo y democrático de Salvador Allende. Fueron detenidos muchos hombres cuyos sueños de libertad los habían impulsado a manifestar su apoyo a la vía chilena al socialismo. Sueños que ese fatídico 11 quedaron aplastados bajo la bota implacable de la dictadura. Música, arte, cultura, historia e identidad agonizaban junto a aquellos hombres que desconocían incluso la existencia de un futuro más allá de esas torres de iluminación y esos palcos abatidos de dolor.
En su mente se amontonaban recuerdos dulces y tristes. Él mismo había ido con su padre a ver al Ballet Azul hacía solo algunos años. Con 12 años Nataniel Rodríguez ya era capaz de distinguir algunas nociones básicas del fútbol, en gran medida apoyadas por enseñanzas de su padre, y por lo tanto, disfrutaba de ese equipo azul que salía campeón jugando tan lindo. Él mismo había visto ganarles a los brasileños del Santos, con el mismísimo Pelé en la cancha. Se había maravillado también al ver esos espectáculos que se daban cuando jugaban contra la Católica, y en su mente de niño se preguntaba si los jugadores defendían sus colores porque habían estudiado en respectivas universidades. Fiestas de fútbol en las que el estadio se llenaba de gargantas estridentes y personas agolpadas en las rejas perimetrales deseando poder entrar a disfrutar de tardes familiares de fútbol y magia.
Y ahora, todo era distinto. Adentro las graderías se habían llenado de desconcierto, de historias con lugares comunes, de preguntas sin respuestas, de gargantas que si bien necesitaban desahogar su pena, no se permitían gritar ese dolor ahí afuera, y lo lloraban adentro, en las noches que pasaban en esos fríos camarines en los que intentaban, sin mucho éxito, conciliar el sueño. Esos camarines que habían albergado los nervios y la adrenalina de esos integrantes del glorioso Ballet Azul cada vez que se preparaban para salir a barrer rivales con ese juego mágico. Nataniel Rodríguez había sido testigo de esos días gloriosos de antaño, de azul y cielo, pero ese sombrío día, todo cambió. Su padre salió a trabajar como todos los días, pero como nunca antes. Su esposa le dijo que no asistiera al trabajo, que todo estaba muy raro, que no se sabía que podía pasar; y él que no, que si falto me pueden despedir, que si pasa algo nos van a mandar temprano a las casas y otras excusas un poco menos convincentes. Dos días después, Nataniel Rodríguez y su madre se enteraron de que su padre y esposo llegó a su trabajo, pero no tuvo razón en lo que iba a ocurrir.
Lo tuvieron retenido a él y a algunos compañeros más. A todos los había visto en reuniones del sindicato. Después de un rato largo de silencio y amenazas de los militares que custodiaban a estos “peligrosos conspiradores”, les ordenaron salir de la fábrica con las manos a la nuca, en fila india y subirse al camión que les esperaba afuera en completo silencio. Quien tuviera la idea de proferir palabra alguna o de intentar algún movimiento extraño, iba a “terminar en el infierno de un balazo, como todos los otros upelientos”. El acoplado del camión era cerrado, por lo tanto ninguno de los trabajadores podía ver hacia dónde se dirigían. Estuvieron dando vueltas alrededor de tres horas, hasta que se detuvieron y los militares abrieron la puerta del acoplado. Descendieron los trabajadores y bajo las mismas órdenes caminaron en dirección a la fila que se formó frente a los accesos a las galerías del Estadio Nacional. Ahí se les hizo un control de identidad y se les escoltó hacia la escotilla que le correspondía a cada uno. Obviamente, los “peligrosos conspiradores” no podían estar juntos, así es que todos esos compañeros de reuniones sindicales no volvieron a toparse en el estadio.
Nataniel Rodríguez y su madre hicieron fila muchas veces para poder entrar a ver a su padre y esposo, pero nunca lo lograron. Los militares les decían que nunca estuvo ahí, que quizás estaba en otro centro de detención, que buscaran en el estadio Chile. Por supuesto que fueron a buscarlo ahí y las respuestas que recibieron fueron idénticas a las del coloso de Ñuñoa. El 14 de Diciembre un llamado telefónico a la casa de Nataniel Rodríguez los despertó del letargo y la ilusión.
Era un compañero de escotilla y camarín que de alguna forma había conseguido el número de teléfono. Fue preciso y severo, sin eufemismos. La penúltima vez que lo había visto, lo habían llamado a interrogatorio. La última vez que lo vio, lo llevaban envuelto en una frazada, descubierta sólo su cabeza, inerte y sangrando por sus oídos y boca. Dijo además que no compartía mucho sus experiencias con sus compañeros, pero que tres temas le hacían volver mágicamente las palabras y el brillo a los ojos: su esposa, su hijo y la Universidad de Chile, la “Chile”, como diría este compañero de prisión.
De ahí en adelante, Nataniel Rodríguez cultivó un odio contra todo lo que estuviera relacionado con ese maldito lugar. En realidad, casi todo. Había algo a lo que no podía dejar de amar. La Universidad de Chile. Es que ese equipo de fútbol se había convertido en un lazo invisible e indestructible que lo ataba a su padre. Cada vez que pensaba en “la Chile”, aparecía en su mente el recuerdo de su padre tomado de su mano, comentando sonriente los pormenores de algún partido. Como esta dualidad dolorosa le comía el alma y el pensamiento, optó por no ir nunca más a ese estadio. Si la U jugaba en otro recinto, ahí iría a verla, pero al Nacional no volvería a ir jamás. Pasaron muchos partidos inolvidables que él no vio en vivo. La liguilla del 80 ganada al archirrival en el último suspiro; el descenso, que lo mantuvo una hora llorando pegado a la televisión; el penal que Borghi ni con una rabona pudo meter en el arco defendido por Sergio Bernabé; el bicampeonato del 95; el del 2000; y más recientemente, la vuelta olímpica del Apertura 2011, cuando su amada U. de Chile dio vuelta un resultado que parecía imposible.
Pero ahora, ahora él no quería que pasara. Porque la historia debía seguir como había sido hasta entonces. Los blancos, Cobreloa dos veces, la Católica, los blancos de nuevo, en ese partido donde Pachuca les dio vuelta el 1-0. La misma U el 96 y el 2010. Eran argumentos suficientes para esgrimir al momento de afirmar que ningún equipo nacional podía ganar un torneo internacional en ese estadio, porque estaba maldito, porque estaba manchado con sangre, porque cuando la hinchada se iba, sonaban los gritos de horror y tortura que escondían esas capas de pintura. Un torneo nacional, un campeonato, vaya y pase. Pero una copa internacional, sea cual fuera, era algo totalmente distinto. Porque ese estadio había sido el lugar donde muchos compatriotas perdieron la vida, jugando el partido más desigual de la historia.
Al principio no se inmutó demasiado. Ganarle así a Deportes Concepción para clasificar a la Sudamericana, no revestía mayor inquietud. Un par de rondas, nos toca con un argentino o un brasilero y listo, estamos fuera y todo vuelve a caminar y la maldición no se rompe. Pero cuando vio el partido contra Flamengo, en Brasil, su corazón dio un vuelco para indicarle que algo grande estaba por pasar. Nataniel Rodriguez veía como la U. de Chile pasaba por encima de Ronaldinho y compañía, quienes parecían meros espectadores de la obra maestra que tenía como protagonistas a Vargas, Rojas, Marco y Osvaldo, Herrera, Mena, Díaz, Aránguiz, Lorenzetti, Castro y por supuesto a Sampaoli. Cuando terminó el partido y él se fue a acostar, supo que Flamengo ya era historia incluso antes de venir a jugar la revancha. Luego Arsenal y la misma historia. Ahora cada vez que empezaba un partido de la U por la Sudamericana, él sentía una piedra que le subía desde el estómago a la boca y le bajaba de vuelta. Algo muy grande estaba por pasar. El partido con Vasco en Santa Laura no lo vio, porque pensó que quizás así la U perdía y no llegaba a la final. Pero en el fondo de su corazón, él quería que la U ganara y que todo se decidiera en la final.
Liga Deportiva Universitaria de Quito. Tremendo rival, invicto en torneos internacionales jugando de local, con un plantel potente, más encima jugando en la altura. Nataniel Rodríguez vio el primer partido solo. En el living de su casa y esperando nada. Su respiración se detuvo cuando Eduardo Vargas sorteó al arquero y demoró en empujar la pelota a la gloria. Mientras el comentarista vociferaba lo obvio, Nataniel Rodríguez se sentó en el sillón del living de su casa, mirando el televisor pero viendo nada. Cuando terminó ese partido en Quito, él se fue a la cocina, calentó agua, se preparó un té y pensó durante mucho rato, que la historia se había confabulado para poner todo a prueba. Los recuerdos, la historia, el maleficio, la magia, la Chile. Esos días que siguieron antes de la final de vuelta se le hicieron eternos. Finalmente la noche del partido, encendió el televisor, sintonizó el canal que transmitiría la final y se sentó en el sillón del living de su casa. Cuando vio que Eduardo Vargas remataba para marcar el primer gol, no lo gritó, no se levantó, no dijo palabra alguna. Solo se puso de pie cuando terminó el primer tiempo. Fue al refrigerador, lo abrió y cerró maquinalmente, fue al baño, volvió al refrigerador, salió a dar una vuelta a la manzana, volvió a su casa, entró de nuevo al baño, volvió a abrir y cerrar el refrigerador y se sentó de nuevo en su sillón.
Cuando Gustavo Lorenzetti marcó el segundo, apretó el puño y lo agitó, como si fuera un gol de descuento, esos que se marcan de visita y que a veces sirven para acortar la diferencia de gol para la revancha. Fue ahí cuando el corazón le empezó a latir más rápido de lo normal. Se estaba dando cuenta de que ahí terminaba todo, o mejor dicho ahí cerraba todo. Ahí se rompía el maleficio, porque la U iba a dar la vuelta olímpica de un torneo internacional en ese maldito estadio. Ahí comenzaba la magia, porque la U de Chile era capaz de acabar con todo el dolor y la muerte que habían sembrado los militares antes. Cuando Vargas repitió y selló el 3-0, Nataniel Rodríguez se puso a llorar, pero no como ese 14 de Diciembre de 1973, con rabia, dolor y odio. Este era un llanto nuevo, un llanto de alivio. Un llanto un poco ridículo, porque no entendía a esa altura como era posible desear y esperar que ese equipo no fuera campeón en ese lugar, si ese equipo era más fuerte que todo el odio, toda la destrucción, todo el llanto y la humillación. Se secó las lágrimas y se encontró al árbitro levantando los brazos para indicar el final, el campeonato, la algarabía desatada. Fue en ese momento cuando Nataniel Rodríguez se encontró a sí mismo llorando y alzando los brazos y la mirada al cielo, para traspasar la muerte y encontrar y abrazar a su padre, que cayó en ese lugar terrible, desde donde ahora la U. de Chile, “la Chile”, lo estaba haciendo gritar y llorar de alegría.

19/2/18

Uruguay vs Brasil |1981| El mundialito que sonrojó a la dictadura uruguaya




Por: Miguel Ángel Lara

La FIFA sólo ha organizado una vez un Mundialito. Bajo el nombre de la Copa de Oro, entre diciembre de 1980 y enero de 1981, Uruguay, sede de la primera Copa del Mundo allá por 1930 y entonces bajó la dictadura militar que dominó la pequeña república oriental de 1973 a 1985, recibió a las cinco de las seis selecciones que habían sido campeonas mundiales (Uruguay, Argentina, Italia, Brasil y Alemania) y a Holanda (subcampeona de las dos últimas ediciones) al renunciar Inglaterra. Era la celebración de los 50 años del Mundial. Hoy no queda rastro oficial de aquella cita que con el paso del tiempo ha quedado marcada por su elevadísimo contenido político. En el sitio web de la FIFA no hay referencia alguna y la ganadora, Uruguay, jamás ha reclamado reconocimiento a su éxito.
Al frente del fútbol mundial estaba el brasileño Joao Havelange, que el 30 de diciembre inauguró el torneo con un discurso en el que los guiños al régimen dictatorial uruguayo, salpicado de detenciones ilegales, asesinatos y desapariciones como las que reinaban al otro lado del Río de la Plata, fueron constantes para regocijo de su cabeza, Aparicio Méndez, abogado protegido por el Ejército y nombrado por el Consejo de Estado (las fuerzas armadas) presidente de Uruguay en 1976.

El formato del torneo se ideó en una club nocturno del centro de Zúrich. Personas cercanas a Havelange, en especial Washington Cataldi, como se cuenta en el documental ‘El Mundialito’ de Sebastián Bednarik y Andrés Varela, vieron que había mucho dinero que ganar y de manera sencilla reuniendo a las mejores selecciones de la historia. El 50 aniversario de la Copa del Mundo encontró rápido apoyo entre los militares uruguayos. Su cabeza no estaba en el fútbol y sí en el respaldo que un torneo así podía suponer para el plebiscito del 30 de noviembre. Su sin fin era que los uruguayos aprobaran en las urnas la legitimación del gobierno cívico-militar salido del golpe del 27 de junio de 1973 y la abolición de la Constitución de 1967, que estaba en vigor aunque sin aplicación alguna.
Montevideo se convirtió en un hervidero de reuniones. En ellas aparecieron los organizadores del Mundial de Argentina de dos años antes para tratar desde temas de seguridad a cómo numerar los asientos del estadio Centenario. Entre los nombres que sostuvieron a nivel político el torneo aparece, como en muchos de los procesos oscuros de las dictaduras americanas de los 70 y 80, el del secretario de Estado de la Casa Blanca: Henry Kissinger. Ideólogo de la Escuela de las Américas, academia de formación de los sanguinarios dictadores sudamericanos y sus secuaces, Kissinger puso todo de su parte para que el torneo sirviera de apoyo al régimen de Montevideo.
Uno de los objetivos fue que los guerrilleros tupamaros, con la mayoría de sus miembros en la cárcel o el exilio, no reapareciera con motivo del torneo y supusiera un quebradero de cabeza para los militares como lo fueron Montoneros para el gobierno de Videla en la preparación del Mundial de 1978.

Sin embargo, el clima que iba a reinar en Uruguay al inicio del torneo no era lo que los militares habían esperado. El 30 de noviembre el pueblo uruguayo dio la espalda a la dictadura. Ganó el ‘no’ a la propuesta con el 56,83% de los votos por 42,51 del ‘sí’, distancia que fue abismal en Montevideo: 63,25% contra el 36,04%. Seguros de su victoria, los militares ni se plantearon un fraude electoral. La oposición, segura de que lo habría, tuvo que quemar nada más saber el resultado los carteles y propaganda con los que tenía pensado denunciar la manipulación de las urnas. Ni unos ni otros contaban con que el trabajo de estudiantes y obreros, su boca a boca, fuera a provocar ese terremoto.

El torneo lo abrieron el 30 de diciembre Uruguay y Holanda (2-0) en un grupo que lo completaba Italia. El formato eran dos grupos de tres y los campeones jugaban la final. Se repitió la de 1950 porque Uruguay ganó el suyo y Brasil se impuso en el otro a Argentina y a Alemania al superar en el balance goleador a los argentinos. Al frente de Brasil estaba Sócrates, un demócrata convencido que consiente de lo que pasaba en Uruguay manejó a sus compañeros para que dieran la espalda a cualquier acto oficial y sólo se centraran en la competición.
La final se jugó en un abarrotado estadio Centenario el 10 de enero y se repitió el marcador del Maracanazo: 2-1 (Barrios y Victorino para los charrúas y Sócrates para Brasil). La fiesta que los líderes de la dictadura esperaban se convirtió en un grito de libertad. Aparicio Méndez y los miembros de su gobierno se miraban atónitos cuando, con el partido ganado, de las viejas tribunas del Centenario se apoderó un grito casi salvaje: “Se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”. La banda de música quiso acallar aquel clamor, pero fue el propio Méndez el que ordenó que dejara de tocar para no excitar aún más a una masa que no estaba por el silencio.
Lo ocurrido ese día no fue el fin de la dictadura. Es más, entre 1980 y 1982, las universidades uruguayas sufrieron una fuerte represión en lo que fue una caza despiadada de estudiantes cercanos a ideas comunistas o socialistas. Sin embargo, sí fue el germen democrático de un pueblo, el uruguayo, que aprovechó el fútbol para celebrar en público lo que no pudo hacer un mes antes después del ‘no’ a la reforma dictactorial.

5/12/17

Suráfrica vs NuevaZelanda |1995| La victoria que salvó una nación

Nelson Mandela y Francois Pienaar


Nelson Mandela utilizó, cuatro años después de salir de la cárcel, el rugby -deporte que representaba a la población blanca de Suráfrica- para pacificar un país y unir a sus habitantes. Todo sucedió en 1995 en el Mundial disputado en el país africano y en el que el dirigente consiguió que toda la población del país festejase como suya la inesperada victoria sobre los All Blacks que lideraba el colosal Johan Lomu.

Por: JUAN CARLOS ÁLVAREZ


Cuando en 1948 se instauró en Suráfrica el "apartheid" el rugby pasó a convertirse en un símbolo nacional con un peso indiscutible en la sociedad. Era el deporte de los blancos, de la raza que gobernaba con mano de hierro el país. Esa carga simbólica también afectaba a los negros para quienes el rugby representaba lo más profundo de la opresión que padecían. Por eso lo odiaban profundamente y por esa misma razón detestaban a la selección de su país integrada por aquellos gigantes "afrikaaners" que les recordaban a los violentos policías surafricanos. Los negros jaleaban las derrotas de los "springboks" y para el movimiento antiapartheid la exclusión de la selección surafricana de rugby de las competiciones internacionales supuso uno de sus grandes triunfos. Para buena parte de la población blanca esa decisión constituyó el aspecto más humillante del boicot internacional que padecieron en aquellos años a cuenta de su política de segregación racial. El rugby, por aquel entonces, ya era mucho más que un símbolo.
Nelson Mandela salió de la cárcel en 1990 después de casi treinta años de reclusión con el objetivo de frenar la deriva violenta que parecía condenar al país a la guerra civil. El líder negro se convirtió en presidente surafricano tras ganar las elecciones de 1994, lo que supuso el fin de la segregación racial. Pero el camino para la paz no era sencillo. Existían demasiados recelos entre los dos bandos, demasiadas heridas abiertas, demasiados muertos en la memoria de las familias. Mandela entendió entonces que el rugby podía ser el instrumento que uniese a negros y blancos. Tenía una oportunidad única porque Suráfrica había sido designada sede del Mundial de 1995 como recompensa a las promesas de cambio que un par de años atrás había hecho el gobierno de De Klerk. El reto era descomunal: conseguir que la población negra se sintiese representada por el equipo que simbolizaba el poder "afrikaaner", por la camiseta verde de los opresores. Él mismo reconocía que durante los años en la prisión de Robben Island escuchaba los partidos de rugby a través de los transistores de los carceleros y festejaba junto al resto de la población reclusa negra las derrotas surafricanas.
El presidente Mandela sabía que uno de sus principales aliados en esa misión debía ser la propia selección. Un año antes del torneo, poco después de ganar las elecciones, se reunió en su despacho con Francois Pienaar, el capitán de aquel equipo, un afrikaaner clásico, rubio, inmenso, de piel sonrosada. Le explicó su idea y el jugador le garantizó que no habría ni una voz discordante dentro de un vestuario donde sólo había un jugador mulato: Chester Williams. El resto eran blancos. Durante la entrevista Mandela también le pidió a Pienaar que los jugadores debían aprenderse una canción y entonarla antes de los partidos. Se trataba de "Nkosi Sikelele... ¡Afrika!", una canción de liberación en lengua xhosa que se iba a convertir en el nuevo himno surafricano. El capitán de los "springboks" le garantizó que no fallarían y lo cierto es que su comportamiento fue ejemplar. Durante un año se entrenaron como salvajes pero también participaron en numerosos actos sociales, visitaron zonas donde nunca antes habían estado y trataron de ganarse el favor de la población negra, recelosa todavía. Tampoco los blancos acababan de creerse el papel conciliador de Mandela. Para ellos era un terrorista, una amenaza a su estilo de vida. Poco antes de comenzar el campeonato visitó a los jugadores en su concentración. Pienaar explicaría poco después que aquel encuentro fue determinante porque dejó a casi todos los jugadores impregnados por el aura de Mandela.
Suráfrica avanzó con contundencia durante el torneo, lo que fue acrecentando el interés de la población negra por aquel equipo que cantaba como ellos y que parecía sentirse orgulloso de hacerlo. Los estadios estaban repletos de blancos pero algo estaba cambiando en Suráfrica. En las semifinales los "springboks" se impusieron de forma agónica –y algo polémica– a Francia por 19-15 y se prepararon para la final ante la intratable Nueva Zelanda que lideraba una bestia llamada Jonah Lomu, el mejor jugador del mundo, que en la otra semifinal había pisoteado a Inglaterra. Parecía una misión imposible para los chicos de Pienaar.
El día de la final se produjo un hecho insólito. Nelson Mandela salió al campo a saludar a los jugadores y lo hizo con la camiseta verde de la selección. El silencio se hizo en Ellis Park. El impacto de aquella imagen era imposible de superar. Mandela vestía el símbolo de aquellos que durante años habían oprimido a los suyos. Era como si un negro del sur de Estados Unidos se pusiese la capucha del Ku Klux Klan. El estadio comenzó entonces a corear su nombre: "Nelson, Nelson, Nelson". Una mística especial se apoderó del estadio que incluso dejó tocados a los "all blacks" que confesarían sentirse impresionados al dar la mano a Mandela. El presidente estaba jugando también aquella final. Van der Westhuizen, medio melé surafricano, confesó que en aquel momento, con Mandela vestido de "springbok" y el público coreando su nombre, comprendió que al fin tenían a un país detrás de ellos. Pelearon como titanes ante Lomu y los suyos que se vieron incapaces de superar su defensa. Los dos equipos sólo anotaron en las patadas a palos. 9-9 al final del partido. En la prórroga Nueva Zelanda se adelantó, pero Suráfrica supo igualar con rapidez y ganó la posesión. Avanzaron y entregaron el óvalo en busca de la patada salvadora de Stransky que puso por delante a los "springboks" (15-12). Suráfrica, llevada por el apoyo que recibían de las 72.000 almas que llenaron el estadio, resistió los últimos siete minutos y se apuntó su primer Mundial en medio de una felicidad que incluso alcanzó Soweto, el área de Johannesburgo que simbolizó durante años la lucha contra el apartheid. Lleno de felicidad Mandela bajó al césped y entregó a Francois Pienaar la copa de campeones con un agradecimiento: "Gracias por lo que habéis hecho por este país".


20/11/17

Chile vs URSS |1973| La cara negra del fútbol



Por: Miguel García Vera

El 21 de noviembre de 1973 se jugó uno de los partidos más raros de la historia de la FIFA (que no es lo mismo que el fútbol), un Chile-URSS de clasificación para el Mundial de Alemania que se iba a jugar al año siguiente. Tras disputar su fases de clasificación respectivas, ambas selecciones se enfrentaban en eliminatoria de repesca a doble partido: el ganador iba a Alemania (por aquel tiempo RFA) y el perdedor se quedaba fuera.
La ida se había jugado en Moscú el 26 de septiembre. Un partido áspero en el que los anfitriones, teóricamente superiores, llevaron todo el peso pero no pudieron romper la defensa chilena. Aquello acabó 0-0, un buen resultado para los chilenos de cara al segundo partido.
La vuelta se jugó el 21 de noviembre en el Estadio Nacional de Santiago y Chile consiguió la clasificación para el Mundial al ganar 1-0. No hubo mucho fútbol: el partido duró, literalmente, 30 segundos, lo que tardó la selección chilena en marcar un gol desde el saque inicial.

Los lectores más avisados ya se habrán dado cuenta de que las fechas empiezan a dar pistas sobre un partido de fútbol tan anómalo que no llegó ni a un minuto de juego. El calendario de la eliminatoria había sido fijado semanas antes de que la historia moderna de Chile se oscureciera por largo tiempo. El 11 de septiembre de 1973, el ejército chileno comandado por el general Augusto Pinochet iniciaba un sangriento golpe militar contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Ahora se organizan primaveras, pero por aquel entonces en Latinoamérica los gobiernos molestos se derrocaban echando mano de los ejércitos autóctonos.

Pinochet entra en juego

Ese mismo 11 de septiembre, mientras el Palacio de La Moneda era bombardeado con el presidente dentro, los seleccionados chilenos estaban convocados para iniciar su preparación de cara a la eliminatoria con los soviéticos. Allende muere, el golpe triunfa y miles de chilenos son encarcelados, torturados y asesinados.
¿Y qué carajo hacemos con la eliminatoria del mundial? En principio la junta militar ha decretado la prohibición para todos los chilenos de salir del país, además de que no ve con buenos ojos jugar en la patria de su enemigo más odiado. Pero a la vez le conviene dar una imagen de normalidad –en eso el fútbol es inigualable–  así que deja partir a sus muchachos. Eso sí, la boca cerrada y a comportarse, que sus familias siguen bajo el cuidado de las nuevas autoridades. En aquel equipo había jugadores importantes, como Vélez o Caszely, muy identificados con el gobierno de Allende.

A su vez, al Unión Soviética, aliado del gobierno saliente, había condenado el golpe militar y no reconocía al nuevo gobierno, con el que rompió cualquier relación diplomática. A pesar de todo, el partido de ida se jugó en un Estadio Lenin más gélido de lo habitual en esas fechas. De aquel encuentro sabemos de oídas, ya que no hay apenas material gráfico. Las autoridades soviéticas prohibieron a la entrada de periodistas y cámaras al estadio.

El Estadio Nacional y la FIFA

Desde 1939 la selección chilena juega sus partidos en el Estadio Nacional, en Santiago de Chile. En aquellos primeros días del golpe militar el estadio se hace tristemente célebre por convertirse en un gran centro de detención y tortura de los opositores a la junta militar. Miles de chilenos y algunos extranjeros pasaron por allí, se calcula que unas 40.000 personas. Muchos pasaron para no volver a ser encontrados, otros fueron ejecutados allí mismo. Entre ellos, el periodista estadounidense Charles Horman, cuya historia se hizo famosa por la película Desaparecido (Costa Gavras, 1981)

En aquel lugar siniestro debía celebrarse el segundo partido de la eliminatoria. Desde la federación chilena de fútbol se sugieren otros escenarios, pero la junta militar se empeña en demostrar normalidad y a la vez derrotar al comunismo jugando en campo propio, o sea, de concentración. En el interior de las gradas se torturaba, pero el césped se cuidaba con esmero, había un partido importante a la vista.
A todo esto, la actitud de la FIFA es la que nos tiene acostumbrados. Monta una comisión que va a inspeccionar el Estadio Nacional, arreglado un poco para la ocasión pero en el que aún había unos 7.000 detenidos. Según testimonio de Gregorio Mena Barrales, gobernador socialista de Puente Alto y preso en aquel estadio, aquella comisión “visitó el campo, se paseó por la cancha, miró con ojos lejanos a los presos y se fue dejando un dictamen: En el estadio se podía jugar.”
Pero la URSS se niega a jugar y no viaja a Chile. “Por consideraciones morales, los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”, dice un comunicado de prensa de su selección.

El partido de la vergüenza

A lo que la FIFA responde que el partido se juega, por sus balones. Así que no se conforma con clasificar administrativamente a los chilenos, eliminando a los soviéticos en imponiéndoles una multa. En su larga tradición de decisiones entre inexplicables y lamentables toma una que se puede considerar como histórica: van a hacer un simulacro de partido sin rival.
El Estado Nacional se abre el 21 de noviembre para la fiesta del fútbol. Ya se pueden imaginar la fiesta. Todo el recinto está tomado por militares, las gradas casi vacías: con una capacidad para más de 40.000 personas, acuden 16.000, muchos de ellos para intentar averiguar la suerte de familiares o amigos.
Salta la selección chilena al campo mientras los rusos siguen en sus casas. Suena el himno nacional chileno, al otro lado sigue el silencio. El balón en el centro. Le toca sacar a Chile (no hay otra) y el árbitro pita el inicio. Los jugadores chilenos van pasándose el balón entre ellos hasta que llegan a la vacía portería contraria y uno de ellos, Francisco Valdés, la empuja hasta gol. Han pasado 30 segundos, acaba el partido, gana Chile 1-0. Para darle algo al público que había acudido allí, después se jugó un amistoso contra el Santos brasileño. Imaginen el estado anímico de los jugadores chilenos: los brasileños ganaron 0-5. Tarde de gloria no solo para el fútbol chileno, sino mundial.
Aquello fue una parodia de partido que retrata tanto a la dictadura chilena como a la FIFA. Por más que le doy vueltas todavía no acabo de entender la razón. Los primeros ¿quisieron meter un gol simbólico al comunismo internacional? Porque la imagen de una victoria sin rival no parece muy edificante. Y por parte de la FIFA ¿aparentar normalidad o afirmar su autoridad? ¿Dónde queda el FairPlay en dicho espectáculo? Porque lo que consiguieron es amplificar aún más uno de los puntos negros más sonados de su historia.
En ese sentido, tampoco es que aprendieran la lección. La máxima autoridad futbolística, que castiga determinadas expresiones políticas en los estadios, nunca tuvo problemas con las dictaduras mientras no afectara al negocio. Eran además años de plomo de la Guerra Fría con Kissinger, ese buen aficionado al fútbol y mejor profesional de los golpes de estado. En 1978 la junta militar argentina organizó un mundial durante el cual se sucedieron torturas, ejecuciones y desapariciones. Mientras Argentina ganaba la final en el Estadio Monumental de Buenos Aires y el general Videla entregaba a Pasarella la copa, desde la tristemente célebre Escuela Superior de Mecánica de la Armada, cercana al campo, los presos torturados escuchaban las celebraciones.

Y es que el reino del fútbol profesional no es de este mundo.

17/11/17

Costa De Marfil vs Sudán |2005| El jugador que acabó con una Guerra Civil en su país

Didier Drogba



El 8 de octubre de 2005, en Kartum, Costa de Marfil obtuvo el pasaporte al paraíso, el Mundial 2006, dejando eliminada a Sudán. En un ambiente de euforia, el ídolo del país, Didier Drogba, hizo una vibrante alocución, mirando a cámara y arrodillado junto a sus compañeros: "marfileños, marfileños, del Norte y del Sur, del centro y el oeste, les pedimos de rodillas. ¡Perdonen! Depongan las armas, organicen las elecciones y todo irá mejor". Los veintitrés jugadores de la selección, liderados por su capitán Drogba, lograron que la guerrilla marfileña y el gobierno local llegaran a un acuerdo de alto al fuego. La paloma ya no era el único símbolo de la paz. En ese momento, los "elefantes" de Costa de Marfil también lo eran...


15/11/17

Sevilla vs Deportivo |2009| Futbolista de futbolistas


 Fréderic Kanouté, festejando un gol en 2009 con el Sevilla

Estiloso y elegante. Técnico e inteligente. Solidario y ambicioso. Revolucionario y organizador. Todo en su vida ha sido una constante. La de romper barreras. Poco a poco, sin obsesionarse, relativizando, dando a las cosas la importancia oportuna en el momento justo. Es Fréderic Kanouté, uno de los mejores jugadores extranjeros que han disputado la Liga española en los últimos quince años. La maestría sobre el césped. La clase de una pantera. Cabeza alta, pocas sonrisas. Tampoco para celebrar sus tantos, en Sevilla anotados a mares. Es un trabajo, piensa el malí cuando marca. Nada más. Un simple trabajo como el que pueden desarrollar los miles de compatriotas que se acercan a este delantero especial en todas y cada una de las ciudades por las que pasa. Se para y firma. Sabe que es un referente. Un rara avis en jugadores de su estirpe. Un perro verde de Bamako.

Primera barrera. Kanouté nace en Francia, en un barrio obrero del cinturón industrial de Lyon, uno de los grandes motores galos. Hijo de inmigrantes, enseguida se encuentra a sí mismo luchando contra el racismo que le rodea y que comienza a instalarse sin demasiadas dificultades en su rutina diaria. En la escuela y en la calle. Es la banlieu. Es Francia. Son los años 80. Pero el joven proyecto de futbolista tiene suerte y cae en la academia del Olympique Lyonnais, uno de los mejores lugares del mundo para desarrollarse como jugador; escuela de vida. Allí deslumbra a todo aquel que se acercaba a verle. Y eran muchos. Había personalidad y había habilidad lo que le llevó a ser comparado en aquella época con Thierry Henry, compañero generacional que por aquel entonces deslumbraba en otro suburbio, Les Uliss, ‘anillo protector’ parisino. Mas Kanouté era diferente. Más introvertido, completamente alejado de la tradición rapera que envolvía a los africanos franceses. A él le gustaba rezar, leer, estar con la familia. Lo demás era lateral, paralelo. Siempre relativizando.

Segunda barrera. Su calidad futbolística, su presencia en el campo, su envergadura en el área enseguida llamaron la atención de las federaciones francesa y malí. Era una joya por pulir, un talento bruto destinado a hacer grandes cosas en una Francia que se abría a las colonias en los años previos al Mundial de 1998. Había nacido una nueva política, más moralista, más aperturista decían. Había que convencerlo. Y no dudó el delantero: jugaría con Mali bajo la bandera de sus padres. No terminó ahí su decisión finalista. Juró que algún día Mali jugaría un Campeonato del Mundo. Había elegido la añoranza y los principios por encima del más que previsible éxito deportivo. Una vez más Kanouté demostraba no tener nada que ver con sus compañeros de generación; tipos como él, también hijos de la inmigración en la mayoría de los casos; una segunda generación con la que había compartido vestuario en la sub 21. No ocurriría lo mismo con los mayores.

Tercera barrera. En 1998 Francia organizó y ganó su primer Mundial de fútbol. Kanouté lo vio por televisión. También vio cómo triunfaba su espejo, Thierry Henry, pero nunca se arrepintió de la decisión tomada, como tampoco lo hizo tras su salida en el verano de 2000 del Olympique Lyonnais. Entonces decidió probar suerte en Inglaterra. Otra cultura, otro mundo. Eligió el West Ham del Londres de comienzos del siglo XXI. El Londres de los millones de libras en maletines procedentes de la extinta URSS y la especulación inmobiliaria. Allí se acercó aún más al Islam, una de sus devociones. De ‘hammer’ pasó a ‘hotspur’ tras firmar por el Tottenham. Era 2003 y solo dos años más tarde, después de no haber rendido al nivel esperado, eterno suplente, respondió a la llamada de un tal Monchi, un exfutbolista que por aquel entonces comenzaba a dar clases magistrales de cómo había que gestionar una dirección deportiva.


Cuarta barrera. En Andalucía, su añorado y amado Al-Andalus, Kanouté ha sido y es feliz. Ídolo de la afición, que en muchos casos le considera el mejor futbolista de la historia del club, el malí se reencontró en el Sánchez Pizjuán con el gol, una especialidad en la que nunca había brillado demasiado. Era una estrella que le hubiera gustado ser opaca. Un futbolista de futbolistas.
 Publicado por Dani Gonzáles en 20-20.

12/11/17

Corinthians vs SaoPaulo |1982| Una camiseta muy democrática



Por: Bernard Lions

Ponerse una camiseta del Corinthians a comienzos de la década de los ochenta no era un asunto sin importancia. Era una elección política. Ese fue el enfoque del capitán de Brasil Sócrates, uno de los principales encargados de promover la iniciativa “Democracia” en noviembre de 1981. Este movimiento ideológico fue creado para retar a la dictadura militar y ofrecer a los jugadores la oportunidad de dirigir al club de forma colectiva. Los beneficios de la venta de entradas y derechos de televisión eran distribuidos entre todos los empleados del club y entre los jugadores, encubiertos como extras por las victorias. A cambio, eran ellos los que tomaban las decisiones con respecto a la contratación de los jugadores, así como del entrenador. De hecho, le ofrecieron el puesto a Ze Maria, antiguo defensa del Corinthians y ganador de la Copa Mundo en 1970. También fueron ellos los que salieron al terreno de juego antes de la final del campeonato Paulista de fútbol y desplegaron una pancarta que decía: “Ganar o perder, pero siempre dentro de una democracia”.
Esta autogestión, junto con el fútbol entretenido, ayudó al club a disfrutar de grandes éxitos tanto dentro como fuera del campo. “Luchábamos por la libertad, por un cambio en nuestro país”, explicaba Sócrates, que tristemente falleció el 4 de diciembre de 2011 con cincuenta y siete años. Sócrates, doctor en medicina con una fuerte conciencia política y hermano mayor de Rai, que también fue capitán de A Selecao en una ocasión, solía salir al terreno de juego con la inscripción “Democracia Corinthiana” en su camiseta o con mensaje a la espalda animando a la gente a votar en las elecciones, esta mini república llegó a su final con el surgimiento de la democracia en 1985.

5/11/17

Corinthians vs Sao Paulo |1983| ¿Por qué la estrella del fútbol Sócrates fue tan importante para la democracia de Brasil en pleno régimen militar?


Por Redacción BBC

Transcurría el año 1983. El club brasileño Corinthians saltaba al engramado del estadio Morumbi a disputar la final del Campeonato Paulista contra el Sao Paulo con una enorme pancarta en las manos: "Ganar o perder, más siempre con una Democracia".
Fue el momento álgido de un movimiento que había nacido un año antes y que no sólo estaba sacudiendo las bases del fútbol en Brasil, sino que contribuía a la efervescencia democrática de la época en un país que llevaba dos décadas bajo el control de un régimen militar.
A la cabeza sobresalía la figura de uno de los futbolistas brasileños más reconocidos en el mundo, tanto por ser el capitán de uno de los más grandes equipos que se recuerdan, como por su férrea defensa a sus convicciones ideológicas: Sócrates.

"Él lideró el movimiento de poder de los jugadores dentro del Corinthians basada en la ideología de un hombre, un voto", le recordó a la BBC el escritor inglés Andrew Downie, autor de la biografía más completa de quien fuera conocido como el doctor del fútbol.
"Eso le dio voz por igual a todos los jugadores, fuere el capitán de Brasil o el arquero reserva, pero también al utilero o al masajista. Todos los votos valían lo mismo y entre todos decidían cualquier cosa, desde los viajes, los horarios de entrenamiento y el reparto equitativo de los premios".
Esa revolución, conocida como la "Democracia Corinthiana", fue recogida en un documental que hace algunos años llevó al cine el director brasileño Pedro Asbeg.
"El período que va de 1982 a 1984 es único, no existe nada igual en el fútbol", resaltó Asbeg en una entrevista con BBC Brasil.
Según Downie lo que ocurrió en el club de Sao Paulo hubiera tenido un fuerte impacto en cualquier época, pero que tuvo especial repercusión al tratarse del Brasil de principios de los años 80, en pleno régimen militar.

"Estamos hablando de un país que había vivido 20 años de gobiernos represivos, de dos generaciones de brasileños que no habían vivido en democracia, que no habían experimentado la libre expresión de la gente, el sentido de representación".
"Lo que hizo Sócrates es que brindó estos conceptos a la gente", enfatizó Downie, además de servir de mensajero sobre los problemas que sufría la población.
"Cuando alguien le preguntaba sobre las tácticas para el siguiente partido o donde jugaría en el campo o las características del rival, él respondía rápido y luego hablaba del sistema de salud, de educación o la necesidad para mejores salarios", recordó.

En esta entrevista también comentó que a un año antes de su muerte, Sócrates reconoció que siempre sintió que esa era su obligación.
"La gente me dio el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos. Si yo estuviera del otro lado, del lado de la gente, no habría nadie que escuchara mis opiniones".
"Lo mejor que el fútbol me dio fue la oportunidad de conocer a los seres humanos", contó.
"Conocí a personas que sufrieron muchísimo y también conocí el otro lado de la sociedad, los que lo tienen todo".
Destacó que lo que ocurrió en el Corinthians aceleró la velocidad del proceso de cambio, dada el poder de movilización del fútbol, y también lo calificó el período de oro del club como una muestra que legitimaba en el campo el sistema de participación colectiva.
Antes del surgimiento de la "Democracia Corinthiana", en 1981, el club atravesaba un período de crisis, descendido a la categoría de plata y eliminado de la fase final del campeonato paulista.
En los años siguientes conquistaría el título dos veces, algo que no había ocurrido en más de tres décadas.

"La gente escuchaba y lo apoyaba y le dio a Corinthians una imagen de equipo del pueblo, aumentando el número de personas que lo seguían, que querían que les fuera bien dentro del campo", destacó Downie.
"Eso también le añadió más presión para lograr los resultados porque a los militares no les gustaba".
Pero el ejemplo del Corinthians, de éxito deportivo dentro del campo y social fuera de él, no perduró en el tiempo, ni siquiera con el regreso de la democracia a Brasil en 1985.
"En las elecciones internas del club ese año, la plancha apoyada por los jugadores fue derrotada", recordó Asbeg, "lo que generó protestas en un sector de la afición que forzó la salida de la nueva directiva esa misma noche".
Fue sólo un espejismo en el rumbo que mantendría el fútbol en general.
"Sócrates siempre se sentía frustrado porque ese ejemplo nunca fue seguido", expresó Downie.
"Una de las razones por la que todavía estamos hablando de la Democracia Corinthiana hoy es que nunca se ha repetido en el fútbol. Ninguno de los grandes clubes en el mundo le ha dado el poder a los jugadores de hablar en voz alta, de influir en el manejo del equipo de la forma que Corinthians lo permitió, de la manera que impulso Sócrates".
"Nadie asume una clara posición ideológica en los problemas de la vida diaria, como los derechos humanos, inmigración o Brexit, ninguno dice nada".

"Y eso había sido una gran decepción para Sócrates".

1/11/17

Athletic vs Barça |2017| El fútbol, en medio de la gran tormenta

Carteles a favor del "sí" y banderas independentistas en la grada del Camp Nou.


Por: Iñako díaz

En el clima político más tenso de la democracia, el fútbol no escapa.
Para valorar todo esto hablamos con tres políticos e hinchas de distintas ideologías y equipos: Andrea Levy, Gabriel Rufián y Eduardo Madina.
No hay que mezclar fútbol y política. Lo han leído, lo han escuchado y, probablemente, lo hayan dicho. Bien, pues espero que no se lo creyera demasiado o se van a llevar un disgusto. Con el conflicto catalán devorándolo todo, el fútbol español ha dejado de disimular, el binomio fútbol y política. Piqué votando y llorando el 1-O, Ramos grabando vídeos ante una bandera española gigante, Bartomeu intentando nadar y guardar la ropa, el Metropolitano inundado de rojigualdas para recibir al Barça, Javier Tebas con su pasado ultraderechista y la bandera al cuello en la manifestación a favor de la unidad...
Si pensaban que en estos días resultaba imposible poner de acuerdo a derecha, izquierda e independentismo, -en realidad lo parece- la relación fútbol-política lo consigue (a ratos). Preguntamos a un socialista de Bilbao (el ex diputado Eduardo Madina), una popular del Barça (la vicesecretaria del PP, Andrea Levy) y un indepedel Espanyol (el portavoz de ERC, Gabriel Rufián): ¿es positiva esta politización del fútbol?

«Como toda expresión cultural o social de un país, el fútbol es indesligable de la política. Vengo de un Euskadi marcado por los silencios obligados por la presencia de ETA, así que el silencio nunca me parece una buena señal. Que los clubes y los jugadores se expresen políticamente es una señal de madurez en una sociedad», apunta Madina.
Se suma Rufián: «El fútbol, como cualquier ámbito de la vida, a menudo es política. Y me gusta que haya tíos valientes como Piqué o Rafa Nadal, con el que ideológicamente no tengo nada que ver, pero que cuando tiene que defender sus ideas lo hace. Ojalá cunda el ejemplo». «Que futbolistas como Piqué se posicionen es positivo. Con los clubes es distinto. Porque una cosa es fomentar los valores políticos de participación y otra convertirse en espacios dominados por un interés partidista. Es lo que ha pasado en el Camp Nou», puntualiza Levy, que señala a un Barça que se ha encontrado (o se ha metido) en el ojo del huracán. Volveremos a él.

Athletic-Barça, los equipos emblema de las dos comunidades con más historial nacionalista y con las célebres pitadas al himno como precedente. Madina, asiduo a San Mamés desde los oscuros 80, víctima de ETA, lo celebra: «Ha cambiado muchísimo el ambiente porque Euskadi no tiene nada que ver con la de antes del 20 de octubre de 2011, cuando ETA anunció el cese definitivo de la violencia. El viejo y el nuevo San Mamés son dos mundos distintos».
Para el Barça, cada partido es un sobresalto. Primero, se posicionó a favor del derecho a decidir. Después, se quedó en tierra de nadie al jugar a puerta cerrada el 1-0 en vez de suspender el partido, como pedía el independentismo, o disputarlo con normalidad. Por último, contra Olympiacos, se escudó en la UEFA para impedir que se colocasen pancartas de apoyo a los Jordis. Y así, Bartomeu se convirtió en un equidistante y enfadó a todos.
«Un club como el Barça no puede actuar como si sólo tuviera seguidores de una tendencia ideológica. No debería haberse posicionado claramente a favor del soberanismo. Se ha creído más que un club, ha querido ser un apéndice de la política institucional catalana y ha enviado al banquillo a los socios que no se reconocen en la identidad política que quiere impulsar. Ha excluido a gran parte de su afición», sentencia Levy.

Y es que es imposible que, en el ambiente actual, la selección no acabe en el foco político. Piqué fue el detonante y en su rueda de prensa de la paz dejó una de las frases más debatidas del año: “un independista puede jugar con España” Él aclaró que no era su caso, así que le preguntamos a alguien que sí lo es, Gabriel Rufián. ¿Podría un independentista jugar con España?: «Por supuesto. Yo soy seguidor y he celebrado triunfos de la selección española. Me encantan Iniesta y Ramos. Me encantaba Casillas. No tengo fobia hacia la bandera española, ni hacia el himno español, ni hacia el fútbol español». Uno, que tiene serios problemas para comprender los nacionalismos, ruega una explicación de algo que le parece contradictorio: «Al final, ser independentista no es nada. Es un estado transitorio. Yo lo que me considero es republicano de izquierdas y eso va ligado a la defensa de la autodeterminación de los pueblos. Y nada de eso me parece incompatible con que disfrutes de la selección española, quieras que gane o, en el caso de un futbolista, quieras jugar en ella». Mientras tanto los campos de fútbol seguirán siendo expresión de la sociedad.

25/10/17

Cuba vs Rumania. 1938. La primera vez de Cuba en un Mundial


Si bien la sombra del dictador Benito Mussolini no estuvo omnipresente, la tercera edición de la Copa Mundo estuvo marcada de nuevo por la política. El planeta, en especial Europa, estaba más convulsionada que nunca,los espíritus estaban alborotados y los ánimos caldeados. La inminencia de la Segunda Guerra Mundiall marcó el torneo cuya sede fue otorgada a Francia para rendirle homenaje a Julet Rimet, el dirigente que había impulsado la creación del certamen. Ese hecho, sin embargo, en vez de unir a los 32 países que conformaban el seno de la FIFA, terminó por ahondar las diferencias.
Austria, considerado uno de los mejores equipos del planeta, se retiró luego de que su territorio fue invadido por Alemania. Algunos de sus jugadores fueron integrados al elenco germano, pero Mathias Sindelar, el más importante de todos, se negó de manera rotunda y ese episodio fue el comienzo de un final fatal e inesperado para el talentoso deportista. España se hizo a un lado dado que su país se desangraba por cuenta de la Guerra Civil, mientras que China y Japón estaban enfrentados en la segunda guerra Sino-Japonesa, que se desató en 1937.
En lo deportivo, La primera fase resultó inesperada equilibrada, pues cinco de los ocho duelos requirieron prórroga , tras terminar empatados al cabo de los 90 minutos reglamentarios; dos de ellos no lograron dirimir superioridades y, por eso, fue necesario programarlos de nuevo. Fueron Cuba-Rumania (3-3) y Alemania-Suiza (1-1). Los cubanos dieron la primera gran sorpresa de la historia  al derrotar a los experimentados rumanos, que en el duelo de desempate cayeron 1-2 y se despidieron prematuramente.
Cuba llegó a Francia 1938 gracias a la invitación de la organización. Además, a Cuba la favorecieron los retiros de Colombia, El Salvador, Costa Rica y Surinam. A Francia, los futbolistas de la isla llegaron como campeones de los Juegos Centroamericanos  y del Caribe en  los que fueron anfitriones. El emparejamiento de la primera fase de deparó a Cuba un duelo con Rumania, que había sido octavo en 1930 y duodécimo en 1934. Pintaba para debut y despedida, `pero los 7.000 aficionados que se apostaron  en las tribunas del Stade Municipal de Toulouse vieron una de las más grandes sorpresas de la historia de la Copa Mundo. Como era de esperarse, los rumanos abrieron la cuenta, aunque no tan temprano como pudiera esperarse: a los 35 minutos por intermedio de Stefan Dobay. Pero antes de que concluyera el primer tiempo Héctor Socorro marcó el 1-1. En el segundo tiempo, José Magriña amenazó con el batacazo, pero Iuliu Baratky, cerca del final, empató de nuevo y obligó a disputar la prórroga.
En esa instancia Socorro, primero y Dobay, después  volvieron a anotar para un increíble 3-3 que, de acuerdo con la reglamentación establecida, desencadenó en un nuevo juego. Ese encuentro  se cumplió el 9 de junio, con mil hinchas más que en la ocasión anterior. El partido pintaba para otro duelo goleador entre Dobay y Socarro hasta que Tomás Fernández, a los 12 minutos del segundo periodo, puso el definitivo 2-1. Cuba avanzó, Rumania se despidió y el mundial tenía un protagonista inesperado. En Cuartos de Final, lo esperaba Suecia, que había quedado libre en la primera ronda tras el retiro a última hora de Austria.  lo que fue una gran ventaja para los europeos.

La cita entre nórdicos y caribes se dio el 12 de junio y resultó una pesadilla para los cubanos. Fueron goleados, lo que resultó un durísimo golpe para un inexperto, pero combativo elenco cubano. Tres partidos en una semana fue mucho. Cayeron en Cuartos ante un descansado Suecia, pero  marcharon con la frente alta.

Brasil vs Uruguay |1950| "Mi patria son los olvidados, mi patria son los que sufren". Obdulio Varela, El Negro Jefe



Por: Carlos Eduardo González
Autor del libro: "Colombia Mundial - De Uruguay 1930 a Brasil 2014"


Nació y murió en la pobreza, pero en su vida fue símbolo de la más grande riqueza que puede atesorar el ser humano: el cariño, el respeto y la admiración de la gente. El día que falleció, el 2 de agosto de 1966, se puso punto final también a una época que marcó una de las más grandes alegrías que haya vivido Uruguay, pero que con el paso del tiempo se convirtió en un símbolo de estancamiento de la sociedad. Que quede claro, sin embargo, que Obdulio Jacinto Muños Varela fue sinónimo de éxito, de triunfo, en el tiempo de mayor éxito y de más triunfos de la Selección Uruguay.
Valera  fue el capitán que condujo a un barco que en algún momento se encontraba a la deriva y lo llevó hasta un puerto seguro. Fue, de hecho, el gran héroe en la jornada más feliz que haya vivido el fútbol uruguayo, en la noche más triste que haya vivido el pueblo brasileño: el ‘Maracanazo’.  Varela (siempre usó el apellido de su madre, de la que su padre se separó cuando él era muy chico) fue capitán de la celeste entre 1941 y 1954. Fue el jugador al que le correspondió recibir la copa Jules Rimet en aquel cementerio que se había convertido el estadio Maracaná, poblado por más de 200.000 muertos en vida, el 16 de julio de 1950. Fue Varela, que no se distinguía como un jugador talentoso ni virtuoso con el balón, el que envió el pase que luego su compañero Alcides Ghiggia tradujo en el segundo gol uruguayo, el que silenció a un país entero (no solo al estadio), el que cambió la historia, el que inmortalizó un partido.
Tras la separación de sus padres, este mulato, que nació el 20 de septiembre de 1917 en Curvas de Industria, una zona deprimida de Montevideo, tuvo que salir a la calle, junto con sus hermanos, a buscar el sustento diario. Fue lustrabotas, voceador de prensa, vendedor a domicilio. A duras penas pasó por la escuela, pero el hambre (el físico y el de superación) lo obligó a abandonar las aulas. Fue, entonces, cuando encontró en la pelota el medio para gambetear las difíciles condiciones que la vida le había impuesto. Era más bien tosco con el balón, lento en su andar y hacía más gala de fuerza que de técnica. Pero lo que le permitió ser distinto y convertirse en Negro Jefe fue su gran corazón.
Poseía una personalidad a prueba de todo, un temperamento inquebrantable y, en especial, una humildad que le sirvió para nunca perder la perspectiva de la vida. Fue el que, en el túnel de salida del camerino en el intermedio del partido contra Brasil, arengó a sus compañeros con una frase que se inmortalizó: “Los de afuera son de palo”, en referencia a que los más de 200.000 aficionados no jugaban. Fue el que le bajó la temperatura al juego luego de que a los 2 minutos del segundo tiempo Friaça puso a ganar a Brasil. Fue el único que se atrevió a meterse en ese terrible caos que se formó tan pronto finalizó el partido (todo estaba previsto, menos el triunfo de Uruguay) para adueñarse del trofeo.
La actitud que lo mejor lo describe, sin embargo, fue la que se dio después de su máxima conquista. Se negó a celebrar el triunfo junto con sus compañeros y esgrimió un argumento irrefutable cuando alguien lo requirió: “Mi patria es la gente que sufre, y hoy todos los brasileños están sufriendo”, dijo. Abandonó el hotel y se fue de bar en bar. En uno de ellos, para su sorpresa, lo reconocieron y, contrario a lo que él pensaba (“me iban a matar”), lo felicitaron y lo invitaron a compartir un rato. Como capitán y líder de Uruguay, de alguna manera se sentía culpable de la terrible tristeza de los brasileños, responsable de que esa gran fiesta que se había preparado no se llevara a cabo y, entonces, con una sensibilidad poco común, prefirió compartir con los que sufrían que con los que celebraban.
Su carrera se inició en las filas del Juventud, un club amateur. En 1937, ya como profesional, llegó a Montevideo Wanderers y en 1943 se enroló al Peñarol, uno de los grandes de su país. Con la camiseta aurinegra fue campeón en 1944, 1945, 1949, 1951, 1953 y 1954. En la Selección acumuló 57 presencias, de las cuales siete correspondieron a los Mundiales de Brasil-1950 y Suiza-1954. En esas dos citas, Uruguay fue campeón y cuarto, respectivamente, como un detalle que no es menor: siempre que Obdulio Varela estuvo en el campo, su equipo ganó (seis veces) o empató (la restante). En esos dos certámenes, la celeste solo cayó una vez (en el partido por el tercer lugar, contra Austria), pero ese día el Negro Jefe no estuvo en el terreno de juego.
Tras su retiro de las canchas, que irónicamente se dio en el Maracaná (Peñarol jugó contra el América de Río de Janeiro) se recluyó en su casa del barrio Villa Española adquirida gracias a la caridad pública, al lado de su familia y, en especial, de su esposa Catalina. Fiel a su característica, se mantuvo lejos de la parafernalia mediática, pese a que era una celebridad en su país, y siempre rehuyó las entrevistas. “¿Para qué hablar? Los periódicos solo tienen dos cosas verdaderas: el precio y la fecha”, decía. Hasta allí, sin embargo, frecuentemente llegaban amigos, deportistas, dirigentes, periodistas y hasta presidentes de la República (como Luis Lacalle y Julio María Sanguinetti) para saludarlo y, cómo no, pedirle consejo. A todos los atendía con la cordialidad de siempre, aunque jamás entendió por qué despertaba tanta atención.
“De tanto en tanto me pasan el plumero (esfero), se acuerdan del Maracaná, de este negrito viejo, y vuelta a tocar la misma canción. Quieren seguir haciendo negocio conmigo. Entonces, he decidido quedarme acá con el Beclomol (medicamento para combatir el asma) en el bolsillo, por las dudas”, le dijo una vez a Antonio Pippo, el único periodista al que le autorizó una publicación sobre su vida. En 1994, en el Mundial de Estados Unidos, la FIFA le hizo un reconocimiento por su trayectoria, pero solo viajó después de que su esposa y amigos debieron luchar a brazo partido para convencerlo. Su vida siempre fue muy austera, sin lujos, lejos del mundanal ruido. Murió pocos meses después de que su amada Catalina se le adelantara de este mundo terrenal. Aquel 2 de agosto de 1996, como el 16 de julio de 1950, un país entero estuvo de luto. La diferencia fue que ahora le tocó el turno a Uruguay…
mundo terrenal. Aquel 2 de agosto de 1996, como el 16 de julio de 1950, un país entero estuvo de luto. La diferencia fue que ahora le tocó el turno a Uruguay…