5/3/17

Alemania vsInglaterra |1990| Dios salve a la Premier

Margaret Tatcher


Inglaterra. Finales de la década de los 80. Europa continúa dividida a la espera de la caída del Muro, que los periódicos de la llamada Europa libre aseguran que llegará de forma inminente. Mientras, al norte del Canal de La Mancha los ajustes de la reforma thatcheriana, el más salvaje compendio de recortes sociales jamás aplicado por un gobierno europeo a su ciudadanía, aprieta las gargantas del pueblo que había enseñado al mundo lo que era la revolución industrial. Se escribía en los tabloides destinados a saciar la desidia del mundo obrero acerca de una destrucción planificada del estado social. Se conspiraba en pubs y cafés con la posibilidad de que Estados Unidos y el Reino Unido, Reagan y Thatcher, llegaran a convertirse en un único todo. Se esperaba a la caída del Muro. Tiempos difíciles para el capitalismo que, como ahora, seguía buscando su lugar en el mundo a base de zarpazos a las molestas y tocapelotas clases medias. Mientras tanto, en las ciudades del centro del país, en las Midlands, en Yorkshire, en el Noroeste, se jugaba al fútbol en los pequeños espacios que permitían las interminables hileras de barrios de ladrillo rojo y cobertizo en el jardín. Y allí había dos ídolos: Gascoigne y Clough, y un enemigo: Maggie Thatcher. En ese contexto se produjo el gran cambio del fútbol inglés. Un cambio que no tuvo lugar en las islas. Sucedió en Torino. En Delle Alpi. Fue en una semifinal de un Campeonato del Mundo en la que Gazza lloró, en la que Alemania aún era Federal y tras la que Gary Lineker pronunció un aforismo que ya es leyenda: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once pero en el que siempre ganan los alemanes”.

La década había comenzado con dos grandes victorias a nivel de clubes para los ingleses. En 1980 Brian Clough, el laborista, rebelde e incontenido Brian Clough, había llevado al Nottingham Forest de Peter Shilton, Martin O’Oneill y Trevor Francis (el hombre del millón de libras) a su segunda Copa de Europa consecutiva. Al año siguiente el Liverpool (campeón en 1977 y 1978) acabó en el Parque de los Príncipes con un gran Real Madrid para poner una nueva orejuda en su palmarés, y el Aston Villa levantó el gran trofeo continental solo doce meses después en Rotterdam ante el Bayern Múnich completando el gran repóker de los inventores de esto. Pero a pesar de los éxitos, el fútbol, lejos de la pompa, el glamour y la mercadotecnia de los que se rodea hoy día en la máxima competición del país, se había convertido en una suerte de terapia de choque contra la miseria a la que se veían abocadas las principales ciudades del centro Inglaterra. En Birmingham, en Leeds, en Sunderland, en Liverpool, en Manchester, en Newcastle la población en paro superaba con creces a la población activa al mismo tiempo que Thatcher apretaba y apretaba el cinturón de los recortes sociales. Parado y sin recursos, los estadios eran los únicos lugares en los que el pueblo se situaba a una idéntica escala social. Desempleados y trabajadores en activo. Ricos y pobres. Todos iguales ante el fútbol. Como al inicio de la aventura. Como en aquel pub en el que se produjo la histórica escisión del rugby.

Entonces la carretera que tras media hora escasa de conducción separa Nottingham de Derby aún no había sido bautizada como Brian Clough Way, aunque el genio de Middlesbrough ya era tan importante en la vida del aficionado medio como en la del lector habituado a la lectura política. “Todos sabemos quiénes somos los verdaderos dueños del fútbol. Es lo único que no podrá quitarnos”, decía Clough sobre una Dama de Hierro que parecía querer conducir al país a décadas menos sugestivas para la imaginación. Y es que sin saberlo Inglaterra caminaba hacia uno de los cambios sociales y económicos más importantes de la historia de un estado que futbolísticamente no había sido capaz de abandonar la imparable caída libre en la que se había sumido desde la final del polémico Mundial de 1966. Si el fútbol es un espejo de la sociedad que representa (ahí están los ejemplos de Argentina, Italia, Francia o Alemania), en las Midlands, que es como decir Inglaterra, esta reflexión se convierte en impepinable axioma. Aquella década de 1980 fue la del dominio absoluto del juego por parte de los isleños. El país ya había superado la tragedia aérea de Múnich del Manchester United, la selección por fin atesoraba un Mundial de fútbol y los equipos locales exportaban por el continente, siempre a su manera, los tres pilares del english way of life: barrio, pub, estadio. Sin embargo, algo fallaba. La violencia, el alcoholismo y la falta de afición real por el deporte comenzaron a mezclarse de modo habitual entre las localidades de los campos de fútbol, lugares que ya se habían convertido en demasiado peligrosos para los no iniciados en la liturgia del balón. Luego, pasado el ecuador de la década, llegaron Heysel y Hillsborough, las dos grandes tragedias, junto a la guerra de Las Malvinas y a la pobreza de las clases medias, que sufrió el país en esos diez años en los que el capitalismo tomó un nuevo sentido, más cercano a la anarquía económica que al estado del bienestar. Los centenares de muertos que el hooliganismo había provocado en los estadios llevó a prohibir la participación de clubes ingleses en competiciones europeas, lo que frenó el poderío que habían mostrado los equipos durante años y produjo el exilio de muchos futbolistas, que decidieron probar suerte en otras ligas.

Los campeonatos del Mundo de España 1982 y México 1986 habían supuesto sendos fracasos para una Inglaterra que veía como el deporte perfecto que habían creado se convertía en un ser con personalidad propia imposible de controlar; fue entonces cuando observaron y reconocieron el gran error cometido a la hora de exportarlo. El cricket y el rugby habían formado parte de la colonización cultural llevada a cabo por el Imperio (en completa decadencia en aquellos tiempos) y conformaban uno de los capítulos más importantes de un estilo de vida victoriano basado en la alta educación, el deporte de caballeros y las buenas maneras en la mesa. Pero el fútbol siguió un camino mucho más independiente, revolucionario y social; más cercano a los maltratados barrios que a las excelsas mansiones de la campiña. El hoy deporte rey abandonó las islas en busca de nuevos horizontes a bordo de barcos en los que viajaba la clase obrera más humilde, los parias, los nadies. No se desarrolló en los excelentes y snobs colegios privados construidos en Delhi, Karachi o Ciudad del Cabo. Evolucionó en los muelles, en las minas, en las fundiciones; lejos de cónsules, gobernadores y mandos del ejército de la reina, convertido de forma indefectible en un monstruo incontrolable para el sistema. En aquellos años Inglaterra era una superpotencia mundial en rugby y en cricket. No así en el fútbol, donde latinos, comunistas y mediterráneos habían usurpado su poder.

Y así llegó el país a la gran cita de Torino. Era 1990 e Inglaterra y Alemania reeditaban en una semifinal la final de Wembley de 1966. Los teutones, con el Muro derribado aunque todavía como República Federal, querían olvidar al Azteca. Los ingleses buscaban la redención. Shilton, Gazza y Lineker. Illgner, Mattahus y Klinsmann. Robson y Beckenbauer. Delle Alpi. No lo sabían cuando escuchaban los himnos, pero iban a protagonizar el mejor partido del peor Campeonato del Mundo de la historia. Los penaltis dieron el pase a la final a Alemania, que se impuso en el Olímpico de Roma a la Argentina de Maradona tras anotar Brehme una pena máxima que solo vio un mexicano vestido de negro. Pero en aquella semifinal hubo un ídolo que tras el pitido final se convirtió en ángel caído. Alguien que nunca más volvió a ser el mismo y que representó el cambio que iba a vivir el fútbol inglés solo unos meses después. Aquella semifinal fue la de Gazza llorando, consciente de que en caso de victoria no podría jugar la final de un Campeonato del Mundo, un hecho que en sí mismo justifica toda una carrera. Gascoigne era mucho más que un futbolista. Era el representante de la clase trabajadora que sufría la tortura económica de Margaret Thatcher. Era el tipo que cantaba borracho en el pub de su barrio y luego enamoraba sobre el césped. Era el trébol inglés: barrio, pub, estadio. Pero todo aquello terminó cuando Stuart Pearce erró el último penalti de los ingleses.

“Pudo haber sido perfecto, pero fue la última vez que a gente de la calle como nosotros se le dio el puto control de algo tan valioso”. La frase es de Casino (Martin Scorsese, 1995) y se puede aplicar al epílogo de una manera de entender el fútbol que ya no volverá. Las Vegas no volvió a ser la misma tras la muerte de Frank Rosenthal igual que el fútbol inglés no volvió a ser el mismo después de aquel Mundial. El mapa político global había mutado en apenas unos meses. Se abría la década de los 90, el muro había caído, Alemania Federal era la campeona del Mundo de fútbol y el neoliberalismo el campeón de la guerra fría. Con estos precedentes apuntaba Inglaterra hacia el cambio de milenio. Su selección de fútbol caería eliminada en la primera ronda de la Eurocopa de 1992 sin haber sido capaz de ganar un solo partido, aunque daba igual, se había inaugurado una nueva competición, salvadora de la patria, sin querer, gracias al aperturismo que permitieron los ingentes ingresos económicos provocados por la gestión autónoma de los derechos televisivos.
Era 1992 cuando se produjo el cambio de modelo que permitió la llegada de la Premier League. Una liga que en sus cinco primeros años de vida (también en los restantes) sufrió un dominio apabullante del Manchester United, campeón en cuatro ocasiones durante ese periodo. Solo un equipo fue capaz de sobreponerse al poder de los hombres de Sir Alex Ferguson. Fue el Blackburn Rovers, club del que Margaret Thatcher es vicepresidenta de honor

Dani González

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